Ni una taquería después de las diez

No hay manera correcta de decir esto, mamá. Simplemente te extraño. Han pasado tres años desde ese jueves de octubre en que te fuiste, y esta pena no desaparece: solo se volvió más callada. A veces camina detrás de mí como si fuera mi propia sombra. Otras veces llega de golpe, en un recuerdo tibio, y me hace reír y llorar al mismo tiempo.

Ahora es parte de mí, nada más.

Te pienso en los momentos más tontos. Cuando doblo la ropa recién lavada y encuentro esa toalla amarilla que tú comprabas siempre en el mismo Ross de la Bell Road, la que nunca se gastaba. Cuando de repente huelo a Fabuloso lavanda y por un segundo estoy otra vez en tu cocina de Phoenix, con el radio prendido en la estación de rancheras que tú escuchabas los domingos mientras hacías menudo. Cuando me sorprendo diciendo una frase exactamente como la decías tú, con ese acento que nunca perdiste aunque llevaras veintisiete años en Arizona.

El dolor te encuentra en los lugares más simples. En el semáforo de la 19th Avenue. En la fila del Fry's cuando alguien pide fideo de sopa Maruchan, el que tú siempre me metías en la lonchera. En cualquier lado.

Tú me enseñaste a ser fuerte, mamá. Pero también me enseñaste que a veces está bien no aguantar. Que se puede llorar. Que se puede admitir que duele. Que uno puede simplemente parar y darse tiempo.

Y hasta ahora, cuando el día se pone pesado, todavía te oigo diciéndome:

—Respira, mija.

—No te apures.

—Vive nomás el día de hoy, ya mañana Dios dirá.

Si me dieran una llamada más contigo —una nada más, cinco minutos aunque fuera— te diría todo lo que en vida no dije lo suficiente. Gracias. Perdóname. Te quiero. Te diría que ahora sí entiendo cuánto diste. Cuánto cargaste sobre esos hombros que se te encorvaron limpiando casas ajenas veinte años para pagar la renta del apartamento en la 35th Avenue y mi colegiatura en la Xavier. Cuántas veces escondiste el cansancio detrás de una broma cuando llegabas a las nueve de la noche oliendo a Pine-Sol y aun así me preguntabas cómo me había ido en la escuela.

Hacías que todo pareciera fácil, mamá. Y ahora sé que casi nunca lo fue.

Recuerdo la última vez que hablamos de verdad, sentadas en el porche de tu casa mientras el atardecer pintaba de naranja el cerro Camelback. Tú tenías el suero puesto todavía por el tratamiento, pero insististe en salir porque decías que el aire encerrado del hospital te ponía triste. Te pregunté si tenías miedo. Te quedaste un rato viendo las luces de los carros pasar por la calle y me dijiste que no, que lo único que te preocupaba era yo. Que quién me iba a hacer arroz con leche cuando estuviera enferma. Que quién me iba a decir la verdad cuando nadie más se atreviera.

Me reí para no llorar delante de ti. Tú siempre supiste cuándo hacía eso.

Un mes después ya no estabas.

La primera Navidad sin ti fue la más dura. Mi hermano Ramón puso tu foto en la mesa, junto al plato de tamales, como si eso pudiera llenar el lugar donde te sentabas siempre, en la cabecera, cerca de la ventana. Nadie comió mucho esa noche. Yo me la pasé mirando el mantel de plástico con florecitas que tú habías comprado hacía como diez años y que seguías usando porque decías que todavía servía.

Ese mantel sigue en mi casa ahora. Lo tengo doblado en el cajón de abajo, junto con tu chal café que olía a ti hasta hace poco, y con la cajita de metal donde guardabas los recibos de la luz pagados, uno por uno, sin faltar ni un mes en veintitrés años.

Hace dos semanas fui a esa cajita buscando tu acta de nacimiento porque el banco me pedía documentos para cerrar tu cuenta de ahorros: cuatro mil doscientos dólares, lo que juntaste centavo a centavo trabajando limpieza, lo que nunca quisiste gastar en ti porque decías que era "para cuando algo pase". Al fondo de la cajita, debajo de los recibos, encontré un sobre cerrado con mi nombre escrito con tu letra.

Lo dejé sobre la mesa un buen rato antes de abrirlo. Adentro había trescientos dólares en billetes de veinte, y una nota de dos líneas: "Para que no batalles con el funeral, mija. No quiero que gastes lo tuyo en mí."

Me senté en el piso de la cocina y lloré como no había llorado en meses.

Por días cargué esos cuatro mil quinientos dólares en la cartera, sin decidirme. Mi renta se había atrasado dos meses. El carro necesitaba frenos nuevos. Cualquiera me hubiera dicho que usara ese dinero, que tú misma lo habrías querido así. Pero cada vez que sacaba la cartera para pagar algo, veía tu letra en esa nota y la volvía a guardar.

Una noche saqué la cajita de metal y conté los recibos de la luz uno por uno, los veintitrés años completos, y entendí que tú nunca gastaste en ti ni cuando pudiste. Al día siguiente fui al banco con la cajita, tu acta de nacimiento y el certificado de defunción. Cerré la cuenta de ahorros. No usé ese dinero para pagar deudas mías ni para nada que tuviera que ver conmigo. Lo llevé completo, los cuatro mil doscientos dólares más los trescientos del sobre, a la oficina de Valle del Sol Community Health, la clínica donde te atendieron los últimos ocho meses sin cobrarte lo que no podías pagar. Lo puse a tu nombre, mamá: un fondo para que otras señoras como tú, que limpian casas y cuidan niños ajenos y nunca piden nada para ellas, puedan pagar su tratamiento sin tener que esconder recibos en una cajita de metal.

La trabajadora social, una muchacha que se llamaba Denise, me preguntó cómo quería que se llamara el fondo. Le dije tu nombre completo, el que usabas en las cartas importantes, el que casi nadie más usaba.

Ahora hay una placa pequeña en la sala de espera de esa clínica con tu nombre. La vi la semana pasada cuando fui a dejar unos papeles. Una señora esperaba turno justo debajo, con una bolsa del Bashas' en las piernas, viendo su teléfono.

No le dije nada. No hacía falta.

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