**La más joven en la historia en cruzar la meta del Comando 24. Nadie le creía**

La noche estaba fría como el cemento bajo los pies. Una neblina subía desde el río Rio Grande, y en el estacionamiento junto al gimnasio en El Paso se mecían dos postes de luz. Julia Ramírez tenía once años, la ropa cubierta de lodo negro y ni una gota de fuerza. Cuando pasó el último letrero que decía "Meta", el reloj en el portón marcaba las 11:47 de la noche. Se convirtió en la persona más joven en completar la carrera de obstáculos de 24 horas Comando 24.

Seis meses antes, en el vestidor de la escuela, el maestro Torres —profesor de educación física— le soltó en la cara:

—A ti no te va a dar para atleta. Métete al club de ajedrez, ahí no hace falta fuerza.

Julia no lloró. Se quedó parada viendo cómo el maestro Torres cerraba su casillero. Medía un metro veinte y pesaba veintiséis kilos. Los niños del salón le decían "Palillo". Se reían cuando no podía hacer ni una dominada en la barra. Pero ahí, en ese vestidor, algo se le encendió por dentro.

Una semana después, frente a la laptop en su casa, vio un video. Comando 24 —una competencia inspirada en las pruebas de selección de las fuerzas especiales. Arrastrarse bajo alambre de púas, escalar cuerdas, meterse a un estanque de agua helada, cruzar pantanos, paredes tres veces más altas que ella. Muchos hombres musculosos se rendían a la mitad. Lo vio tres veces y le dijo a su papá:

—Papi, yo voy a hacer eso.

Su papá, chofer de la ruta de camión número 17, la miró como si estuviera loca. Su mamá, cajera en una frutería sobre la avenida Alameda, se sirvió más café y suspiró:

—Julia, eso no es un juego de niños.

Nadie le prometió que sería fácil. Pero Julia ya se había parado de la mesa y andaba buscando en el clóset sus tenis viejos.

Empezó a entrenar al día siguiente, a las cinco de la mañana, antes de que la ciudad despertara. Corría por el parque junto al río, pasaba la fuente, seguía hasta el puente del ferrocarril viejo. Después hacía lagartijas en la parada del camión, porque ahí había un pedazo de asfalto seco. Por las tardes, después de clases, iba a la alberca municipal y nadaba de pared a pared hasta que las manos se le arrugaban como pasas. Seis días a la semana, tres horas diarias. El vecino de abajo, don Chuy, quería quejarse con el administrador del edificio porque el techo le temblaba cada vez que Julia brincaba la cuerda. El perro del apartamento de al lado, un chihuahua llamado Bombón, aullaba cada vez que la niña bajaba corriendo las escaleras con su pants deportivo.

En noviembre llegó el camión de los organizadores. La ruta pasaba por bosques, campos de maíz y un antiguo campo de entrenamiento militar cerca de Fort Bliss. En la junta informativa dijeron que el límite era de 24 horas, y quien no terminara se iba a casa con un brazalete que decía DNF. A Julia le tocó el número 84.

Su mamá estaba en la línea de salida con un vaso de café desechable, temblando de frío.

—Regrésate si de verdad se pone mal —le dijo.

Julia se ajustó los guantes.

—Voy a regresar, pero con la medalla.

Salida a las 10:00 de la mañana. Las primeras horas todavía se sentían como un juego. Se corre por un camino de terracería, con la mochila de agua a la espalda. Después empieza a llover, y pasando el kilómetro 20 ya no hay sendero, solo lodo arcilloso y raíces. Julia cae en un charco hasta la cintura, y el agua sabe a fango. Escupe y sigue caminando.

Como a las 10 de la noche, después de doce horas, pierde el ritmo. Las piernas le duelen, algo le chapotea dentro del tenis. Se sienta en un tronco y se quita el calcetín. Sangre, ampollas, arena. A lo lejos se oyen los gritos de los adultos que se rinden en el puesto de hidratación. Se levanta y sigue hacia la oscuridad.

El peor momento llega a las tres de la madrugada, en la hora 17. Frente a ella hay una pared de cuerdas, mojada y resbalosa. Un intento, dos, tres. Los dedos se le hinchan, no agarran. Alguien a su lado suelta una maldición. Julia se queda sin aire. Tiene ganas de sentarse en el lodo y ya no levantarse. En ese momento se detiene junto a ella un hombre flaco con una lámpara de cabeza roja, Rubén, de San Antonio. Le tiende la mano y le dice:

—No veas toda la pared. Agárrate de una sola cuerda y cuélgate de ahí. Lo demás va a fluir solo.

Se cuelga. Encuentra apoyo. Trepa. Arriba se voltea a ver hacia abajo —Rubén ya se pierde entre los árboles.

Los últimos kilómetros pasan por zanjas de cemento, tubos y lodo con agua helada. A las 11:44 de la noche Julia entra corriendo al estacionamiento frente a la meta. Ve a su mamá, a su papá y al maestro Torres con una flor en la mano. El maestro había ido porque no podía creer que una niña de su salón hubiera llegado tan lejos. Julia pasa junto a ellos sin decir nada. Una zanja más, una tabla, un salto, arrastrarse. Se levanta y con el último impulso cruza la meta.

Silencio, y luego un grito. Su mamá llora, su papá toma una foto, y el maestro Torres parece querer que se lo trague la tierra.

Al día siguiente, en la escuela, en el primer recreo, Julia toma una pluma y una hoja de cuaderno. Escribe una solicitud para la directora: "Solicito permiso para dar entrenamientos gratuitos de acondicionamiento físico para los grados 1 a 3, los jueves a las 3:30 de la tarde, en el gimnasio chico. Sé cómo motivar a los niños a moverse. Julia Ramírez, quinto grado, salón C." La directora lee, levanta una ceja y firma.

El primer jueves llegan siete niños. El segundo, catorce. En la tercera semana, en el pasillo, el maestro Torres le hace una seña con la cabeza y le dice:

—Señorita Ramírez, ¿usted cree que yo también podría venir?

Julia le pasa una cuerda para saltar.

—Órale, póngase a entrenar. A ver qué tanto puede.

Bombón se sienta junto a la puerta del gimnasio y mueve la cola. El poste de luz de la avenida Alameda por fin quedó arreglado. Y sobre el escritorio de su papá hay un portarretrato con la foto de la meta. Al reverso, con pluma azul, dice: "58 km, 7 km a nado, 26 obstáculos, 23 horas 47 minutos. Edad: 11 años. Sí se puede."

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