El maletín de cuero que cruzó tres continentes

En 1921, en un cuartucho de la policía secreta de Tokio, un hombre de treinta y un años esperaba sentado con las manos cruzadas sobre un maletín de cuero gastado. No podía ver las caras de los dos oficiales que hablaban en susurros junto a la puerta, pero sabía, por el tono, que la conversación no iba a terminar bien para él.

—Eugenio Vidal —dijo por fin uno de los oficiales, pronunciando el nombre como quien deletrea una palabra extranjera—. Asistencia a reuniones de obreros socialistas. Propagación de ideas peligrosas.

—Yo enseño esperanto —contestó Eugenio, sin levantar la voz—. Y traduzco cuentos. Eso es todo lo que hago con las manos.

—Eso no es lo que dicen los reportes.

Eugenio apretó el asa del maletín. Adentro llevaba lo único que en verdad le importaba: un manuscrito de cuentos escritos en japonés, tres cartas de un escritor chino que apenas empezaba a hacerse un nombre, y una libreta en Braille donde llevaba, en esperanto, un diario que nadie más en el mundo podía leer. Ese maletín se lo había regalado, seis años atrás, la dueña de una pastelería de Shinjuku, la misma que le había dado techo cuando llegó a Japón sin conocer a nadie. "Para que guardes ahí lo que de verdad vale la pena cargar", le había dicho ella, poniéndole el asa de cuero en la palma de la mano.

Lo deportaron esa misma semana. Subió al barco con el maletín contra el pecho, como quien protege algo que respira.

Todo había empezado nueve años antes, en un pueblo cerca de Guadalajara, cuando a los cinco años una fiebre le quitó la vista. Su madre lloró tres días cuando el médico dijo la palabra "irreversible". Su padre no lloró: preguntó, insistió, y terminó vendiendo dos vacas para pagar el primer año de una escuela para ciegos en la capital.

Ahí Eugenio aprendió Braille, aprendió a tocar la guitarra y el violín, y aprendió esperanto. Su maestro se lo explicó una tarde, mientras le guiaba los dedos sobre las primeras frases en relieve: "Es una lengua que no le pertenece a nadie, así que puede pertenecerte a ti también." Eugenio, que ya no tenía ningún paisaje que recordar, ninguna bandera que distinguir por su color, se aferró a esa frase como a un mapa.

A los veintidós años tomó un tren solo, sin bastón guía, sin nadie que le sujetara el brazo, rumbo al puerto de Veracruz. Llevaba una maleta de cartón —todavía no tenía el maletín de cuero— con dos mudas de ropa, una carta de recomendación escrita en esperanto y la dirección de un colegio para ciegos en Missouri que había leído en una revista. Nadie lo esperaba en el muelle de Nueva Orleans. Se guio por el olor a sal y a brea, por el griterío de los estibadores, hasta que alguien lo condujo a la estación de trenes.

En Missouri aprendió inglés en año y medio, ganándose la comida afinando pianos de la escuela. Ahí un profesor que había viajado por Asia le contó que en Japón los ciegos podían ganarse la vida con el amma, el masaje terapéutico, y que eso los hacía, por primera vez en sus vidas, dueños de su propio sustento. Eugenio se propuso llegar hasta allá. Lavó platos tres años en un restaurante de San Luis, guardando cada centavo en una lata de café, hasta juntar los ciento diez dólares del pasaje.

Llegó a Yokohama en 1912 sin saber una palabra de japonés. Aprendió rápido —los idiomas se le pegaban como si tuviera un oído hecho para eso— y en la escuela de ciegos de Tokio estudió amma y acupuntura. También empezó a escribir cuentos, en japonés, apenas dos años después de aprender a decir "buenos días" en esa lengua.

Las revistas literarias de Tokio publicaron sus relatos. Escritores y periodistas empezaron a visitarlo. Y fue entonces cuando conoció a la dueña de la pastelería de Shinjuku, que le dio hospedaje cuando se quedó sin dinero para el alquiler. A cambio, Eugenio le enseñó a preparar un caldo de res con vegetales que su madre cocinaba en Jalisco los domingos de invierno. La mujer le puso su toque, y ese platillo terminó en el menú del local, donde años después, si uno preguntaba, alguien todavía recordaba que "eso lo trajo el mexicano ciego".

Después de la deportación de 1921, llegó a Shanghái con el maletín de cuero apretado contra el cuerpo y casi nada de dinero en los bolsillos. De ahí viajó a Pekín, donde un escritor chino que ya conocía por correspondencia —el mismo de las cartas que guardaba en el maletín— lo recibió en su casa y se puso a traducir sus cuentos al chino. Gracias a esa amistad, Eugenio dio clases de esperanto en la universidad y publicó sus textos en editoriales de Pekín. Sus alumnos lo veían cruzar el patio de la universidad sin bastón, guiándose por el sonido del agua de una fuente, con el maletín siempre en la mano izquierda, y comentaban entre ellos que ese hombre parecía no necesitar ojos para nada.

Pasó después por Tailandia, Birmania e India, enseñando esperanto y aprendiendo idiomas nuevos, siempre con el mismo maletín, cada vez más raspado en las esquinas, cada vez más pesado de cartas y manuscritos.

Volvió a México en 1930, con treinta años y cansado de tanto barco y tanto tren. Se instaló en Guadalajara, cerca del pueblo donde había nacido, y con los ahorros que traía en el fondo del maletín —envueltos en un pañuelo, debajo del manuscrito— abrió una escuela pequeña para niños ciegos, en un terreno que le prestó un primo. Ahí los chicos aprendían Braille, cuidaban un huerto de tomates, criaban gallinas y aprendían oficios. Eugenio repetía que un ciego que sabe ganarse el pan no necesita la lástima de nadie, y lo decía sin drama, como quien recita una tabla de multiplicar que le costó mucho aprender.

El 3 de noviembre de 1958, en esa misma escuela, se sentó a afinar una guitarra para la clase de la tarde. El maletín de cuero, ya casi deshecho en las costuras, descansaba a sus pies, con el manuscrito adentro, las cartas del escritor chino y la libreta en Braille donde seguía, hasta el final, escribiendo en esperanto lo que nadie más podía leer. Ajustó la sexta cuerda, la tocó una vez, y se quedó quieto con la mano todavía sobre las clavijas.

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