Sombra, el Traidor

—Eres un maldito traidor, Sombra.

Ricardo se lo dijo una tarde de domingo, tirado en el sofá y viendo cómo el gato negro, enorme y lustroso, saltaba la mesa de plástico que dividía el balcón. El animal no se dignó a mirarlo. Pasó al otro lado como un rey cruza la frontera de un reino que ya no le importa.

Yo lo rescaté hace tres años. Fui hasta Albuquerque en una camioneta prestada, porque un amigo de un amigo dijo que en un refugio de mala muerte tenían un gato que nadie quería. El viaje fue un infierno: tormenta de arena, una llanta ponchada, y el maldito aire acondicionado que se murió justo antes de El Paso. Cuando llegué, Sombra estaba en una jaula minúscula, flaco, con una oreja rota y una mirada que decía “ya sé que vas a pasar de largo”. Lo cargué, me arañó el brazo hasta el hueso, y me lo llevé a Houston envuelto en mi chamarra. En el camino le prometí filete, sillón y una gata para que no se aburriera.

Y cumplí. Canela llegó dos meses después, una gata atigrada y loca que lo persigue por toda la sala. Hasta hace poco, Sombra no se despegaba de ella. Dormían en bola en mi cama, se peleaban a las tres de la mañana y botaban la lámpara. Yo maldecía, pero en el fondo me gustaba. El gato era mío. Hasta que Valeria, mi propia hija, me lo robó.

El apartamento es una sola unidad, pero improvisamos una división con paneles de yeso para que Valeria y su novio Diego tuvieran su espacio. El balcón quedó partido a la mitad por una mesita de jardín que nadie usa y que Sombra aprendió a brincar en dos segundos. Primero iba de curioso, luego se quedaba horas. Valeria me mandaba videos: Sombra persiguiendo una bolita de papel atada a un hilo —conmigo jamás movió una pata por un juguete—, Sombra lamiendo un plato de esas golosinas de salmón que aquí en casa huele y deja tiradas. “Mira, papá, lo tengo dominado”, se reía mi hija. Yo veía los videos en la cocina y le decía a Elena, mi mujer:

—¿Tú crees? Le compro comida de treinta dólares la bolsa y allá come porquerías de dos pesos. Este gato es un vendido.

—Déjalo, Ricardo. Los gatos son así —me calmaba ella mientras guardaba sus cosas de enfermera para el turno nocturno.

Pero la cosa me dolía. Ego puro, tal vez. Porque yo me fui hasta Nuevo México, casi me muero de calor, y ahora el bicho se iba con la primera que le movía un cordón. Una noche, incluso me pasé al balcón tras él, me asomé y vi cómo Diego le rascaba la panza a Sombra y el gato ronroneaba como un motor diesel. Volví a mi lado y cerré la ventana. “Pues que se quede allá, al cabo”, le dije a Canela, que me miraba desde el sillón.

Lo que no sabía era que el traidor iba a salvarnos a todos.

El lunes, Elena se fue al hospital a cubrir una guardia de doce horas. Cené un sandwich de jamón, vi el noticiero y me fui a dormir como a las once. Canela se enroscó a mis pies. Sombra no apareció; supuse que andaba con Valeria.

A las tres y diecisiete de la madrugada, una explosión de sonido me sacó de la cama. Un aullido profundo, desgarrado, que parecía de ultratumba. Sombra estaba plantado en mi pecho, con el pelo erizado, y maullaba como si le estuvieran arrancando una pata. Canela saltó chillando y se metió bajo la cama. Yo me levanté de un brinco, sin gafas, descalzo, convencido de que había un incendio o un ladrón.

—¡¿Qué pasa, Sombra?! ¡¿Qué?!

El gato no esperó. Se lanzó hacia la puerta del balcón y yo detrás, tropezando con los zapatos. Abrí de un golpe, Sombra saltó la mesa con una agilidad que nunca le había visto, y yo salté tras él, casi partiéndome la cadera. Del otro lado, en el apartamento de Valeria, la luz estaba apagada. Olía a café frío y a vela de vainilla. A pocos pasos de la cama, en el suelo, estaba mi hija. Boca arriba, con la mano estirada hacia el cargador del celular, como si hubiera intentado arrastrarse. Respiraba, pero con un ronquido raro y tenía los labios pálidos.

Diego dormía a un metro, tapado hasta las orejas, con los audífonos puestos y un podcast repitiéndose en bucle. No escuchó nada. Nada.

—¡Diego, despierta! —grité mientras me arrodillaba y le tocaba la frente a Valeria. Estaba fría y pegajosa. Hipoglucemia severa. Lo supe de inmediato porque Elena me ha dado mil charlas: diabetes tipo uno, insulina, madrugadas peligrosas.

Diego saltó como resorte, se quitó los audífonos, vio a Valeria en el suelo y se quedó blanco. “¡No, no, no…!” Mientras tanto yo ya iba a la cocina, abrí la alacena y encontré el jugo de manzana en cajita que siempre tienen para emergencias. Se lo di a sorbitos, incorporándole la cabeza. Ella apenas podía tragar, tosía, pero poco a poco el líquido entró. Diego marcó al 911 con las manos temblorosas.

—¿Qué pasó? ¿Cuándo fue? —le pregunté mientras seguía dándole jugo.

—No sé, se acostó a las once, dijo que se sentía rara pero se midió el azúcar y estaba bien… Yo me puse los audífonos y me quedé dormido. Ay, señor, Valeria…

Sombra se quedó en el suelo, a medio metro de mi hija, observándolo todo con esos ojos amarillos. Canela se había asomado desde nuestro lado y maullaba bajito. La ambulancia tardó nueve minutos, que parecieron una hora. Los paramédicos le pusieron suero, la estabilizaron y dijeron que habíamos hecho lo correcto. Que si llego a tardar quince minutos más, las consecuencias habrían sido muy distintas.

Cuando todo se calmó y Valeria se quedó dormida en el sofá, aún pálida pero estable, me senté en el balcón con Sombra en el regazo. El gato ronroneaba quedito, como si nada. Tenía la respiración agitada —la mía— y el corazón me galopaba. Miré la mesa que dividía los dos mundos y entendí: Sombra no se había ido con Valeria por interés o por golosinas. Algo le había olido, algo percibió, y se quedó vigilándola. La noche que hizo falta, vino a buscarme. Cruzó la mesa, despertó a su humano estúpido y lo llevó directo al problema.

A la mañana siguiente, cuando Valeria ya estaba colorida y se comía unas galletas saladas, le conté a Elena lo sucedido. Ella abrazó al gato, le dio un pedazo de atún y dijo: “Este bicho nos va a enterrar a todos, pero nos va a salvar primero”. Diego no se separó de Valeria en todo el día, y yo noté que Sombra volvió a mi lado para pelear con Canela y volcar el florero.

Dejé de reclamarle. Ahora, cada vez que salta la mesa del balcón, le digo “te veo al rato, héroe”. Él ladea la cabeza y se va sin prisa.

Y para que no se le suba demasiado el ego, a veces me siento en el sofá con Canela encima y Sombra en la alfombra, y les cuento la historia verdadera de cómo rescaté al gato más famoso del vecindario:

—Yo fui hasta el desierto de Arizona, donde había un volcán y cuatro dinosaurios con colmillos así de grandes. Hacía cuarenta grados a la sombra y yo llevaba dos pistolas de agua cargadas de salsa Valentina. Los dinosaurios no querían soltar al gato porque sabían que era un salvador de vidas. Me abrí paso a machetazos, esquivé bolas de fuego y me traje a Sombra en la mochila. Porque un gato como este no se encuentra en cualquier lado.

Sombra ronronea fuerte, cierra los ojos y Canela le da un zarpazo en la oreja. Luego salen corriendo por la sala, tiran la torre de discos, derrapan en la cocina y yo me río solo, pensando que un traidor con suerte es mejor que un gato cualquiera.

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