El “defecto” de Morita

Valentina jaló la cuerda del heno con más fuerza de la necesaria. Morita, la yegua cuarto de milla de capa torda, no dejaba de lanzar cabezazos contra la puerta del establo. No eran los relinchos ansiosos de siempre, esos que aparecían a la hora del grano. Era un sonido seco, insistente, como si estuviera golpeando con el casco el portón metálico de una celda.

—Tranquila, flaca. ¿Qué te pica hoy? —Valentina pasó la palma por el cuello sudoroso del animal y sintió el temblor. La yegua giró la cabeza, clavándole un ojo negro y húmedo que parecía pedir algo.

Las seis y media de la tarde en el Valle de San Fernando ardían todavía. El ventilador del rancho zumbaba como un moscardón borracho, pero Morita seguía inquieta. Llevaba dos semanas así, desde que la trajeron del criadero en Arizona. Una yegua de diez años, impecable en las patas, con un paso de trote que quitaba el aliento y un historial de competencia que, sobre el papel, valía los veinte mil dólares que el club había desembolsado.

—Esa yegua tiene un demonio metido, no es normal —rezongó don Chepe, el encargado de los establos, mientras se limpiaba las uñas con una navajita. El hombre olía a sudor y a tabaco de pipa barata—. Yo he visto caballos nerviosos, pero esta loca se pone así a cada rato sin que nadie le mueva un dedo.

—No es un demonio, Chepe. Es que escucha algo que nosotros no —Valentina ajustó la muserola de la cabezada de trabajo y le pasó el bocado suavemente por la lengua—. Vamos a dar una vuelta. Total, el entrenamiento con Elena es hasta las ocho.

Morita salió del establo como un resorte. Ni siquiera esperó a que Valentina pusiera el pie en el estribo: arrancó al trote hacia el camino de tierra que bordeaba la cerca perimetral del rancho. Las moscas estallaban en nubes alrededor de los postes de mezquite, y a lo lejos, la autopista 5 trazaba una línea gris.

Valentina le dio rienda suelta. La yegua giró a la izquierda, hacia una brecha que se internaba entre huisaches y nopales. Ahí, junto a un viejo tanque de gas abandonado, la chica lo oyó: un quejido finito, casi como el llanto de un bebé recién nacido. Morita se plantó y resopló, bajando la cabeza.

Debajo de una lámina de triplay aplastada por piedras, había una caja de cartón mojada. Adentro, tres cachorritos de labrador, con los ojos todavía pegados, temblando y maullando de hambre. Valentina sintió cómo la sangre le subía a la cara y le hervía en las sienes. Levantó la caja con ambas manos y la alzó hacia la yegua, que relinchó bajito.

—Ay, Morita… otra vez. Ya entendí.

Elena, la entrenadora, no necesitó muchas palabras cuando vio a Valentina entrar al picadero con la caja de cartón. Bastó con que la chica le dijera “la yegua los encontró” para que la mujer levantara las cejas, acariciara a los cachorros con la punta de los dedos y llamara al veterinario del club.

—Esto es insólito, Vale. Tres veces en dos semanas. La semana pasada aquel gato siamés atropellado en la zanja, y ayer la paloma con el ala rota junto al portón de la bodega. Esta yegua tiene un radar —Elena anotó algo en su tablilla de entrenamiento y soltó una risa nerviosa—. Cuando la gente del comité directivo sepa que usamos el presupuesto del club para pagar al veterinario por puros rescates, nos van a colgar del pescuezo.

Los cachorros se quedaron en la oficina del veterinario, alimentados con suero y leche maternizada. Ya tenían tres posibles adoptantes para el fin de semana. Valentina, por su parte, no pudo dormir pensando en la historia de Morita. ¿Quién demonios vende un animal así? ¿Un caballo con un don, un radar viviente, y lo vende como si fuera chatarra?

Recordó la transacción con la antigua dueña, una mujer llamada Soraya, joyera de Santa Mónica que apenas miró a la yegua al despedirse. “Ya sabes, tengo muchos compromisos, no puedo atenderla como merece”, dijo mientras firmaba los papeles con una prisa que olía raro. Valentina lo dejó pasar. Ahora empezaba a entender.

El campeonato estatal de adiestramiento en Bakersfield cayó en sábado. El calor del valle central era un muro de fuego seco que distorsionaba el asfalto, pero dentro del coliseo ecuestre, el ambiente era un refrigerador. Morita y Valentina hicieron su rutina de doma clásica con una precisión de cirujano: paso español, piruetas, trote alargado. Las gradas aplaudieron al unísono. Cuando la jueza marcó 8.7 en la última vuelta, Elena casi se quiebra la garganta gritando.

Fue justo entonces cuando Valentina la vio. Soraya estaba montada en un alazán brilloso, esperando su turno para la categoría libre. Le sonrió desde lo alto de la montura, una sonrisa fina, como una hoja de afeitar escondida en una rosa.

—Te felicito, actuación decente —dijo la mujer sin bajarse del caballo—. Lástima que te haya tocado la yegua con defecto.

Valentina sintió cómo Morita se ponía rígida bajo sus piernas.

—¿Perdón?

—Ay, por favor. ¿No te has dado cuenta todavía? Esa yegua es increíble, sí, pero tiene una falla de fábrica. Se obsesiona con animales heridos, se distrae, se fuga, deja tirados los entrenamientos. Conmigo se perdió dos campeonatos porque se frenaba en plena práctica oyendo pendejadas a media milla. El dueño antes de mí la devolvió por lo mismo. No sirve para la alta competencia. Puro desperdicio de dinero.

Valentina masticó la rabia como si fuera un pedazo de carne dura. Recordó a los labradores, al gato siamés que ahora ronroneaba en el sofá de don Chepe, a la paloma torcaz que Elena había curado y liberado al atardecer. Recordó la lambida de agradecimiento del perro callejero que Morita olió en la cuneta de la carretera, cuando ya se lo tragaba la noche.

—Tiene usted razón en una cosa, señora —Valentina le sostuvo la mirada—. Morita sí tiene algo. Pero no está en la yegua.

—¿Ah, no? ¿Dónde está entonces?

—En usted. Y en los otros que la tuvieron antes. Ninguno supo leer lo que esta yegua trae de sobra. No es un defecto, es un don. Y los dones estorban cuando uno solo piensa en trofeos y en billetes.

Elena, que se había acercado, puso una mano en el hombro de su alumna. No dijo nada. Su gesto bastó.

Soraya abrió la boca para contestar, pero el altavoz anunció su categoría y el alazán salió trotando hacia la pista, dejando en el aire un perfume agrio de soberbia.

Volvieron a Los Ángeles ya de madrugada. El remolque de caballos traqueteaba sobre la Interestatal 5. Valentina iba medio dormida en el asiento del copiloto de la troca de Elena cuando sintió el primer golpe. Luego otro. Y otro más.

Elena frenó en el acotamiento y ambas corrieron a la puerta trasera del remolque. Al abrir, Morita casi las tumba: relinchaba a todo pulmón, golpeando el piso con el casco delantero. La lona del costado se movía con cada resoplido.

—Ya, ya… ¿qué pasó, linda? —Valentina le tomó la cabeza, pero la yegua giró el cuello hacia la oscuridad del desierto, hacia un punto ciego detrás de un arbusto de chamizo, a unos treinta metros de la carretera.

Valentina caminó hacia allá con el corazón en la garganta. Elena la siguió con una linterna. El haz de luz barrió la tierra cuarteada hasta toparse con un bulto negro, peludo, que respiraba con dificultad. Un pastor belga malherido, con una pata torcida y un collar sin placa.

Elena soltó un suspiro hondo.

—Por el amor de Dios, Morita… otra vez. No paras, ¿verdad, escuincla?

La yegua relinchó, esta vez bajito, casi contenta. Valentina se arrodilló junto al perro y le habló en voz baja, mientras Elena llamaba al número de emergencia veterinaria que ya tenía guardado como “Vet Morita” en sus contactos.

Pasaron la madrugada en la sala de espera de una clínica de Gorman. El pastor belga sobrevivió. Se llamaría Milagro, decidió Valentina, y se quedaría en el rancho como el quinto miembro no oficial de aquella manada que la yegua gris iba tejiendo a su antojo.

Amanecía. Valentina se apoyó contra el flanco tibio de Morita mientras el sol pintaba de naranja las estribaciones de Los Padres. Le rascó detrás de la oreja, justo donde le gustaba, y la yegua cerró los ojos, masticando aire.

—Qué defecto ni qué nada, ¿verdad, flaca?

Morita resopló. Un chorro de vaho tibio se elevó en el aire fresco. Su cola espantó tres moscas. Y siguió escuchando lo que nadie más oía.

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