Ella dice que su esposa es una insípida

Silvana escuchó la nota de voz de cuarenta y dos segundos mientras estiraba fondant sobre un silpat. Era su cuarto pedido del mes para la pastelería casera que llevaba desde la cochera de la casa. La clienta, que se hacía llamar Zafiro, tenía una voz chillona y modulada como de locutora de radio, y no paraba de repetir que el pastel tenía que ser el protagonista de la celebración.

—Nada de decorados viejos, eh, nada de florecitas ni esas cursilerías. Yo quiero uno de esos con la foto impresa en el bizcocho. Pura elegancia. Y que abajo diga: "Al ganador, de su Musa". Es que mi hombre se lo merece. Llevamos un año exacto y ya por fin se decidió. Me dijo que esta misma semana deja a la insípida de su esposa.

Silvana colgó el rodillo. Se secó las manos en el mandil manchado de colorante y abrió la imagen que Zafiro le había enviado por el chat. En la foto, recortado contra un fondo de buganvilias en flor, el hombre sonreía de medio lado. Su marido. O sea, el marido de Silvana. Javier. Llevaba puesta una guayabera azul cielo que ella le había comprado tres semanas atrás en un outlet de Sawgrass Mills. Fue un hallazgo, cuarenta dólares nada más, y se la dio para la cena del Día del Padre en casa de su suegra. Ahora entendía por qué ese día Javier llegó tan contento. Y tan tarde.

El ventilador de techo de la cochera zumbaba. Un calor pesado de agosto en Houston entraba por la rendija del portón. Silvana sintió el golpe seco del pecho, pero respiró hondo una, dos veces. Los dedos le hormigueaban. Tecleó la respuesta: "Perfecto. ¿Qué dirección y horario para la entrega?".

Zafiro respondió al instante, feliz de poder alardear ante una extraña: "The Marq, apartamento 1402 en Kirby Drive. El viernes a las ocho. Él llega directo del trabajo. ¿Sabes lo peor? La esposa cree que el tipo es un santo. Pobrecita. Dice que ella solo piensa en los niños y en sus pastelitos. Que ya ni se arregla. Imagínate, con razón la dejó de querer".

Silvana no se imaginaba. Ella recordaba la última vez que se había comprado algo para ella: unas pantuflas de oferta en Target. Recordaba la última vez que Javier la había mirado con algo parecido al deseo. Probablemente nunca, desde que nació Thiago, el menor. Ahora el espejo del baño le devolvía una mujer de treinta y cinco años con ojeras y una permanente mancha de harina en el cuello.

En la sala se oyó el portazo y el tintineo de las llaves al caer en el platito de la entrada. Las llaves de su Honda, que Javier usaba más que ella. El motor del Accord ronroneó un instante antes de apagarse. Las niñas, Renata y Camila, salieron disparadas de su cuarto gritando "¡papi, papi!". Javier entró en la cocina mientras Silvana guardaba el celular boca abajo.

—¿Qué hay de cenar, gorda? —preguntó él, dándose unos golpecitos en la panza. Olía a sudor y a desodorante de supermercado—. Qué día. El jefe de taller estuvo jodiendo con el nuevo software. Que si no lo aprendemos nos bajan las comisiones.

—Pollo guisado con papas —respondió ella, señalando la olla con un gesto de la barbilla—. Lávate las manos.

Javier comió como siempre: con la boca medio abierta, mirando videos a todo volumen en su teléfono. Silvana pinchaba un pedazo de pollo y lo llevaba a la boca sin saber a qué sabía. Masticaba cartón. Observaba las manos de ese hombre, sus nudillos ásperos de mecánico, las mismas manos que esa mañana le habían acariciado a ella el hombro para pedirle que le pasara el azúcar. Las mismas que tocaban a otra. Un año entero.

—Oye, Sil —dijo él, sin levantar la vista—. El viernes hay una capacitación en el taller. Se va a hacer tarde. Me voy a quedar en casa de Moncho, ya sabes, por no manejar hasta tan noche con lo loca que está la 59 a esa hora.

—Capacitación —repitió ella. No era una pregunta. Era una sentencia.

—Sí, cosas de frenos ABS. Tú sabes cómo es esto. Regreso el sábado al mediodía. ¿Me apartas algo de comer?

Silvana asintió, recogió el plato de Javier —todavía con un resto de salsa— y lo metió en el fregadero. Mientras el agua corría, Javier se fue al cuarto a tirarse en la cama con el celular. Ella apretó la esponja con fuerza. La soltó. Se quitó los anillos, los dejó sobre la repisa detrás del detergente. El de compromiso con el diamante diminuto que tanto esfuerzo le había costado a Javier en aquella época, y la alianza sencilla de oro. Se miró la mano mojada. La piel del dedo anular estaba blanca, lechosa, ajada después de once años de llevar aquel aro. Pero Silvana intuyó que en pocas horas la marca desaparecería.

El jueves empezó el armado. Lo hizo todo después de llevar a las niñas a la escuela. Un Red Velvet impecable. Mantequilla, azúcar, huevo, vainilla, suero de leche y el colorante en gel rojo hasta obtener ese tono profundo, casi burdeos. Dos moldes de seis pulgadas. Mientras los bizcochos se enfriaban, batió el queso crema con el azúcar glas. Cubrió la torta con una capa fina de miga y luego con la cobertura final, blanca y lisa como un lienzo. Todo su equipo —la batidora Kitchen Aid, las espátulas, las mangas— le respondía con la precisión de siempre. Ella no temblaba. Estaba tranquila. Concentrada. Casi contenta.

Imprimió la foto de Javier en la hoja de azúcar comestible. El olor a tinta mezclado con el escozor dulzón del glaseado le revolvió un poco el estómago. Colocó la imagen en el centro exacto del pastel. Luego escribió con glasa dorada la frase que Zafiro quería. El pastel estaba listo.

Para el "sorpresa", Zafiro había pedido una piñata comestible. Una esfera hueca de chocolate amargo, rellena con un mensaje secreto. Silvana atemperó el chocolate en el microondas, lo extendió sobre los moldes de silicona. Cuando las dos mitades se solidificaron, sacó una tira de papel pergamino y su pluma favorita.

No escribió el mensaje que Zafiro le había dictado. Escribió otro: "La camioneta Avalanche 2018 está a su nombre. Paga $670 al mes. El seguro vence en octubre. Odia el hígado encebollado. Para el dolor de espalda, usar el parche marca Salonpas. Su mamá llama todos los jueves a las 7 p. m. La esposa insípida le desea suerte con la pensión alimenticia".

Dobló la nota. Quitó su alianza de la repisa y la puso junto al papel enrollado dentro de la esfera de chocolate. Selló los bordes con cuidado, alisando las junturas con una espátula caliente.

El viernes a las seis de la tarde, Javier salió disparado. Besó a las niñas al vuelo, le dio un beso fugaz a Silvana en la frente.

—Cuídense. El sábado voy y las llevo al parque —dijo, mientras se ajustaba el cinturón, metiendo prisa.

—Claro. Que te vaya bien en la capacitación.

Silvana esperó a que el Honda doblara la esquina. Luego abrió la puerta del armario del pasillo. Sacó tres cajas grandes de cartón de la mudanza que todavía guardaba dobladas. Metió todo: tenis, botas de trabajo, camisas, pantalones, la vieja chamarra de cuero que tanto quería, los videojuegos. Del baño sacó la rasuradora eléctrica, el enjuague bucal y el cepillo de dientes con las cerdas torcidas. Del buró, el retrato familiar que él había pedido poner de su lado. Cerró las cajas con cinta canela. Pesaban. Las empujó con el pie hasta la puerta.

Se puso un jeans y una blusa azul marino, unas sandalias bajas. Se soltó el cabello y se puso un rubor que hacía meses no usaba. No era una venganza estética, era un ritual. Se sentía ligera. Cargó las cajas en la camioneta Avalanche —la que técnicamente era de él, pero que Silvana había pagado religiosamente junto con la hipoteca cuando Javier se quedó sin trabajo en la pandemia—. Puso el pastel en una base antideslizante en el asiento del copiloto. El Waze marcaba cuarenta y cinco minutos hasta el complejo de apartamentos en Kirby.

La autopista estaba tapizada de rojos y blancos de las luces traseras. Silvana avanzó con calma. Afuera el sol ya se había puesto y el bochorno seguía denso, pegajoso. Pensó en las niñas, que estaban en casa de su mamá, viendo una película con su abuela. Pensó en el pequeño Thiago, que dormiría ajeno a todo. No sintió miedo, sino un alivio fresco, como cuando abres todas las ventanas de la casa al amanecer. Javier ganaba bien, no había manera de que se escondiera de la Child Support Division. La casa estaba a nombre de ambos, pero con el historial crediticio de él manchado, el abogado le había dicho ya que podía pelear la custodia y el usufructo del inmueble. No había cuenta conjunta. No había deudas compartidas. Ella estaba limpia.

Llegó a The Marq. Un guardia de seguridad con acento caribeño la dejó pasar tras anotar sus datos y llamar al apartamento. "Sube, dice la señorita que te espera", le indicó. Silvana estacionó. Se bajó. Empujó el portón de la entrada de servicio. Apiló las tres cajas junto a la puerta de cristal del lobby. "¿De parte de quién?", preguntó el recepcionista. "De parte del señor Javier. Él baja ahorita".

Silvana tomó el elevador con la torta en brazos. El espejo le devolvió su imagen: una mujer entera, de mirada firme, los hombros erguidos. Casi una desconocida. El ascensor se detuvo en el piso catorce.

Tocó. Pasos menudos, taconeo sobre piso laminado. La puerta se abrió. Ahí estaba Zafiro. En persona se llamaba algo como Zulema o Zoraida, pero definitivamente no era Zafiro. Una mujer de pestañas postizas y vestido fucsia, con el celular en una mano y una copa de algo burbujeante en la otra.

—Ay, ¡el pastelito! —exclamó—. Pásale, pásale. Lo pones aquí en la mesa, por favor. ¿Viste? Una maravilla. ¡Oye, está divino! —chilló, sin dirigirle ni una mirada a Silvana, toda su atención puesta en la impresión comestible—. ¡Mi amor, ven! ¡La piñata de chocolate está perfecta!

Del pasillo interior emergió un Javier distinto. Se había puesto loción. Llevaba una camisa de botones a rayas que Silvana no reconocía. Olía a gomina barata. Venía sonriendo, con una copa en la mano, listo para su fiesta. Hasta que sus ojos se toparon con los de Silvana.

La copa se le resbaló de los dedos. El vidrio estalló contra el suelo en mil pedazos, derramando un vino tinto que parecía sangre aguada sobre el porcelanato. La mujer del vestido fucsia soltó un gritito.

—¿Se puede saber qué es esto? —chilló Zafiro—. ¡Mis pisos! ¡Javi, mi amor, mi piso!

Pero Javier no la escuchaba. Estaba petrificado, con la boca abierta, el color de su rostro pasando del moreno aceitunado a un verde ceniza. Sus ojos iban de Silvana a la puerta, de la puerta al pastel, del pastel a la piñata.

—Sil… Silvita… ¿qué haces aquí, mi vida? —tartamudeó.

—La entrega —dijo Silvana, con una calma tan densa que parecía sofocar la habitación—. Su pedido, señorita Zafiro. El Red Velvet con foto comestible y la piñata sorpresa. Tal cual.

Zafiro, ahora sí, miró a Silvana con desagrado.

—¿Tú eres la pastelera? ¿Y cómo es que conoces a mi Javier?

—Soy la pastelera. La panadera. La repostera. Y la esposa insípida —Silvana alzó apenas una ceja—. El que ustedes llaman ganador es mi marido y el padre de mis tres hijos. Así que tienen razón. Hoy es una noche especial. Se acabó lo insípido.

Javier al fin reaccionó. Se abalanzó hacia ella, esquivando los vidrios del piso.

—Silvana, espérate, esto no es nada. Es un malentendido. Tú y yo podemos hablar, esta muchacha es solo una clienta…

—¿Clienta? —aulló Zafiro, agarrando el borde de la mesa—. ¿Me estás diciendo clienta? Me prometiste que esta semana misma la dejabas. ¡Me dijiste que ella era una amargada que no te entendía, que ya no tenías nada con ella!

Silvana levantó una mano para detener la escena. Era como separar a dos perros chihuahueños peleando por una croqueta.

—Tranquilos. No hace falta. —Silvana se dirigió a Javier, ignorando a la otra—. Tus cosas están abajo, en tres cajas. La camioneta queda aquí. Las llaves se las dejas al valet parking. El lunes viene el abogado de mi mamá a entregarte el citatorio de divorcio. No intentes volver a casa. Cambié el código de la puerta del garaje y puse sus maletas a las niñas con candado.

Avanzó un paso hacia la mesa y levantó la esfera de chocolate. La puso en manos de Javier, quien la tomó con dedos torpes.

—Ahí dentro les dejé un regalito. La nota es para ustedes dos. Léanla juntos. Que les aproveche.

—Sil, no me hagas esto… —rogó él, con los ojos vidriosos, la voz ronca y quebrada. Por un segundo, casi parecía sincero. Pero Silvana ya conocía esa actuación. La había visto cada que lo pillaban en una mentira pequeña: el recibo del bar, la tarjeta de crédito sobregirada, el celular escondido bajo la almohada.

—¿No hacerte qué? —Silvana soltó una risa breve, una risa que llevaba once años contenida—. Si no te estoy haciendo nada, Javier. Yo solo estoy entregando un pastel.

Se giró y caminó hacia la puerta. La mujer fucsia la miraba con odio y los puños apretados, pero no decía nada. Quizás sabía que no había nada que decir.

Silvana cerró la puerta con un golpe seco. El pasillo alfombrado del edificio olía a limpio, a ambientador de lavanda sintética. Entró al elevador. Cuando las puertas se cerraron, oyó los gritos amortiguados de Javier y su Musa discutiendo. Algo sobre un "fracasado" y un "mentiroso patético".

En el lobby, el guardia de seguridad saludó con la gorra. Las cajas seguían ahí. Salió al aire fresco del estacionamiento. Se subió a la camioneta. Agarró su teléfono, sacó el chip que usaba para los pedidos de la pastelería y lo partió en dos con los dedos. Luego abrió la app del banco, y con una transferencia rápida, vació la cuenta compartida dejando solo el saldo mínimo para no pagar penalización. Bloqueó el contacto de Javier.

Manejó de vuelta por la 59. Las luces del downtown de Houston brillaban a lo lejos. Bajó la ventanilla y el viento cálido le golpeó la cara. Pasó un camión de helados tocando su musiquita destartalada. Sonrió. Se tocó el dedo anular desnudo. La piel estaba lisa, suave, sin marca.

Al llegar a casa de su mamá, las niñas dormían en un colchón inflable en la sala. Su mamá, doña Martha, roncaba viendo el noticiero. Silvana se quitó las sandalias, fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua con hielo.

—¿Todo bien, hija? —preguntó doña Martha entre sueños.

—Todo perfecto, mamá. Mañana despierto temprano y les hago hotcakes a las niñas. Hace años que no horneaba algo solo por gusto.

Bebió el agua. Apagó la tele. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía prisa.

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