El budín que nunca debí hacer

En la nevera de la casa de Isabel siempre hay un imán de La Pequeña Habana que les regalé cuando se mudaron. Ese día, pegado justo al lado, encontré un horario impreso con letra de computadora y márgenes de color celeste. Lunes a jueves: Patricia. Viernes: Carmen. Al lado de mi nombre, alguien había anotado con una lapicera azul: «lavar la ropa, planchar, almuerzo — según las indicaciones de la niñera».

Levanté la vista hacia Ricardo, que estaba sirviéndose un café bien cargado —cubano, como le enseñé a hacerlo— y le pregunté sin soltar la agarradera de la nevera:

—Mi amor, ¿esto qué es? ¿Quién lo decidió?

Ricardo sopló el café y ni siquiera me miró.

—Patricia estudió pedagogía infantil, Carmen. Sabe lo que le conviene al nene. Las comidas a horario, nada de azúcar entre horas… Es un sistema, no un capricho.

—Ah, un sistema. Y yo qué soy, ¿la empleada del viernes?

—No es eso, usted sabe. Pero Luisito necesita rutinas. Patricia anota cuánto come, cuánto duerme, cuándo le duele la barriguita. Usted le da galletitas cuando llora.

—Porque llora —respondí, y al segundo me di cuenta de lo ridícula que sonaba.

Tengo sesenta y dos años. Me llamo Carmen, enviudé hace tres, y toda la vida trabajé en una oficina del downtown de Miami, en la sección de nóminas. A mi Isabel la crié yo sola la mayor parte del tiempo, porque mi esposo andaba en la construcción y volvía tarde. Ahora Isabel es farmacéutica en un Walgreens de Hialeah y Ricardo, mi yerno, trabaja en una concesionaria de la Calle Ocho. Viven en una casita de una sola planta con palmeras enanas y un timbre que suena como si estuvieras en un hotel. Luisito tiene un año.

Cuando Isabel estaba embarazada, me dijo: «Mamá, te vamos a necesitar». Y yo fui. Todos los santos días. Me tomaba el 37, me bajaba en Palm Avenue y caminaba seis cuadras con el bolso lleno de viandas. Le cocinaba frijoles, le cantaba «Duérmete mi niño» y le planchaba los bodis chiquititos mientras olía a jazmín y a leche tibia. Necesitaba esas mañanas más que el aire. Desde que Javier se fue —un infarto fulminante en el taller de la Ocho, justo cuando estaba arreglando un Chevrolet del 63— la soledad me había dejado un hueco que solo Luisito llenaba.

Después Isabel volvió al trabajo. Ricardo ascendió a gerente y empezaron a hablar de contratar a alguien. Yo pensé que era un disparate teniéndome a tres millas, pero un martes mi hija me llamó y me dijo: «Mami, encontramos a Patricia. Va de lunes a jueves. Vos vení el viernes, como siempre, pero menos carga, ¿sí?».

Menos carga. Como si cargar a mi nieto fuera una maldita mudanza.

El primer viernes Patricia me esperó con una lista de tareas y una sonrisa de esas que aprendió en el cursito de primeros auxilios emocionales. Me explicó que Luisito ya había desayunado papilla de avena sin azúcar y que para el almuerzo tocaba puré de calabaza con pollo hervido. A mí me tocaba lavar las sábanas y dejar la cocina «impecable». Y yo lo hice. Porque Luisito estaba en su sillita, estirando los brazos y diciendo «aba, aba», y yo quería creer que me llamaba a mí.

Pero ese papel en la nevera me despertó algo.

Esa noche me senté en el balcón de mi apartamento. El aire olía a brisa salada y a fritanga que subía del primer piso. Pensé en mi suegra, en la abuela Pilar. Cuando nació Isabel, Pilar venía desde Naples cada dos semanas y me traía caldo de pescado que hervía durante horas. «Dale esto, que es bueno para el cerebro», me decía, y yo le sonreía con los dientes apretados. Después le prohibí que le diera natilla con canela cuando Isabel ya tenía seis meses. «El pediatra dice que nada de lácteos hasta el año, mamá», le espeté. Recuerdo cómo Pilar se quedó con la cuchara en el aire, cómo asintió en silencio y se fue a la cocina a lavar los platos que no estaban sucios. Mi esposo, aquella noche, me dijo bajito: «Mi mamá solo quiere quererla». Y yo le contesté: «Yo solo quiero hacer lo mejor para mi hija».

Treinta años después, soy yo la que se queda con la cuchara en el aire.

El viernes de la semana siguiente, Patricia me dejó sobre la mesa una anotación con el almuerzo: «Zanahoria y arroz integral. Nada de postre». Pero yo llevaba en la cartera la leche condensada y la vainilla. Hice el budín a escondidas, mirando hacia la puerta como una delincuente, mientras Luisito me observaba desde su andador. Cuando probó la primera cucharada, cerró los ojitos y soltó una risita que me partió el alma. «Es el mismo que le hacía a tu mamá», le susurré. Y él dijo «aba, aba, maaaa».

El lunes me llamó Isabel. Su voz sonaba profesional, de farmacéutica que explica una receta:

—Mami, Patricia encontró restos de budín en la basura. Luisito durmió mal dos noches. El azúcar le altera el ritmo, ya te lo explicamos. Te pido que respetemos lo que dice la que sabe.

—La que sabe… —repetí.

—No empieces. Ricardo dice que lo tomaste a mal. No es contra vos, mamá. Pero Patricia tiene calificaciones.

«Calificaciones». La palabra me golpeó más fuerte que cualquier grito. Colgué. Me quedé mirando la foto de Javier en la mesa de noche y le dije bajito: «Viejo, me volví tu mamá».

El siguiente viernes, mientras doblaba la ropita de Luisito, tomé una decisión. Volví a hacer el budín. Pero esta vez no lo escondí. Lo puse en un platito, justo al lado del horario en la nevera, y esperé.

Ricardo llegó antes de lo normal. Iba a buscar un cargador que había olvidado. Entró por la puerta del patio y me encontró en la cocina, espolvoreando canela sobre el budín.

—Carmen… —empezó, y ya supe que venía el discurso.

—Ricardo, sentate un minuto —le dije, y señalé la silla como hacia mi suegra conmigo.

Él se quedó de pie.

—Esto no es un capricho. Patricia no es nuestra enemiga. Pero a Luisito le hace mal tanta azúcar, usted lo sabe.

—¿Sabés qué le hace mal a Luisito? —lo interrumpí con una calma que ni yo me conocía—. Le hace mal que su abuela se convierta en la muchacha del viernes. Que el día que viene, en lugar de cantarle, doble camisetas. Que el sistema ese no tenga ni una sola línea para el cariño que no viene con título.

Ricardo parpadeó. Afuera, un carro pasó con la música a todo volumen.

—Yo también tuve una suegra —seguí—. La abuela Pilar. ¿Isabel te habló de ella? Vino a ayudarme cuando tu esposa era bebé. Y yo le prohibí hasta el caldo. Le dije que no sabía. Que las cosas habían cambiado. La hice llorar en esta misma cocina… —Me tembló la voz. Señalé el budín—. Este es el mismo que ella me enseñó. El que le negué a mi hija. Y ahora se lo niego a mi nieto porque una extraña dice que no debo.

En ese momento entró Isabel, con las llaves en la mano y la cara desencajada. Nos miró a los dos, miró el budín, miró el papel de la nevera.

—Mami… —dijo, y por primera vez en meses no sonó a farmacéutica.

—Tu marido y yo estábamos hablando —respondí—. De cómo se heredan las estupideces. Y de cómo se rompen.

Nadie dijo nada durante un rato largo. Luisito, desde la sala, empezó a balbucear «aba, aba, budi». Se había aprendido la palabra.

Después Isabel se acercó, tomó una cucharita y probó el budín. Cerró los ojos igual que su hijo.

—Es igualito al que hacía la abuela Pilar.

—Es el mismo —dije.

Ricardo soltó un suspiro largo y se rascó la nuca, mirando el plato. Tomó la cuchara que Isabel le ofrecía y también probó.

—Carmen —dijo al fin—, no queríamos apartarla. Solo… queríamos hacer lo mejor para él.

—Yo también —susurré—. Y Pilar también.

Esa tarde no lavé ropa. Ricardo llamó a Patricia y le pidió que flexibilizara el menú de los viernes. Isabel, con los ojos todavía brillosos, arrancó el papel de la nevera y le puso encima el imán de La Pequeña Habana. Después escribió en otro papel, con lapicera, bien despacio: «Viernes: el budín de la abuela Carmen».

Luisito se comió dos cucharadas más. Yo me comí la tercera.

Cuando volví en el 37, con el sol metiéndose detrás de las palmeras, me reí sola. Javier, allá donde estuviera, seguro se estaba riendo conmigo. Olía a galletas de mantequilla y a calle recién regada. Y en el bolso, debajo del monedero, me había llevado un pedacito de budín envuelto en papel aluminio, para comérmelo en el balcón, como hacía Pilar.

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