Ramón Figueroa tenía sesenta y un años y las manos cuarteadas de quien ha pasado cuatro décadas metido debajo de un capó. Su taller estaba en la calle Alameda, en el este de Los Ángeles, entre una lavandería y una tienda de piezas usadas que olía a aceite quemado y a café de gasolinera. Llevaba dos meses sin saber nada de su hijo Marcos.
No era que Marcos viviera lejos. Vivía a veinte minutos, en Pico Rivera, con su esposa Yolanda y los dos niños. Pero el teléfono de Ramón no sonaba, y cuando él llamaba, casi siempre le contestaba el buzón de voz con la vocecita grabada de su nieto diciendo "deje su mensaje después del tono".
Ramón dejaba el celular sobre la mesa de trabajo, entre las llaves de matraca, y seguía con lo suyo. Los martes y jueves le tocaba cerrar el taller él solo, porque su ayudante, Wilfredo, salía temprano a recoger a su hija de la escuela. Esos días Ramón se quedaba barriendo el piso de cemento más tiempo del necesario, nada más por no irse a la casa vacía.
La casa vacía era otra cosa que le pesaba. Su esposa, Consuelo, había muerto hacía tres años de un cáncer que se la llevó en ocho meses. Desde entonces la casa de dos cuartos en Boyle Heights se le hacía enorme, con el televisor prendido nada más para que hubiera ruido.
Fue Wilfredo el que le dijo la verdad un jueves, mientras cerraban las cortinas metálicas del taller.
—Don Ramón, usted no me lo va a preguntar, pero yo se lo voy a decir. Su hijo no lo llama porque le da pena.
—¿Pena de qué?
—De que usted sepa que le fue mal con el negocio de la renta de camionetas. Que perdió los seis mil dólares que usted le prestó. Se avergüenza, y en vez de hablarle, se esconde.
Ramón no dijo nada. Se subió a su Ford F-150 del noventa y ocho, la misma que Consuelo le había ayudado a pagar en cuotas, y manejó hasta su casa sin prender la radio.
Esa noche no llamó a Marcos. Se sentó en la mesa de la cocina, se sirvió un café que ya se había enfriado, y pensó en algo que su comadre Herminia le había dicho meses atrás, cuando él se quejaba de que sus hijos no lo buscaban: "No te entristezcas cuando no te buscan. A lo mejor Dios te está cuidando del ruido de gente que solo llega cuando necesita algo."
En ese momento Ramón no le había entendido bien. Ahora, con la taza fría entre las manos, empezó a entenderlo.
Dejó de mandar mensajes preguntando "¿cómo están los niños?" cada tres días. Dejó de manejar hasta Pico Rivera nada más para "pasar a saludar" y quedarse parado en la puerta esperando que lo invitaran a pasar. Se concentró en el taller, en pagarle bien a Wilfredo, en ir los domingos a la misa de las once en la parroquia de Our Lady of Guadalupe, donde conoció a otras dos viudas y un viudo con los que empezó a desayunar huevos con chorizo después de misa.
Pasaron cinco semanas así.
La tarde del segundo sábado de septiembre, Ramón estaba cerrando la caja registradora cuando escuchó que alguien tocaba el vidrio de la puerta del taller, ya con el letrero de CERRADO puesto. Era Marcos, con la ropa de trabajo de la bodega de Amazon donde llevaba un año, y con Danny, el más chico, dormido sobre su hombro.
—Pa, ¿puedo pasar?
Ramón abrió la puerta sin decir gran cosa. Marcos se sentó en una de las sillas de plástico junto al mostrador, acomodó al niño en la otra silla, y se quedó viendo el piso como si ahí abajo tuviera escrito lo que quería decir.
—Me da vergüenza venir, Pa. Perdí su dinero. Los seis mil que me prestó para las camionetas se fueron con el negocio, y no supe cómo decírselo. Cada vez que agarraba el teléfono para llamarlo, me imaginaba su cara de decepción y mejor lo dejaba para después.
—¿Y hoy qué pasó?
—Hoy Danny preguntó por qué ya no veíamos a su abuelo. Y yo no supe qué contestarle.
Ramón se quedó callado un rato, viendo a su nieto dormido con la boca abierta, la lonchera de Bluey todavía colgada del brazo de Marcos.
—Yo no te presté ese dinero pensando en que me lo ibas a devolver a fuerzas, Marcos. Te presté ese dinero para ayudarte. Si se perdió, se perdió. Lo que me dolió estos dos meses no fue el dinero. Fue no saber si mi nieto seguía creciendo, no saber si tú estabas bien.
Marcos se limpió la cara con el dorso de la mano.
—¿Entonces no está enojado?
—Estoy cansado, Marcos. Cansado de una casa donde nada más suena el refrigerador. Pero enojado no.
Se quedaron ahí un rato más, entre las herramientas colgadas en la pared y el olor a llanta nueva. Ramón sacó dos Jarritos de tamarindo del refrigerador chico que tenía junto a la caja, le dio uno a Marcos, y guardó el otro para cuando Danny despertara.
Antes de irse, Marcos le preguntó si podía llevarlo a cenar el domingo siguiente, a la casa, con Yolanda y los niños. Ramón dijo que sí, pero puso una condición.
—El domingo llego yo solo, sin que nadie me venga a buscar. Y ya no vamos a hablar del dinero. Ese tema se cerró hoy, aquí, en este taller.
Marcos cargó a Danny todavía dormido y caminó hacia su carro estacionado bajo el único poste de luz de la cuadra. Ramón se quedó en la puerta viéndolos irse, cerró la cortina metálica, y manejó a su casa con la radio prendida, en la estación de rancheras que le gustaba a Consuelo.