El polvo se levantaba detrás del Impala viejo que apenas renqueaba. Yo estaba en el porche de atrás, desgranando elotes para las gallinas. Lo vi bajarse despacio, agarrándose a la puerta del coche como si las piernas no le respondieran.
Era Rodolfo. Mi esposo por treinta y un años. El mismo que un año antes se había ido con la cajera del Home Depot de Las Cruces.
No lo reconocí al principio. Pesaba la mitad de lo que pesaba cuando se fue. La camisa guinda le quedaba como prestada, toda arrugada. Traía una barba entrecana de días y el pelo, antes negro y peinado con gomina, ahora era un mechón blanco y sucio que el viento le movía sin orden. Caminaba con un bastón de aluminio, de esos que dan en el hospital.
—Esperanza —dijo, y la voz le salió quebrada, como de alguien que ya no está acostumbrado a hablar—. Déjame pasar.
Me quedé con la mazorca a medio desgranar. Lo miré sin levantarme.
—¿Para qué, Rodolfo?
—
Un año atrás, él se había ido en julio, no en agosto. Acabábamos de celebrar el 4 de julio con los nietos en el patio. Él hizo la carnita asada, yo preparé la ensalada de coditos. Todo parecía normal. Hasta que dos días después, mientras yo regaba las matas de chile en el solar de atrás, escuché que arrancaba el motor del Impala.
Al principio pensé que iba a la gasolinera. Pero luego oí que abría la cajuela y metía algo pesado. Me asomé por la cerca. Llevaba dos maletas. Las dos que yo le había comprado en el Ross de Alamogordo cuando fuimos a visitar a mi hermana.
—¿A dónde vas? —le grité desde el surco.
Se detuvo. Me miró como se mira una herramienta que ya cumplió su función.
—Me voy, Esperanza. No me busques.
—¿Con quién?
—Con Carla. La muchacha del Home Depot. La que te cobró la pintura cuando fuimos en mayo.
Claro que la recordaba. Una treintañera de uñas largas pintadas de morado, con el cabello teñido de un rubio cenizo que se notaba falso a leguas. Nos atendió en el pasillo de las llaves de agua y Rodolfo se quedó platicando con ella como si yo no estuviera parada a su lado. Se rieron de algo que ni entendí. Ella lo tocó del brazo al despedirse. Yo lo vi. Y me quedé callada.
—Tengo cincuenta y ocho años, Esperanza —me dijo aquella tarde, junto al coche—. Todavía quiero vivir. Con ella la cosa es diferente. Es joven, tiene energía, le gusta salir. Tú eres como un metate. Eres útil, pero ya no mueles fino.
Me soltó eso como quien avienta un costal de cemento y se fue.
No lloré. Me quedé parada entre los surcos, con la manguera goteando en la tierra seca, y lo único que pensé fue: «Metate. Tres décadas de cocinarle, de lavarle, de cuidar a sus padres hasta que se murieron, de trabajar turnos dobles en el motel de la interestatal para completar el dinero, y ahora soy un metate».
Esa noche no dormí. Me senté en la cocina y estuve oyendo el zumbido del refrigerador viejo. La casa se sentía enorme. Luego vinieron los días de puro trabajo. Había que pagar la hipoteca. Las cuentas no se pagan solas. Así que nadie me vio quebrarme.
Mi hijo mayor, Andrés, vino desde Phoenix furioso.
—Mamá, dime una cosa nada más y voy y le parto la madre.
—No le hagas nada —le dije—. Tu papá es adulto. Si se fue, por algo será.
Mi hija Liliana lloraba y me decía que cómo era posible, que treinta y un años.
—Pos no fueron treinta y un años, mija —le contesté—. Si se fue, fue porque esos años ya estaban huecos. Nomás no nos habíamos dado cuenta.
Los vecinos del barrio, como siempre, empezaron a hablar. Doña Chuy, la de la casa amarilla, se aparecía con cualquier pretexto. «Ay, comadre, ¿no tiene un poquito de comino?». O «comadre, que si vio que andan robando por la calle de atrás». Pero yo sabía a lo que iba. Quería verme deshecha. Y no le di el gusto.
—A mí no me falta nada —le decía yo—. Aquí estoy, trabajando.
Mi hermana Gloria me llamaba dos veces por semana. «¿Cómo vas con lo del banco?», me preguntaba. Y yo le respondía: «Voy al día». Y era cierto. Sola, pero al día. Dejé de cocinar chile relleno. Dejé de hacer tamales para la cena de Navidad. Nadie más iba a pedírmelos. El freezer se quedó vacío como en un mes. Y luego empecé a llenarlo otra vez, pero con cosas que me gustaban a mí. Sopas de fideo con chipotle. Verdolagas. Chile de árbol.
—
Ahora, un año después, Rodolfo estaba en mi cocina. Sentado en la misma silla donde siempre se sentó. Tosiendo con un silbido feo en el pecho. La tal Carla lo había dejado en la calle tres meses atrás, según me contó él mismo, con la respiración entrecortada. Cuando a Rodolfo le dio el infarto, ella desapareció. Lo dejó en el hospital del condado con una bolsa de ropa sucia y setecientos dólares en la cartera. Los ahorros de ambos, lo poco que él se había llevado, se esfumaron con ella.
—Me dijo que ya no servía para nada —murmuró Rodolfo, mirando la taza de café que yo le puse enfrente—. Que era una carga. Y me corrió.
Yo estaba recargada en la estufa, con los brazos cruzados. Veía sus manos manchadas, temblorosas. Las mismas manos que un día me dijeron adiós sin tocarme.
—Tú quieres quedarte aquí —le dije. No era pregunta.
—No tengo a dónde ir, Esperanza. Los muchachos no quieren ni hablarme. Perdí el trabajo en el almacén. No puedo ni manejar al centro.
Se hizo un silencio largo. Tanto que se escuchó el reloj de la sala, ese que mi papá me regaló cuando nos casamos y que Rodolfo siempre quiso tirar a la basura «porque hace mucho ruido». En ese momento, cada tic del segundero era como una aguja fría.
Yo sabía lo que él esperaba. Esperaba que yo le dijera: «Aquí te quedas, viejo. Yo te cuido». Como siempre lo hice. Como lo hice cuando se rompió la pierna y no podía ni ir al baño solo. Como cuando su mamá agonizó en esta casa y yo le di de comer en la boca los últimos seis meses.
Pero en ese año yo había pagado la hipoteca sola. Yo pinté las paredes del porche, yo cambié las llantas del Impala que él me dejó tirado, yo llené los papeles del seguro médico. Cuando me operaron de la vesícula en marzo, mi hermana me llevó y me trajo. Cuando me asusté con el ruido de la lavadora en la madrugada, me armé de valor y bajé sola a revisar, con un bat de béisbol en la mano.
Me miré en el reflejo de la ventana del fregadero. Ya no era la mujer del metate.
—Mira, Rodolfo —le dije, caminando hacia la mesa—. Tú tienes algo que yo no tuve el año pasado.
Él levantó la cara. Tenía los ojos aguados pero sin lágrimas, como de quien ya no puede ni llorar bien.
—¿Qué?
Agarré mi bolsa que estaba colgada en la percha de la puerta. Metí la mano y saqué un fólder manila. Lo puse sobre la mesa, junto a su café frío.
—Tú tienes a dónde ir —le dije.
El fólder tenía los papeles de la clínica de reposo «El Sagrado Corazón», en el condado. Un lugar austero, limpio, con monjas que cuidan bien. Mi hermana Gloria trabajó allí quince años en administración; me consiguió los formatos. Ya estaban llenos. Solo faltaba su firma y un depósito de ochocientos dólares, el costo de la cuota inicial para una habitación compartida.
Rodolfo abrió el fólder con manos torpes. Leyó en silencio. La palabra «asilo» no aparecía por ningún lado, pero los dos sabíamos qué significaban esos sellos azules y el membrete del estado.
—No tengo ochocientos dólares, Esperanza —dijo.
—Sí los tienes —le contesté.
De la bolsa también saqué un cheque de caja. Ochocientos dólares justos. Lo puse encima de los papeles.
—Es la firma del Impala —le dije—. Lo vendí ayer a un chamaco de El Paso que vino en camión. El título estaba a mi nombre, Rodo. Tú lo pusiste a mi nombre cuando lo compramos para ahorrarte los impuestos, ¿te acuerdas?
Él abrió la boca, pero no le salió nada. Miró el cheque, me miró a mí, luego la ventana, como buscando el coche estacionado bajo la jacaranda. Pero la jacaranda ya no daba sombra a nada.
—Esperanza… —susurró.
—Mañana a las diez te esperan en el Sagrado Corazón —lo interrumpí, con la misma voz firme con la que trataba a los clientes del motel—. El camión de la ruta 4 pasa a las nueve y veinte en la esquina. Tú ya no manejas, pero el camión te deja en la puerta.
Me volví hacia la estufa. Agarré la cafetera y la puse en el fregadero. El ruido del agua llenó la cocina.
—Tú fuiste un buen esposo los primeros veinte años —le dije sin voltearme—. O quizás quince. Ya ni me acuerdo. Pero el que se fue con la cajera del Home Depot no fue el mismo. Y el que se murió de un infarto y resucitó en ese hospital, ese tampoco eres tú. Ese es un hombre que yo ya no conozco.
—¿Y ahora qué voy a hacer? —preguntó, con un hilo de voz.
Cerré la llave. Agarré un trapo y empecé a secar mis tazas.
—Vas a irte, Rodolfo. Vas a agarrar tus maletas, las mismas que te llevaste, y te vas a ir al Sagrado Corazón. Allá te van a dar de comer, te van a cuidar las enfermeras y vas a tener con quién platicar. Yo ya hice todo lo que tenía que hacer por ti.
Me vio desde la mesa, pequeño, acabado. Se quiso levantar y el bastón se le resbaló, cayendo al piso con un golpe seco. Estuvo un minuto forcejeando, tratando de agarrarlo sin caerse. Yo no me moví. No lo ayudé. Me quedé secando la taza. El agua caliente me quemaba las manos, pero no me importó.
Al final lo logró. Se puso de pie. Metió el cheque y los papeles en la bolsa de la camisa con una lentitud de enfermo.
—Pensé que me ibas a perdonar —dijo.
Guardé la taza en la alacena. Cerré la puertecita de madera. Sonó el pestillo con un clic firme.
—Yo no estoy enojada, Rodo. Ya no. Pero una cosa es perdonar y otra es volver a cargar lo que ya soltaste. Y yo ya solté.
Lo acompañé a la puerta del porche. El sol de agosto le dio en la cara pálida y él se encogió. El Impala ya no estaba en la entrada; solo había una mancha de aceite seco en el concreto. En el tendedero, las sábanas blancas se mecían con el aire caliente del desierto.
—Que te vaya bien —le dije.
—Esperanza…
Cerré la puerta, pasé el cerrojo y respiré hondo. Desde la ventanita de la cocina lo vi alejarse calle abajo, paso a paso, con el bastón y el fólder bajo el brazo. En la esquina, un perro callejero se le atravesó. Rodolfo se detuvo. El perro lo olió y siguió su camino.
Esa noche, prendí la luz del porche de atrás y terminé de desgranar los elotes para las gallinas.