La Furgoneta Blanca

A las dos y media de la tarde, con el sol pegando duro sobre la calzada, Leonardo Saldaña miró el tanque de gasolina y suspiró. Menos de un cuarto. Ya no le alcanzaba para ir a la clínica del downtown de Houston y mucho menos para volver. Llevaba once meses pagando copagos, radiografías y la maldita oxigenoterapia con un seguro que solo cubría lo que le convenía. La cuenta de cheques estaba en rojo, igual que el marcador de temperatura de la camioneta Silverado. Y el oncólogo, el doctor Amin, le había mandado un mensaje la noche anterior recordándole que no podía seguir posponiendo la quimio.

El teléfono vibró sobre el asiento. No contestó. Sabía quién era: su hermana Malena, con la voz llena de esa compasión que él detestaba. "Leo, no seas terco, vende el trocón, vende los muebles de papá, hay que pagar el hospital." Siempre era lo mismo. Vender. Él no quería vender nada. Quería despertarse sin el ardor en el pecho, sin toser pedazos de alquitrán a las tres de la madrugada, sin que el dolor se le subiera al cuello como un perro rabioso.

Esa mañana no fue al consultorio del doctor Amin. Fue a ver a una santera que vivía en un barrio viejo al sur de la ciudad, después del parque de casas rodantes, donde el asfalto se acaba y empieza el terregal. Se lo había dicho Beto, el mecánico de la esquina: "No hay oncólogo que te quite eso, compadre. Pero yo conozco a una mujer que te mira y te dice el día que te vas a morir. Y a veces te ayuda a cambiarlo."

Leonardo no creía en santería, ni en la Virgen, ni siquiera en los milagros de la catedral. Pero la noche anterior había escupido sangre en el lavamanos y se había quedado paralizado frente al espejo, con el grifo abierto, hasta que el agua se puso tibia. En ese momento pensó: "Me voy a morir en un baño prestado, y nadie va a venir." Eso fue lo que lo empujó a manejar hasta la casa de la santera.

No era una casa. Era una cabaña de madera detrás de un taller de puertas de garaje, con el techo parchado, una virgen de yeso descascarada en la entrada y un olor a hierba quemada que se le pegó a la ropa antes de tocar el timbre.

—¿Leonardo? —la voz salió de adentro, sin abrir la puerta.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—La puerta está abierta. Y tu nombre no es ningún secreto.

Entró agachando la cabeza. Adentro hacía calor, un calor húmedo que le recordó el cuarto donde murió su padre. Una mujer flaca, de unos sesenta años, estaba sentada en una silla plegable junto a una mesa cubierta de botellas pequeñas, fotografías amarillentas y un plato con monedas oxidadas. Llevaba un pañuelo morado en la cabeza y fumaba un cigarro delgado que no despedía humo, como si estuviera apagado.

—Te duele aquí —dijo ella, tocándose el esternón con dos dedos. —Y aquí. —Se llevó la mano al costado derecho. —Y por las noches sientes que algo te aprieta la garganta.

Leonardo se sentó en un banco de madera sin que se lo ofrecieran. Las piernas no le respondían bien.

—Usted sabe que me estoy muriendo, ¿verdad? El doctor dice que…

—El doctor dice tonterías. Tú no vienes aquí a que te curen. Vienes a que te digan cuánto tiempo te queda.

Era cierto. Lo que quería era un número, una fecha, algo con qué negociar con esa cosa negra que le crecía en el costado.

—Te quedan trece días. Catorce con suerte. Pero no es suerte lo que necesitas.

Leonardo soltó una risa corta, sin aire.

—¿Y cuánto me cobra por arreglarme la vida?

La santera apagó el cigarro contra el plato de monedas. El ruido fue seco, como el chasquido de un hueso.

—La vida no se compra. Se cambia.

—¿Se cambia por qué?

—Por otra vida.

Leonardo se quedó callado. El ventilador oscilante junto a la ventana giraba con un zumbido de mosca gorda. En un rincón, un gato negro abrió los ojos. No lo había visto hasta ese momento. Estaba echado sobre una caja de cerveza vacía, mirándolo con una fijeza que no era de animal.

—¿Tú crees en Dios? —preguntó la santera.

—No.

—Pues yo tampoco. Pero hay ciertas cosas que se cumplen. Escucha bien, porque no voy a repetir.

Se inclinó hacia él. Le habló bajito, con la boca cerca de su oreja, y el aliento le olía a ron y a canela.

—Toma esto.

Le puso en la mano dos pulseras de madera. Una negra, otra café oscuro. Eran casi iguales; apenas las distinguías si no te fijabas en la talla.

—Antes de la medianoche, la negra en ti, la café en otra persona. No la conozcas, no la odies, no la quieras. Solo tiene que estar viva. La vida no se puede crear, pero se puede trasladar. Respiración por respiración. Sangre por sangre. La pulsera hace el resto.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces te mueres en trece días. Eso ya lo sabías.

Leonardo miró las pulseras sobre su palma. La madera caliente, como recién salida del sol.

—¿Y la otra persona? —preguntó.

La santera volvió a encender el cigarro. No respondió.

Afuera, el calor era un horno. El estacionamiento de la cabaña estaba vacío; solo su Silverado gris, con la defensa trasera oxidada y una calcomanía de los Astros en el vidrio. Se sentó al volante y encendió el motor. El gato negro cruzó por delante de las llantas, sin prisa, y se detuvo un segundo a mirarlo por el retrovisor. Leonardo esperó a que se quitara.

—Pinche gato —murmuró, y arrancó.

Manejó sin rumbo por la carretera del cinturón, con las pulseras en el asiento del copiloto. Al principio pensó en Malena. Ella siempre le decía "pórtate bien, Leo, no hagas estupideces". Pero Malena no era idiota; ella quería el trocón y los muebles de la casa. Luego pensó en el tipo que le debía nuevecientos dólares desde hacía dos años, un tal Omar del taller de soldadura. "Ese güey se merece lo peor." Pero Omar estaba en otro estado, o eso decían. Y no podía esperar.

Después pensó en el niño que le rompió la ventana del garaje con una pelota en mayo. Vivía en la esquina. Salía todas las tardes a jugar con un perro sarnoso. A las cuatro, el niño salió puntual. Leonardo lo vio desde la camioneta, estacionado a media cuadra, con la mano en la palanca, el cuerpo echado hacia delante. La pulsera café le sudaba en el puño.

—No… no puedo —dijo en voz alta.

Arrancó. Dio la vuelta a la manzana y tomó la avenida hacia el norte. El niño siguió jugando. El perro ladró a la camioneta que se alejaba.

La noche lo encontró cerca del lago, en una carretera de dos carriles con árboles encinos de cada lado. Las pulseras estaban en el asiento del copiloto. El brillo del tablero no alumbraba bien; la madera se veía casi negra, las dos iguales.

—¿Y quién dice que no me las voy a poner a un venado? —se dijo, por decir algo. Pero no había venados. Solo rumor de cigararras y el dolor ese que le subía del hígado al hombro.

Fue entonces cuando la tos lo agarró. Un ataque seco, violento, de esos que doblan la espalda contra el volante. La camioneta se fue de lado, las llantas chirriaron sobre la grava, una sombra salió de la cuneta y el golpe fue sordo.

—¡No, no, no…!

Frenó. El polvo blanco se le metió por la ventana abierta. Se quedó un minuto con las dos manos apretando el volante, el pecho ardiendo. Luego abrió la puerta con torpeza y se dejó caer al suelo. Las piernas le temblaban como si no fueran suyas.

Era una muchacha. Estaba tirada entre la yerba, con una pierna doblada en un ángulo feo y la cara llena de tierra. No se quejaba. No se movía.

Leonardo se arrodilló. Estiró la mano para tocarle el cuello y sintió el pulso: rápido, fuerte. Estaba viva.

—Sorry, sorry… —susurró. No sabía por qué hablaba en inglés; a veces le salía así cuando estaba nervioso. —Déjame llamar a…

El teléfono se le cayó dos veces antes de poder marcar. El maldito 911 no salía; no había señal. Tres rayitas parpadeaban y se borraban.

—Ahí vengo, chamaca, no te muevas, no te mueras… —dejó el teléfono en el suelo y fue por el botiquín a la camioneta, tropezando con una piedra, agarrándose del espejo.

Cuando volvió, la muchacha había abierto los ojos. Eran dos puntitos verdes, brillantes como los del gato de la santera. No dijo nada. Solo lo miraba.

Leonardo se detuvo. Tenía las pulseras en la mano izquierda. No recordaba haberlas tomado del asiento.

—Tranquila… tranquila… —dijo, y no sabía si se lo decía a ella o a sí mismo.

El dolor en el costado se le recrudeció. Se apoyó en la defensa, escupió algo oscuro y se quedó mirando la saliva negra en sus dedos. El maldito dolor ya no se iba. Se acomodaba en su cuerpo como un inquilino que ya no paga renta.

Se acercó a la muchacha. Le tocó el brazo. Estaba tibio. La pulsera café pesaba menos que la negra. O quizá no; con la poca luz, no sabía cuál era cuál. Las puso una junto a la otra, a la altura de sus ojos, intentando distinguir la talla. La luna se reflejó en la madera, y por un segundo las dos parecieron idénticas.

—A la chingada —dijo.

Le deslizó una pulsera en la muñeca a la muchacha. Se resbaló sola, como si midiera exacto. La otra se la puso él, en el mismo brazo, un poco más arriba, casi tocando el reloj de su padre. La madera se calentó de golpe, se ajustó y apretó.

Nada.

Un segundo. Dos.

El pecho se le apretó. El aire se le hizo grueso. Quiso toser y no pudo; quiso sacarse la pulsera y no cedió; quiso gritar y lo que salió fue un hilo de vaho caliente.

Después, el silencio.

La muchacha se despertó en la cuneta con la boca llena de polvo y el brazo izquierdo entumecido. Se tocó la cara, se limpió la tierra de los ojos y se miró las piernas. Tenía la rodilla raspada, la playera rota a la altura del hombro, pero podía mover los dedos, las manos, el cuello. Estaba entera.

A su lado, un hombre moreno de unos cincuenta años yacía boca abajo, con el brazo doblado bajo el pecho. No se movía. La camioneta gris seguía encendida, con la puerta abierta y la radio sonando bajito: una estación de rancheras.

—Hey… hey, señor…

Le tocó el hombro. Nada. Le buscó el pulso. Nada.

Oyó un carro acercarse por la carretera. Se levantó cojeando, sacudió la tierra de la ropa y salió a la orilla a hacer señas. Era una camioneta de redilas, con placa de Texas y una calcomanía de "Mi familia es mi fuerza" en la ventana. Frenó a unos metros.

—¡Ay, muchacha! ¿Qué pasó? —bajó un tipo gordo con gorra de los Cowboys.

—No sé… me pegó, no sé… él no se mueve.

El tipo se acercó al cuerpo, lo volteó con cuidado, le abrió un párpado con el pulgar.

—No, este ya se fue. Llama al 911. Aquí no hay señal hasta la subida. Quédate, yo doy la vuelta y traigo ayuda.

La muchacha se quedó de pie junto a la camioneta, frotándose la muñeca. Tenía una pulsera de madera café, chica, pegada a la piel. Trató de quitársela, pero no pudo. No dolía. Solo estaba ahí, calientita, como una vena nueva.

Al rato llegaron la policía y una ambulancia. Sacaron el cuerpo del hombre en camilla, le cubrieron la cara con una sábana azul. La muchacha dio su nombre: Carolina Espinoza, diecinueve años, venía de casa de su abuela, no sabía qué había pasado con el carro, todo fue muy rápido.

—¿Y tú estás bien? —le preguntó una médica, apuntándole con una linterna a los ojos.

—Creo que sí… un raspón aquí, nada más.

—Parece que fue un infarto. El señor traía una receta de… —la médica dejó la frase a la mitad y miró la camioneta. —¿Y esa pulsera?

Carolina se encogió de hombros.

—No sé. Ya la traía cuando me levanté.

La médica no insistió. Le pusieron una toalla sobre los hombros y la subieron a la ambulancia para revisarla. Carolina miró por la ventana la camioneta gris con la defensa oxidada, la calcomanía de los Astros, la puerta abierta. En el piso, junto al cuerpo, brillaba la otra pulsera, negra, partida en dos pedazos.

Seis días después, a Carolina la llamaron de un número desconocido. Una mujer de voz ronca le dijo que era abogada.

—¿Usted es la señorita Carolina Espinoza?

—Sí… ¿quién habla?

—Le llamo porque usted figura como beneficiaria de una póliza de seguro de vida. El señor Leonardo Saldaña cambió los papeles el mismo día de su fallecimiento. Dejó instrucciones escritas: "Todo para la muchacha de la carretera, si es que sigue viva."

Carolina se sentó en la cama, con el teléfono pegado a la oreja y la pulsera de madera caliente contra su muñeca.

—¿Cuánto es? —preguntó, sin soltar la cobija con la otra mano.

—Ciento cincuenta mil dólares.

Afuera, en el estacionamiento del edificio, una Silverado gris se detuvo frente al letrero de "Se renta". El motor se apagó solo. La radio siguió sonando unos segundos, como si nadie la hubiera apagado. Y luego, silencio.

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