El corazón de Valeria se encogió al ver aquellos ojos. La pastora alemana, tirada en la cuneta, levantó la cabeza apenas un centímetro cuando los cascos de Sombra se acercaron. Un hilo de sangre le manchaba el hocico. Aún estaba viva, pero su mirada pedía auxilio con una urgencia que helaba la sangre.
Valeria ya conocía esa escena. No era la primera vez que su yegua la guiaba directo al dolor de un animal abandonado.
Todo había empezado tres meses atrás, una mañana de finales de marzo. Valeria cepillaba a Sombra en el establo del rancho en las afueras de San Antonio. La yegua, una belleza de capa negra azabache y cuatro calcetines blancos impecables, no se estaba quieta. Resoplaba, giraba las orejas, golpeaba el suelo con el casco.
—¿Qué te pasa, chiquita? —murmuró Valeria, pasándole la almohaza por el cuello sudado—. Llevas un mes aquí y nunca te había visto así.
Don Tomás, el encargado de las cuadras, se asomó por la puerta del box. Era un hombre de sesenta y pico, curtido por el sol tejano y con más oficio con los caballos que cualquier veterinario de la ciudad.
—Esa yegua está escuchando algo que nosotros no oímos —dijo, mordiendo la pajita que siempre llevaba en la boca—. Algo le duele, y no es de cuerpo.
—Es una yegua increíble —defendió Valeria—. Está domada, tiene un carácter de oro. No entiendo cómo la dueña anterior pudo venderla tan barata.
Don Tomás se encogió de hombros.
—Cuando un caballo así cambia de manos tan rápido, algo esconde. Siempre hay un defecto, muchacha.
—Sombra no tiene ningún defecto —cortó Valeria, irritada.
La yegua soltó un relincho seco, como si le diera la razón, y tiró del ronzal.
Media hora después, Valeria cabalgaba por el sendero que bordeaba el arroyo seco, dejando que Sombra marcara el rumbo. La yegua avanzaba con la cabeza alta, las orejas en movimiento constante, y de pronto giró a la derecha, metiéndose entre los mezquites. Valeria quiso corregirla con las riendas, pero algo la frenó. Confió.
Sombra se detuvo junto a un arbusto espinoso. En el suelo, una caja de cartón cerrada con cinta adhesiva se sacudía débilmente. Un maullido lastimero salía de dentro.
—Dios mío —susurró Valeria.
Desmontó de un salto, rasgó la cinta con las llaves del coche y encontró cuatro gatitos de días, con los ojos todavía pegados. Temblando. Vivos de milagro.
Esa noche, después de dejar a los gatitos con la veterinaria del pueblo, Valeria llamó a su entrenadora, Adriana Castillo.
—Esa yegua te llevó directo a ellos —dijo Adriana, alucinando—. Eso no es un animal, es una brújula.
—La dueña anterior me la vendió como quien se quita un peso de encima —recordó Valeria—. Ahora entiendo por qué.
—Porque no supo ver lo que tú estás viendo.
Valeria se quedó con un gatito negro. Lo llamó Cosmo. Tenía las cuatro patitas blancas, igual que Sombra.
La historia se repitió en mayo. Tarde de entrenamiento. Sombra empezó a comportarse igual: nervios, orejas hacia el horizonte, negativa a avanzar hacia el picadero. Valeria ya no dudó. Le soltó las riendas y dejó que la yegua la guiara campo a través, con Adriana siguiéndola en una cuatrimoto.
Encontraron a un cachorro de pitbull atado con una cadena a un poste de una cerca abandonada, deshidratado, con las costillas marcándole el cuero. No había ni un alma en kilómetros a la redonda.
—Esto ya es cosa seria —masculló Adriana mientras envolvía al perro en su chaqueta—. Esta yegua tiene un radar.
El pitbull, al que llamaron Tanque, se recuperó y fue adoptado por don Tomás. El viejo dejó de hablar de defectos escondidos.
Llegaron los torneos de verano. Valeria y Sombra compitieron en el circuito de Doma Vaquera de Texas. Tercer puesto en Houston en junio. Segundo en Austin en julio. La yegua se movía con una elegancia que dejaba al público sin aliento, y Valeria sentía que volaban juntas.
Fue en Fort Worth, a principios de agosto, durante la final regional, donde el pasado las alcanzó.
Valeria acababa de desmontar tras una actuación impecable. Acariciaba el cuello de Sombra, riéndole al oído, cuando una voz cortó el aire como un cuchillo.
—Conque tú eres la que se quedó con esa yegua defectuosa.
Valeria se giró. Sobre un alazán musculoso, una mujer de rostro anguloso y labios apretados la miraba desde arriba. Vestía chaquetilla de competición y sostenía las riendas con una arrogancia que no hacía falta explicar.
—¿Defectuosa? —repitió Valeria, con un tono más afilado de lo que pretendía—. Esta yegua no tiene nada de defectuosa.
—Yo fui su dueña durante diez meses —soltó la mujer, como si escupiera—. Y antes que yo, otros dos jinetes de mi club también la tuvieron. ¿Sabes por qué la vendimos todos?
Valeria apretó la mandíbula.
—Porque es una yegua que no sirve para el deporte. Te lleva a un perro atropellado en plena carretera, a una camada de gatos en una alcantarilla, a cualquier animal tirado en una cuneta. La compré para competir, no para dirigir un refugio de animales. Es un maldito defecto.
Adriana, que se había acercado por detrás, puso una mano en el hombro de Valeria.
—Lo que usted llama defecto —dijo Adriana, midiendo cada palabra—, otros lo llamamos nobleza. Capacidad de sentir el sufrimiento ajeno. Eso no tiene precio.
—Cuando pierdan un torneo por su culpa, hablamos —zanjó la mujer, haciendo girar a su caballo.
Valeria sintió que la sangre le hervía. Pero antes de responder, Tanque, que había viajado con el equipo, se plantó a su lado y lanzó un ladrido seco a la desconocida. Detrás de él, don Tomás sostenía en brazos a un gato tricolor rescatado dos meses atrás en un viaje de vuelta de Waco.
—Ya veo que montó usted su protectora —se burló la mujer desde lejos.
Valeria sonrió por primera vez.
—No —dijo, en voz lo bastante alta para que la oyera—. Esto no es una protectora. Es la familia que Sombra ha elegido.
Ganaron la final esa tarde. Primer premio. La copa brillaba en el asiento trasero de la camioneta mientras volvían a San Antonio por la I-35. Adriana conducía. Valeria iba medio dormida, con Cosmo ronroneándole en el regazo.
Fue entonces cuando sintieron los golpes secos contra la puerta del remolque. Sombra pateaba la chapa con una insistencia que no admitía demora.
—Otra vez no —murmuró Adriana, reduciendo la velocidad.
—Para —dijo Valeria, ya despierta—. Para ahora mismo.
Estacionaron en el arcén, junto a un tramo de carretera secundaria que se perdía en la oscuridad de la llanura. El calor de agosto les pegó en la cara al abrir las puertas del remolque.
Sombra relinchó con fuerza, un sonido que era casi un grito.
Los faros de la camioneta iluminaron una zanja a unos veinte metros. Valeria corrió hacia allí, con el corazón martilleándole en las sienes, los oídos zumbándole.
Dentro de la zanja, enrollado sobre sí mismo y cubierto de polvo, un niño de no más de seis años levantó la cabeza. Tenía el rostro manchado de tierra y lágrimas secas.
—Me perdí —dijo, con un hilo de voz—. No encuentro a mi mami.
Valeria se dejó caer de rodillas junto a él, lo abrazó con cuidado y sintió que el mundo se detenía por un instante.
—Tranquilo, campeón —le susurró—. Ya te encontramos.
Detrás, Adriana hablaba por teléfono con el 911. Don Tomás se apeaba de la camioneta con una linterna y una botella de agua. Los animales, en sus transportines y en el remolque, permanecían en silencio.
Sombra resopló, satisfecha.