Frida jamás pensó que había hecho algo malo. Bueno, sí, se dejó llevar una vez, vio un gato, dio un tirón más fuerte de la cuenta y la señora se cayó. Pero no fue con mala intención. Fue el instinto.
A Tomás la vida siempre lo había tratado con el mismo mensaje: “No molestes, quítate de en medio, tú no perteneces aquí”. Y él se apartaba. La naturaleza había sido mezquina con él: bajo, flaco, huesudo, sin fuerza. En la prepa le decían “el alambre” y de vez en cuando le daban un zape solo para recordarle su lugar. Su único amigo era Miguel.
“Cuando crezca, esto se acaba”, pensaba Tomás en ese entonces. “Los adultos son inteligentes, no ponen apodos estúpidos ni te golpean porque sí”.
Qué equivocado estaba.
Con los golpes, la vida adulta mejoró un poco. No es común andar soltando zapes en el trabajo. Pero con los apodos… Tomás los coleccionaba. Flacucho, el chapulín, ratoncito, medio hombre. Le dolía, pero responder no era lo suyo. Porque al metro y medio de estatura le acompañaba una timidez gigantesca, mucho peor que su físico.
Así que su círculo social no pasaba de Miguel y, antes de que falleciera, su mamá.
Los años se fueron. Tomás trabajaba en la bodega de un supermercado en El Paso y de la vida amorosa ni se acordaba. El personal era casi puro de mujeres, pero ellas lo veían como la mascota de la oficina. Lo protegían, le llevaban guisados. Pobrecito, tan chiquito, tan solo. Con cuarenta años, era huérfano y no tenía a nadie. Les daba ternura.
Así siguió la cosa hasta el día que conoció a Valeria.
Valeria era una mujer con todas las letras. Imposible no verla. Metro ochenta, una melena negra imponente, curvas que anunciaban su presencia antes que ella misma y una voz que retumbaba en los pasillos. Era un mujerón. Tomás cayó redondo, pero en secreto, sin esperanza alguna. ¿Quién era él para ella? Una hormiga, una mota de polvo.
Pero la vida tiene un sentido del humor negro. Y decidió juntar al escuálido y a la grandota usando la fórmula de siempre. ¿Cuántas veces el rescatista se enamora del rescatado? Muchas. Y a Valeria le tocó rescatar a Tomás.
Fue un martes en la caja. Tomás estaba en la fila, nervioso, pasándose el bote de yogur de una mano a otra. Detrás llegaron dos chavitos con un six de cerveza. Uno le metió el hombro, empujándolo.
—Oiga, viejito, nosotros vamos primero, llevamos prisa.
Cualquier otro día, Tomás se hace a un lado y ya. Pero ese día no. Ese día lo estaba mirando Valeria.
—Pues, hagan fila, muchachos. Yo también traigo prisa —chilló él.
—No le juegue al valiente, don. Ya le dije: usted va atrás —el otro ya había puesto las cervezas en la banda. Y para rematar, se giró y le dio un empujón suave en el pecho—. Guarde su distancia.
Tomás enrojeció, abrió la boca, pero un trueno lo interrumpió:
—¡Respete la fila! —tronó Valeria desde la caja—. Y a ver, muéstrenme sus identificaciones. Capaz que ni tengo permitido venderles eso.
Los chavos se pusieron nerviosos.
—Ay, señito, no se ponga así. Es un decir, tampoco nos eche a la migra.
—Miren, “papás jóvenes”, o demuestran que ya son mayorcitos o se van derechito a su casa. Decídanse.
Atrás de Valeria, el guardia don Pepe ya se había enderezado con su mano en la radio. Así que los chavos, mentando madres entre dientes, optaron por largarse.
—Escuincles irrespetuosos —masculló ella. Luego, sus ojos bajaron hasta Tomás y le sonrió con ternura—. Pásale, Tomi, te cobro rapidito. Tú sí necesitas comer, mi niño, estás bien flaquito. Mira nada más cómo hasta los mocosos se te ponen al brinco.
—Gracias… —murmuró él.
Quería que se lo tragara la tierra. “Ya valió. Jamás me va a mirar con otros ojos. Me vieron temblar con dos chamacos”.
Pero pasó al revés.
Desde ese día, Valeria lo trató distinto. Miradas largas, sonrisas, un plato de mole extra en el almuerzo. Las otras mujeres de la tienda se hicieron a un lado, cuchicheando.
—Ya agarró el ratoncito la patrona.
—Déjala. A ver si se lo lleva a su casa y le da de comer.
A Tomás lo de ser “trofeo de caza” no le molestó. “Soy importante para ella”, pensó. “Y de ahí al amor, un pasito. Por ahora, con el mío basta para los dos”.
Ese pensamiento le dio el empujón que necesitaba. Tragándose la timidez, la invitó a salir. Ella aceptó. Y palabra tras palabra, cita tras cita, el romance explotó. En menos de un año, se casaron.
Pero la vida de casado lo desilusionó rapidísimo. Valeria se autonombró la jefa absoluta de la casa. Y su idea de jefa no era exactamente la de una líder democrática. En su mente, ella decidía, controlaba y, desde luego, educaba y castigaba a su maridito.
Cuántas veces le llovió una regañiza por cualquier cosa. Que colgó mal el cuadro, que dejó una gota de agua en la tarima, que no dobló bien las camisas. Tomás aguantaba. Seguía amando a su rescatadora. Quería que ella lo quisiera de vuelta, de verdad. Imaginaba que con el tiempo se amoldaban.
Las ilusiones, y lo que quedaba de amor, se quebraron con un solo manotazo.
Esa noche, Valeria llegó a la cocina y vio los pedazos de cerámica en el suelo. Enrojeció.
—¡Inútil, bueno para nada, escuálido! —le gritó a Tomás—. ¿Puedes hacer algo bien? ¿Eh? ¡Dime en dónde encuentro otra lámpara igual! Era de mi abuela, del pueblo, la única que me dejó. ¡Tus manitas de trapo no sirven ni para limpiar el polvo! No sé cómo no te azoto…
Tomás intentó responder. No pudo. Cuando a Valeria se le acabaron las palabras, actuó. El manotazo en la nuca sonó seco. La mano de ella era pesada.
En cuanto Tomás se le despejó el aturdimiento, lo entendió: “Hasta aquí. Los golpes ya me los dieron suficiente en la secundaria”.
Con pleitos y malas caras, se divorciaron. Valeria gritó hasta el último día. Tomás, una vez más, se juró jamás volver a mirar a nadie con amor.
A Frida la vida también la había pateado. Injustamente, además.
Era hermosa: pelaje negro, cuerpo larguísimo, doce kilos de nervio y mirada profunda. Pero doce kilos de felicidad resultaron ser demasiada felicidad para cualquiera.
El primer dueño la rechazó al mes. “¿Qué es esto? Parece una salchicha gigante. Una súper perra salchicha o quién sabe qué cochinada. Es una corriente. Yo quería un french poodle.” Y se la endilgó a un compadre.
El compadre se rió. “Está gigante. Parece que la mamá pecó con un pitbull y salió esta cosa. Y cómo ladra. Me va a cuidar la cochera.”
Pero cuidar no se le daba a Frida. Su ladrido era grave, de trueno, sí, pero lo soltaba cuando se le antojaba. Si pasaba un ladrón, se quedaba dormida. Si pasaba una mariposa, armaba un escándalo.
—Perra inservible —la regañaban—. Escandalosa. Mucho tragar y ni las macetas respetas. Vamos a buscarle otro dueño.
Y se la encajaron a una señora mayor. Agradable, dulce, pero lentísima al caminar. Frida se juró a sí misma que esta vez sí sería buena. Pero volvió a fallar.
Ella, en su fuero interno, no se sentía culpable. Vio el gato, una sombra negra cruzando la calle, el instinto le gritó, dio un tirón y la señora rodó por la banqueta. Fue un susto, nada grave. Pero la gente es rara.
—No la puedo controlar —lloraba la señora por teléfono—. Me va a matar un día de estos. Encuéntrale dónde meterla o la echo a la calle.
Quien haya estado del otro lado del teléfono hizo su magia. Y apareció una familia. Un matrimonio joven con un niño pequeño.
—Frida, no le hagas nada a Mateíto —le advirtió el hombre de la casa—. Lo tocas y te doy con la chancla.
Ella nunca quiso tocar a la criatura. Pero la criatura tenía otros planes para ella.
—¡Vas a ser mi caballito! —gritaba el escuincle de cuatro años, y se montaba encima de ella.
Frida se escabullía, gruñía un poquito. Era grande, sí, pero no para caballo. Mateíto se frustraba, chillaba. La mamá se enojaba y le gritaba a Frida. El papá, colorado, buscaba la correa. Frida se metía debajo de la cama. El papá, furioso, amenazaba con llevarla al albergue del condado.
Quién sabe cómo habría terminado la cosa, si no llega de visita aquel amigo flacucho. Tomás.
Frida se asomó apenas desde debajo de la cama. El amigo del amo era pequeño, poquita cosa, con cara de no romper un plato. “Un desnutrido”, pensó Frida. “El mío es mucho más grandote. Seguro este cuate tampoco es de raza.”
—Qué onda, cuánto tiempo, Miguel —Tomás abrazó al dueño de Frida—. Veo que tienes nuevo integrante en la familia. Un perrito. Yo acabo de mandar a volar a mi mujer. Divorciado ya, por fin.
—Felicidades, carnal, ya era hora. Pues yo ando que me divorcio de esta bestia —suspiró Miguel—. Mil veces me arrepiento de tenerla. Frida es grosera, le ladra a Mateo, y si la regaño se mete debajo de la cama. La voy a dar en adopción.
—Pobre, ¿no? ¿Y por qué tan drástico? —Tomás miró a Frida con compasión—. Dices que es grosera. ¿La has educado? Pegarle no es educar, güey. Yo no sé de perros… pero a mí me quisieron corregir a puros zapes y mira, no funcionó.
—¿Educar? ¿Quién chingados tiene tiempo para escuela de perros? Me la paso en la obra y mi vieja con el niño no puede. Oye, ¿y por qué no te la llevas tú? —soltó la idea Miguel, iluminado—. Estás solo, sin nadie que te moleste. Te la llevas y la educas cuanto quieras. A mí me haces el paro, a Frida le das casa, y tú ya tienes compañía.
—Pues yo sí me la llevaba. Pero no sé si ella quiera —dudó Tomás, bajando la mirada hacia Frida.
“A este cuate me lo voy a llevar al huerto”, pensó la perra. “Habla con sensatez, no hay chamacos pulgosos cerca, y es medio raro como yo. Nos vamos a entender.” Y con toda la intención del mundo, soltó un par de meneos firmes de cola.
—Mira, ¡está diciendo que sí! —rio Miguel—. Ojalá puedas con ella, compa. Y chance hasta en el parque de perros te echas una novia nueva.
—De esas ya no quiero. Ya cubrí mi cuota —sentenció Tomás.
Esa noche, Tomás se fue a casa caminando. Frida trotaba a su lado, sin tirar de la correa ni una vez.
Controlar a Frida resultó diez veces más fácil que controlar a Valeria. No manipulaba, no hablaba de más y, sobre todo, jamás soltó una mano contra él. Si no entendía algo a la primera, lo entendía a la segunda.
Y, aparte, lo amaba. Él lo era todo: el amigo, el líder de la manada, el universo entero. Empezaron a ir a la escuela para perros en un parque cerca de la Cielo Vista. Ocho semanas de sentarse, esperar, caminar junto y venir al llamado.
Y Tomás se sintió feliz. Pleno.
“Los perros mil veces mejores que la gente”, pensaba. “Frida es la prueba. Inteligente, noble, hermosa, buena.”
Lo pensó por unas semanas, hasta que la misma Frida le enseñó lo contrario. Porque resultó que también había gente maravillosa. Gente empática, amable, divertida. Solo que Tomás nunca había sabido dónde buscarla.
Ahora, en el parque de perros, abundaba. Gente que le sonreía, que le celebraba lo bien que se sentaba Frida, que le compartía un café del Oxxo mientras las mascotas correteaban. Hizo amigos. Intercambió teléfonos.
Y una tarde de sábado, mientras veía a una muchacha de lentes, dueña de un pomerania esponjoso, reírse y agacharse para acariciar el lomo largo de Frida, una idea le cruzó la cabeza. Quizá, solo quizá, Valeria no había sido el último intento del universo por darle amor. Quizá era solo una prueba para que Tomás aprendiera a identificar a la gente que valía la pena.
Frida aceptó la caricia de la muchacha, luego giró la cabeza hacia Tomás y lo miró fijo, meneando la cola. Lo miraba como diciendo: “¿Ves? A esta sí. No la dejes ir.”
Tomás sonrió, se rascó la nuca y, respirando hondo, dio un paso al frente.