Lucía siempre fue la que repartía consejos como si fueran caramelos. En la maestría todos la buscaban cuando el novio no llamaba o cuando el jefe se pasaba de listo. Tenía ese don, decían. Leía a la gente como quien lee el menú del día. A su amiga Valeria le advirtió lo de Saúl a los dos meses de noviazgo. «Ese tipo te miente hasta cuando te dice buenos días, Vale. Los ojos le bailan solos». Valeria se ofendió, claro. Dejaron de hablarse un par de semanas, hasta que una noche Valeria apareció en su departamento de Albuquerque con los ojos hinchados. Saúl tenía otra novia en Santa Fe desde hacía un año. «Me salvaste la vida, Lu», le dijo entre sollozos, mientras Lucía le servía un café de olla bien cargado.
Poco después, Valeria conoció a Samuel, un arquitecto tranquilo que hablaba pausado y la miraba como si fuera la única mujer en el mundo. Se casaron en el jardín de una hacienda en Las Cruces, con guirnaldas de flores de papel picado y una banda norteña que tocó hasta las tres de la mañana. Lucía fue la madrina de lazo, y durante toda la fiesta se quedó bailando con el primo del novio, un tipo alto de ojos color miel llamado Mateo. Mateo era abogado, pero no de los que hablan hasta por los codos. Era de los que escuchan, de los que te acercan un vaso de agua antes de que se te seque la garganta. Esa noche, Lucía no analizó nada. Se dejó llevar.
Tres meses después, Mateo le propuso matrimonio en el estacionamiento de un Denny's, a las dos de la mañana, con un anillo que había pertenecido a su abuela. Tartamudeó tanto que Lucía tuvo que decirle «sí, Mateo, sí» para que pudiera respirar. Se casaron un sábado de octubre y se mudaron a una casa con un mezquite enorme en el jardín, al sur de la ciudad.
La vida se acomodó rápido. Ella era la que llevaba las riendas, pero con una sutileza que a Mateo lo hacía sentir que cada decisión importante era suya. Él nunca discutía. No por débil, sino porque le gustaba verla segura. Llegaron los hijos: Elián y después Camila, con apenas once meses de diferencia. Dos criaturas que se pasaban el día inventando juegos en el patio de tierra. Lucía miraba su vida desde la ventana de la cocina y pensaba: «esto ya está, esto es lo que hay que cuidar». Y lo creía de verdad.
El despacho de contadores donde trabajaba Lucía estaba en el tercer piso de un edificio viejo, con un elevador que sonaba como si se estuviera tragando piedras. Llevaba once años ahí, los mismos que tenía de casada. Una mañana de marzo, el jefe reunió al equipo para presentar al nuevo auxiliar. «Él es Xavier, viene de la oficina de El Paso, denle la bienvenida». Xavier tendría veintiséis años, el cabello negro revuelto, una sonrisa fácil. A Lucía le tocó enseñarle el sistema de declaraciones fiscales. Lo sentó en una silla junto a su escritorio y empezó a explicarle.
Él la miraba. No al monitor. A ella.
Lucía sintió un calor extraño en el cuello mientras señalaba una celda en la pantalla. Se aclaró la garganta y siguió hablando, pero su propia voz le sonaba ajena. Esa noche no durmió bien. Se repetía que era ridículo, que era una mujer de casi cuarenta años con dos hijos y un esposo que la adoraba. Ridículo. Pero al otro día, cuando Xavier se asomó a su oficina para preguntarle por un formato de viáticos, sintió las mejillas arder como una adolescente.
Durante semanas evitó quedarse a solas con él. Pero Xavier era insistente sin ser obvio. Le dejaba un café de canela sobre el escritorio por las mañanas, sin decir nada. Le acercaba expedientes que ella ni siquiera había pedido. Una tarde, mientras Lucía revisaba unos recibos, él entró, cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie a sus espaldas. Ella sintió su respiración antes que sus manos.
—No te muevas —dijo él, casi en un susurro—. Llevo tres meses queriendo hacer esto.
La besó en el cuello. Lucía cerró los ojos con fuerza, como si así pudiera desaparecer del planeta. Quiso decir «déjame», «estás loco», «tengo una familia», pero lo único que salió de su boca fue un suspiro entrecortado.
Se convirtieron en dos personas distintas dentro y fuera de la oficina. En el trabajo, ni se miraban. Pero dos veces por semana, a la salida, Lucía manejaba hasta un motel sobre la interestatal 25, de esos que se rentan por horas y donde el conserje nunca pregunta nada. Xavier llegaba en su Silverado, siempre con las ventanillas arriba. En la habitación 214, Lucía se olvidaba de todo. De Mateo. De los niños. De los treinta y cinco correos sin leer y de la cena que no había preparado. Sólo existía el vértigo.
Una mañana de agosto, en el baño del despacho, Lucía se quedó mirando las dos rayitas de la prueba con el pulso martillándole en las sienes. Se le vació el estómago. Xavier la encontró media hora después, pálida y con las manos temblorosas.
—Estoy embarazada.
Él parpadeó rápido. Se pasó la lengua por los labios. Luego soltó una risita nerviosa.
—Bueno… bueno, no pasa nada. Buscamos una clínica. Yo pongo el dinero. En Juárez es más barato y no piden identificación.
Lucía sintió que el piso se le movía. No era «¿cómo te sientes?», no era «vamos a pensarlo juntos», no era «no te preocupes». Era «en Juárez es más barato». Asintió en silencio, con los ojos fijos en una mancha de café en la alfombra.
Esa noche, en la cena, Mateo le preguntó tres veces si se sentía bien. «Estás muy callada, Lu». Elián contó algo emocionante sobre una lagartija que había encontrado en el jardín, y Camila insistió en que quería un conejo. Lucía los miraba como si estuviera viendo una película de una familia que no era la suya.
Buscó a Valeria al día siguiente. Quedaron en verse en un café en Nob Hill. Valeria la escuchó sin interrumpir, removiendo su capuchino con una cuchara.
—No tengo con quién hacerlo, Vale. El contacto que tenía me falló. Y en una clínica me van a pedir papeles, y si alguien se entera…
Valeria soltó la cuchara. Tenía una expresión extraña, entre la lástima y algo más que Lucía no supo descifrar.
—Mira, Lu… yo creo que esto no deberías arreglarlo así. Quizá… quizá Mateo debería saberlo.
—¿Estás loca? ¿Saber qué? ¿Que le puse los cuernos con un chavo que podría ser mi sobrino?
Valeria se quedó callada un largo rato. Afuera, el sol de Albuquerque del mediodía pegaba contra los vidrios del café. Suspiró.
—No puedo ayudarte, Lu. Lo siento.
Lucía salió del café con el estómago hecho un nudo. Algo en la voz de Valeria no le había gustado. Algo frío, como si hubiera estado hablando con una desconocida.
Esa misma semana, Xavier desapareció del despacho. Recursos Humanos informó que había renunciado por motivos personales. Su teléfono daba a buzón directamente. Los mensajes de WhatsApp le aparecían con un solo check. Se había esfumado como humo, sin despedirse, sin dejar rastro. Lucía se quedó sola, con las náuseas de las mañanas y un miedo que le ocupaba el pecho entero.
Una noche, Mateo llegó a casa con un sobre de una agencia de viajes. Le sonreía como un niño.
—Diez días. Barcelona, Madrid, París. Los cuatro. Los niños están de vacaciones en la escuela. Creo que nos hace falta.
Lucía tragó saliva. No podía negarse sin levantar sospechas. Además, estaba demasiado agotada para inventar una excusa creíble.
El viaje fue extraño. Caminaron por Las Ramblas, subieron a la torre Eiffel, comieron churros en la Plaza Mayor. Mateo estaba especialmente cariñoso, y los niños, felices. Pero en el fondo de su cabeza, Lucía seguía revisando el teléfono a escondidas, esperando una señal de Xavier que nunca llegaba.
Fue en Madrid donde lo vio. Estaban en el lounge de un hotel, esperando al guía, cuando Xavier apareció en la recepción. No iba solo. Llevaba del brazo a una muchacha rubia, muy joven, con pantalones cortos y gafas de sol. Se reían. Se besaban. Se tomaban selfies.
Lucía sintió un golpe seco en el esternón. Dejó caer el bolso al suelo. Mateo lo recogió, sin preguntar. Le acarició el brazo y le dijo:
—¿Pedimos un café? Tienes cara de cansada.
Xavier pasó a menos de tres metros de ellos y no la volteó a ver. Ni una sola vez. La muchacha rubia se colgaba de su cuello, y él le hablaba al oído. Desaparecieron por el pasillo que llevaba a las habitaciones.
Esa tarde, en el bus del tour, una señora mayor que viajaba sola se sentó junto a ellos. Estuvieron un rato en silencio, hasta que la mujer miró a Mateo ayudando a Camila a atarse los cordones, y luego a Elián compartiendo sus audífonos con Lucía. Sonrió con dulzura.
—Qué familia tan bonita. Se ve que su esposo la quiere con locura, mija. Eso ya casi no se encuentra.
Lucía asintió despacio. Sintió un nudo en la garganta.
—Sí —dijo, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. La verdad es que sí.
De vuelta en Albuquerque, perdió el embarazo naturalmente a las dos semanas. El cuerpo, a veces, toma decisiones por uno. No hubo clínica, ni papeles, ni Juárez. Sólo un llanto silencioso en el baño de su casa, a las cuatro de la mañana, mientras Mateo dormía.
Nunca le contó a Mateo la verdad. Pero una tarde, meses después, él la encontró llorando en la cocina, de cara a la ventana que daba al mezquite.
—Dime qué pasó, Lu. Lo que sea. Yo estoy aquí.
Ella negó con la cabeza. Entonces Mateo hizo algo que no había hecho nunca: la abrazó por detrás, con fuerza y en silencio. No preguntó más. Lucía sintió, por primera vez en muchos años, que ese abrazo era lo único que la sostenía.
Nunca más supo de Xavier, ni quiso saber.
Sucedió algo con el tiempo: Mateo dejó de ser «lo seguro» para convertirse en «lo necesario». Una mañana, mientras él leía el periódico en la mesa del desayuno y los niños armaban un rompecabezas en el suelo, Lucía lo observó de reojo. Vio la arruga que se le formaba junto a la ceja cuando se concentraba, el mismo gesto desde hacía doce años. Y sintió algo que había estado ahí todo el tiempo, sólo que enterrado bajo capas de rutina y orgullo.
Una noche cualquiera, mientras lavaban los platos, Mateo le pasó una toalla limpia y le rozó los dedos. Ella lo agarró de la muñeca.
—Gracias —dijo.
—¿Por secar un plato?
—Por todo.
Mateo sonrió con esa boca torcida que tenía. Le dio un beso en la frente, simple, sin prisa. Lucía cerró los ojos mientras el agua seguía corriendo en el fregadero.
Año y medio después, una mañana fresca de domingo, Lucía amaneció con náuseas otra vez. Se sentó en el borde de la cama, con la mano apoyada sobre el vientre. Mateo dormía bocabajo, con el brazo estirado hacia su lado vacío, como buscándola incluso en sueños. Ella observó la luz del amanecer colarse por la ventana, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que ese temblor en el cuerpo no era miedo.