El gato que me trajo de vuelta a casa

Andrés apretó el botón del llavero y el BMW negro parpadeó dos veces. Eran las 7:38 de la mañana en el estacionamiento subterráneo del edificio corporativo en el centro de Phoenix. Sobre el capó, justo en el centro, había un gato gris tirado con las patas delanteras estiradas y los ojos entrecerrados. Andrés miró el reloj. A las 8:15 tenía una reunión con los inversionistas de El Paso, la más importante del trimestre. El maletín de cuero pesaba como plomo con los contratos, las proyecciones financieras y tres copias del acuerdo de distribución. Cada minuto contaba.

Chasqueó los dedos. El gato ni se inmutó. Soltó un “¡fuera!” seco que rebotó contra las columnas de concreto. El gato abrió un ojo, de un amarillo quemado, lo miró de arriba abajo y volvió a cerrarlo con una lentitud insultante. Del capó subía un calorcillo tenue porque la noche anterior Andrés había llegado pasada la medianoche. El motor aún no se había enfriado del todo y el animal había encontrado ahí su cama tibia.

Ramón, el guardia del turno, apareció por la rampa arrastrando los pies. Traía el uniforme arrugado y un termo de café en la mano.

—Otra vez ese güey —dijo sin que nadie le preguntara—. Lleva como una semana haciendo lo mismo. Viene tempranito, se acuesta ahí y no se quita ni con agua. Lo espanté con una escoba y a los diez minutos ya estaba otra vez.

Andrés miró los otros coches. Un Mercedes plateado del director financiero, un Audi blanco de la jefa de legal, una fila entera de SUVs. Ramón se encogió de hombros:

—Solo en el suyo, jefe. El bicho pasa de largo de los demás y se viene directo a su capó. Como si fuera su casa.

Andrés dejó el maletín en el suelo. No le gustaban las cosas sin explicación y esto no tenía ninguna. Se quitó el guante derecho y tocó al gato. El pelo estaba limpio y suave, sin pulgas, sin ese brillo grasiento de los callejeros. El gato empezó a ronronear, un motorcito grave que le vibraba en la palma. Entonces Ramón señaló con el termo:

—Ah, y trae collar. Yo lo vi el martes.

Andrés deslizó los dedos por el cuello y encontró una tira de cuero delgada, casi escondida entre el pelaje. De ella colgaba una plaquita metálica del tamaño de un centavo, desgastada en los bordes. La giró para leer las letras grabadas.

Calle Palo Verde 1420, Depto. 3

La sangre se le fue a los pies.

Creció en ese departamento. Ahí pegó las calcomanías de los Lakers en la puerta de su cuarto, ahí aprendió a freír huevos en la cocina con ventana al patio de tendederos. En ese departamento vivía su madre, doña Sofía, con la que no cruzaba palabra desde hacía tres años y cuatro meses. No porque no la quisiera, sino porque el orgullo pesa más que el amor cuando uno no sabe pedir perdón.

Habían peleado por la maldita casa. Él acababa de conseguir un ascenso en la compañía y quiso comprarle un departamento nuevo en Scottsdale, con elevador y aire acondicionado central. Ella le dijo que no necesitaba limosnas. Él le gritó que era una terca y que nunca valoraba lo que él hacía. Se fue dando un portazo y no volvió. Las semanas se volvieron meses, los meses años. Siempre pensó “mañana llamo”, pero el mañana se convirtió en un hueco imposible de saltar.

Ramón le preguntó si estaba bien, porque Andrés se había quedado pálido mirando la plaquita.

—Sí, todo bien. Yo sé de quién es el gato —dijo, y su propia voz le sonó ajena.

Metió la placa en el bolsillo de la camisa y acarició al gato detrás de las orejas. El animal se incorporó, se estiró y, sin que nadie se lo pidiera, se dejó cargar como si llevara años esperando ese gesto. Andrés lo metió dentro del maletín. Sacó los papeles del contrato, los tiró en el asiento del copiloto y cerró el portafolio con el gato adentro. La cabeza gris asomaba junto al broche dorado.

Sacó el teléfono y escribió a su socio: «Toño, cancelo la junta. Asunto familiar urgente.» No esperó la respuesta. Apagó el aparato y lo guardó.

Condujo hacia el sur de la ciudad. El barrio seguía igual: casas bajas de estuco, rejas herrumbradas con macetas de geranios, un señor en una mecedora en la banqueta escuchando rancheras en una bocina portátil. El sol de Arizona empezaba a caer pesado sobre el asfalto. Andrés estacionó frente al edificio de tres pisos. La pintura verde pálido se descascaraba en las esquinas y en la entrada había un letrero de «Se renta» pegado con cinta amarilla.

Subió las escaleras. El olor a frijoles refritos y a fabuloso se mezclaba con el calor. En el segundo piso, una vecina con tubos en el pelo lo miró pasar y lo saludó sin sorpresa, como si lo hubiera visto ayer. Andrés se detuvo frente a la puerta 3. La madera seguía con el mismo rayón que él hizo con la bici a los diez años. El timbre no funcionaba bien, así que tocó con los nudillos dos veces.

Silencio. Luego pasos arrastrados.

La puerta se abrió un palmo. Doña Sofía era una mujer chiquita, de estatura apenas le llegaba al hombro, con un delantal de flores deslavadas y chancletas de plástico. Lo miró a la cara, después bajó la vista al maletín.

El gato maulló y asomó la cabeza entera, rascando el cuero como si quisiera salir volando.

—Micho… —susurró ella, y se llevó la mano a la boca—. ¿Otra vez te escapaste, desgraciado?

Luego clavó los ojos en Andrés. Un segundo, dos, tres. El ventilador del pasillo zumbaba. Doña Sofía apretó los labios y dijo con una voz que a él se le clavó en el pecho:

—Así que él te trajo. Te tuvo que traer un gato para que aparecieras.

No había reclamo en sus palabras. Solo cansancio y algo parecido al alivio. Se hizo a un lado sin decir más, sujetando la puerta.

Andrés entró. El departamento olía a café de olla y a Vicks VapoRub. La mesa de la cocina seguía cubierta con el mantel de plástico a cuadros, la Virgen de Guadalupe en la repisa con su vasito de flores de papel. Todo igual. Solo que el sillón tenía un cojín nuevo y en la pared colgaba una foto de él a los quince años, con uniforme de básquet, que él ni recordaba.

Dejó el maletín en el suelo y Micho saltó corriendo a frotarse contra las piernas de la señora. Ella se agachó, lo cargó y le habló al oído:

—Ya sé, ya sé. Yo también lo extrañaba.

Andrés se quedó parado en medio de la sala, con las manos vacías y la garganta apretada. Doña Sofía lo miró por encima de los lentes, le hizo una seña con la cabeza hacia la cocina:

—Pásale, mijo. El café está caliente. Y mañana hablamos de por qué dejaste una junta por un gato.

Él no respondió. Se sentó a la mesa, ella puso dos tazas sin preguntar. El gato se enroscó en su regazo y empezó a ronronear otra vez. Afuera, una paloma se posó en el tendedero y el sol de las nueve de la mañana se coló entre las persianas, dibujando rayitas de luz sobre el mantel. Andrés dio un sorbo al café y sintió el dulzor de la canela y de algo que no podía nombrar. Tres años sin probarlo. Tres años sin saber que le faltaba exactamente esto.

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