No me dejan ni hablar

Esa tarde, la doctora me preguntó cómo me sentía. Yo apenas alcancé a decir «A veces me da un cansancio…» cuando Patricia, mi hija, me tocó el antebrazo y le habló a la cardióloga como si yo no estuviera presente.

—Mire, doctora, hablo yo, que mi mamá no se acuerda ni del nombre de las pastillas. Luego se le olvida lo que le explicaron.

Se me heló la saliva. La doctora, una mujer de unos cuarenta años con lentes oscuros, pasó la vista de mi hija hacia mí. Yo me quedé con la boca entreabierta y clavé los ojos en la pantalla del monitor que mostraba un gráfico de un corazón latiendo.

Patricia, parada junto a la camilla con su bolsa de cuero y su teléfono en la mano, parecía estar dando un reporte de trabajo. Y pensé: esta mujer, a la que le cambié los pañales, ahora habla de mí como si yo fuera un traste viejo.

Ya en el consultorio, mientras ella le describía mis mareos, las dosis, los horarios —todo correcto, todo anotado en su aplicación— la doctora le preguntó algo y las dos contestaron al mismo tiempo: «Sí, sí se toma la metformina». Patricia me lanzó una ojeada breve, casi sorprendida de que yo todavía pudiera coordinar una respuesta.

Yo trabajé treinta y cinco años en una maquiladora de uniformes escolares aquí en Chicago, en la calle Damen. Cortaba tela, manejaba la máquina industrial, llevaba cuentas de los pedidos. Si mi cabeza no funcionara, no habría durado ni dos semanas.

Pero no lo dije. Me quedé callada.

En el coche de regreso, un Ford Escape gris, Patricia iba serpenteando por la Avenida Cermak. A la altura del puente sobre el río, solté:

—¿Por qué hiciste eso?

—¿Qué, mamá?

—Decir que no me acuerdo de las cosas.

Patricia soltó un suspiro largo y me contestó como quien le explica algo a un niño:

—Porque es la verdad, má. Ya van dos veces que se te pasa la cita del dentista. Y el mes pasado ni pagaste la cuenta de la luz.

—Fue una vez, y ya sabes que el sobre se me cayó detrás del mueble.

—Mhm. —Ese sonidito, esa media afirmación, me dolía más que el desplante en la clínica. Porque sonaba a condena.

Vivo en un apartamento en la 18th Street, en Pilsen, arriba de la tortillería. El olor a maíz y cal se mete por las ventanas todo el día. Al cruzar la calle, veo el mural enorme de la Virgen en la pared de ladrillo, con su manto de estrellas. Esa noche, ya en casa, me serví un té de manzanilla y me senté junto a la costurera que era de mi hermana Licha.

Prendí la vela que siempre le pongo a San Judas y me quedé viendo la llama. Mi esposo, don Ramiro, se fue hace once años; un infarto, rápido, no hubo tiempo de nada. Patricia tenía entonces treinta y cuatro, dos hijos pequeños, una hipoteca que apenas empezaba. Y yo sola, en este mismo lugar con mis plantas y mis recuerdos.

Ella empezó a ayudarme de a poquito, con la idea de que no me cansara. Primero me hacía el súper. Luego pidió que le diera acceso a mi cuenta del banco para pagar mis cosas por internet, porque «así no tienes que hacer fila». Después instaló en mi teléfono un reloj que pitaba a las ocho, a las dos y a las ocho para recordarme los medicamentos. Y después la llamada de todas las noches: «¿Todo bien, má?». Si no contestaba para las nueve y diez, volvía a marcar tres veces. Si yo no respondía, le mandaba un mensaje a doña Chole, la vecina del primer piso, para que subiera a tocar a mi puerta.

Chole me lo contó un día que bajé a prestarle un pocillo de café. «Ay, Ele, tu hija te cuida como un relojito. Mi Toño ni se acuerda de que existo». Asentí, pero por dentro algo se me retorcía. Como si me estuvieran metiendo en una caja de zapatos, despacio, sin que yo pudiera moverme.

Hace tres domingos, Patricia vino a traerme la comida de la semana. Trajo una hielera de plástico con tuppers etiquetados: «Caldo de pollo — lunes», «Arroz con frijoles — martes», «Chile relleno — miércoles». Me los puso en la mesa de la cocina, al lado de la virgencita, y dijo:

—Ya no te canses cocinando, má. Con esto tienes.

Yo agarré uno, lo abrí, lo olí. Sabía bien, todo. Pero sentí que me hervía la sangre.

—Patricia, yo todavía sé guisar.

—Claro que sí, má, pero no es necesario que te pares en la estufa. Ya a tu edad…

No terminó la frase. En eso, mi nieta Camilita, que andaba coloreando en la sala, levantó la cara del cuaderno y soltó:

—Abue, mi mamá dice que pronto te mudas con nosotros a la casa nueva. Ya te tengo tu cuarto con la ventana al estacionamiento.

Patricia se puso roja y la calló con un «Cami, ponte a hacer la tarea». A mí se me quedó la bocanada de aire atorada. No era ayuda. Era un plan. Fase uno: las medicinas. Fase dos: los tuppers. Fase tres: un cuarto al fondo del pasillo, lejos de mi máquina de coser, de la vista de la Virgen, de la tortillería.

Esa noche no cerré los ojos. Como a las tres de la mañana me levanté y empecé a buscar en la bolsa de papeles. Ni yo sabía qué. Encontré un volante que habían metido por abajo de la puerta: *Casa Pilsen — Talleres para adultos mayores*. Clases de computación, inglés básico, tejido, gimnasia en silla. Apunté los números, y a la mañana siguiente me fui en el autobús número 18.

El centro comunitario está en una casona antigua con un jardín lleno de geranios. Me inscribí en el taller de computación. El muchacho que atendía, un chavo güero con coleta, me preguntó si quería que le mandara un correo a algún familiar para avisar.

—No, gracias —le dije—. Esta es cosa mía.

Ese día, de vuelta en casa, prendí la máquina de coser que no usaba desde la muerte de Ramiro. Le pasé un trapo, puse un retazo azul y empecé a hacer puntadas. El ruido rítmico de la aguja me fue calmando el pulso.

Ayer en la tarde, víspera de mi siguiente cita con la cardióloga, Patricia llegó sin avisar. Tocó el timbre una, dos, tres veces, y cuando le abrí, entró con su prisa de siempre y me puso otro paquete de comida sobre la mesa.

—Má, mañana te paso a buscar a las nueve y media. La doctora te va a preguntar cómo te ha ido, pero esta vez yo me encargo. Tú nomás te sientas y me dejas hablar.

Me apoyé en la mesa, cerca de la costurera, y sentí las yemas de los dedos todavía calientes de tanto teclear en la computadora esa mañana.

—No, hija.

Patricia se quedó con la bolsa a medio levantar.

—¿Cómo que no?

—Que no me lleves. Voy yo sola.

—Mamá, está loca. ¿Y si se le olvida algo? ¿Y si no entiende lo que le recetan?

—Lo voy a entender. Y si se me olvida, pregunto. Para eso tengo boca.

Se me quedó viendo, con las cejas fruncidas, como quien mira una receta que no le sale. Luego se rio, una risa cortita, incómoda.

—Ay, má, no se ponga terca. Todo esto lo hago porque la quiero.

—Lo sé, m’ija. Pero quererme no es apagarme.

Patricia apretó los labios y se cruzó de brazos. Le temblaba un poquito la quijada. Hasta creí que iba a llorar. Pero no lo hizo.

—Usted no sabe lo que es —dijo al fin—. Desde que papá murió, yo vivo con el pendiente de que le pase algo.

Acomodé los tuppers sobre la mesa. El del jueves decía «Enchiladas suizas — descongelar».

—Ese pendiente es tuyo, Patricia. No es mío. Yo ya me voy a dormir tranquila. No cargues conmigo una cruz que no te pedí.

Se hizo un silencio pesado. La luz de la tarde entraba por la cortina rota, esa que nunca arreglo porque me gusta cómo el sol dibuja líneas en el piso. Del otro lado de la ventana, se oían los gritos del elotero, y el ladrido del perro chihuahueño de doña Chole que cada vez que alguien pisa el pasillo se vuelve loco.

Patricia tomó su bolsa, la misma de piel, con la misma prisa con la que había entrado, y caminó hacia la puerta. Antes de salir volteó.

—Mañana la espero, mamá, por si cambia de opinión.

No le dije nada. Simplemente empujó la puerta y se fue.

Esta mañana me levanté a las seis. Me bañé, me puse una blusa lila, me colgué unos aretes de filigrana y agarré mi bolsita. Bajé las escaleras oliendo la masa recién hecha y crucé la 18th Street. En la esquina de Wood, el elotero ya tenía su carrito. Le compré uno con limón y chile, y me lo fui comiendo despacio mientras esperaba el camión.

Cuando llegué a la clínica, la doctora me saludó y me dijo: «Doña Elena, pase». Esta vez no había nadie más.

Me senté en la camilla, respiré hondo y empecé a contarle todo, con mis palabras. Sin aplicaciones. Sin intermediarios. Ella me escuchó. De verdad, me escuchó.

Al salir, ya en la banqueta, con la receta doblada en mi monedero, sentí un calorcito adentro que no era del sol. Enfrente, un mural recién pintado mostraba una mariposa monarca enorme.

Seguí caminando hacia el camión, con la vista alta, sin prisa. Con ganas de llegar a casa, prender la máquina de coser y terminar el vestido azul que empecé hace años.

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