La cosa entre Mateo y yo se fue apagando como un fósforo bajo la lluvia. Primero dejamos de cenar juntos. Después dejamos de hablarnos; no hacía falta, ya nos sabíamos de memoria todos los silencios. Veinte años de matrimonio y de un día para otro éramos dos extraños que compartían la misma vivienda en aquel condominio de Houston, con sus dos recámaras justas para dormir separados.
Mateo conoció a alguien. No hizo falta que me lo dijera; yo le encontré los mensajes en el celular una madrugada, mientras él roncaba en el otro cuarto. Se escribía con una colega que conoció en una conferencia en Orlando, una tal Valeria. Le decía “lo que me entiendes tú no me ha entendido nadie en la vida” y cosas por el estilo, todas con faltas de ortografía que me dolieron más que las palabras. No reclamé. Guardé el teléfono en su lugar, me fui a la cocina y me preparé un café sin azúcar, porque ya bastante amarga me sabía la boca.
Él nunca pidió el divorcio, pero empezó a guardar su ropa en una maleta que dejaba abierta sobre la cama de la recámara de visitas. Una maleta color vino, como esperando el momento justo para cerrarla. Yo seguí yendo a mi trabajo en la primaria, preparando mis clases, doblando toallas, tomando sopa de lata frente al televisor prendido. Nos habíamos convertido en dos líneas paralelas dentro del mismo departamento: él su té, yo mi huevo. Porque sí, terminamos comiendo por separado. Él se pedía burritos por DoorDash y yo freía un solo huevo en un sartén chiquito, de esos que parecen de juguete. Un sartén que compramos en una tienda de segunda mano recién llegados de Monterrey a un cuartucho alquilado al sur de Laredo, cuando todo lo que teníamos cabía en dos cajas de cartón y el amor nos alcanzaba hasta para prestarle al vecino.
Esa mañana de sábado algo olía distinto. Mateo andaba por la casa con las llaves del auto en la mano, los pasos más firmes que de costumbre. Yo, en bata y con el cabello aplastado de la almohada, prendí la estufa para lo de siempre: un chorrito de aceite, un huevo que baila despacito en el sartén miniatura. Cuando vi su sombra en la entrada de la cocina sentí un nudo en la garganta. Él no dijo nada, solo se acercó al fregadero a llenar la tetera eléctrica. Yo miraba la yema dorarse, pequeña, perfecta, y no sé de dónde saqué la voz para preguntarle, casi sin mirarlo: —¿Quieres un huevito?
En la barra, el teléfono de Mateo vibró con un mensaje de Valeria. Él ni lo volteó a ver.
No fue un “quieres desayunar conmigo”, no fue un reclamo. Fue un huevito. Así, en diminutivo, como cuando éramos dos chamacos muertos de hambre recién llegados de Monterrey a un cuartucho alquilado al sur de Laredo, con una sola cobija del Ejército, dos tenedores y un sartén chiquito que habíamos comprado en aquella tienda de segunda mano. En esos días llegar con dos huevos era un milagro, y yo los freía con la misma devoción que si fueran filetes. Mateo se sentaba en el suelo, porque no teníamos mesa, y yo le tendía el plato con una sonrisa coqueta, mordiéndome el labio: “Ándale, güero, cómete el otro, que hoy estrenamos aguinaldo”. Y él se reía y me daba el primer bocado a mí, siempre a mí, antes de probar nada.
Mateo se quedó con la mano en la taza, el vapor del agua caliente empañándole los lentes. Me miró. No a la mujer de cuarenta y tres años en bata floreada que ya no se maquillaba ni para ir al súper. Vio a la muchacha que lo esperaba en la parada del camión aunque lloviera, con el cabello revuelto y las mejillas rojas de frío. Se quitó los lentes, los dejó sobre la barra y a mí me soltó la muñeca. Con la otra mano apagó la hornilla con un gesto suave, como si el sartén fuera de cristal. Después me rodeó con sus brazos largos —siempre fue altísimo a mi lado, yo apenas le llegaba al pecho— y se quedó callado unos segundos que me supieron a siglos.
—Perdóname —murmuró contra mi frente—. No sé qué me pasó, fue una pendejada, una locura… No sé qué estaba pensando.
Sentí que su camisa se humedecía donde yo apoyaba los ojos, pero no alcancé a distinguir si era mi llanto o el suyo. Él siguió apretándome, meciéndome despacito como quien arrulla a un animalito asustado. Yo no decía nada, solo le pasé las manos por la espalda a la altura de los omóplatos, tocando esa tela que olía a suavizante barato y a él. La tetera se apagó sola con un clic que nos sobresaltó a los dos y entonces Mateo soltó una risa corta, aguada, de esas que salen después del susto.
—Ya ni para el té sirvo —dijo, y yo también me reí un poquito, porque el chiste era malísimo y porque veinte años te enseñan a celebrar cualquier tontería que rompa un silencio de meses.
El huevo se pasó de cocción, claro. La yema se puso gomosa y el borde se arrugó como papel quemado. Pero cuando Mateo soltó el abrazo para alcanzar el plato, yo le quité el sartén de la mano y partí el huevo a la mitad con la orilla del tenedor, sin decir nada. Le di la mitad más grande a él. Y él la pinchó, la levantó y me la acercó a la boca, igual que aquella primera Navidad en el cuartucho al sur de Laredo.
Nos sentamos en el suelo de la cocina, apoyados contra la lavadora, con la losa fría pegándose a las piernas. Él seguía pidiendo perdón y yo masticaba el huevo con la nariz tapada. Afuera el sol empezaba a calentar los techos de los condominios y dentro, sobre la barra, su teléfono vibraba con mensajes que ninguno de los dos volteó a leer.
La maleta color vino se quedó vacía hasta el lunes, cuando la guardamos juntos en el clóset del pasillo. Ni él se fue ni yo me quedé con la palabra atorada. El sartén chiquito sigue en la alacena, y cada sábado, desde entonces, lo usamos para freír un solo huevo que comemos turnándonos el tenedor.