El bolso blanco

Valeria se sentó en el borde de la reposera junto a la piscina, todavía con el vestido de lino beige que se había puesto especialmente para la cena. El bolso blanco, ese capricho de doscientos dólares que se compró en el outlet antes de viajar, descansaba en su regazo como un gatito doméstico. Ya era su pequeño ritual de cada tarde en el resort: bajarse una copa de sauvignon blanc y mirar el atardecer sobre el Pacífico sintiéndose, por fin, alguien sin apellido ni responsabilidades.

Hacía cinco días que había llegado a ese rincón de Punta Mita y todavía no se acostumbraba al silencio. Un silencio de verdad, no el de la casa con el televisor apagado y los nietos dormidos, sino uno profundo, como si el tiempo se hubiera detenido entre las buganvilias y el rumor del mar.

—¿Siempre elige la misma mesa o soy yo el que la sigue?

La voz llegó desde atrás, grave y con ese acento del norte que tanto le gustaba. Alejandro. Se había presentado la primera noche en el lobby, cuando ella intentaba sin éxito conectar el wifi para hacer una videollamada con las mellizas. Traía un blazer de lino azul marino sobre una camiseta blanca impecable, los jeans oscuros y unos mocasines de gamuza sin calcetines. El cabello entrecano, peinado hacia atrás, le daba un aire de galán de telenovela retro que a Valeria le pareció encantador y peligroso en partes iguales.

—Me gusta esta mesa porque desde aquí veo a todos y nadie me tapa el sol, ¿sabe? —respondió ella, girándose apenas.

Alejandro ya estaba acomodándose en la reposera de al lado, pidiéndole permiso con un gesto de la mano antes de sentarse del todo. Tenía esa cortesía estudiada que algunos hombres despliegan como quien abre una cartera de valores.

—Qué bonito bolso —dijo señalando la cartera blanca—. Muy elegante.

—Gracias.

—¿Sabe qué me gusta de usted, Valeria? —ella levantó una ceja, divertida y alerta—. Que no hace ruido. Las mujeres con las que me cruzo aquí hablan hasta por los codos. Usted, en cambio… —dejó la frase en el aire y sonrió.

Valeria había notado lo mismo que todas las demás. Alejandro era el viudo reciente que todas las divorciadas y casadas aburridas se disputaban en el lobby. Y ahora estaba ahí, pidiéndole permiso para compartir el silencio del atardecer. A sus cincuenta y ocho años, con tres hijos criados y un matrimonio de tres décadas a cuestas, Valeria no estaba acostumbrada a que la miraran así. En casa, Joaquín apenas levantaba la vista del celular cuando ella se cambiaba de ropa.

Charlaron un rato. Alejandro le contó de su rancho en Chihuahua, de la empresa que había heredado de su padre, del vacío que sentía desde que faltaba su mujer. Valeria habló poco, lo justo. Dijo que su esposo era contador, que tenían una vida tranquila en El Paso, que había venido sola porque necesitaba descansar de las mellizas y de las cenas familiares de los domingos.

—Esta noche hay luna llena —dijo Alejandro inclinándose un poco hacia ella—. Hay un mirador a quince minutos caminando por la playa. Es un camino seguro, nada de bichos ni escaleras. Y la vista… —chasqueó la lengua—. La vista es de las que duelen.

—¿Por qué duelen?

—Porque no puedes compartirlas con cualquiera.

Valeria sintió un pequeño escalofrío, de esos que no tienen nada que ver con la temperatura. Alejandro la miraba fijo, con sus ojos color miel, esperando una respuesta. Ella jugueteaba con el bolso blanco, pasando los dedos por la cadena dorada.

—No sé si esta noche…

—¿Qué puede pasar? —la interrumpió Alejandro con una media sonrisa—. Un paseo, nada más. ¿O acaso está presa?

Esa última palabra cayó como una piedra en el estómago de Valeria. ¿Estaba presa? No, claro que no. Ella era una mujer libre. Libre de caminar por donde quisiera, con quien quisiera, a la hora que quisiera.

—Está bien —dijo levantándose—. Vamos ahora.

Alejandro se incorporó con agilidad y le ofreció el brazo. Valeria lo tomó sin pensarlo, sintiendo la tela del blazer bajo sus dedos. En el movimiento de incorporarse, el bolso blanco resbaló de su regazo.

Plaf.

La cartera cayó justo sobre un charco de agua con restos de arena que el jardinero había dejado al regar las macetas. El blanco inmaculado del cuero se manchó al instante con un barro grisáceo y pastoso.

—¡Ay, no! —exclamó Valeria agachándose rápido.

—No se preocupe, déjeme a mí —Alejandro se adelantó, tomó el bolso con dos dedos como si fuera un pañuelo sucio y lo puso sobre la mesa—. Se limpia fácil.

Valeria ya estaba sacando los pañuelos de papel de su bolsillo. Frotó, revisó, volvió a frotar. Las manchas se iban, pero quedaban unas aureolas opacas, como si el cuero hubiera absorbido algo más que agua sucia.

—Mejor voy al cuarto a limpiarlo bien —dijo ella con un fastidio repentino—. Así no puedo salir.

—Te espero en el lobby a las nueve, entonces —Alejandro ya la tuteaba con naturalidad—. Llegamos justo para la luna.

Valeria asintió sin mucho convencimiento y se fue casi corriendo hacia su habitación, sosteniendo el bolso a distancia, como si de repente le diera asco tocarlo.

En el lavabo del baño, bajo la luz blanca del espejo, frotó con jabón neutro, con una toalla húmeda, con una esponja que encontró en el neceser. Las marcas fueron cediendo. Pero cada vez que creía haber terminado, inclinaba el bolso contra la luz y ahí estaban: sombras grises, casi invisibles, pero presentes. Como cicatrices diminutas en la piel tersa de un bebé.

Se quedó un rato largo mirando el bolso sobre la cama, sin saber por qué le molestaba tanto. Era solo un accesorio. Lo había comprado hacía dos semanas en el Orlando Premium Outlets, una ganga. Y sin embargo, ahora le parecía que esa mancha fantasma le gritaba algo que no quería escuchar.

El celular vibró sobre la mesita de noche.

—Abuela, ¿cuándo vuelves? —era la voz de Camila, la mayor de las mellizas, seis años y un desparpajo de locutora radial—. El abuelo dice que hagamos una videollamada porque quiere verte, pero yo quiero que vuelvas ya.

—¿Y por qué tanto apuro, mi amor?

—Porque el abuelo no sabe hacer pancakes y esta mañana casi quema la cocina. Salió humo y todo. Dice que sin ti esta casa es un desastre.

Valeria se rio bajito, tapándose la boca con la mano.

—Pásame al abuelo.

Se oyó un forcejeo, risas de las mellizas y por fin la voz ronca de Joaquín.

—Vale, no le hagas caso a esta escandalosa. Fue un poquito de humo, nada más.

—Joaquín, te pedí que usaran la plancha eléctrica.

—Eso hice, pero me distraje viendo el partido.

—Ay, viejo tonto —dijo ella, y se sorprendió del cariño que cabía en esas dos palabras.

Hablaron quince minutos. Joaquín le contó del recibo del agua que había llegado carísimo, del gato del vecino que otra vez se metió en el jardín, de que las mellizas ya estaban planeando la fiesta de bienvenida. Valeria lo escuchaba mirando el bolso blanco, ese objeto limpio y manchado a la vez, mientras sentía cómo algo se acomodaba en su pecho.

—Oye —dijo Joaquín bajando la voz—. Te extraño. No como dicen todos en las películas, así de mentiritas. Te extraño de verdad. La cama está muy fría sin ti.

—Ya queda poquito, gordo. El viernes tomo el vuelo.

—No tomes el vuelo.

—¿Cómo que no tome el vuelo?

—Que no tomes el vuelo. El viernes salgo manejando para allá. Son como nueve horas desde El Paso hasta Punta Mita, ya lo calculé. Llego el sábado al mediodía, te recojo y nos volvemos juntos. Así conozco ese resort que tanto me has presumido. Y de paso te llevo a cenar a algún lado bonito. A mí no me gustan esos miradores con luna, pero por ti voy hasta la luna y vuelvo.

Valeria se quedó callada. Una lágrima le rodó hasta la comisura de los labios.

—Vale, ¿estás ahí?

—Sí, tonto. Estoy aquí.

Se despidieron con un “te quiero” cortito, de esos que arrastran toda una vida. Valeria apagó el teléfono y se quedó sentada en el borde de la cama, con el bolso blanco entre las manos.

Eran las ocho y cuarenta y cinco. En quince minutos Alejandro la estaría esperando en el lobby. Imaginó el camino a la luz de la luna, las olas rompiendo abajo, el brazo de un desconocido rodeándole los hombros. Imaginó también el regreso a la habitación, ese momento incómodo en la puerta donde se deciden los límites y se cruzan las líneas.

Tomó el bolso y lo metió en el fondo del clóset, detrás de la maleta.

Luego se puso el camisón, se cepilló los dientes y se metió en la cama. Agarró el teléfono y le escribió a Alejandro:

“No voy a poder ir. Disculpa.”

Del otro lado llegó el “escribiendo…” durante casi un minuto entero. Después, nada.

Valeria apagó la luz y se quedó mirando el ventilador del techo, que giraba lento y silencioso. Pensó en Joaquín manejando por la carretera federal dentro de tres días, con su gorra de los Dallas Cowboys y su termo de café aguado. Pensó en las mellizas saltando en la puerta de casa cuando llegaran los dos juntos. Pensó en el olor a pancakes quemados de la semana pasada.

A la mañana siguiente, antes de bajar a desayunar, sacó el bolso blanco del clóset. Lo puso sobre la cómoda y lo miró con otros ojos. Las manchas seguían ahí, tenues pero tercas. No se habían ido con el jabón ni se iban a ir ya nunca.

Pero a Valeria, por primera vez en todo el viaje, eso le dio exactamente igual.

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