El bolso azul de mamá y lo que aprendí después de firmar sus papeles

Me llamo Ramón Islas, tengo cincuenta y un años y trabajo instalando aire acondicionado en Corpus Christi, Texas. Mi hermana Yolanda fue la que cuidó a mamá los primeros tres años después de que murió mi papá. Yo solo llamaba los domingos, mandaba dinero cuando podía y me decía a mí mismo que con eso bastaba.

Todo cambió un martes de agosto, como a las diez de la noche. Yolanda me llamó llorando, dijo que ya no aguantaba más, que mamá se había vuelto a caer en el baño y que ella tenía que operarse de la cadera en dos semanas. "Ramón, o te la llevas tú, o la metemos en un asilo. Yo ya no puedo." Colgué el teléfono y me quedé viendo el ventilador del techo dar vueltas, escuchando los grillos allá afuera, pensando que nunca me imaginé que esta llamada me tocaría a mí.

Al otro día manejé cuatro horas hasta la casa donde crecí, en Alice, cerca de un Whataburger que ya ni existe. Encontré a mi mamá, doña Refugio, sentada en la sala con un bolso azul de mano —de esos que se usan para ir al mercado— ya listo en el sillón. Adentro solo traía sus medias, unas pantuflas que decían "World's Best Abuela" que le regalaron mis hijos hace como cuatro navidades, una bata, una blusa floreada y una funda de almohada. Eso era todo lo que mi mamá pensaba que necesitaba para empezar de nuevo a los ochenta y ocho años.

Ahí fue cuando entendí que no venía de visita. Venía a quedarse.

Las primeras dos semanas en mi casa de Corpus Christi fueron raras, casi como estar viendo una película de otra persona. Mi esposa Deysi trabajó turnos extra en la clínica para ayudarme a cubrir gastos, y yo empecé a rechazar trabajos que me sacaran de la ciudad por más de un día. Mamá, la misma mujer que administraba las cuentas del rancho, que le peleaba al banco cuando le cobraban de más, que enterró a mi papá sin derramar una sola lágrima frente a nadie, ahora caminaba por el pasillo de mi casa como si contara baldosas.

Se detiene en cada puerta. Levanta el pie despacio, como si hubiera un escalón invisible que solo ella ve. Le sonríe al perro, un pastor australiano que se llama Taco, y a veces le habla a alguien que no está ahí, alguien que le cuenta "las noticias del rancho", según ella. Duerme mucho. Le gustan los chocolates Abuelita que le dejo en su buró, al lado de un vaso de agua y su rosario. Toma su café —nunca quiso el té— con las manos temblando, y cada rato se revisa los dedos para asegurarse de que su anillo de bodas siga ahí, ese que mi papá le compró en una joyería de McAllen en 1968.

Mi hermana me llamaba cada tercer día preguntando cómo iba todo, con culpa en la voz porque no podía venir por la operación. Y yo, sinceramente, no sabía qué contestarle. Le decía "va bien" cuando la verdad es que yo tampoco entendía lo que estaba pasando.

Lo que nadie me advirtió fue el susto de la primera semana. Una noche mamá se levantó a las tres de la mañana, encontró la puerta de la cocina abierta —yo había salido a sacar la basura y se me olvidó cerrar con seguro— y se fue caminando hasta la esquina, en camisón, buscando la parada del camión que la llevaba al mercado en Alice hace treinta años. Un vecino, el señor Casares, la encontró parada frente a un poste de luz y me tocó la puerta a las tres y media. Corrí en calzoncillos por la calle Ayers y la encontré temblando, no de frío sino de miedo, diciéndome que se le había hecho tarde para el camión. Esa noche instalé dos cerrojos nuevos, uno arriba de la puerta donde ella no alcanza, y hasta entonces no dormí tranquilo.

Al principio tuve miedo, se lo confieso. Miedo de no saber cuidar a la mujer que me cuidó a mí. Miedo de fallarle como sentía que ya le había fallado por no estar los últimos tres años. Pero ese miedo, sin que me diera cuenta bien cómo, se fue convirtiendo en otra cosa. Empecé a cocinarle caldo de pollo con fideo casi todos los días, la misma receta que ella me enseñó cuando yo tenía doce años y ella me ponía a picar cebolla en esta misma cocina, solo que en otra casa, en otro tiempo. Dejo galletas Marías en la mesa. Me aseguro de que tenga sus cobijas, su café tibio, compañía.

Mi mamá espera cuando salgo. Deysi me contó que se sienta cerca de la ventana y no se mueve hasta que ve mi troca entrar al garaje. Y cuando regreso, el alivio en su cara me dice más de lo que cualquier palabra podría decirme.

La cosa se complicó de verdad cuando llegaron los papeles del banco. Resulta que mi papá, antes de morir, había dejado una cuenta de ahorros a nombre de los dos —de mamá y de mi tío Reynaldo, su hermano menor— "por si acaso", como se hacía antes. Casi diez mil dólares. Mi tío, que vive en San Antonio y que en tres años no había venido a ver a mamá ni una sola vez, se apareció una tarde de domingo con una carpeta amarilla bajo el brazo, diciendo que como "cotitular" de la cuenta tenía derecho a manejarla, que mamá ya "no estaba en condiciones" de decidir nada, y que él se encargaría de "administrar ese dinero por su bien".

Lo dejé hablar parado en mi propia sala. Cuando terminó, le pedí la carpeta, la leí completa frente a él, y le dije que no iba a firmar nada esa tarde. Al día siguiente llevé a mamá —en un día bueno, de esos en que reconoce hasta los nombres de mis compañeros de la secundaria— a la oficina de un abogado de bienes en la calle Staples. Ella misma, con su letra temblorosa pero clara, firmó un poder notarial dándome a mí la representación de sus cuentas, y retiramos su nombre de esa cuenta compartida antes de que mi tío pudiera tocar un centavo. El abogado cobró trescientos cincuenta dólares, y valieron cada uno.

Mi tío llamó furioso esa misma noche. Le contesté con el teléfono en altavoz, en la cocina, mientras mamá tomaba su café en la mesa. "Ese dinero era de tu papá también, Reynaldo, y ahora es de ella. Tú decides si quieres seguir siendo su hermano o su acreedor." Colgó sin despedirse. No ha vuelto a llamar desde entonces, y honestamente, no lo he extrañado.

Esa noche, después de guardar la carpeta con los papeles del banco en el cajón del buró de mamá, la encontré sentada en su cama revisándose otra vez el anillo. Me senté a su lado, le serví un poco de café tibio en su taza favorita, la de flores amarillas, y ella me miró y me dijo: "Tu papá siempre confió en ti para esto." No sé si lo dijo porque de verdad se acordaba, o porque en ese momento así lo sentía. No importa. Le agarré la mano, la de las venas marcadas y el anillo que no se quita, y me quedé ahí sentado hasta que se durmió.

A veces la veo dormir en las tardes, con Taco echado a los pies de su cama, y pienso que me tocó algo raro: gané una hija de ochenta y ocho años. Y qué bendición tan rara y tan pesada a la vez, la de poder hacer que estos años que le quedan sean tranquilos, con caldo caliente, galletas en la mesa, y alguien que le agarre la mano cuando amanece.

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