El Silencio Más Ruidoso

Me llamo Juana Rivera y tengo noventa y un años. Vivo en un cuarto al fondo de la casa de mi hija Elena, en Silver Spring. Antes esto era mi casa, la escritura estaba a mi nombre, pero eso fue en otra vida.

A veces me quedo despierta a las tres de la mañana y casi puedo oír los tacones de mis nietas corriendo por el pasillo. Eran cinco —cinco chiquillas con trenzas apretadas y rodillas raspadas que llenaban esto de gritos, de reguetón a todo volumen, de peleas por el control remoto. Yo me sentaba en el sofá de la sala con mi café con leche y pensaba: esto nunca se acaba. Esto es la vida.

Ahora la sala es un depósito de cajas que Elena no ha abierto desde que se divorció. Mi cuarto mide como diez metros cuadrados. Tengo una cama de hospital que alquila el seguro, un crucifijo que me trajo mi comadre Mirna desde El Salvador, y un teléfono que casi nunca suena.

Tuve tres hijos. Seis nietos. Dos bisnietos. Elena es la única que me ve todos los días, pero trabajar trabaja doce horas en el hospital. Entra como una ráfaga a las ocho de la noche, me pone el plato de comida en la mesita, me pregunta si me tomé la pastilla de la presión, y se va a desplomar frente al televisor. No la culpo. Está cansada. Todos estamos cansados.

Mi hijo mayor, Santiago, vive en Miami. Me llama los domingos. Puntualmente a las once y cuarto. Cinco minutos clavados, a veces cuatro. Me pregunta qué comí, si hace frío allá arriba, y antes de colgar me dice "te quiero mucho, mami" como si fuera una fórmula matemática que ya se aprendió de memoria. Mi otro hijo, José Manuel, no sé nada de él desde la Navidad de hace dos años. Me mandó una foto de mis nietos por WhatsApp y después desapareció. Le escribí para su cumpleaños, para Año Nuevo, para el Día de las Madres. Nada.

Antes yo horneaba pasteles de tres leches para cada cumpleaños, cocinaba pupusas los sábados, me sabía de memoria cuál nieta era alérgica al chocolate y a cuál le gustaba el relleno de chicharrón. Antes esta casa olía a comida de verdad, a especias, a la salsa de tomate que hacía con chipotle. Ahora huele a desinfectante de pino y a la crema de alcanfor que me unto en las rodillas.

Lo más cruel no es que te duela la cadera. Lo más cruel es ese hueco en el pecho a las siete de la tarde cuando sabes que ya nadie va a venir. Te quedas mirando el techo y repasas el día: la muchacha que vino a limpiar no habló conmigo, el cartero no trajo nada, el teléfono no vibró. Y luego, casi sin darte cuenta, empiezas a repasar la vida entera.

Yo trabajé vendiendo tamales puerta por puerta para que esos muchachos estudiaran. Me levantaba a las cuatro de la madrugada a poner la olla y me acostaba a la medianoche planchando uniformes. Cuando Santiago tenía asma, pasé dos semanas durmiendo en una silla del hospital pediátrico mientras mi esposo cubría mis turnos en la cocina del restaurante. Cuando Elena quería ser bailarina, pedí un préstamo para sus clases de ballet en la academia de Rockville. Y José Manuel… a José Manuel lo saqué de la pandilla corriendo yo misma a los cholos de la esquina, con sesenta años encima y un palo de escoba en la mano.

Nadie me quita esos recuerdos. Pero a veces pienso: ¿dónde está todo ese amor que di? ¿Se esfumó como el vapor de la olla?

Hace tres meses conocí a don Ramón. Estaba en el consultorio del cardiólogo, esperando que me hicieran el electro, y él estaba ahí sentado con un sombrero de vaquero tejano. Me dijo: "Usted es la señora de las pupusas". Resulta que hace veinte años yo le vendía almuerzos a su cuadrilla de jardineros en Takoma Park. Él se acordaba. Dijo que nunca había probado una pupusa tan buena, que todavía sueña con el curtido.

Empezamos a hablar. Resulta que él también está solo. Su esposa murió de cáncer hace seis años, sus hijos están en Texas y en California, y él vive en un sótano que le alquila a un sobrino que casi nunca aparece. Nos hicimos compañía en la sala de espera como dos náufragos que se encuentran en la misma tabla.

La semana pasada me llamó. Me dijo que me invitaba un atol de elote el domingo, que una señora guatemalteca vende en el mercadito de Langley Park. Yo me arreglé como si tuviera quince años —me pinté los labios, me puse el collar de perlas falso que me regalaron mis nietas, me eché perfume. Elena me vio salir y se quedó con la boca abierta.

—Mami, ¿para dónde va tan emperifollada?

—A un date —le dije, y casi me da un soponcio de la risa que me dio.

Ese domingo a las once menos cuarto sonó el teléfono. Era Santiago. Lo dejé sonar. Sonó otra vez. Lo dejé sonar. Por primera vez en dos años no estaba sentada esperando su llamada.

Cuando llegué al mercadito, don Ramón ya estaba ahí. Agarró el atol y dos pupusas de queso con loroco, y nos sentamos en una banca a ver pasar a la gente. Me contó de cuando cruzó la frontera en el ochenta y tres, escondido en un vagón de tren. Me contó de su esposa Gloria, de cómo cocinaba mole los cumpleaños, de cómo cantaba "Cielito Lindo" mientras tendía la ropa.

Y entonces me dijo algo que se me clavó aquí adentro.

—Fíjese, doña Juanita —me dijo, mirando hacia el parqueadero—. El peor error que uno comete de viejo es esperar. Uno se sienta en el sillón y se pone a esperar esa llamada, esa visita, ese "cómo estás". Y la vida se va en la espera.

Se quedó callado un segundo.

—Yo ya no espero. Ahora salgo a buscar.

Esa noche, cuando Elena llegó cansada del turno, yo no estaba en mi cama. Estaba en la sala, de hecho, desempolvando las cajas. Encontré una foto de José Manuel de cuando tenía siete años, con un diente menos y un uniforme de fútbol del colegio. La puse en mi cuarto, junto al crucifijo.

Elena se asomó por la puerta con los ojos enrojecidos de cansancio. Iba a preguntar algo, pero se quedó callada. Al final dijo:

—Mami, ¿usted está bien?

—Sí, mija. Y mañana voy a ir al mercadito de nuevo.

Al día siguiente amaneció lloviendo. De esas lluvias frías de octubre que calan hasta los huesos. Me dolían las caderas y las manos no me respondían bien. Por un momento pensé en cancelar, en meterme debajo de las cobijas y prender el televisor. Pero me acordé de lo que había dicho don Ramón sobre no esperar.

Me puse la gabardina y salí con el paraguas.

Cuando iba por la acera casi llegando a University Boulevard tuve que parar a descansar. Las piernas ya no son las de antes. Me apoyé en la parada del bus empapada de lluvia, con el corazón bombeando como tambor. Una muchacha con el uniforme de la tienda de la esquina me vio desde la ventana y cruzó la calle corriendo, con una bolsa de plástico en la cabeza.

—Señora, ¿está bien? ¿Quiere que llame a alguien?

—No, gracias, mi amor. Ya descanso y sigo.

—Pues, si quiere le pago un Uber. Así mojada se va a enfermar.

Insistió tanto que acabé aceptando. La muchacha, que se llamaba Valeria, pidió el carro con su teléfono y se quedó conmigo hasta que llegó. Cuando me abrió la puerta del Toyota blanco me dijo una cosa que me dejó helada.

—Mi abuelita está en Honduras. Hace tres años que no la veo. Usted me la recordó un montón.

Me agarró la mano con sus dedos fríos y mojados.

—Cuídese, señora.

El Uber me dejó justo frente al mercadito. Don Ramón estaba adentro, bajo el toldo de la señora de los atoles, y cuando me vio llegar empapada se echó a reír.

—Usted sí que es terca, doña Juanita.

—Más vale.

Esa tarde no hablamos del pasado. Hablamos del futuro. De un viaje al santuario de la Virgen de Guadalupe en México que siempre quiso hacer. De plantar chiles en una maceta junto a la ventana de mi cuarto. De enseñarme a tocar la guitarra vieja que él tiene arrumbada.

Y mientras hablábamos, por primera vez en años, no miré el teléfono. No esperé que sonara. No conté los minutos.

Cuando llegué a casa eran casi las ocho. Elena estaba en la cocina, con el teléfono en la mano y cara de angustia.

—Mami, ¡usted no contesta! La estuve llamando como loca. ¿Dónde andaba?

—En el mercadito con don Ramón.

—Pero si está lloviendo a cántaros, mami, ¿cómo se le ocurre salir así?

Le conté lo de Valeria, lo del Uber, lo de los atoles.

Elena se quedó callada. Luego se sentó en la silla de la cocina y se puso a llorar. Pero no era llanto de tristeza. Era otra cosa.

—Mami —me dijo—. Yo no sé cómo hace. Yo estoy muerta del cansancio y usted con noventa y un años sale a vivir la vida como si no pesaran.

La abracé. Le olía el pelo a quirófano, a alcohol. Pobrecita mi Elena, siempre corriendo, siempre trabajando.

—Mija, no es que no pesen. Pesan. Pero uno decide si los carga todo el día o los deja en el suelo un rato.

Esa noche Elena no se fue a desplomar frente al televisor. Se quedó conmigo en mi cuarto, en la sillita de plástico junto a la cama. Me contó de un paciente que perdió en la mañana, un señor mayor que murió solo, sin que nadie le tomara la mano.

—Cuando vi que usted no contestaba el teléfono, pensé que… —no terminó la frase, pero no hacía falta.

Al rato sacó su teléfono y marcó un número.

—Santi, soy yo. Sí, ya sé que es tarde. Oye, necesito que vengas a Maryland en Acción de Gracias. No, no es negociable. Nada de Zoom. Te vienes con los niños. Y tráete a José Manuel, aunque sea amarrado.

Hubo un silencio largo. Luego Elena dijo:

—Porque la mami tiene noventa y un años, Santi. No hay más "después". Se acabó el "después".

Colgó. Se quedó mirando la foto de José Manuel niño, la del diente menos.

Pasaron tres semanas. Yo seguía yendo al mercadito con don Ramón los domingos, y entre semana a veces al parque de Wheaton, donde un trío de mariachis ensaya los jueves. Don Ramón llevaba la guitarra y yo cantaba. Desafinadísimo, pero se cantaba.

El miércoles antes de Acción de Gracias estaba yo friendo plátanos maduros cuando sonó el timbre. Elena fue a abrir.

Era José Manuel.

Estaba parado en el umbral con una maleta en una mano y la otra sujetando a la niña más chiquita, la bisnieta que yo ni conocía más que por fotos borrosas de WhatsApp. Detrás venía la esposa, con el bebé en brazos.

José Manuel me miró. Yo estaba con el delantal puesto, la espumadera en la mano, el olor a canela y a aceite flotando en el aire. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Mami —dijo, y se le quebró la voz—. Perdóneme.

Lo abracé ahí mismo, con la espumadera todavía en la mano y la grasa del plátano manchándole la camisa. No dije nada. ¿Para qué? Ya habíamos perdido dos años. No iba a perder ni un minuto más en reclamos.

Esa noche la casa se llenó. Como antes. Como cuando las niñas corrían. Vinieron todos: Santiago con su esposa y los mellizos, los nietos grandes con sus novias, dos primas de Elena que no veía en una década. Hasta Valeria, la muchacha del Uber, apareció con un pastel de tres leches que compró en la panadería hondureña.

Don Ramón llegó a las nueve, con su sombrero tejano y su guitarra. Se sentó en un rincón de la sala y empezó a tocar "Cielito Lindo", bajito, como para él solo. Pero yo lo oí. Y me senté con él y canté. Y esta vez no desafiné tanto.

A las once de la noche, cuando ya todos estaban demasiado llenos de pavo y de ponche, José Manuel se me acercó. Me llevó un café cargado.

—Mami, Elena me dijo lo del mercadito. Que usted sale todos los domingos aunque llueva.

—Ajá.

—Yo creí que usted estaba aquí sentada esperando.

Lo miré. Tenía el mismo gesto de cuando era chiquito, cuando se raspaba las rodillas jugando fútbol.

—Ya no espero, hijo. Ahora voy.

José Manuel asintió. Luego se fue a la cocina, lavó los platos sin que nadie se lo pidiera, y se quedó hasta la una de la mañana poniéndose al día con sus hermanos.

El domingo siguiente, cuando bajé a la sala, no fui sola al mercadito. Elena pidió el día libre en el hospital. José Manuel pospuso el vuelo de regreso a Dallas. Y hasta los mellizos de Santiago se apuntaron, nada más para probar los atoles esos de los que tanto hablaba la abuela.

Don Ramón nos esperaba en la banca de siempre, con su guitarra. Cuando vio la caravana que venía detrás de mí, se rio. Esa risa suya que resonaba tan fuerte.

—Doña Juanita —me dijo—. Creo que hoy va a hacer falta más de un atol.

Me senté con él. La mesa se llenó de nietos, de risas, de platos de pupusas, de café caliente. Y por primera vez en muchísimo tiempo no miré la ventana esperando que alguien llegara. Porque ya habían llegado.

Esa noche, cuando volví a mi cuarto, puse la foto de José Manuel niño junto a la del diente menos. Luego apagué la luz y me quedé mirando al techo.

Pero esta vez el silencio no pesaba.

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