El Refugio del Cachorro de la Plaza

La primera vez que lo vi, yo estaba regando los maceteros al pie de la estatua, en la placita que está frente a la iglesia de San Cristóbal. Eran las seis y veinte de la mañana y la neblina se enredaba en las ramas de los cipreses. El chiquillo estaba hecho un ovillo en la base de bronce, contra la pierna del niño de piedra. No era más que un puñado de pelo sucio con un costillar que parecía un teclado. Dejé la manguera y me quedé quieta, porque estos bichos cuando los miras fijo se espantan. Él entreabrió un ojo, me midió, y no se movió. Eso fue lo que más me dolió. Ni siquiera tenía fuerzas para gruñir.

Me llamo Carmen Ríos y trabajo desde hace diecisiete años en el camellón central de la Calle Principal, en El Paso. Vendo flores y plantas suculentas en un carrito de madera que mi difunto esposo, Bernardo, armó en el patio de la casa. Conozco a todo el que pasa: a los que van para el banco, a las muchachas del taller de costura, al señor que le compra una gardenia a su mujer cada viernes. Desde mi esquina se ve la fuente, los escalones de la iglesia y el monumento. La estatua es de una señora de bronce con su nieto. Él carga una mochilita. La pusieron hace años por una crecida del río que se llevó varias casas. Al pie de la escultura hay una muesca en la piedra, como una cunita. Ahí dormía el perro.

Descubrimos quién era la criatura por pura casualidad. Un día Martita, la hija de doña Rosario, me enseñó una foto en su teléfono. En la foto estaba el cachorro, en la noche, con un hilo de luz del farol. Debajo alguien había escrito: “Duerme aquí cada noche. Tal vez es la única familia que no lo abandonó”. Diez mil corazones, me dijo Martita. Diez mil. Yo me persigné, porque de diez mil corazones, nueve mil novecientos son de gente que quiere apapacharlo por lástima y luego dejarlo por prisa.

La historia se regó. Una semana después la plaza se llenó de coches con placas de Nevada y de California. Gente con bolsas de croqueta de salmón, con camitas de peluche, con correas nuevas. Le tomaban fotos con el flash encendido. Le hablaban como si fuera un bebé. El perro se volvió una sombra. Yo lo vi una tarde escondido bajo la tarima del kiosco de los periódicos, temblando como una hoja. Le puse un platón de agua cerca, no me miró. Al otro día ya no estaba.

Tres días. Nadie lo vio en los aparcamientos, ni detrás del mercado de los sábados. Yo regaba las macetas y miraba la estatua como se mira una cama vacía. La piedra sin el perro se veía más fría. Tenía un nudo en la garganta que no me dejaba ni regatear con los clientes. Bernardo, cuando vivía, decía que yo me encariño con lo que ni siquiera es mío. Y tenía razón. Pero qué se le va a hacer, así salimos las de este lado.

Al cuarto día, el viejito Salinas, que pasa con su churrera a las cinco, me hizo señas desde la esquina. Me acerqué corriendo, con el delantal todavía mojado. “Óigame, doña Carmen, adentro del garaje de la casa azul se oye un quejido”. El garaje era de una casa de adobe abandonada, con la puerta de lata a medio cerrar. Ahí se metían los gatos y, de vez en cuando, los que no tienen dónde dormir. Yo empujé la hoja de metal. Olía a tierra húmeda y a llanta quemada. No se veía nada. Luego oí el llanto. Un lloriqueo finito, como de criatura recién nacida, pero roto, entrecortado. Me arrodillé en el suelo, sin importarme el vestido nuevo de flores que estrenaba para la venta del domingo. “Mijo, ¿estás aquí?” Le hablé en español, bajito. Porque a los perros también se les habla en la lengua en que uno fue arrullado.

No salió. Entonces me acordé. El trapo. El cachorro tenía un trapito azul, todo mordido, con un sol amarillo bordado. Lo dejó el hombre que lo abandonó. A veces lo arrastraba hasta la muesca de piedra y se dormía encima. Era lo único que le quedaba olfateado de su casa. Corrí a mi carrito, abrí el cajón de abajo, y saqué el trapito que le había guardado. Lo llevé de vuelta al garaje y lo puse en el suelo, a la entrada. Me senté a esperar, con la espalda contra la pared. A los diez minutos, una cabecita sucia asomó por detrás de una rueda rota. Me miró con el hocico pegado al piso. Luego, despacio, se arrastró hasta el trapo, lo olió un buen rato, y se echó encima.

Lo llevé a la clínica de la calle Séptima. El doctor Ortiz, que le cura las pulgas a cuanta mascota anda por el barrio, me dijo que era un cruce de pastor, de unos siete meses, con una oreja tiesa y la otra caída. No tenía chip. No tenía collar. Tenía lombrices y una costilla fisurada, de esas que se curan solas con silencio y tiempo. Le puse sus vacunas, me cobraron cincuenta y cinco dólares, y le compré una cama de las baratas, de fibra prensada, en la tienda de la avenida. La dejó vacía. Se fue derechito al trapo azul.

Lo bauticé de nuevo. Porque toda historia merece un nombre mejor que la anterior. Le puse Chiquis. No sé, me salió. A la vecina de enfrente, la güera Elisa, no le gustó: “Parece nombre de perra de rancho”. Le dije que sí, que de rancho, y que a mucha honra.

El problema se armó el lunes. Yo estaba polveando las macetas cuando apareció un tipo. Traía una camiseta de esas que se compran en la gasolinera, el pelo engominado, y un teléfono en la mano. “¿Usted es la dueña del perro de la internet?” Me lo preguntó con una sonrisa de esas que no llegan a los ojos. Yo seguí regando mis geranios. “Yo no soy dueña de nadie, joven. Yo lo cuido”. El tipo me mostró el teléfono con la foto. Diez mil corazones. “Le quiero ofrecer un trato. Quinientos dólares. Mi hijo quiere un perrito para su canal de videos. Uno famoso. Usted se lo da, nosotros lo grabamos, la gente lo ve”. El agua de la manguera seguía cayendo, me mojaba los tenis de lona morada, y yo no sentía nada. ¿Quinientos dólares? Por un perro que vino al mundo a que lo echaran por una puerta, a correr detrás de una camioneta y a quedarse esperando en la esquina.

Saqué el teléfono de mi bolsillo. No sé qué me pasó. Busqué el número de la perrera municipal, no, no —busqué el del abogado que me arregló la casa cuando murió Bernardo. Lo marqué, y en voz alta, con el tipo escuchando, dije: “Licenciado, mire, necesito hacer un papel. Un papel que diga que este perro es de la señora Carmen Ríos, de la colonia El Carmen, de El Paso, Texas. Que nadie puede venderlo ni filmarlo sin mi permiso”. El tipo bajó el teléfono. “Se metió en un lío por un perro de la calle”. No le contesté. Le di la espalda y empecé a acomodar las plantas de aloe.

Porque yo ya vi a esta gente. Compran, graban, se aburren. Si el animal no da risa, lo van a dejar en una carretera, en un parque, en otro garaje. Conmigo no.

Esa noche, con el papel del abogado caliente y doblado en mi cartera, me senté en la banqueta de la plaza. Chiquis vino y se echó a mi lado. Ya no se subía a la cunita de piedra. Prefería la tela azul. Me quedé mirando la estatua, a la señora y al niño. Ellos no pidieron que se les pegara un perro, y sin embargo él los eligió. Porque en la piedra no hay manos que lazan, ni puertas que se cierran, ni quinientos dólares. Solo hay una forma quieta, que no se va.

Chiquis me puso el hocico en el zapato. Sentí el calorcito a través de la lona. El sol amarillo del trapo se veía en la oscuridad como una luna de verdad.

A la mañana siguiente, la güera Elisa me preguntó si era cierto que el perro ya era mío. Que se lo había contado el tipo del video en la oficina de la alcaldía. “Ajá”, le dije, cortando los tallos de unas rosas. “Me costó cincuenta y cinco de vacunas, setenta y cinco del papel, y una costilla fisurada que se va a pegar con paciencia”. Luego le aparté una macetita de ruda, de la que no se cobra, y se la puse en el brazo. “Así que ya sabes, güera. Si alguien pregunta, aquí no hay cachorros en adopción. Aquí hay uno que ya tiene casa”.

Ese día, por primera vez, Chiquis no se escondió cuando llegaron los clientes. Se quedó echado entre mis macetas, con una oreja tiesa y la otra caída. Una señora le quiso dar un pedazo de pan dulce. Él me miró, como pidiendo permiso. Yo le moví la cabeza. Se levantó, olió el pan, y lo tomó. Suavecito. La señora me dijo: “¿Ya ve, doña? A veces nomás falta que alguien pare de correr”. Yo no dije nada. Me puse a regar las plantas, porque no me gusta llorar en el trabajo.

Rating
( No ratings yet )
Like this post? Please share to your friends: