El actor que aprendió a leer en cirílico por un pueblo que nunca había pisado

Trabajo en el mostrador de la farmacia CVS de la calle Fuller, en Hialeah, desde hace nueve años, y una nunca sabe qué se va a encontrar cuando entra alguien con acento raro pidiendo vendas y suero oral en cantidades industriales. Esa tarde de julio, con el aire acondicionado medio muerto y el termómetro marcando casi cien grados afuera, entró un hombre flaco, con lentes redondos y una gorra de los Marlins calada hasta las cejas, y empezó a sacar cosas de los estantes como si estuviera armando un kit de emergencia para un batallón entero.

Yo estaba cubriendo turno doble porque mi compañera Yolanda se había reportado enferma, y la verdad es que ni lo reconocí de entrada. Fue mi hijo, que había venido a buscarme el carro, el que casi se le cae el celular de la mano en la puerta.

—Mami, ese es el actor. El de la película de Facebook.

Yo pensé que estaba exagerando, como siempre. Pero el hombre se acercó al mostrador con una lista escrita a mano —en un papelito doblado en cuatro— y me preguntó, en un español torpe pero educado, si teníamos analgésicos infantiles que no necesitaran refrigeración, porque los iba a llevar en un vuelo largo y después en un carro por varias horas de carretera sin electricidad segura.

Le dije que sí, que tenía Children's Tylenol en presentación de pastillas masticables, más fácil de transportar que el líquido. Empecé a sumar todo en la caja: analgésicos, vendas elásticas, suero oral, repelente, dos paquetes de pilas para linterna. Ciento cuarenta y tres dólares con veinte centavos.

Él sacó la tarjeta, la pasó por el lector, y la máquina soltó ese pitido seco que cualquiera que trabaje en un mostrador reconoce de inmediato. Rechazada.

—Perdón, a veces hace eso con las compras internacionales —dijo, sin perder la calma, y volvió a pasarla.

Pitido otra vez.

Detrás de él ya se había formado fila: una señora con dos niños agarrados de la mano, un señor mayor con su bolsa de pañales para adulto, y mi hijo, parado junto a la puerta, con el celular ya en alto grabando, sin darse cuenta de que el momento no era el que él pensaba. Yo sentí que el aire acondicionado, ya de por sí débil, se había apagado del todo. La señora de la fila empezó a mirar el reloj. El hombre de los lentes redondos se metió la mano al bolsillo del pantalón, sacó un fajo de billetes arrugados y unas monedas sueltas, y empezó a contar sobre el mostrador, en voz baja, como si estuviera solo en la tienda.

—Tengo ciento diez en efectivo. Dígame qué puedo dejar.

Ahí fue cuando tuve que decidir rápido. Podía dejar que separara la mercancía, sacar el repelente y las pilas para que le alcanzara, como hago con cualquier cliente que no completa el pago —y ya había estirado la mano hacia las pilas para devolverlas al estante— o podía hacer otra cosa. Miré la fila, miré el papelito doblado en cuatro que él todavía tenía apretado entre dos dedos, y le dije que esperara un momento.

Fui a la caja registradora de al lado, saqué mi tarjeta de débito del bolsillo trasero, y cubrí yo misma los treinta y tres dólares con veinte centavos que faltaban. No se lo dije en voz alta para que no se armara un show; se lo puse al lado del recibo, doblado, y le dije que se lo pagaba después si quería, que no había prisa.

Él se quedó mirando el papel un segundo, sin tocarlo todavía, y luego negó con la cabeza.

—No, no. Deme un segundo.

Se dio la vuelta hacia la fila, hacia el señor de los pañales, y le preguntó si tenía Cash App o Venmo. El hombre, sorprendido, dijo que sí. En menos de un minuto ya había mandado plata de su propia cuenta a la del señor —quien no tenía ni idea de quién era ese flaco de gorra de los Marlins— a cambio de que le prestara efectivo ahí mismo, en el mostrador, frente a todos. El señor de los pañales aceptó, medio confundido pero sin hacer preguntas, contó los billetes y se los entregó. El actor me pagó completo, hasta el centavo, y me devolvió mi tarjeta de débito sin haberla usado.

—Gracias. De verdad —dijo, y esta vez sí me miró directo, como si el gesto le hubiera costado algo distinto que la plata.

Se fue con las bolsas colgando de los dos brazos, sin pedir que nadie se las cargara. Mi hijo, que había bajado el celular a mitad de la escena porque hasta él entendió que no era un video para subir, se quedó parado junto a la puerta.

En el mostrador, junto a la caja registradora, quedó el papelito doblado en cuatro. Se le había caído del bolsillo, o lo había dejado ahí a propósito, no sé. Lo desdoblé: era la lista de medicinas escrita a mano, y en el reverso, unas palabras sueltas garabateadas en letras que no reconocí, cirílicas, con una traducción al lado en su letra torpe de estudiante. Until, three, please, thank you. Until, tres, por favor, gracias.

Lo guardé en el cajón de abajo, entre los cupones vencidos y las ligas de goma, y ahí sigue.

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