Esa mujer apareció en nuestra casa cuando yo tenía diez años. Mi papá la trajo de un viaje de trabajo a Chicago, la dejó parada en la entrada como un mueble recién comprado, y dijo:
—Esta es la señora Dora. Ahora va a vivir con nosotros.
Mi mamá estaba junto a la ventana de la cocina pelando papas. La cáscara caía al bote de basura, delgadita, pareja, como si nada. Después salió al patio y se pasó hasta el amanecer quemando cartas viejas en un tambo de metal. Me acuerdo del olor a humo y de que ninguno de nosotros le preguntó qué hacía ahí tanto tiempo.
La señora Dora tenía cuarenta y dos años, el pelo pintado de rojizo y una sonrisa que le salía siempre que mi papá entraba a la cocina. A mí me decía "mija", aunque yo ya tenía mis propias llaves de la casa y mi propia bicicleta de montaña.
Mi mamá se fue a los dos años. Callada. Sin escándalo. Se llevó dos maletas y su máquina de coser, dejó una nota sobre la mesa que nadie leyó en voz alta. Mi papá la leyó, la hizo bolita, la tiró a la chimenea.
Y la señora Dora se mudó al cuarto de arriba. A nuestro cuarto. Al que tenía las ventanas hacia el jacarandá, que en abril florecía tanto que toda la casa olía como a fiesta de quince años.
No es que la odiara. Odio es una palabra demasiado grande. Yo simplemente esperaba. Toda mi niñez, toda mi juventud —esperando a que mi papá entendiera lo que había hecho. A que alguien en esa casa dijera la verdad en voz alta.
Nadie la dijo.
Y luego mi papá se enfermó.
Cáncer de páncreas. Tres meses del diagnóstico al funeral. Los doctores del hospital de Rush no daban esperanzas, y la señora Dora corría de un lado a otro con la comida, cambiaba las sábanas, nos llevaba al cementerio en su Honda Accord negro. Yo iba atrás y le veía el cuello. La cadenita de oro con la cruz. Cómo golpeteaba el volante con el dedo cada vez que mi papá tosía.
Después del funeral se juntaron todos: mi tío desde Milwaukee, dos primas de Texas, un viejo amigo de mi papá de cuando estuvo en el ejército. Estamos sentados en la sala, tomando café amargo, y yo la miro a ella. Está sentada en el sillón de mi papá. El mismo donde él leía el periódico durante veinte años. Y de repente dice:
—Bueno, ahora me toca a mí hacerme cargo de los bienes.
Todos se quedaron congelados. Mi tío soltó la taza con tal golpe que sonó como campana.
—¿Qué bienes? —pregunté.
—Pues la casa. El terreno. El carro. Tu papá hubiera querido que yo tuviera dónde vivir.
En ese momento levantó la vista de esos papeles y se dio cuenta de que ninguno de nosotros estaba de acuerdo. Mi prima Karina carraspeó. Mi tío se sirvió un whisky, aunque eran las once de la mañana.
Saqué el teléfono y abrí las notas. Llevaba quince años esperando ese momento.
—Señora Dora —dije—, esta casa está a mi nombre.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
—Mi papá cambió el testamento hace cuatro años. Documento firmado ante notario, en la oficina del licenciado Fuentes, en Cicero. La casa, el terreno junto al río y el carro, todo está a mi nombre. Usted ni siquiera tiene derecho a reclamar nada, porque mi papá lo dejó especificado por escrito.
En la sala se hizo un silencio como de iglesia antes de que salga la procesión.
—Estás mintiendo —dijo la señora Dora—. Tu papá nunca…
—Mire. —Deslicé la pantalla y le mostré la foto del documento—. Número de registro cuatro mil ochocientos diecisiete. Puede verificarlo usted misma.
Ella se paró. La taza se le cayó de las piernas, se hizo pedazos contra el piso de baldosa. Nadie se movió.
—Entonces —empezó—, me voy a ir. Pero necesito dinero. Tu papá me prometió…
—¿Prometió? —interrumpió mi tío—. Pues que se lo prometa por escrito y ante un juez.
La señora Dora se puso tan roja que el pelo pintado parecía un algodón de azúcar pegado a esa cara.
—¡Yo me hice cargo de esta casa! ¡Cociné, lavé, fui al hospital cuando él ya ni se podía levantar! Y ustedes aquí…
—¿Y mi mamá no cocinaba? —pregunté despacio.
Se hizo un silencio tan profundo que se oía la mosca zumbando en el marco de la ventana. Mi tío abrió la ventana. Uno de mis primos sacó un cigarro, aunque en esa casa nadie fumaba en la mesa.
La señora Dora caminó hacia la ventana, se quedó de espaldas a nosotros.
—Te crees muy lista. ¿Crees que querías a tu papá? Nunca lo visitabas. Venías nada más en las fiestas, y de mala gana.
—Porque no tenía a qué regresar —dije.
Y entonces hizo algo que jamás me hubiera imaginado de ella. Se puso a llorar. No con escándalo. Callada. Como se llora en el camión cuando uno no quiere que nadie lo vea. Y sin voltear dijo:
—Yo sabía.
—¿Qué sabía? —preguntó Karina.
—Sabía lo del testamento. Sabía que él te lo había dejado todo a ti. Pensé que si era buena, si me quedaba callada, quizás me dejarías en paz. Pero tú… tú siempre fuiste igual. Tan dura.
Caminé hacia el aparador. Saqué del cajón las llaves del sótano y la libreta vieja de piel de mi mamá.
—Escúcheme. Le voy a dar lo mismo que usted puso. Los recibos de luz, de gas, de sus medicinas —todo está sumado. Nueve mil dólares. Se los doy en efectivo, antes de que termine el mes. Tómelos y no vuelva.
Ella se dio la vuelta. Tenía esos ojos de animal que por fin entiende que la jaula sí era una jaula.
—¿Y si no los tomo?
—Entonces voy a mandar un abogado.
En ese momento mi tío se levantó, se le acercó, la tomó del brazo y, con mucha calma, como si fuera la cosa más natural del mundo, dijo:
—Vámonos. Yo la llevo.
Y la sacó de la casa.
La casa quedó vacía todo el otoño. Cambié las cerraduras, mandé lijar los marcos de las puertas, pulir de nuevo los pisos. Quemé todas sus cosas —no por rencor, sino para que ya no quedara nada de ella. La libreta de mi mamá se la di al archivo familiar que guarda mi tía en Milwaukee.
Y después hice algo que llevaba planeando desde el día en que mi papá llegó a la casa con aquella mujer.
En las mismas fiestas decembrinas en que él siempre hacía tamales, invité a mi mamá a la casa. Nada más. Le marqué y le dije: "Ven a pasar las fiestas en casa". Y ella vino.
Nos sentamos en la cocina, en la misma mesa donde quince años atrás vio por primera vez a la señora Dora. Afuera caía la primera nieve, y en la chimenea ardía el fuego. Mi mamá me miraba mientras picaba la cebolla en cuadritos, parejita, igual que entonces.
—¿Y bien? —preguntó.
—Bien —dije—. La casa regresó.
Y eso fue todo. Sin lágrimas, sin disculpas, sin grandes palabras. Nada más esa casa que volvía a oler como a fiesta, como jacarandá en abril, como la niñez que por fin regresaba a la dirección que le correspondía.