Yo trabajaba en una fábrica de ropa en Hialeah, la misma desde que llegué de Cuba en el ochenta y tres. Mi esposo Orlando arreglaba carros en un taller que tenía en el patio de la casa, hasta que el corazón se lo llevó una noche de agosto, así, sin avisar. Teníamos dos hijos, y todo lo que ganábamos se iba en ellos: la cuota de la universidad de Clarita, el préstamo que le hicimos a Eduardito para abrir su lavandería en la Calle Ocho, los frenos de la camioneta, el techo nuevo después del huracán. Pero yo nunca solté la idea fija: un apartamentico frente al mar. No en Miami Beach, que eso es para millonarios. Algo sencillo, en Hallandale o en Sunny Isles, donde todavía quedan edificios viejos sin lujos.
Cada viernes, después de cobrar, apartaba lo que podía. A veces veinte dólares, a veces cuarenta. Cuando me jubilaron de la fábrica, empecé a hacer arreglos de costura en casa, y eso me ayudó a redondear. El dinero lo guardaba en una cuenta separada, una cuenta de ahorros que abrí en el Banco Popular y que no tocaba ni para medicina. A los setenta y dos años, una mañana de febrero, encontré el anuncio en el periódico: un estudio en Hollywood Beach, a dos calles del paseo, con una ventana grandota que daba al canal. No se veía el océano entero, pero se sentía la brisa, y eso ya era suficiente. Sesenta y ocho mil. Lo pagué de contado. El día de la firma, en la oficina del título, me temblaba el pulso. La muchacha que me atendió me preguntó si estaba bien. «Más que bien», le dije. «Es que tardé treinta y dos años en llegar aquí.»
Los primeros meses fueron de arreglar cosas. Mi hija Clarita me ayudó a pintar la sala —eligió un color aguamarina que a mí no me convencía pero le dije que sí por no discutir— y mi hijo Eduardo cambió la cerradura vieja por una de esas digitales, con código. «Así no pierdes la llave, mami», me dijo. Eso fue el primer error: el código se lo sabían ellos también.
Al principio venían de visita. Un domingo aquí, un sábado allá. Yo feliz, preparaba arroz con frijoles y les ponía música de Beny Moré. Hasta que un día, Clarita me llamó un jueves por la noche.
—Mami, ¿tú vas a ir al apartamento el fin de semana que viene?
—No sé todavía, mija. ¿Por qué?
—Porque queríamos ir nosotros con los nenes. Tito está agotado del trabajo y los muchachos hace meses que no ven la playa.
—Ay, pero yo pensaba ir el sábado. Pueden venir igual, nos acomodamos…
—Es que queríamos estar solos, mami. Sin ofender. Tú sabes que el apartamento es chiquito. Con cinco personas ahí dentro no se descansa.
Me quedé con el teléfono en la mano sin saber qué responder. «Es chiquito… con cinco personas no se descansa.» Pero la persona que sobraba no era Tito ni los niños. Era yo.
Eso fue en mayo. Para junio, Eduardo ya me estaba pidiendo la última semana del mes. «Mami, Celia está de cumpleaños y quiero darle la sorpresa, imagínate, despertarse con la playa ahí mismo.» Le dije que yo tenía planeado ir justo esa semana, que si podía ser la anterior. «Ay, no, la anterior no puedo porque la lavandería está llena de trabajo. Mira, hagamos un calendario, como en la oficina, y así todos felices.»
Un calendario. Para mi propio apartamento.
El primer verano cedí. Clarita se metió doce días. Eduardo, otros nueve. Yo iba en los huecos: dos días aquí, tres allá, siempre después de que ellos se fueran. Cuando me tocó entrar un miércoles de agosto, encontré el piso hecho un desastre: arena hasta en la almohada, la nevera con envases abiertos y una cuenta de electricidad que me dejó fría. Ciento ochenta dólares. Dejaban el aire acondicionado prendido todo el día, incluso cuando se iban a la playa. «Mami, es que hace calor», me dijo Clarita cuando se lo comenté. «Y total, tú no pagas renta.»
Ahí fue donde sentí el pinchazo. No pagaba renta porque lo había pagado entero. Con costuras de madrugada y sin cambiar el carro en quince años.
En octubre los senté en la sala de mi casa de Hialeah. Preparé café. Ellos venían con los nietos, y los mandé al patio con un juego de mesa que guardaba desde que ellos eran chicos.
—A partir de ahora, el apartamento no se usa sin preguntarme primero.
Silencio.
—Nadie va a tener llave ni código fijo. Si quieren ir, me dicen con dos semanas de anticipación, y yo decido.
Eduardo soltó una carcajada chiquita, de esas que duelen más que un grito.
—Mami, pero si está vacío, ¿cuál es el problema?
—El problema es que se acostumbraron a usarlo como si fuera de ustedes, y no es así. Es mío. Me costó treinta y dos años.
Clarita me miró con los ojos entrecerrados.
—¿Y ahora te vas a poner egoísta? Nosotros te ayudamos con la pintura. Yo compré las cortinas.
—Te doy el dinero de las cortinas mañana mismo.
—No es por el dinero, mamá. Es por el gesto.
—El gesto de ayudar a tu madre no se cobra después con vacaciones gratis.
Eso fue un portazo en seco. Clarita agarró el bolso y llamó a los niños. Eduardo se quedó un rato más, callado, mirando el piso. Luego se fue también.
Pasamos Navidad sin hablarnos.
En enero, sin embargo, Clarita me llamó con otra voz.
—Mami… estuvimos viendo precios para alquilar algo en la playa para el verano, y ¿tú sabes cuánto están pidiendo por una semana en cualquier cosa decente? Mil doscientos dólares. Y eso lejos de la playa. Lo que te digo, un robo.
Me quedé callada. Dejé que ella hiciera sola la cuenta.
Al verano siguiente acordamos una semana para cada familia, en fechas que yo no iba a usar. Les di un juego de llaves temporal, y me las devolvieron al terminar. Trajeron el apartamento limpio y hasta me repusieron el tanque de gas de la cocina. Cuando vienen ahora, me preguntan primero, y a veces hasta me invitan a bajar con ellos. Ya no soy la que estorba en su propia casa.
En la ventana del estudio puse una silla de mimbre que me costó quince dólares en una venta de garaje. Cada mañana me siento ahí, con un vaso de café con leche, a ver cómo el sol se mete en el agua del canal. A veces pasan los patos. A veces no pasa nada, y eso también está bien.
Hace treinta y dos años que empecé a soñar con esto. Ahora es mío. Solo mío. Y cuando ellos vienen, es porque yo los invito, no porque me borran del calendario.