Cuando llegaron los del Departamento de Servicios Infantiles, con un policía detrás que ni siquiera se había quitado la gorra, Yesenia Reyes estaba parada frente a la estufa de gas, tratando de encender la hornilla con un fósforo húmedo. Tenía nueve años y ya sabía que sin fuego no había cena para sus tres hermanos.
Marisol Domínguez, la trabajadora social que tocó esa puerta en un edificio de Reading, Pensilvania, no olvidó jamás ese olor: cerveza rancia mezclada con pañales sin cambiar, el linóleo despegado del suelo pegándose a los zapatos. Y encima de todo, el tufo del "almuerzo" que Yesenia intentaba preparar — cuatro cucharadas de arroz seco hervido en agua, porque era lo único que quedaba en la alacena, junto con una lata de frijoles oxidada que nadie sabía abrir.
Los otros niños, al ver gente extraña entrar, se dispersaron como si el apartamento fuera un laberinto que conocían de memoria. Sacaron a uno de debajo de un sofá con el relleno afuera. Otro se había metido dentro de un clóset y gritó tan fuerte cuando lo encontraron que un vecino golpeó la pared. La más chiquita, de apenas cuatro años, estaba detrás de una cortina de baño que colgaba de un clavo torcido, fingiendo ser invisible.
Yesenia no corrió. Se quedó ahí, con la cuchara de palo en la mano, mirando fijo a Marisol sin decir una palabra. La madre no estaba. Llevaba dos semanas "de fiesta" y nadie en el edificio sabía cuándo pensaba volver. No había tiempo de esperarla: se llevaron a los cuatro esa misma tarde.
En el centro temporal de acogida, la encargada de turno, una mujer llamada Doris que llevaba diez años en ese trabajo, hizo lo de siempre: bañarlos tres veces —para quitarles la mugre, después el jabón, después el enjuague—, darles ropa limpia y sábanas que olían a detergente de verdad. Los niños miraban la ropa interior nueva como si fuera un regalo de otro planeta. Cuando los sentaron frente a una cama con colchón firme, se quedaron mudos, tocando las sábanas con la punta de los dedos.
Esa misma noche, en el comedor, el pequeño Josuecito —el del clóset— agarró un huevo duro que la cocinera había dejado para los que llegaban tarde y le dio una mordida sin pelarlo. No sabía que había que quitarle la cáscara. Nunca había visto un huevo cocido en su vida.
Marisol, que llevaba apenas ocho meses trabajando ahí recién salida de la universidad, sintió que se le cerraba la garganta. Todavía no entendía del todo que, además de las familias normales, existían estas otras, rotas de una forma que ella jamás había imaginado en sus clases de trabajo social.
Con los Reyes había que empezar de cero. Ninguno, salvo Yesenia, sabía hablar bien, lavarse los dientes, usar papel higiénico como se debe. En cambio corrían rapidísimo, se escondían como ardillas, mordían si los tocaban sin avisar y robaban comida por instinto, aunque nadie se las fuera a quitar. Tardaron semanas en entender que ahí siempre habría plato al día siguiente. La cocinera les servía repetición tres, cuatro veces, y ellos seguían comiendo. Por las noches dejaba leche y galletas para los que se despertaban con hambre — cosa que ya casi nadie en el centro necesitaba, menos los Reyes, que se llenaban los bolsillos del pijama de galletas y dormían entre migajas sin que les molestara para nada.
Poco a poco se fueron acomodando. Aprendieron el horario, las clases, los juegos con los otros niños del centro.
***
A las familias se les permitía visitar. Y un sábado por la tarde, la madre de los Reyes por fin apareció a ver a sus "tesoros". Se paró en la puerta del salón, tambaleándose, con una risita floja y los ojos vidriosos.
Marisol quiso sacarla de ahí a empujones, cerrar con triple llave esa puerta y no dejarla entrar nunca más a ese lugar limpio, con dibujos de crayón pegados en la pared y olor a comida de verdad. Pero los niños, al verla, se le tiraron encima gritando de alegría. La abrazaban, se le pegaban como si fuera lo mejor que les hubiera pasado en la vida.
La mujer no llegó con las manos vacías: traía dos paletas de dulce para repartir entre los cuatro. Ellos celebraban como si fuera Navidad, la besaban en la cara. Ella abrió los brazos sobre sus hijos, como posando para una foto de familia perfecta.
A Marisol le hirvió la sangre. Se sintió traicionada por esos niños a los que les daba todo cada día, a los que iba a revisar de madrugada para ver si Josuecito se había mojado o si la más chica tenía fiebre. Y ellos se le encariñaban a ella también, sí, pero nunca así, nunca con ese abandono total que solo la madre de sangre les provocaba.
—¿No le da vergüenza? —le dijo Marisol, sin poder contenerse—. Por lo menos hoy no tomara.
La mujer levantó la mirada turbia y sonrió con la boca sin varios dientes.
—Tú no entiendes. Tú eres mujer también. Yo parí a estos muchachos, los quiero más que a mi vida. ¡Y me los quitaron!
—¡Usted no los cuidaba! ¡Estaban muertos de hambre, escondidos debajo de los muebles!
Doris llegó justo a tiempo, la tomó del brazo y la llevó a la oficina antes de que dijera algo peor delante de los niños. Después, con paciencia, se llevó a la manada entera a ver dibujos animados en la sala de recreo. La madre, aburrida ya del papel de mamá perfecta, se despegó de los chiquitos y se fue casi corriendo, como si tuviera algo más urgente afuera. Los niños quedaron con la carita torcida, a punto de llorar, y costó un buen rato distraerlos.
Yesenia fue la única que no se acercó a su madre. Se quedó sentada en su cuarto, con la vista clavada en la pared, aferrada al borde de la cama de metal para no llorar. Alta, flaca, con la boca grande y los brazos larguísimos que no sabía dónde poner, aguantaba las lágrimas con los dientes apretados.
Marisol se sentó junto a ella y la abrazó.
—¿Vamos a ver la tele con los demás?
—No. No quiero.
—¿Hablamos un rato, entonces?
—No… Miss Marisol, ¿yo voy a terminar como ella?
—No. Nunca. Tú eres una niña muy inteligente y muy bonita. Vas a estudiar, vas a ser… ¿qué quieres ser de grande?
—Chef.
—¡Chef está buenísimo! Vas a tener tu propia familia algún día. ¿Me crees?
Yesenia asintió con la cabeza, y Marisol la abrazó fuerte, como si con eso pudiera prometerle algo que no le correspondía prometer.
***
Para la fiesta de fin de año, Marisol trajo de su casa el vestido más bonito que tenía, uno verde esmeralda que se había puesto solo dos veces. Se encerró con Yesenia en el cuarto casi una hora. Cuando por fin salieron de la mano hacia el salón decorado con guirnaldas de papel, todos se quedaron callados.
¿Dónde había quedado la niña flaca y desgarbada de pelo sin peinar? Yesenia no era solo bonita: era impresionante. Tenía algo de otra clase social en la cintura fina, la piel casi transparente, el pelo color cobre que le caía en ondas. Sus ojos grises, enmarcados por pestañas larguísimas, brillaban bajo las luces de Navidad del salón. Cuando sonreía, alguien dijo en voz baja que se parecía a esa actriz de la película vieja, "Pretty Woman".
***
Después vino el regaño de la nueva directora del centro.
—Marisol, ¿tú entiendes que una niña de quince años no puede andar vestida así, tan provocativa? ¿Viste cómo la miraban los varones?
—Sandra, la niña va a "andar provocativa" el día que usted no se encierre con llave en su oficina toda la noche mientras se supone que está de turno —le contestó Marisol, ya sin poder contenerse.
Ahí quedó declarada la guerra. Sandra Beltrán llevaba dieciocho años en el sistema de cuidado infantil de ese condado y tenía la mira puesta en una posición administrativa más alta. Que ella durmiera durante su turno de noche no era, técnicamente, problema de nadie. Pero que los niños se quedaran despiertos hasta tarde hablando de sus sueños con una empleada que apenas les llevaba cuatro años de edad, eso sí era, según ella, un desorden total. "Aquí no es campamento de verano", repetía en las juntas de personal.
Sandra fue apretando las reglas de a poco, y no toleraba que nadie —mucho menos una empleada de veintitrés años que se tomaba demasiadas confianzas con los niños— le cuestionara nada. La guerra se peleó con las armas de siempre: rumores, medias verdades, una queja anónima sobre "comportamiento inapropiado" que nunca se probó pero que bastó. Marisol perdió. Firmó su renuncia sabiendo que contra veinte años de experiencia y contactos en el condado, sus veintitrés no tenían ni una oportunidad.
Lloró dos semanas. Le dolía dejar a los niños, dejar ese edificio donde ahora mandaba alguien que confundía disciplina con crueldad. Por suerte, para entonces ya habían transferido a los cuatro hermanos Reyes a un hogar de acogida grupal en el condado vecino, uno con buena reputación.
Fue a despedirse. Abrazó a Yesenia, que aguantó las lágrimas sin dejarlas caer, como siempre. Los subieron a una camioneta blanca del condado y Marisol se quedó ahí, en la acera, agitando la mano hasta que dieron la vuelta en la esquina.
***
Todo eso pasó hace veintidós años. Llegaron después el internet, los celulares, Facebook, la manera de encontrar a gente que uno pensaba perdida para siempre. Marisol, ya con canas y un trabajo de coordinadora en otra agencia, buscó a los Reyes en las redes sociales.
Josué se había casado, tenía dos hijos y trabajaba de mecánico en un taller en Allentown. Pedro seguía soltero, pasaba todo su tiempo libre pescando en el lago Wallenpaupack; sus fotos eran siempre lo mismo, una carpa enorme en las manos, un atardecer sobre el agua, una fogata. La más chica, ahora Sofía, trabajaba en una floristería y todas sus fotos tenían flores de fondo — entre tanto color, una carita pecosa enmarcada de rizos rojizos.
A Yesenia no la encontró en ninguna parte. Se le vino un mal presentimiento al pecho. Le escribió a Sofía.
Después de los saludos y los cumplidos de siempre, Marisol hizo la pregunta que le quemaba.
—Se perdió en el alcohol —respondió Sofía—. Anduvo sin casa por acá. Después desapareció.
—¿Cómo que se perdió? —esa era exactamente la noticia que Marisol más temía.
La historia, contada por Sofía, era simple y terrible a la vez. Yesenia había resultado ser tan brillante como todos sospechaban. Terminó la preparatoria con honores y, con ayuda de los consejeros del hogar de acogida, entró a la universidad con beca completa. Se mudó a Filadelfia a estudiar, fue de las mejores de su clase. Después llevó a vivir con ella a Sofía, su hermana menor. Consiguió trabajo en una firma de contabilidad importante, con futuro de verdad por delante. Llegó a comprarse su propio condominio, uno pequeño, de una recámara, pero suyo.
Sofía le mandó una foto de esa época con el comentario: "así era ella antes". La chica de la foto era impresionante: pómulos altos, labial rojo, el pelo cayendo en ondas doradas sobre los hombros. ¿Se parecía a alguien? A Marisol le pareció reconocer algo, alguna imagen vista antes en algún lado, pero no lograba ubicarla.
Sofía se mudó a vivir con su hermana y estudió para costurera en un colegio comunitario. Era una chica común, sin nada especial. Las hermanas se llevaban de maravilla. Gracias a Yesenia, Sofía conoció Cancún, hizo un crucero por el Caribe, viajó hasta Nueva York para las vacaciones. Todo iba bien.
Y entonces Yesenia se enamoró. Nada menos que de Brandon, el hijo del dueño de la firma. El amor fue mutuo y arrollador. Los padres de él no pusieron ninguna objeción. Todo terminó en una boda enorme en un salón de eventos de Center City, con doscientos invitados y una banda en vivo.
Parecía el cuento perfecto. Cualquier niña que hubiera pasado por el sistema de cuidado infantil hubiera soñado con una vida como esa. Todo salía como en película. Brandon irradiaba felicidad esa noche. Los hermanos y Sofía miraban a Yesenia con orgullo, sin poder creer lo lejos que había llegado.
Y entonces Yesenia se tomó su primera copa de champán. Nunca había probado el alcohol antes de esa noche. Pero era su boda, ¿cómo no brindar? Se llevó la copa a los labios. Después otra. Y otra más.
Brandon nunca había visto a su prometida tomada y no le gustó nada lo que vio. No hubo escándalo esa noche —él se la llevó discretamente a un cuarto del hotel mientras la fiesta seguía sin ellos—, pero algo se había roto sin que nadie lo notara todavía.
A la mañana siguiente Yesenia se disculpó, Brandon la perdonó con cariño, y esa tarde volaron a Punta Cana de luna de miel. Allá bebió todos los días. De regreso a casa no paró. Empezó con champán fino y, en menos de un año, ya no le hacía asco a nada que tuviera alcohol.
Perdió el trabajo. Perdió el matrimonio. Brandon pidió el divorcio y Yesenia volvió al condominio, donde convirtió la vida de Sofía en un infierno. Empezaron a aparecer hombres raros a cualquier hora. Después llegaron unos tipos con papeles legales que convencieron a Yesenia, ya borracha casi todo el tiempo, de firmar la transferencia de la propiedad del condominio. El lugar se había vuelto un basurero, exactamente como el apartamento de la infancia. Sofía se mudó a un apartamento rentado por su cuenta.
Yesenia seguía apareciendo por ahí de vez en cuando: sucia, sin dientes, con cara de mujer de sesenta años aunque no tuviera ni cuarenta, como una indigente. Se metía a bañar, Sofía le lavaba la ropa para matar los piojos, dormía un par de noches en sábanas limpias — y después se iba otra vez. Sofía lloraba, le rogaba que fuera a rehabilitación. Yesenia ni siquiera la escuchaba. Ella estaba bien así, decía. Y un día su hermana desapareció por completo, sin dejar rastro.
—Ninguno de nosotros toma, ¿sabe? Ni Josué, ni Pedro, ni yo —le escribió Sofía a Marisol—. Nos da miedo probar y que nos guste, como le gustó a ella. No queremos vivir así. Me preocupa Pedro. Anda solo, nunca le funciona el amor, se la pasa metido en el lago. ¿Y si un día…?
—Dios quiera que eso nunca pase —contestó Marisol por mensaje.
Dios quiera. Se quedó mirando la foto vieja de Yesenia en su celular. Y entonces, de golpe, se acordó de dónde había visto esa cara antes: en un libro de arte que tenía en su repisa desde la universidad, "El nacimiento de Venus" de Botticelli. La diosa saliendo de la espuma del mar, con el pelo dorado cayendo en rizos largos, la piel de porcelana con un toque de rubor, los ojos claros mirando con tristeza hacia algún punto lejano, el cuello largo, los brazos suaves.
Era ella. Su Yesenia, nacida en la mugre de un apartamento en Reading en vez de en la espuma del mar, pero igual de hermosa. Había sido.
Marisol cerró el teléfono y lo dejó boca abajo sobre la mesa de la cocina. Afuera, alguien pasaba con el carrito del helado tocando la campanita de siempre, ese sonido de verano que en Reading no cambia nunca, ni con los años ni con nada. Sacó de un cajón la vieja carpeta de casos que había conservado por veintidós años sin razón aparente —papeles amarillentos, la foto de admisión de cuatro hermanos flaquitos abrazados frente a una pared blanca—, y esa carpeta sí la guardó, con cuidado, en el fondo del armario, donde no pudiera tropezarse con ella cada vez que buscara algo más.