Estaba seguro de que ella lo perdonaría. Pero cuando llegó, ya era demasiado tarde.

La troca devoraba el asfalto de la carretera 83, el sol pegándole al parabrisas como si quisiera romperlo. Julio iba con el aire acondicionado echando fuego porque el compresor llevaba meses descompuesto, y el sudor le pegaba la camisa al asiento. Pero ni el calor de aquel agosto en el Valle le quitaba las ganas de acelerar. Traía la dirección anotada en un pedazo de servilleta, y en la mente un solo pensamiento, machacándole como un martillo: *Marisol me va a perdonar. Me va a perdonar porque todavía me quiere. Porque Santiaguito necesita a su papá.*

Había repetido esa frase tantas veces en el último mes, que ya se la creía. Total, ¿qué era una infidelidad en un pueblo donde la mitad de los casados andaban de picos pardos? Un error, una pendejada de la que uno se arrepiente. Y él ya se había arrepentido, vaya que sí.

Pero para entender por qué Julio manejaba como loco aquella tarde de sábado, hay que echar para atrás. Un par de años, mínimo.

En aquellos días, Julito era el chofer del mero mero. Don Armando se dedicaba a la construcción de residenciales en McAllen y andaba en una Silverado 2500 del año que relumbraba como un espejo. Julio la cuidaba como si fuera propia, y cada mañana, cuando salía de la yarda con el patrón a bordo, los muchachos de la obra se hacían a un lado. Él no cargaba bultos de cemento; él iba detrás del volante, oliendo a loción y con el corte de pelo bien afilado. Las cajeras del H-E‑B lo saludaban con confianza, y en los bailes de la iglesia más de una muchacha se quedaba viéndolo con esos ojos que prometen todo sin decir nada.

—M’ijo, ya es hora de que sientes cabeza —le soltó una tarde doña Chole, su abuela, mientras revolvía una olla de frijoles con olor a epazote.

La casa de doña Chole olía siempre a tortillas recién hechas y a tierra mojada. Tenía un altarcito en la sala con la Virgen de Guadalupe y fotos de todos los nietos, pero el único que iba a verla cada tercer día era Julio.

—Ay, abue, no me friegue. Ando bien así, sin compromisos —respondió él, robándose un pedazo de queso fresco y tirándose en el sofá.

Doña Chole lo apuntó con el cucharón.

—Andas bien, pero la casa vacía y la ropa sucia amontonada. Te conviene una mujer seria, no las pinturientas del baile. La muchacha nueva de la clínica veterinaria, Marisol, esa sí vale la pena. Se recibió en Kingsville, toda una profesionista y bien portada. Hablé con ella el otro día en la panadería. Una santa.

Julio resopló, pero a doña Chole no se le podía decir que no. Esa viejita menuda, con sus chanclas y su moño cano, era la única persona a la que hasta don Armando le bajaba la mirada. Julio fue a la clínica un jueves por la tarde, más por compromiso que por ganas. Encontró a Marisol guardando unas jaulas en la parte de atrás, con el uniforme azul lleno de pelos de perro y una coleta que le caía sobre el hombro. No era aparatosa: nada de uñas postizas ni pestañas de a kilo. Hablaba bajito y se sonrojó cuando él le preguntó si quería una nieve de mango en el puesto de la plaza.

Se casaron en octubre, en el jardín de la casa de doña Chole, con un conjunto norteño que tocó hasta el amanecer y un mole que hizo la tía Licha. Marisol se veía preciosa con un vestido blanco sencillo, y Julio hasta sintió orgullo al tomarla del brazo. Pero en el fondo, no la amaba. Se había amarrado porque la abuela insistió, porque ya tenía veintisiete años y porque en el pueblo los hombres hechos y derechos tienen familia.

Marisol resultó ser exactamente lo que doña Chole había prometido. La casa olía a suavizante de telas y a caldo de pollo cuando él llegaba. Los uniformes planchados, la mesa puesta. A los dos años nació Santiaguito, un gordito risueño al que Julio le compró una miniatura de la Silverado apenas aprendió a caminar. Al niño lo adoraba. Pero a Marisol la veía como se ve a un mueble útil: ahí estaba, servía, y ya.

Y entonces apareció Yesenia.

Yesenia llegó de Laredo para atender el nuevo sports bar en la avenida Ware, con un escote que no dejaba nada a la imaginación y una risa que se oía por encima del estruendo de las máquinas tragamonedas. La primera vez que Julio entró a pedir unas alitas, ella se recargó en la barra y le dijo:

—A ver, guapo, ¿tú qué haces en la vida aparte de robar suspiros?

Julio sintió un vuelco en el estómago que con Marisol no había sentido jamás. Esa mujer era fuego, aventura, un shot de tequila que te quema y te pide otro. Empezó a quedarse después del trabajo, inventando vueltas para don Armando. Primero la llevaba al centro, luego a su apartamento en las afueras, donde el pasto estaba seco y había una Virgencita en la entrada pero la cama era un torbellino.

En los pueblos, las lenguas son más rápidas que las patrullas. Una tarde, Marisol lo esperó en la cocina con una taza de café que se le fue enfriando en las manos. Cuando Julio entró tambaleándose, con la camisa mal fajada y olor a perfume barato, ella solo preguntó:

—¿Es cierto lo de Yesenia?

Julio, cegado por el alcohol y por las sonrisas fáciles que todavía le bailaban en la memoria, explotó.

—¡Pues sí, es cierto! ¿Y qué? Me tienes harto con tu vida de vieja, siempre seria, siempre callada. ¡Contigo me asfixio!

Marisol se quedó sin habla. Julio, furioso, empujó una silla y le dio un manotazo a la taza, que se estrelló contra el suelo. Ella retrocedió pero se golpeó el hombro con el marco de la puerta. No dijo nada. Se fue al cuarto del niño y cerró con seguro.

A la mañana siguiente, Julio se despertó en el sofá, con la garganta seca y un zumbido en los oídos. La casa estaba en silencio, como cuando se va la luz y dejan de funcionar todos los aparatos. Sobre la mesa, junto a un platito con conchas, Marisol había dejado doblado un papel con su letra redonda: «No te lo voy a perdonar nunca. Me llevo a mi hijo a casa de mi mamá.»

Julio leyó las palabras y, en vez de dolor, sintió alivio. Un alivio mezquino que lo hizo sonreír para sus adentros. «Qué bueno, pensó. Se acabó la farsa. Ahora sí, a vivir con Yesenia como Dios manda.»

Esa misma tarde empacó sus cosas, unas cuantas camisas en una bolsa de lona, y se fue al apartamento de Yesenia cantando. Doña Chole, cuando supo lo ocurrido, lo esperó en la banqueta con los brazos cruzados y sin soltar el rosario.

—Idiota, cambiaste oro por espejitos. Un día te vas a arrastrar pidiendo volver y ya va a ser demasiado tarde —le escupió.

—¡Ay, abue, usted qué va a saber! Yo soy feliz.

Y al principio, lo fue. Yesenia era puro candelabro en la cama, pero en la cocina era un cero a la izquierda. Mientras Marisol madrugaba para dejarle el lonche preparado, Yesenia se levantaba a mediodía y lo primero que hacía era pintarse las uñas. La pila de trastes apestaba, el refrigerador vacío y a Julio le tocaba traer tacos de la calle porque a ella «no le nacía» cocinar.

Pasó casi un año en esa dinámica. Julio se consolaba pensando en las noches locas, en el cuerpo de Yesenia, aunque cada día llegaba más cansado y más harto de vivir en un muladar. Hasta que un martes, don Armando lo dejó salir temprano porque se había ido a Dallas. Julio compró un ramo de flores en la gasolinera y se fue a la casa de Yesenia con la idea de darle una sorpresa.

La puerta tenía el cerrojo echado. Julio tocó, primero con los nudillos, luego con el puño cerrado. Al otro lado se oía movimiento, risas sofocadas, un murmullo. Cuando la puerta por fin se entreabrió, Yesenia apareció envuelta en un batín de seda, despeinada y con los labios corridos.

—Ay, ¿tú? ¿Qué no estabas en el jale? —dijo, quitándose el cabello de la cara.

Julio entró sin pedir permiso y se encontró, tirado en el sofá cama que habían comprado juntos, a un tipo gordo con una cadena de oro que le colgaba sobre el pecho. Era el distribuidor de cerveza del bar, al que Julio conocía de vista. El sujeto apagó el cigarro en la mesita de centro y dijo:

—Tranquilo, compa. La Yeni ya no te necesita. Yo me la llevo a Austin, le voy a poner un negocio.

Yesenia ni siquiera se inmutó.

—Ya junté tus tiliches en esa caja, Julio. No hagas pancho, mi amor. Tú eres lindo, pero esto no era para siempre.

No hubo gritos. Porque a Julio se le desmoronó el pecho tan rápido que ni aire le quedó. Agarró la caja de cartón, que pesaba más de lo que debía, y se fue caminando por la calle Polk, con el sol hundiéndose detrás de la autopista y las luces del bar ya encendidas.

Las semanas siguientes fueron un borrón de botellas vacías de Modelo, despertarse en el sofá de la obra y faltar al trabajo dos o tres veces. Don Armando estuvo a nada de correrlo, y si no lo hizo fue porque doña Chole le habló directo y le dijo: «Déjalo, Armando, que el muchacho ya está pagando sus culpas.»

Un domingo, con la cruda más dura que había sentido, Julio se fue a casa de su abuela. Se hincó en medio de la sala, delante del altarcito, y le rogó:

—Abuela, deme la dirección de Marisol. Por favorcito. Quiero pedirle perdón. ¡Yo sé que ella me va a escuchar, sé que todavía me ama!

Doña Chole se persignó despacio y, sin levantar la voz, le dijo:

—No tengo dirección, Julio. Y aunque la tuviera, no te la daría. Marisol ya rehizo su vida. Se casó con un hombre bueno, un contratista de por allá por Mission. Tiene una casa bonita, Santiaguito está en una buena escuela. Déjala en paz.

Julio no le creyó. En sus adentros, repetía: «Es mentira, la abuela me lo dice para castigarme. Marisol no pudo haberse casado tan rápido. Ella aún me quiere, lo sé. Con pedirle perdón todo se arregla.»

Le llevó tres días sacarle a una muchacha de la clínica veterinaria el dato de dónde trabajaba ahora. De Mission, al otro lado del condado. Subió a la Silverado —que ya tenía un faro roto y una defensa golpeada— y se lanzó para allá.

La calle estaba bordeada de palmas y céspedes verdes, algo que en su cuadra no se veía. Localizó la casa fácil: un adobe color crema con un jardín lleno de bugambilias y un portón de hierro forjado. No quiso estacionarse enfrente; se metió detrás de un mezquite, bajó la ventanilla y esperó.

El calor le pegaba en la nuca. Los dedos le temblaban sobre el volante mientras ensayaba mentalmente: «Marisol, perdóname, fui un imbécil, soy un hombre distinto, te necesito…»

A eso del mediodía, escuchó el motor de una camioneta nueva. Una Ram 3500 roja, de esas con rines de lujo y la carrocería impecable, se estacionó justo frente al portón. Del lado del conductor bajó un hombre alto, de hombros anchos, con camisa de trabajo y las mangas enrolladas hasta los codos. Tenía el porte del que no necesita gritar para que lo obedezcan. Dio la vuelta a la camioneta y abrió la puerta del pasajero con un cuidado que a Julio le pareció casi una reverencia.

Y entonces la vio.

Marisol bajó de la troca, pero no era la misma de antes. Llevaba un vestido floreado color durazno que le llegaba a la rodilla, sandalias de tiras y el cabello suelto, con ondas que brillaban bajo el sol. Pero lo que le partió el alma a Julio no fue eso. Fue la expresión de su cara. Se le iluminó de una manera que él no le había visto jamás, ni siquiera el día de la boda. Era felicidad pura, de esa que no se finge.

El hombre le pasó el brazo por la cintura y la atrajo con una ternura inmensa. Ella se puso de puntillas y lo besó, riendo contra sus labios. Luego, la puerta trasera de la Ram se abrió de golpe.

Santiaguito saltó al pavimento, más grande, con los cachetes bronceados y una gorrita de los Astros torcida. En la mano traía una lagartija de plástico.

—¡Papá, papá, mira lo que me compré en el mercado! —gritó corriendo hacia el hombre de la Ram. No hacia Julio. Hacia el otro.

El sujeto soltó a Marisol, agarró al niño y lo subió al aire con una sola mano, mientras el chiquillo chillaba de alegría. Luego lo bajó, lo cargó contra su pecho y el niño se aferró a su cuello como un koala, cómodo, protegido, feliz.

Julio sintió que le clavaban un puñal caliente detrás de las costillas. Las manos se le escurrieron de sudor sobre el volante. Quiso arrancar la puerta, salir corriendo, hacer cualquier cosa, pero no podía mover un músculo. Todo lo que había ensayado se le hizo trizas. No podía llegar y pedir perdón, porque el perdón ya no existía en esa ecuación. Allí, del otro lado del parabrisas sucio, se estaba desarrollando una vida completa, una donde él no aparecía ni en una esquina borrosa de la foto.

Vio cómo Marisol unía su risa a la de ellos, cómo los tres se dirigieron a la entrada de la casa, el hombre cargando al niño con una mano y a ella tomándola de la cintura con la otra. Antes de cerrar la puerta, el pequeño Santiaguito se volteó hacia la calle y señaló hacia el mezquite, emocionado quizá por algo que vio en el árbol. Marisol apenas giró los ojos, pero no lo reconoció. No había razón para que lo hiciera.

La puerta de la casa se cerró. El ruido del cerrojo le llegó a Julio como un disparo. Se quedó ahí un buen rato, con la boca seca y la vista clavada en el portón. Luego, metió la llave al encendido y la troca tosió antes de arrancar. Dio la vuelta en U, despacio, sin prisa. Por el retrovisor vio cómo la Ram roja se iba haciendo chiquita, y después solo quedó el polvo.

Manejó de regreso por la carretera sin música, sin aire, sin nada. En el asiento de al lado, la servilleta con la dirección se la llevó el viento y salió volando por la ventanilla, perdiéndose entre los matorrales del monte. No le importó. No había nada que recoger, ni una sola migaja de lo que alguna vez creyó suyo.

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