# El taller de Ricardo

Dolores no tocó la puerta. Le dio vuelta a la llave que llevaba colgada del cuello desde hacía siete años y entró al taller como si todavía fuera suyo.

—Mamá, aquí decido yo ahora —dijo Marcos, sin levantar la vista de la factura que tenía en la mano—. Papá me lo dejó a mí. Ante notario.

Afuera, en la calle 26 del barrio de La Villita, lloviznaba, y del edificio de al lado llegaba olor a cebolla frita —alguien cocinaba a la una y media de la tarde, entre semana, como si el tiempo siguiera corriendo normal para el resto del mundo. Para Dolores se había detenido tres semanas antes, el día del funeral de Ricardo.

Un taller mecánico en la 26, dos elevadores hidráulicos, un compresor que tosía como fumador viejo: eso era todo lo que había dejado su esposo. Treinta y dos años de matrimonio, veintidós de ellos en la misma dirección, atendiendo a la misma clienta que manejaba un taxi y llegaba cada mes a cambiar el aceite, siempre preguntando si doña Dolores había horneado otra vez ese pay de manzana.

—Ante notario —repitió Dolores—. ¿Y sabes quién pagó la renta de este local cuando tu papá estuvo internado en Cook County después del infarto? Yo. Con mi pensión de maestra. Trescientos dólares al mes, cuatro meses seguidos, para no perder el contrato.

Marcos dejó la factura sobre el mostrador. Tenía treinta y un años y las mismas arrugas alrededor de los ojos que su padre cuando se enojaba.

—Eso era tu compromiso como esposa. Yo ahora tengo compromisos como dueño. Clientes, el Seguro Social, el pago del elevador nuevo. No puedo andar con sentimentalismos.

—Sentimentalismos —repitió ella, en voz baja, más para sí misma.

Se fue sin decir nada más, llevándose solo una taza que decía "El Mejor Mecánico de Chicago", un regalo que ella misma le había comprado a Ricardo en sus cincuenta años.

***

Todo había empezado en realidad dos semanas antes, en la notaría de la calle 18. El testamento era corto: el taller, el equipo, las dos camionetas de trabajo, todo para el hijo. A Dolores le tocó el departamento en Cicero donde habían vivido siempre y una cuenta de ahorros que, después de pagar el funeral, se había reducido a cerca de tres mil dólares.

El notario, el licenciado Domínguez, un hombre de más de sesenta años con bigote canoso, la había mirado entonces con tanta lástima que ella tuvo que voltear hacia la ventana.

—Doña Dolores, usted tiene derecho a reclamar su parte —le había dicho en voz baja—. Aunque el testamento no la mencione.

—No voy a demandar a mi propio hijo —había respondido ella.

Ahora, tres semanas después, sentada en la cocina de Cicero con un té ya frío, recordó esas palabras. Sobre la mesa había un periódico de dos días atrás, abierto en la sección de anuncios. La vecina de abajo, doña Chayo, había tocado esa mañana para preguntar si Dolores necesitaba compañía —había escuchado gritos en el taller la semana anterior, cuando Marcos tiró a la basura las herramientas viejas de su papá.

—Tiró la esmeriladora de tu suegro. La que tenía veinte años —le contó Dolores a doña Chayo, sin saber muy bien por qué lo decía.

—¿Y tú qué vas a hacer, Dolores?

No contestó de inmediato. Se levantó, lavó la taza de Ricardo y la puso en la repisa, junto a la foto de su boda.

***

Su nuera, Karina, llegó sola, sin avisar, un viernes por la tarde. Traía puesta la bata del trabajo —era enfermera en una clínica de la calle Pulaski— y por lo visto había manejado directo desde su turno.

—Marcos no sabe que estoy aquí —dijo, sentándose a la mesa de la cocina sin quitarse la chamarra—. Tiene miedo de que usted lo demande. Habló con un abogado por lo del contrato del elevador y el abogado le mencionó lo de su parte de la herencia, y se asustó.

—No tengo ninguna intención de demandar a nadie.

—Lo sé. Pero él no lo sabe. —Karina jugaba con la correa de su bolsa—. Suegra, él tiró todas esas herramientas porque tiene miedo. No porque no le importen. Nada más piensa que si deja todo igual, es como si todavía no fuera dueño de verdad.

Dolores le sirvió té, aunque Karina no lo había pedido.

—¿Y tú qué quieres, Karina?

—Que esto no termine como termina en tantas familias. Que en cinco años no resulte que los niños ni conocen a su abuela.

Esa frase se quedó flotando más tiempo del que debía.

***

La escena decisiva no pasó en el taller ni en el departamento de Cicero, sino en la sala de espera de la notaría de la calle 18, diez días después.

Dolores llegó sola, con cita a las doce. Cuando el licenciado Domínguez abrió la puerta de su oficina, adentro ya estaba Marcos —sudando, con una carpeta de documentos sobre las piernas, todavía con la chamarra de trabajo que se notaba había traído puesta directo del taller.

—¿Mi mamá me va a demandar? —preguntó antes de que nadie se sentara.

—No. —Dolores puso su bolsa sobre una silla—. Vine a firmar que renuncio a mi parte de la herencia.

Marcos se quedó callado. El notario alcanzó la carpeta con los documentos, pero Dolores levantó la mano.

—Antes de hacerlo, quiero que escuches algo. Tu papá te dejó el taller a ti porque confiaba en que lo ibas a manejar mejor que yo. Fue su decisión y la respeto. Pero lo que hiciste una semana después del funeral —tirar sus herramientas a la basura como si no valieran nada— eso fue tuyo. No de tu papá.

—Mamá, yo…

—No he terminado. —Su voz no tembló—. La cuenta que dejó tu papá, casi tres mil dólares, la voy a usar para arreglar el departamento. No para el taller. No te voy a dar ni un centavo para el pago del elevador que me pediste a través de Karina la semana pasada. Lo que es mío, se queda mío. Lo que es tuyo, se queda tuyo. Renuncio a mi parte porque no quiero pelear por fierros viejos. Pero no esperes que ahora te financie tus decisiones.

Firmó el documento con la pluma que le dio el notario. La mano no le tembló.

Marcos se quedó con la cabeza baja, la carpeta todavía sobre las piernas, sin abrir.

—Yo solo quería que fuera mío —dijo, casi sin voz—. Que nadie me dijera cómo manejar el taller.

—Ahora es tuyo. Completamente. —Dolores se puso de pie, se abrochó el abrigo—. Y por eso ahora vas a pagar tú solo todo lo que venga con eso. Incluidos los errores.

***

Salió primero de la notaría. Afuera había dejado de llover, las calles del centro brillaban de humedad, y por la avenida pasaba justo un camión de la CTA, rugiendo como motor diésel viejo.

Karina le llamó esa noche.

—Marcos lloró en el carro —le dijo—. Es la primera vez desde el funeral.

Dolores estaba entonces sentada a la mesa de la cocina, con un presupuesto de una compañía de remodelación frente a ella: cambio de ventanas en el departamento de Cicero, seis mil dólares, seis semanas de trabajo.

—Dile que el domingo hago pay de manzana —respondió—. Si quiere venir, la puerta va a estar abierta. Pero el taller ya es asunto suyo.

Colgó el teléfono y volvió al presupuesto. Afuera, el perro del vecino, un salchicha de los Ramírez de la planta baja, le ladraba al cartero como todos los días a esa hora, exactamente igual, como si nada hubiera cambiado.

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