No Quería Llegar a la Nochebuena

El frío en el tráiler era de esos que ya ni se sienten en la piel, sino que se te meten en los huesos y se quedan ahí, royendo. Dolores apretó a Chispa contra su pecho. La perrita chihuahua temblaba tanto como ella.

—Ya, mi niña, ya —murmuró, con los labios tan secos que las palabras sonaban a papel de lija—. Si nos quedamos quietecitas, igual y nos dormimos y ya no sentimos nada hasta mañana.

Chispa lamió la barbilla de Dolores. Hacía dos días que se había terminado la última lata de frijoles. El tanque de propano llevaba una semana en ceros y la estufa eléctrica era solo un mueble inútil desde que les cortaron la luz. Las veladoras que le quedaban a la virgencita las había ido encendiendo de a poquito, pero la última se apagó al amanecer.

En el parque de casas rodantes de La Mesilla nadie se extrañaba del silencio. Los vecinos eran pocos en invierno y los que quedaban andaban en sus propias batallas. Dolores miraba por la ventana, a veces, el polvo del desierto de Nuevo México levantarse con el viento. La nochebuena era dentro de cinco días. Para qué.

La mañana que todo cambió, Chispa se puso como loca. Orejas tiesas, un gruñido chiquito pero terco.

—Qué tienes, escandalosa —le dijo Dolores, queriendo incorporarse. El cuerpo le pesaba como si cargara costales de arena.

Entonces lo oyó. Un motor grande. Pasos en la gravilla del caminito de la entrada. Una risa joven.

Toc, toc, toc.

—¿Señora Dolores? ¿Está en casa?

Dolores se quedó helada. No esperaba a nadie. Conocidos no le quedaban. La mente se le fue a los peores lugares: venían a desalojarla, venían a quitarle hasta el mugre este que le servía de casa, venían de inmigración, venían de la funeraria porque algo le pasó a su hijo en el otro lado y venían a decírselo.

Pero no. No podía ser lo de su hijo porque de su hijo no sabía nada desde hacía siete años.

Se levantó envuelta en la cobija de lana que su mamá tejió en Chihuahua antes de cruzar el río. Abrió la puerta cuatro dedos, con la cadena puesta.

En el escalón, un muchacho de no más de veinticinco años, con chamarra de trabajo y un gorro de lana hasta las cejas, le sonrió como si la conociera de toda la vida. Detrás de él, en el caminito, había otros tres chamacos descargando leña de una pickup blanca toda rayada.

—Buenos días. Soy Eduardo, del grupo ‘Manos Amigas’. Traemos madera y algo de despensa. ¿Dónde quiere que la pongamos?

—M’ijo, se equivocaron de tráiler. Yo no tengo con qué pagarles. Aquí no hay dinero, ni tarjeta, ni nada —dijo Dolores, y la vergüenza le calentó las mejillas por primera vez en semanas.

Eduardo negó con la cabeza.

—No, señora. No nos equivocamos. Es para usted. De parte de la comunidad.

Dolores no entendía. La palabra “comunidad” le sonaba a un eco de algo que había muerto hacía mucho. Pero la puerta ya la estaba abriendo. El frío que entró de golpe le recordó que el sol estaba alto y que afuera había gente viva.

—Pónganla junto al porche —dijo con un hilo de voz—. Y tengan cuidado, que ahí se esconde una lagartija que no le hace mal a nadie.

Los muchachos trabajaron en silencio, sin que ella tuviera que dar más indicaciones. Apilaron la leña de mezquite ordenadamente, con ese cuidado que tienen los que saben que una astilla mal puesta es un lujo que otros no pueden darse. Luego metieron las cajas de mandado: arroz, frijoles, maseca, café, pan de caja, una docena de huevos. Leche en polvo. Un paquete de croquetas para Chispa.

—¿Y esto? —Dolores señaló las croquetas, y fue lo último que preguntó antes de que las palabras se le ahogaran en un sollozo.

Chispa ya andaba olisqueando la bolsa, moviendo la cola como un abanico descompuesto.

—Órale, siéntense, siéntense. A ver, si me prenden tantita lumbre, les hago un cafecito aunque sea —dijo, y agarró una olla con una urgencia que no sentía desde quién sabe cuándo.

Uno de los chamacos, el más callado, se puso a hacer la fogata afuera, en el tambo que servía de brasero, mientras los otros se quedaron dentro, sentados en el piso de linóleo, porque las dos únicas sillas que había no daban abasto.

Mientras el agua se calentaba, Eduardo le explicó: Manos Amigas era un grupo de pura gente del pueblo, voluntarios. No eran iglesia, aunque a veces el padre Guadalupe les prestaba la camioneta. No eran gobierno. Recorrían los condados de Doña Ana, Otero, Sierra, buscando a los viejitos que se iban quedando solos, sin familia cerca, sin papeles, sin red. Los buscaban en los parques de tráileres, en las colonias perdidas, en los ranchos abandonados.

—Mañana vamos a ir a Truth or Consequences —dijo una muchacha llamada Valeria, que tenía el cabello rojo y las uñas mordidas—. Hay una señora que tiene tres gatos y no ha podido pagar la bomba del pozo. Le vamos a arreglar la bomba.

Dolores removió el café, sintiendo cómo el calor de la estufa de leña empezaba a ganarle terreno al hielo que traía dentro. No paraba de mirarlos. A Eduardo, que hablaba con una seguridad contagiosa. A Valeria, que se reía fácil. A los otros, que parecían soldados rasos de un ejército invisible de mantenimiento y cariño.

Fue entonces, en la cocina minúscula, con las manos alrededor de una taza de peltre que no se había roto en cuarenta años, que a Dolores se le ocurrió algo. Dejó el café y caminó despacio hacia la única cómoda de madera que tenía. Abrió el tercer cajón, el de las cosas que no se usaban pero no se tiraban tampoco. Sacó un reboso de seda verde, con bordados de flores magenta. Lo había comprado su marido en Ciudad Juárez el año que nació su hijo. La última vez que lo usó fue en un bautizo. Hacía treinta y ocho años.

—Llévenselo a esa señora —dijo, y puso el reboso en las manos de Valeria—. De mi parte. Un regalo de navidad. Está limpio, yo nunca lo ensucié.

Valeria desdobló el reboso, y los bordados brillaron bajo la luz anaranjada de la tarde que empezaba a caer.

—Señora, no se puede… esto está precioso.

—Por eso mismo —Dolores se envolvió otra vez en su cobija—. A mí ya no me va a dar tiempo de ponérmelo. Que le sirva a ella para algo bueno.

Se hizo un silencio grande. De esos que no pesan. Chispa se subió al regazo de Eduardo y se quedó dormida.

—Le traemos otra cosa —dijo Eduardo ya de pie, y salió hacia la pickup.

Lo que entraron a continuación Dolores no lo podía creer. Era un televisor chico, de pantalla plana, con su caja todavía envuelta. Lo conectaron a la única extensión que llegaba hasta el tráiler de la administración, donde todavía José, el encargado, dejaba robarse un poco de luz con un cable pirata que él mismo había instalado por lástima.

—Feliz Navidad, señora Dolores —dijeron todos, casi en coro, como villancico ronco.

Dolores no pudo contestar. Tenía las manos sobre la boca y las lágrimas le corrían entre los dedos. Chispa ladró dos veces, sin entender por qué lloraba la vieja si el tráiler ahora olía a leña y a frijoles recién hechos.

—Nos vamos —dijo Eduardo—. Pero en febrero, antes de que se acabe el frío, regresamos.

—Aquí los espero —dijo Dolores, por fin.

La noche de ese día, Dolores se quedó despierta hasta tarde mirando las brasas apagarse en el tambo. El reboso ya no estaba en el cajón. Viajaba al norte, hacia Truth or Consequences, envuelto en una bolsa de plástico, acarreado por manos que sabían que los milagros no bajan del cielo, sino que se tejen con hilo y con tiempo.

Afuera, en la pickup, Eduardo encendió el motor. Valeria miraba el bulto del reboso contra su pecho y la calefacción apenas empezaba a espantar el frío de la ventana.

—Un día de estos vamos a llegar y ya nadie nos va a abrir la puerta —dijo ella, sin mirarlo.

Eduardo metió primera y la pickup se sacudió sobre la terracería.

—Pues por eso mismo —respondió—. Por eso mismo tenemos que llegar antes.

Las luces traseras de la camioneta desaparecieron tragadas por el polvo y la oscuridad del desierto. Y en el parque de tráileres, por primera vez en semanas, la ventana de Dolores quedó encendida con una luz azul, temblorosa y tenaz, que iluminaba la noche sin pedir permiso.

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