Susana apagó el motor frente al portón y se quedó un minuto viendo cómo las polillas bailaban alrededor del farol de la calle. El turno en el hospital de Caborca había sido eterno. Casi las once y media. Tenía la espalda molida de tanto cargar charolas de instrumental y solo quería un plato de frijoles recalentados y apagar el cerebro.
Bajó de la camioneta y fue entonces cuando los vio. Dos siluetas chiquitas, apretadas contra la pared de ladrillo del OXXO de la esquina, justo donde ya habían apagado el letrero. Eran un niño como de ocho años y una niña que no levantaba más de tres pies del suelo, abrazados en un solo bulto que tiritaba a pesar del calorón de agosto en Sonoyta.
Se les acercó despacio, con el mismo tono que usaba con los pacientes pediátricos.
—Oigan, mis amores… ¿qué hacen aquí a esta hora? ¿Dónde está su mamá?
El niño alzó la vista. Tenía los ojos secos, pero con una dureza que no iba con su cara de morro.
—Nos echó a la calle. El padrastro.
—¿Y tu mamá qué dijo?
—Nada. Se quedó en el cuarto con él, tomada —el niño le apretó los hombros a la hermanita y ella escondió la cara en su camisa sucia—. No tenemos dónde quedarnos.
Susana sintió un vuelco en el estómago. Señaló su casa, al cruzar la calle de terracería, con la luz de la cocina todavía encendida donde David, su esposo, seguro estaba calentando algo.
—Vénganse conmigo, ahorita. Mañana vemos qué pasó.
La niña no quiso soltar a su hermano, así que Susana cargó a la más chica a horcajadas sobre la cadera y le tendió la otra mano al niño. Caminaron los tres pegados, como si se conocieran de toda la vida.
En la cocina, David dejó la cuchara sobre la estufa y parpadeó dos veces cuando la vio entrar con el par de criaturas. Nada más le bastó verle la cara a su mujer.
—En el baño hay toallas limpias —dijo, y fue por dos platos hondos.
La niña se llamaba Valeria, cinco años. El niño, Santiago, ocho. Se comieron un guisado de pollo con tortillas que desapareció en minutos. David partió más aguacate y ni les preguntó nada. Santiago comía con la mirada baja, partiendo pedacitos y dejando los más grandes en la orilla del plato de su hermana. Valeria se fue quedando dormida con la cabeza apoyada en la mesa.
Más tarde, ya bañada y con una playera de Benito, el hijo de doce años de Susana, la niña se acurrucó contra el pecho de Santiago en el sillón grande. No se soltaron en toda la noche.
Por la mañana, Susana dobló la ropita lavada de los niños, la metió en una bolsa del Smart y les dijo que los acompañaba a su casa. Ocupaba verle la cara a la madre.
La casa quedaba detrás de la gasolinera, en una privada con tres departamentos despintados. La puerta estaba entreabierta. Los niños entraron con la cabeza gacha y se pararon junto a la estufa, como esperando una orden.
Del pasillo oscuro salió una mujer joven, con el pelo castaño pegado a la frente y un cardenal enorme que le comía media mejilla. Se recargó en el marco y soltó un suspiro áspero.
—Ah, volvieron.
—Se quedaron en mi casa —dijo Susana, midiendo cada palabra—. Estaban solos en la calle a medianoche.
La mujer asintió sin energía y la invitó a la cocina con un gesto. El piso de cemento estaba barrido; no había trastes sucios. Hasta la estufa oxidada brillaba. La madre se sentó y se tocó el ojo morado, como si se le hubiera olvidado que lo tenía.
—Tú tienes hijos, ¿verdad? —preguntó de pronto, clavándole la mirada—. Se te nota.
—Uno, de doce.
—Si un día ya no estoy… no los dejes solos. Aunque sea en el DIF, visítalos. No los dejes tirados.
—¿De qué hablas? ¿Por qué no los defiendes tú? Métanle una denuncia.
La mujer soltó una risa corta y fea.
—Ya lo hice. Duró un fin de semana en los separos y el lunes me rompió dos costillas. Y yo ya no puedo parar —señaló al fondo del pasillo—. Ni quiero. Mi esposo, el papá de ellos, se me ahogó en el mar de Puerto Peñasco cuando Valeria tenía un año. Desde entonces nomás tomo para aguantar.
Se hizo un silencio largo. Del cuarto del fondo llegó un ronquido pesado.
—Me corrieron del trabajo —siguió la madre, jugando con una taza descascarada—. Andaba limpiando bancos, pero falté mucho. Este… pues así. No tengo a nadie más.
Susana sintió que la rabia y la lástima se le hacían nudo en la garganta. Quería gritarle, zarandearla, pero la mirada de la mujer era la de alguien que ya tiró la toalla.
—¿Cómo te llamas?
—Alejandra.
—Alejandra, sal de aquí. Pide ayuda, un refugio…
—No voy a salir. Nomás te pido que te acuerdes.
Afuera, los niños la estaban esperando en el porche. Santiago se le colgó a la cintura sin decir nada. Valeria le besó la mano, un beso cortito y mojado. Susana se metió a la camioneta, encendió el aire y dejó que las lágrimas le corrieran hasta el cuello de la blusa. No se movió hasta que dejó de temblar.
Esa noche, David y ella hablaron hasta las dos de la madrugada. Benito escuchó todo desde la puerta del pasillo y al rato apareció en la cocina con los ojos hinchados.
—Papá, si algo pasa, que se vengan con nosotros.
David le puso la mano en el hombro y asintió. Los tres se quedaron sentados en la penumbra, sin necesidad de más palabras.
Tres días después, Santiago se apareció corriendo en la puerta de la casa a las seis y media de la tarde. Jadeaba y apenas podía hablar.
—¡Señora Susy! A mi mamá no la encuentro… al padrastro se lo llevó la patrulla… Valeria está con la vecina pero dice que ya hablaron del albergue.
Y antes de que Susana pudiera reaccionar, el niño ya iba otra vez calle abajo, con los tenis rotos levantando polvo.
Alejandra apareció al otro día en una noria de riego a las afueras del pueblo, con marcas de violencia en el cuello. El padrastro confesó el crimen esa misma semana, aunque luego quiso retractarse; las pruebas no le dejaron salida.
Susana y David se movieron como nunca. Sacaron actas, consiguieron testigos del vecindario que declararon cómo el hombre golpeaba a los menores, llenaron diez veces los mismos formularios en el juzgado de Primera Instancia. Cuando por fin llegó la audiencia, Susana contó delante de la jueza la conversación con Alejandra, palabra por palabra.
—Ella me pidió que no los dejara. Y aquí estoy.
La jueza tardó dos semanas en resolver. Como no apareció ningún pariente —la madre había perdido contacto con su familia en Chiapas hacía años—, concedió la guarda provisional con posibilidad de adopción a la pareja. La trabajadora social hizo las visitas y cada vez se iba con mejor semblante.
Lo más difícil no fue el papeleo. Fue ganarse a Valeria.
La niña no hablaba con David. Si él entraba a la cocina y ella estaba dibujando, dejaba el crayón y no lo tocaba hasta que él se iba. Una tarde se le cayó un vaso de cristal al suelo y se quedó tiesa, con los puños apretados y los ojos fijos en las manos de David, esperando el golpe, la cachetada, el grito. David se hincó, juntó los vidrios en un periódico y le dijo: «No pasa nada, mi vida. Se compra otro vaso.» Pero Valeria ya estaba temblando en el regazo de Santiago.
Pasaron dos meses. David nunca alzó la voz. Una noche regresó de un viaje de trabajo a San Luis Río Colorado. Susana y Valeria lo esperaban sentadas en la banqueta. Cuando la camioneta se estacionó, él se bajó, se puso en cuclillas y le extendió las palmas abiertas, sin decir nada.
Valeria soltó la mano de Susana, caminó tres pasos y se le enredó al cuello. David la levantó con suavidad, los dos llorando calladitos, y Susana se tuvo que morder el labio para no soltarse a llorar también.
En la sala, Benito y Santiago estaban viendo un partido de los Dodgers. Valeria, sin bajarse de los brazos de David, señaló la televisión y preguntó si podía comerse un elote. Santiago le alcanzó uno de la olla y se lo puso en la mano chiquita.
Susana apagó la luz de la cocina y se recargó en el marco de la puerta. Vio a David revolviéndole el pelo a Benito, a Santiago explicándole a Valeria la jugada repetida, a la niña mordiendo el elote y sonriendo con los cachetes brillosos de mantequilla.
En algún rincón de esa casa, el fantasma de la culpa ajena y el miedo empezaba a disolverse. El sillón grande ahora estaba lleno, y en la pared de ladrillo donde una noche cabían dos niños solos, ahora colgaba un retrato de los cinco enmarcado en plata vieja.