Alejandra dejó la transportadora sobre las losetas frías del pasillo del refugio y bajó la cremallera. El gato naranja salió con esa lentitud estudiada que ya conocía de memoria: olfateó la esquina de la jaula vacía, rodeó el bebedero sin mirarlo y se sentó justo donde siempre, de espaldas a la puerta, la cola enrollada alrededor de las patas. Cinco kilos largos de terquedad silenciosa. No iba a girarse. No lo hacía nunca. Eran las ocho y media de un jueves en Albuquerque, el turno de la tarde había terminado y en el refugio solo quedaban los que nadie se llevaba. Alejandra apoyó dos dedos en los barrotes y dijo en voz baja:
—Bienvenido otra vez, Canelo.
El animal no se inmutó.
Al día siguiente, Alejandra extendió sobre la mesa los tres formularios de devolución. El primero: una pareja joven, departamento en las afueras con un balcón que daba al estacionamiento. Motivo: «agresivo, se esconde, no busca el contacto». Duraron once días. El segundo: una mujer de cuarenta y tantos, refugio recién remodelado en la zona norte. «No se adapta, bufa, se mete detrás del calentador». Apenas ocho días. El tercero: un papá con su hija de siete años. «La niña termina llorando, el gato no juega, solo se queda arrinconado». Una semana justa.
Releyó los tres papeles y se frotó el puente de la nariz. Olían a tóner de impresora barata y a cocinas ajenas. Las frases eran casi idénticas, y ese parecido le molestaba como una astilla diminuta que no lograba sacarse. Las tres familias habían pasado la entrevista, las tres habían firmado el contrato, las tres habían prometido tenerle paciencia.
Luis apareció en el vano de la puerta, apoyando un hombro contra el marco. Alto, flaco, el suéter gris estirado y los lentes de armazón delgada deslizándose nariz abajo.
—Bue-e-eno… ¿otra vez Canelo?
—Ajá.
—A lo mejor es así, Ale. Hay michis que son raritos.
—¿Cómo que «así»?
Él se encogió de hombros y alargó la vocal de esa manera que le salía sin pensar.
—No sé… con mala suerte.
Alejandra apretó el vaso de cartón del café. El plástico crujió y se abolló. Una gota se derramó sobre la esquina del formulario y corrió hacia el borde de la mesa. La dejó ahí.
Telefoneó a la mujer del segundo intento al mediodía. Contestó después del sexto timbre.
—¿La señora Valeria? Le hablo del refugio. Quería preguntarle por Canelo, el gato naranja.
—Ah, sí, lo recuerdo. No, mire, todo está bien sin él, gracias.
La voz sonaba pareja, aburrida, como quien confirma una cita del dentista. Del otro lado se oía una televisión encendida y risas de un programa de concursos.
—¿Me podría contar cómo se comportó el primer día?
—El primer día se metió detrás del calentador. Lo llamamos, intentamos sacarlo, le pusimos la comida justo delante de la cara… y bufeó. Al segundo día mi esposo trató de acariciarlo y le clavó las uñas hasta sacarle sangre.
—¿Y después?
—Después decidimos que si el gato no quería vivir con personas, para qué hacerlo sufrir.
Alejandra sujetó el teléfono con el hombro y anotó en su libreta: «lo intentaron sacar del escondite». Lo subrayó.
—¿Ustedes le dieron tiempo para estar solo? Sin tocarlo, sin forzar el contacto.
Hubo un silencio, un roce en la bocina.
—¿Y para qué adopta uno un gato si no lo va a tocar?
No contestó. Se despidió sin rodeos y se quedó un buen rato con la barbilla apoyada en la palma de la mano. En otra página de la libreta apareció una anotación que había tomado meses atrás, del primer caso: «quisieron alzarlo desde el momento en que llegaron a casa». Alejandra dibujó un signo de interrogación al lado y cerró la libreta. Pero la pregunta seguía abierta.
El sábado por la noche, cuando ya todos se habían ido, regresó porque había olvidado las llaves dentro. El pasillo de las jaulas de estancia larga estaba en penumbra; solo un foco amarillento al fondo seguía encendido. Luis estaba allí, en cuclillas frente a la jaula de Canelo. No decía nada, solo miraba hacia el suelo. El gato mantenía la postura de siempre: de espaldas, la cola enroscada, las orejas ligeramente hacia atrás.
Alejandra iba a llamarlo, pero se detuvo. Porque lo oyó.
Canelo ronroneaba. Bajito, al borde de lo audible, un zumbido parejo, blando, como un motorcito eléctrico que solo se encendía en el silencio absoluto.
Luis se levantó, giró hacia la salida y casi se tropieza con ella.
—Bue-e-eno… yo solo estaba… revisando los platos.
—Estaba ronroneando.
—Ajá. Lo hace todo el tiempo, cuando cree que no hay nadie.
—¿Desde cuándo sabes eso?
Luis se ajustó los lentes.
—Desde octubre, más o menos. Una noche se me quedaron las llaves aquí y volví a recogerlas. Y ahí estaba, ronroneando. Abrí la puerta y se calló en seco. Como si le hubieran apagado un interruptor.
Alejandra se recargó contra la pared. El yeso raspaba, frío, a través de la blusa. Dentro de la jaula ya no salía ni un ruido. Canelo había enmudecido al notar a dos personas juntas. En ese silencio, ella entendió al fin lo que le molestaba de los formularios. No describían a un gato difícil. Describían a personas que habían exigido cariño inmediato, ronroneos al primer día, agradecimiento por decreto. Como un foco que uno enciende y espera que alumbre. Habían metido la mano bajo el calentador, lo habían alzado a la fuerza, lo habían sentado en regazos de niñas que lloraban porque el gato no las quería. Y cuando el animal había respondido del único modo que tenía —esconderse, bufar, arañar— rellenaron la hoja con palabras como «agresivo», «arisco», «no se adapta».
El lunes por la mañana, Alejandra reescribió el instructivo de adopción. La versión vieja empezaba con: «El gato necesita cariño y paciencia». La nueva empezaba distinto. La leyó en voz alta, de pie en la oficina, con la hoja a medio brazo de distancia y la voz temblándole un poco.
—Primera semana: no tocar al gato. No llamarlo. No sacarlo. Poner el plato, el agua y el arenero en la habitación que le asignen y cerrar la puerta. Entrar solo para alimentarlo. No mirarlo a los ojos. No intentar acariciarlo. No insistir.
Luis soltó un silbido bajo.
—Bue-e-eno… eso es una guía para ignorar al michi.
—Es una guía para no impedir que te quiera.
Bajó la hoja.
—Llevamos año y medio diciéndole a la gente que el gato es complicado. Y no es complicado. Es precavido. Y lo mandábamos a casas donde confundían la paciencia con la expectativa.
—¿Y cuál es la diferencia?
—La expectativa exige resultados. La paciencia no exige nada.
Él se quedó callado un momento y luego alargó la vocal, como quien mastica la respuesta. No dijo más.
Tres semanas después llegó la cuarta familia. Doña Celia, una mujer de unos cincuenta y cinco años, manos morenas y curtidas, voz tranquila, sin prisa. Escuchó el instructivo completo y asintió. Solo hizo una pregunta:
—¿Y si después de un mes el gato sigue sentado de espaldas?
Alejandra la miró a los ojos.
—Entonces es que necesita más de un mes.
Doña Celia asintió una segunda vez, tomó la transportadora y se la llevó. Canelo iba dentro igual que siempre: de espaldas a la rejilla, la cola alrededor de las patas, una oreja rasgada apuntando hacia arriba como una pequeña bandera.
La primera llamada de seguimiento cayó a la semana. Doña Celia contó que el gato seguía metido detrás del sofá, pero que de noche salía a comer y usaba su arenero. —Todo va en orden— dijo. Su voz era serena, sin asomo de ansiedad.
Un mes después, Alejandra programó la visita de seguimiento. La casa quedaba en el valle sur de Albuquerque, una construcción de adobe pintada de blanco con una buganvilia seca junto a la entrada. Doña Celia abrió la puerta con un delantal floreado y la hizo pasar a la sala. Olía ligeramente a frijoles recién hechos y a café de olla.
Canelo estaba sobre un cojín, en el alféizar de la ventana que daba al patio trasero. Pero no miraba hacia afuera. Miraba hacia el interior de la habitación. Con las orejas relajadas, los ojos entrecerrados, las pupilas finitas contra la luz de la tarde. Al sentir entrar a Alejandra, el gato parpadeó lento, se estiró despreocupado y —en lugar de huir— bajó de un salto mínimo, silencioso, y se frotó contra la pierna de doña Celia.
Ronroneaba tan fuerte que el sonido llenaba todo el cuarto. Como un motorcito antiguo que llevaba años queriendo encenderse y ahora ya no se apagaba.
Doña Celia se inclinó y le rascó detrás de la oreja rasgada sin dejar de hablar.
—Ahora él elige cuándo acercarse. Y se acerca.
Alejandra sintió una presión en la garganta que no la dejaba hablar. Asintió, sonrió a medias y tomó dos o tres fotos con el teléfono, aunque sabía que no iban a necesitarlas para ningún reporte.
Esa misma tarde, de vuelta en el refugio, sacó la ficha de Canelo de la carpeta que decía «estancia larga» y caminó hasta el archivero más viejo, el del rincón. Abrió el cajón de abajo, donde guardaban las pocas historias que no hacía falta volver a contar. Las que alcanzaban con recordar.
Dejó la cartulina sobre las otras, cerró el cajón y apoyó la espalda contra el archivero. A lo lejos, Luis andaba silbando algo en el pasillo, y esta vez no estiraba las vocales.