— ¿Y el perro, Valeria? ¿No te lo llevas?
Andrés hizo la pregunta con la voz más tranquila que pudo sacar, viendo cómo ella arrastraba dos maletas hasta la puerta del apartamento en North Hollywood. Eran las once de la noche de un jueves de noviembre y el aire acondicionado del pasillo soltaba un zumbido cansino que llenaba el silencio.
Valeria se giró apenas, con una mano ya en el picaporte. Llevaba el abrigo camel que le había regalado la Navidad pasada y un rimel que empezaba a correrse.
— ¿Max? Quédate tú con él, Andrés. A Gustavo no le gustan los animales, ya sabes.
— Era tu perro. Tu regalo de aniversario.
— Pues ahora es tuyo. Dáselo a alguien, anúncialo en internet, yo qué sé. A mí no me sirve de nada. Ya no. Mi vida —y aquí esbozó una sonrisa fina, de esas que Andrés ya conocía— ahora empieza de cero.
La puerta se cerró con un golpe seco. No hubo portazo dramático de telenovela, solo un clic metálico que sonó definitivo.
Andrés se quedó en la entrada, descalzo, escuchando las ruedas de las maletas alejarse por el pasillo hacia el ascensor. Y a sus pies, Max, un chihuahua de tres kilos y medio, seguía mirando la puerta cerrada como si esperara que se abriera de nuevo y Valeria volviera a entrar.
No volvió.
***
El engaño había durado siete meses. Siete meses en los que Valeria y Gustavo —su mejor amigo, su compañero de la secundaria, el padrino de su boda, casado con Claudia— se veían a escondidas mientras Andrés trabajaba turnos de doce horas en el taller mecánico de su tío en Van Nuys.
Lo descubrió un martes cualquiera, porque Claudia llamó llorando al taller y le soltó todo de golpe. Llevaba semanas siguiendo a Gustavo y tenía las fotos. Las pruebas. Los mensajes.
Esa noche Andrés se sentó en el sofá de la sala, puso el teléfono boca abajo en la mesa de centro y esperó a Valeria. Cuando ella entró y lo vio con esa cara, supo que no hacían falta explicaciones.
— ¿Cómo pudiste? —fue lo único que le preguntó.
Valeria no respondió. Se quedó ahí, de pie, junto al mueble del televisor, con los brazos cruzados y la mirada en el suelo. Max, mientras tanto, se había metido debajo de la cama del dormitorio y no salió en tres horas. Temblaba tanto que las uñas le repiqueteaban contra la madera del piso.
Andrés pasó esa noche en el suelo del cuarto, con la espalda apoyada en la cama, dejando que Max le lamiera los dedos desde el hueco entre el colchón y el suelo. Le prometió en voz baja que no iba a gritar más. Que lo sentaba fatal haberlo asustado.
El perro salió a las dos de la mañana y se le subió al pecho. Pesaba casi nada y olía a champú para perros y a miedo. Andrés se quedó dormido ahí mismo, con el chihuahua hecho un ovillo sobre su esternón, y a la mañana siguiente supo que tenía que irse de Los Ángeles.
La ciudad se le había vuelto chica. Cada esquina, cada cafetería, cada estacionamiento le recordaba a Valeria o a Gustavo. No podía ir al supermercado sin temor a encontrarse con ellos. Y Claudia lo llamaba cada tres días para desahogarse y él no tenía energía ni para sostenerle el teléfono.
La solución fue San Antonio, Texas. A mil trescientos kilómetros de distancia. Su tío conocía a alguien que conocía a alguien que necesitaba un mecánico con experiencia en transmisiones automáticas, y Andrés vendió el Accord, renunció al taller, puso sus cosas en cuatro cajas de mudanza y se compró un boleto de avión solo de ida.
Faltaba decidir qué hacer con Max.
El perro llevaba un mes raro. Desde que Valeria se fue, Max apenas comía. Se pasaba las horas echado en el cojín que tenía junto a la ventana, con el hocico apoyado en el borde y los ojos fijos en la calle, como si esperara verla aparecer en la acera de enfrente con un café de Starbucks en la mano, como hacía antes los domingos. Pero los domingos pasaban y Valeria no volvía.
Andrés llegó a publicar un anuncio en Craigslist. "Chihuahua de tres años busca hogar. Se entrega con correa, cama, juguetes y toda la documentación del veterinario". Recibió tres llamadas en dos días, y el jueves quedó con una señora del Valle de San Fernando que venía con su hija adolescente. Se iban a encontrar en el estacionamiento de un Target.
La noche anterior al encuentro, Andrés no durmió. Estaba sentado en la cocina, a oscuras, tomando una cerveza tibia, cuando Max se acercó caminando despacio y se sentó a su lado. No le pidió nada. Solo se quedó ahí, mirándolo.
— Está bien —dijo Andrés en voz alta, como si el perro pudiera entenderlo—. Tú y yo a Texas. Juntos.
Canceló la cita a las siete de la mañana y borró el anuncio. Después, metió a Max en un transportín homologado para cabina y subieron al avión.
***
San Antonio los recibió con un calor húmedo que se pegaba a la ropa y con un apartamento de una recámara en el segundo piso de un complejo nuevo cerca del Mercado. El dueño era un veterano de la Fuerza Aérea que no ponía pegas con las mascotas, y Andrés empezó en el taller a la semana siguiente.
El problema eran las vecinas.
En la planta baja, justo al lado de la entrada, vivían dos hermanas jubiladas, doña Carmen y doña Mari, que pasaban las tardes sentadas en sendas sillas de jardín junto a la puerta, vigilando el ir y venir de todo el vecindario. Tenían dos gatos, uno anaranjado y otro negro, que se paseaban por el césped como si fueran los dueños del complejo.
La primera vez que Andrés bajó a Max sin correa, doña Carmen se levantó con los brazos en jarras.
— Oiga, joven, ¿y ese perro? ¿No será peligroso?
Andrés se rio sin querer. Max pesaba menos que una sandía y en ese momento estaba escondido detrás de sus tobillos, temblando porque un camión de la basura pasaba por la calle a tres cuadras de distancia.
— Es un chihuahua, señora. Lo asustan las mariposas.
— Mire, mijito, a mí no me venga con cuentos —intervino doña Mari, que se mecía en su silla sin levantar la vista de su tejido—. La semana pasada salió en las noticias un perro de ésos que le arrancó un pedazo de oreja a un repartidor.
— Max no le arranca la oreja ni a una mosca.
— Eso dicen todos. Y luego pasan las cosas.
Andrés suspiró y levantó a Max del suelo. No tenía ganas de discutir con dos señoras que claramente se aburrían y buscaban entretenimiento a costa del vecino nuevo.
Pero fue al cuarto día cuando las cosas estallaron.
Era sábado al mediodía. Andrés estaba sentado en la escalera que daba al patio, con Max a sus pies, tomando una lata de soda. Las hermanas ocupaban sus puestos de siempre, y el gato negro perseguía una lagartija entre los arbustos.
Entonces apareció el dóberman.
Lo traía un tipo grandote, con gorra de los Spurs y una camiseta sin mangas que dejaba ver un tatuaje borroso en el hombro. El dóberman caminaba suelto, sin correa y sin bozal, moviendo la cabeza a un lado y a otro como quien busca pelea.
Doña Carmen abrió la boca para protestar, pero no le dio tiempo.
Un gatito miniatura, gris claro, de no más de ocho semanas, salió disparado desde debajo de una camioneta estacionada. Iba aterrorizado, no se sabía por qué, y cruzó justo delante del dóberman.
El perro grande se lanzó.
Fue instantáneo. Un ladrido grave, luego un gruñido, y el dóberman ya iba detrás del gatito con las patas estiradas y el hocico abierto. El dueño gritaba desde lejos, corriendo sin alcanzarlo, y el gato gris intentaba esconderse detrás de un poste de madera.
Max saltó.
Andrés sintió que se le paraba el corazón. Vio a su chihuahua de tres kilos cruzar el césped como una bala color arena y plantarse justo entre el dóberman y el gatito. Con las cuatro patas clavadas en la hierba y el lomo erizado, Max soltó un ladrido agudo, histérico, repetido, que sonaba como un juguete de goma al que le estrujan el aire.
El dóberman frenó en seco.
No por miedo. Frenó por pura confusión. Bajó la cabeza, ladeó el cráneo y se quedó mirando a aquella criatura escuálida que le ladraba a diez centímetros del hocico, sin retroceder un milímetro. No entendía nada. Nunca le habían plantado cara así.
Max temblaba de las patas a las orejas, pero no se movió. Siguió ladrando, con los ojos entrecerrados, esperando el mordisco que sabía que llegaría.
El dueño del dóberman lo alcanzó justo cuando Andrés llegaba corriendo. El grandote enganchó la correa al collar y tironeó hacia atrás con un gruñido de frustración.
— ¡Te dije que quieto, Bruno!
Andrés se agachó y levantó a Max con una mano. Con la otra tomó al gatito, que estaba acurrucado contra el poste, con el lomo arqueado y los ojos como dos canicas de terror. Se lo metió bajo la chaqueta y caminó hacia la entrada sin mirar a nadie.
Doña Carmen se levantó de la silla.
— Un momento, joven.
Andrés no se detuvo.
— Joven, ¿cómo se llama su perro?
— Max —dijo por encima del hombro, ya en la escalera.
— Dígame una cosa, ¿los chihuahuas siempre hacen eso?
Andrés se giró un instante.
— No. Max antes le tenía miedo hasta a las escaleras.
Esa noche, doña Carmen y doña Mari llamaron a su puerta con un plato de enchiladas envueltas en papel aluminio y una cama para gato que habían comprado en el Petco del centro comercial.
— Para el rescate —dijo doña Mari, señalando al gatito gris que dormía enroscado sobre el cojín de Max—. Ese gato se llama Milagro ahora, y aquí no se va a ninguna parte.
Andrés se rio, aceptó las enchiladas y las invitó a pasar.
***
La dueña de Milagro apareció tres días después.
Se llamaba Gabriela y trabajaba como asistente veterinaria en una clínica del centro. Había estado fuera de la ciudad por un congreso y le había dejado el gato a su mamá, que vivía en el apartamento de al lado. La señora, un poco despistada, había dejado la puerta abierta mientras regaba las plantas del balcón y Milagro había salido disparado escaleras abajo.
Gabriela se presentó un martes a las ocho de la noche, con el uniforme de la clínica todavía puesto, oliendo a desinfectante y a cansancio.
— Perdón que lo moleste. Me dijeron las señoras de abajo que su perro salvó a mi gato.
Andrés se hizo a un lado y le mostró el interior del apartamento. Max y Milagro compartían el cojín junto al sofá, enroscados como un yin y un yang de pelo corto. El chihuahua levantó la cabeza un segundo, soltó un bufido casi de bienvenida y volvió a cerrar los ojos.
— No me lo puedo creer —musitó Gabriela, entrando despacio.
— Yo tampoco me lo creo todavía. Hace un mes Max apenas salía a la calle. Le daban miedo los coches, los desconocidos, los ruidos fuertes. Yo lo llevaba en brazos a todos lados.
— ¿Y qué cambió?
— Se mudó conmigo. Los dos dejamos atrás a gente que no nos merecía. Supongo que empezar de cero le sentó bien.
Gabriela se quedó mirando a los dos animales, luego a Andrés, y después sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, casi tímida, que le arrugaba un poco los ojos.
— Mi mamá dice que usted es mecánico.
— Sí. Transmisiones automáticas, sobre todo.
— Tengo un Corolla que hace un ruido raro al cambiar de tercera a cuarta. Como un golpe metálico, ¿sabe?
— Eso suena a solenoide del cuerpo de válvulas. Puedo echarle un ojo el sábado, si quiere.
El sábado Andrés le cambió el cuerpo de válvulas al Corolla, y Gabriela le pagó con una cena casera en su apartamento. Milagro se fue con ella, por supuesto, pero exigió —maullando hasta quedarse ronco— que lo dejaran visitar el apartamento de al lado todas las tardes.
Así que las visitas se hicieron costumbre. Primero las del gato. Luego las de la dueña.
Seis meses después, Gabriela le dijo que sí a un anillo sencillo de plata que Andrés compró en el Mercado, y se mudó al apartamento con el Corolla, el gato, los libros de veterinaria que ya no le cabían en los estantes y un joyero de madera que había sido de su abuela.
Ahora Max y Milagro duermen juntos en una cesta de mimbre junto a la ventana. A Milagro le salieron bigotes largos y elegantes, y Max no ha vuelto a esconderse debajo de los muebles ni una sola vez. Algunas tardes, cuando Gabriela vuelve de la clínica, los encuentra a los dos mirando por la ventana hacia la calle, como esperando algo.
Pero Andrés sabe que ya no esperan a nadie.
Ahora simplemente miran.