Carmen Delgado llevaba tres años despertándose a las cinco y veinte de la mañana. No usaba despertador: el camión de la basura pasaba por la calle Culebra y con el primer trancazo del contenedor ya estaba con los ojos abiertos. Esa mañana, como todas, se levantó con dolor en las rodillas. Se puso la bata de flores, calentó café en la cafetera eléctrica que rechinaba más que el portón del vecino, y se asomó a la ventana de la cocina. El perro de al lado, un chihuahua flaco llamado Pancho, ladraba a una ardilla que se paseaba por el cable de la luz.
Regó las dos macetas de geranios del porche. Barrió la acera con la escoba de fibra que ya no tenía filo. Adentro, el olor a pan dulce de la panadería Guadalupe entraba por la ventana del fregadero. A las diez, puso la sartén de hierro en la estufa y empezó a freír papas con chorizo.
Fue entonces cuando oyó el motor. Un carro viejo que tosió dos veces al apagarse, una puerta que se cerró de golpe, y unos pasos de mujer subiendo los tres escalones del porche.
Carmen no se asomó. Ya sabía quién era. Se quedó en la cocina, con la espátula de madera en la mano.
Yadira entró sin tocar. Empujó la puerta de aluminio con el hombro, arrastrando una maleta grande de lona azul. Detrás venía Saúl, su esposo, cargando una caja de cartón que decía “Tecate” y una lámpara de pie con la pantalla chueca.
—¡Carmen! —Yadira soltó la maleta sobre el tapete tejido a mano que su madre había cuidado por décadas—. Ya llegamos. Vas a tener que mover tus cosas del cuarto grande, porque ese va a ser el nuestro.
Saúl dejó la caja junto a la puerta y recargó la lámpara contra la pared. Tenía la camisa sudada y en la mano traía una bolsa de pan Bimbo.
—¿Hay algo de comer, cuñada? Huele bien rico. Me muero de hambre.
Carmen no contestó. Miró la bolsa de pan, la caja, la lámpara a punto de caerse.
—No se van a quedar —dijo.
Yadira soltó una risa corta, de esas que no incluyen los ojos.
—Ay, Carmen, no empieces. Nos quedamos sin dónde vivir. El dueño del apartamento nos subió la renta de novecientos cincuenta a mil doscientos cincuenta dólares al mes. Con el pago de la troca y la tarjeta de crédito no nos alcanza. Así que nos venimos aquí. Es lo lógico.
—Esta casa no es hotel.
—Es la casa de mamá. Murió hace seis meses y todavía no arreglamos la herencia. La mitad me toca. Ya me hicieron el cálculo en la corte. No te hagas la dueña.
Carmen dejó la espátula al lado de la estufa. Se limpió las manos en el delantal. Caminó al cuarto de su madre, abrió el segundo cajón de la cómoda de madera y sacó una carpeta de hule azul. La llevó a la mesa del comedor y la puso encima, junto a la caja de Tecate.
—¿Y eso qué es? —preguntó Saúl, rascándose la nuca.
—La escritura. Mamá firmó la donación de esta casa hace catorce meses. Todo legal, notariado. La casa está a mi nombre desde antes de que ella muriera.
Yadira se quedó viendo la carpeta como si fuera un animal raro.
—No te creo. Eso es fraude. Tú la obligaste. Le llenaste la cabeza de mentiras para quedarte con todo.
Carmen abrió la carpeta. Sacó el documento y lo puso sobre la mesa, con la firma notarial y el sello de tinta morada.
—Mamá me lo dio porque yo estuve aquí los últimos tres años. Mientras tú andabas en Las Vegas con tu esposo, yo le cambiaba los pañales. Mientras tú decías que no podías venir porque te dolía la espalda, yo la bañaba y le daba de comer en la boca. Mamá sabía quién la cuidaba.
—Yo trabajaba, Carmen. No podía dejar todo botado como tú.
—Yo también trabajaba. Treinta años en H-E-B. Los últimos tres pedí turno de noche para poder estar con ella de día. ¿Tú qué pediste? ¿Vacaciones para ir a la playa?
Yadira se puso roja. Dio un paso al frente, apuntando con el dedo.
—Voy a demandar. Tengo derecho a la mitad. La corte va a ver que esa firma no vale. Mamá estaba medicada, no sabía lo que hacía.
—Pues demanda. Aquí está el número de mi abogado. —Carmen sacó una tarjeta de la carpeta y la puso sobre la mesa—. Se llama Héctor Molina. Atiende en la calle South Flores. Cobra por consulta. Si quieres pelear, empieza por ahí.
Yadira tomó la tarjeta y la estrujó sin mirarla. Saúl se la quitó de la mano y la guardó en el bolsillo de la camisa.
—Ya, Yadira, vámonos —murmuró—. No vale la pena.
—¿Cómo que no vale la pena? Es mi casa, es mi herencia, es lo que me toca…
Carmen ya no la oyó. Fue a la entrada, levantó la caja de Tecate y la sacó al porche. Luego agarró la lámpara de pie y la puso junto a la caja, con cuidado de no quebrar la pantalla. Después tomó la maleta azul por el asa, la arrastró por el piso de madera y la dejó afuera, al lado del carro viejo de Saúl.
—Oye, esa maleta es mía —chilló Yadira, saliendo detrás—. Tiene cosas de valor.
—Pues llévatela —dijo Carmen, y cerró la puerta.
Le metió el seguro. Desde adentro se oían los gritos de Yadira y la voz de Saúl que decía “ya, ya, vámonos”. Luego el motor tosió dos veces, arrancó, y el ruido se fue calle abajo.
Carmen se quedó parada junto a la puerta, con la mano todavía en el seguro. Sentía el pecho brincándole. No era tristeza; era un alivio raro, como cuando por fin te quitan una muela que dolía.
De pronto olió a humo. Corrió a la cocina: las papas con chorizo se habían pegado al fondo de la sartén, negras y duras como piedras. Apagó la estufa. Subió la ventana. El humo salió por encima del fregadero, mezclándose con el olor a pan dulce que venía de la panadería Guadalupe, tres cuadras abajo.
Tiró la sartén en el fregadero y giró la llave del agua. El agua fría chisporroteó contra el metal caliente. Afuera, Pancho ladraba de nuevo. La vida seguía.