Tengo ochenta y ocho años y vivo en un cuarto de doce metros cuadrados en una residencia de ancianos al sur de San Antonio. Una cama estrecha junto a la ventana. Un clóset que huele a ropa limpia y a naftalina. Un buró con tres fotos que ya ni miro, porque memorizarlas me ha costado menos que aceptar lo que significan.
Antes mi casa olía a frijoles recién hechos y a madera recién cortada. Era una casa de dos plantas en El Paso, con un taller atrás donde yo me pasaba las horas muertas arreglando muebles que la gente tiraba a la basura. Los domingos llegaban todos: mis tres hijos, mis nueve nietos, algún vecino colado. Armábamos una mesa larguísima en el patio, poníamos música norteña, y yo me sentaba en la cabecera mirando ese desorden bendito, seguro de que eso era para siempre.
Qué estúpido fui.
Ahora la cabecera es una almohada de espuma que me deja el cuello tieso. La mesa es una bandeja de plástico que me trae una muchacha con trenzas que se llama Lucía. Es la auxiliar de enfermería. No lleva mi sangre, no lleva mi apellido, pero es la única que me toca la mano sin prisa. La única que me pregunta cómo amanecí —y se queda a escuchar la respuesta.
Mis tres hijos están vivos. Vivos y ocupadísimos.
Mario, el mayor, vive en Houston. Me llama el primer domingo de cada mes, camino a la iglesia. Cinco minutos exactos. Cronometrados. «¿Cómo va todo, apá? ¿Necesita algo?». Yo siempre digo que no, aunque lo que necesito no se despacha en Walgreens. Antes de colgar ya me soltó un «lo quiero mucho» tan rápido que duele.
Carmen vive aquí en San Antonio, a veinte minutos en carro. Viene en Navidad y el Día de las Madres. A veces también en mi cumpleaños, pero solo si cae en sábado. Trae un pastel del H-E-B y se sienta en la orilla de la cama mirando el teléfono. El año pasado ni pastel trajo: llegó, me dio un beso en la frente, dijo que el tráfico en la Loop 410 estaba fatal y se fue a los dieciocho minutos.
Y luego está Andrés. El menor. El que más se me parecía, decía mi mujer. Andrés no da señales de vida desde agosto del veintidós. Dos cumpleaños míos sin una llamada. Dos Navidades con la silla vacía que ya ni pongo. Al principio pensé que estaba enojado por algo. Le di vueltas al asunto noches enteras. Luego dejé de buscar explicaciones. Ahora solo me pregunto si sabrá que sigo vivo.
En la residencia aprendes rápido una regla: no te encariñes demasiado con nadie. La gente se va. Así, de pronto. Una mañana pasas por el cuarto del vecino y la cama está tendida y vacía. El silencio que dejan es peor que el que tú cargas. Porque en ese silencio ya no hay espera.
El mío todavía espera.
Esta noche, mientras Lucía me tendía la cama, vi que se le soltó un arete. Uno pequeñito, de fantasía, de ésos que venden en los mercaditos. Se agachó a buscarlo. «Déjelo, mija», le dije. «No vale nada». Y ella, gateando en el suelo, me contestó: «Me lo regaló mi nana cuando me vine de Reynosa. Para mí vale todo».
Se me apretó el pecho de una manera extraña. Porque entendí que hay cosas minúsculas que sostienen mundos enteros. Me quedé callado mientras ella lo encontraba y se lo ponía de nuevo con una sonrisa cansada. Cuando apagó la luz del pasillo y supe que el día ya no daba para más, miré las fotos en el buró y me dije: mañana es domingo. Primer domingo de mes. Y esta vez no voy a decir «estoy bien».
Amaneció domingo, y amaneció lloviendo.
Lo supe antes de abrir los ojos, por el olor a tierra mojada que entraba por la ventana entreabierta y por el tamborileo contra el vidrio. Me vestí despacio, como pude, y me senté en la orilla de la cama a las ocho menos diez. El teléfono, con la batería llena, descansaba sobre la cobija. Afuera el cielo era una plasta gris y el letrero anaranjado de la farmacia todavía parpadeaba.
Esperé. Las ocho y cuarto. Las ocho y veintisiete. A las ocho y treinta y dos el aparato soltó el ringtone de feria que alguien le instaló y que nunca supe cambiar.
—¿Apá? Soy Mario. Voy manejando, no lo oigo muy bien…
Cerré los ojos y vi su cara de cincuenta y tantos, la papada que le empieza a crecer, los lentes de leer que usa ahora.
—Hijo… —me trabé en la primera sílaba.
—Ando saliendo de misa, apá. Fíjese que hay un tráfico horrible por la lluvia. ¿Cómo va todo? ¿Necesita algo?
Respiré hondo. Sentí la frente caliente.
—Sí, Mario. Necesito que vengas.
Silencio. Dos segundos. Las llantas de su camioneta sobre el asfalto mojado amortiguaban el ruido de fondo. Luego carraspeó.
—A ver, apá, déjeme revisar la agenda. Esta semana está pesadísima en la oficina. Pero igual el sábado…
—No el sábado —corté yo, y la voz me salió más firme de lo que esperaba—. Un domingo. Como los de antes. Que te sientes aquí conmigo y me cuentes qué carajo ha sido de tu vida. Una hora, dos. Las que aguantes.
Mario soltó un soplido. Por un instante pensé que iba a colgar. Luego, con el tono que usaba para calmar a sus clientes, dijo:
—Mire, apá, déjeme hablar con Carmen. A lo mejor podemos ir juntos el fin de semana que entra. ¿Le parece? Mire, ya voy llegando a la casa y se me pegaron los chamacos al teléfono. Lo quiero mucho, ¿eh? Cuídese.
—Mario…
—Tengo que colgar. Le hablo el viernes para confirmar.
Se cortó la llamada. Miré la pantalla iluminada durante un rato largo. Cinco minutos y diecisiete segundos. Siete segundos más de los que acostumbraba. Avancé siete segundos en treinta años.
El cuarto se llenó del olor a lluvia y a naftalina. Afuera, en el jardín, las bugambilias se doblaban con el agua. Me quedé quieto, oyendo mi propia respiración, y luego hice lo único que todavía no había hecho.
Me incliné hacia el buró, abrí el cajón y saqué la cartera. De entre las tarjetas vencidas y un billete de veinte, saqué un papel color mostaza doblado cuatro veces. El número de Andrés. La tinta se había corrido en una esquina y hacía una mancha azul pálido. Me lo aprendí de memoria antes de marcar.
Marqué. Tono. Otra vez el ringtone, esta vez el mío, el que viene de fábrica. Me latían los dedos contra el auricular.
Una voz de mujer contestó. Joven, con dejo cantado.
—¿Bueno?
Tragué saliva. Pensé colgar. No colgué.
—Busco a Andrés.
Silencio. Un crujido como de puerta. Pasos pequeños sobre loseta.
—¿Quién lo busca? —preguntó la mujer, y supe que quien hablaba no sabía quién era yo.
—Su papá.
Del otro lado se oyó un murmullo de niño, una risa baja, el pitido de una tetera. La mujer dijo «un momento», pero lo dijo hacia adentro, no hacia el teléfono. Y entonces sonaron unas sandalias arrastrándose, y de fondo una vocecita infantil que gritaba: «¡Papi, teléfono!».
No escuché la respuesta. Corté.
El auricular quedó en mi regazo, zumbando bajito, y la lluvia seguía golpeando la ventana con una furia mansa. En la mesilla, junto a las fotos que ya no miro, Lucía había olvidado su arete. Uno pequeñito de fantasía, de los que venden en los mercaditos. Lo tomé entre el pulgar y el índice, lo acerqué a la luz gris del domingo y me quedé así, oyendo el tono de ocupado, mientras el agua seguía cayendo sobre las buganbilias.