Luciana casi no lo ve. Eran más de las once de la noche cuando dobló por la calle solitaria que bordeaba el canal. Las luces del Corolla viejo iluminaron una sombra tambaleante sobre el asfalto. Frenó en seco. Al acercarse, sintió un nudo en la garganta: un gato famélico, cubierto de lodo, avanzaba a tientas. Lo peor era la botella de plástico cortada que alguien le había encajado en la cabeza. Apenas podía respirar. Los ojos, pegados por la mugre, rogaban ayuda.
—¿Quién te hizo esto? —susurró Luciana al levantarlo. El animal no pesaba nada. Intentó forcejear y se quedó flácido en sus brazos.
Marcó el número con el pulso acelerado.
—Mateo, ¿estás en la clínica? Urgente. Voy para allá.
Mateo y su equipo lucharon dos horas. Luciana esperó encogida en el pasillo, escuchando el zumbido de las máquinas. Al fin la puerta se abrió y él salió quitándose los guantes.
—Tuvo suerte de cruzarse contigo. Un poco más y no lo contamos. Se queda internado esta noche. Yo estoy de guardia, así que lo vigilo.
Ella asintió sin hablar y se derrumbó contra el pecho de su amigo.
—Ya pasó, Luci. Como cuando éramos chicos, ¿te acuerdas? —Mateo le guiñó un ojo y le acarició la cabeza.
Luciana sonrió entre lágrimas. Mateo llevaba años siendo su refugio. Vivían en el mismo edificio de La Pequeña Habana desde la infancia. Él, tres años mayor, la había defendido de los abusones del barrio, de las chicas que se burlaban de su ropa gastada. Sabía que si Mateo estaba cerca, todo iba a estar bien.
—Vete a casa antes de que tu mamá se enfade —dijo él.
Ella asintió y salió deprisa. Mateo la siguió con la mirada, mordiéndose el labio.
La preocupación de Mateo tenía sentido. Conocía a Rosa, la madre de Luciana. El padre había muerto hacía un año, reventado por el alcohol. Desde entonces Rosa se hundió más. Toda la pensión se le iba en botellas. A Luciana le tocó ser adulta a los quince.
Esa noche, al llegar, oyó el ronquido áspero de su madre desde el sofá. El tufo a ron llenaba la sala. Dos botellas vacías rodaron por el suelo cuando Luciana las apartó con el pie. Recogió el desastre sin hacer ruido y se encerró en su cuarto. Agarró el teléfono y escribió a Mateo: “¿Cómo está?”. Minutos después llegó la foto de un gato vendado, dormido. “Un luchador.”
El animal pasó la primera noche temblando, atrapado en pesadillas. Abrió los ojos al amanecer y, al ver a Mateo, intentó huir. El terror se le escapaba por cada pelo erizado. Mateo acercó una silla y se quedó quieto, susurrando tonterías hasta que el gato dejó de bufar.
Toda la semana estuvo en la clínica. Luciana lo visitaba cada tarde. Al principio el gato se escondía. Pero de a poco empezó a ronronear cuando ella le hablaba con voz cantarina. El pelaje grisáceo con manchas rojizas le recordaba a un lince diminuto. Así nació el nombre: Lince.
—¿Segura que quieres llevarlo a tu casa? —preguntó Mateo el día del alta, mirando de reojo al animal.
—Claro que sí. Ahora es mío.
Cuando entró con el gato en brazos, Rosa levantó la cabeza del sofá.
—Espero que no tenga que darle yo de comer —gruñó.
—No te preocupes, mamá. Yo me encargo.
—Pues menos mal.
Rosa volvió a cerrar los ojos. Lince la observó con desconfianza. El vozarrón ronco y aquel olor rancio lo ponían nervioso. Aprendió a esconderse bajo la cama de Luciana cada vez que la mujer se levantaba.
—Es arisco este gato —mascullaba Rosa.
Luciana no discutía. Al menos Lince la esperaba cada noche, y eso convertía el regreso a casa en algo cálido.
Cuando Mateo los visitaba, el gato salía sin miedo, le rozaba las piernas y se dejaba acariciar. Mateo le explicó a su amiga que Lince tenía unos cuatro años, problemas en una pata y el corazón delicado.
—Nada de viajes largos en avión, ¿entiendes? El estrés podría matarlo.
Luciana soltó una carcajada amarga.
—¿Avión? Como si yo algún día fuera a salir de aquí.
Dos años después, ya casi graduada de Traducción e Interpretación, seguía partiéndose el lomo como mensajera para pagar las cuentas. Aquel miércoles llevaba un sobre urgente a la torre de oficinas del centro. La secretaria lo recibió y, cuando Luciana se giraba para irse, un hombre salió del despacho con el teléfono pegado a la oreja.
—¿Cómo que no hay traductor? La reunión es en diez minutos. Necesito a alguien que maneje portugués e inglés, ¡no me vengan con excusas!
Luciana lo miró. Era atractivo, traje impecable, tal vez treinta y cinco años. Los ojos se le encontraron con los de ella.
—Disculpe. ¿Usted por casualidad habla inglés y portugués? —preguntó él, medio en broma.
La secretaria abrió la boca para negar, pero Luciana se adelantó.
—Sí, señor. Soy traductora. Inglés y portugués fluidos, y obviamente español nativo.
La secretaria se atragantó. Luciana sostuvo la mirada.
Así empezó todo. Aquel hombre era Sebastián Duarte, director regional de una multinacional. La reunión fue un éxito gracias a ella. Dos semanas después, Luciana tenía un contrato como asistente personal. Seis meses después, ya no hablaban solo de trabajo.
Sebastián era encantador. Cenas en Brickell, escapadas a los Cayos, un reloj que Luciana jamás se hubiera comprado. Mateo la vio llegar a casa con el rostro iluminado más de una vez.
—Estás irreconocible, muchacha —le dijo una tarde, recostado en la puerta de su clínica.
Ella se limitó a sonreír de aquella manera que tanto dolía. No quería compartir esa felicidad todavía. Le daba miedo romperla si la contaba en voz alta.
Las cosas se aceleraron. Una noche, Sebastián le pidió que se fueran juntos a Londres. La empresa lo trasladaba y quería que ella fuera su pareja, en todos los sentidos. El sueño europeo, la vida que nunca se había atrevido a imaginar.
Luciana le dijo a Mateo en su cumpleaños. Llegó antes que nadie, cargando la tarta de tres leches que siempre le horneaba. Se sentaron en la cocina de él, con el gato Lince ronroneando entre los dos.
Mateo la miraba con una intensidad rara. Respiró hondo y se lanzó:
—Luci, hace tiempo que te quiero decir algo…
Ella lo interrumpió, nerviosa.
—Espera, yo también tengo algo serio. ¿Puedo empezar yo?
Él asintió, con una chispa de esperanza en los ojos.
—Me voy a Londres. Con Sebastián. —Las palabras salieron atropelladas—. Es mi oportunidad, Mateo. Me caso con él, o casi. Pero no puedo llevarme a Lince. Ya sabes, su corazón… y además Sebastián es alérgico. No podría vivir a pastillas. Necesito que tú te quedes con el gato. Por favor.
Mateo sintió un golpe seco en el pecho. La sonrisa se le congeló.
—¿Sebastián? ¿Quién es Sebastián?
—Mi jefe. Bueno, mi novio. El de la empresa. Te lo conté hace meses, ¿no?
En realidad, casi no le había contado nada. Mateo bajó la mirada hacia Lince. Se pasó la mano por la nuca.
—Claro, Luci. Cómo no. Yo me quedo con él. Tú no te preocupes. Solo… sé feliz.
Dijo las palabras rápido, como quien espanta una mosca. Ella notó que los ojos de Mateo se habían apagado.
—¿Tú qué me ibas a decir? —preguntó, vacilante.
—Nada. Tonterías. Unos cambios en la clínica.
Los dos meses siguientes fueron raros. Luciana arregló papeles, liquidó sus cosas, avisó en la universidad. Cuanto más se acercaba el día del vuelo, más le pesaba el estómago. Su madre, sorprendentemente, apenas reaccionó. Solo le dijo que no esperara que ella cuidara al gato. Lince se le subía a la falda cada noche y le clavaba los ojos amarillos como diciendo “¿y ahora qué?”.
Una tarde, Sebastián fue tajante:
—Entiendo que quieras al animal, pero no voy a vivir envenenado con antihistamínicos. Y menos en Londres, con lo que llueve.
Luciana asintió en silencio. “Es un gato”, trataba de convencerse. Pero no era un gato. Era Lince. Y Lince era Mateo. Y Mateo era todas esas horas en la clínica, las veces que la rescató de niña, las conversaciones en la azotea cuando su casa olía a ron.
La mañana del viaje, Mateo la esperaba en el rellano con el transportín en la mano. Lince maullaba bajito.
—Bueno, llegó la hora —dijo él, demasiado animado.
Luciana no pudo más. Se le quebró la voz:
—Llámame, por favor. No me olvides.
—No seas tonta. Ven aquí.
La abrazó. La abrazó como si quisiera detener el tiempo. Ella le besó la mejilla y notó el temblor de su mandíbula.
—Te tengo que dejar —susurró ella.
—Nunca te olvidaré —oyó que él murmuraba cuando ya caminaba hacia el ascensor.
En el aeropuerto, Sebastián estaba radiante. La llevó hasta el mostrador de facturación. El agente les pidió los pasaportes. Luciana miró la maleta etiquetada, la pantalla con el número de vuelo, la ventana donde los aviones se alineaban bajo el sol de la tarde. Y oyó el eco: “Nunca te olvidaré”. Lo sintió como un puñetazo en las costillas.
—¿Qué pasa? Estás pálida —dijo Sebastián.
Ella observó a este hombre guapo al que creía amar. Y vio a otro. Vio al muchacho que a los doce años se interponía entre ella y los golpes. Vio al veterinario que había trasnochado con un gato callejero sin cobrarle un centavo. Vio la mirada triste que él ocultaba detrás de cada “lo importante es que tú seas feliz”.
—No puedo irme —dijo. Y la frase salió clara, sin lágrimas.
Sebastián frunció el ceño. Se armó un silencio espeso, de esos que duran una vida entera.
—¿Cómo que no puedes? El vuelo sale en una hora.
—Lo siento, Sebastián. Lo siento de verdad. Pero hay alguien que me está esperando. Y yo a él. Siempre fue él.
Él empezó a protestar, pero Luciana ya había soltado la maleta y caminaba hacia la salida. Pidió un taxi con el pulso disparado.
El trayecto se le hizo interminable. Subió las escaleras del edificio de dos en dos y golpeó la puerta de Mateo con los nudillos a punto de estallar. Tardaron unos segundos. Al abrir, él se quedó mudo. Lince se coló entre sus piernas y se enroscó en los tobillos de Luciana.
—Entonces, en tu cumpleaños… —empezó ella— ¿qué era lo que ibas a decirme?
Mateo no respondió. Dio un paso. La envolvió en un abrazo que olía a desinfectante y a gato y a la persona que siempre había sido. Ella escondió la cara en su cuello y sintió el ronroneo de Lince vibrando contra sus pies.
—Que te quiero, Luci. Que no me imagino la vida sin ti… y sin este bicho —dijo él al fin, con la voz rota y la sonrisa más grande del mundo.
Ella levantó la cabeza y lo miró.
—Justo eso mismo te iba a decir.