El sobre que le mandé a mi hijo

Cincuenta y ocho mil cuatrocientos dólares. Esa era la cifra exacta que Carlos no sabía que yo tenía. La había ido juntando de a poquito desde que murió mi esposo, como hormiga. Pero no me adelante.

Todo empezó una noche de octubre. Yo estaba en la cocina de la casa que fue mía por veintisiete años, y escuché a Carlos hablar por teléfono en el pasillo. No quise oír, pero las paredes de esa casa eran delgadas y la voz de mi hijo subió de tono.

—No te preocupes, mi amor. Ya las dejé en el refugio de la calle San Antonio. La casa está a mi nombre, los papeles listos. Esas dos ya no me quitan nada.

Se me cayó la taza de café. El ruido lo hizo callar. Entró a la cocina y me vio pálida.

—¿Mamá, qué haces despierta? —dijo, como si yo fuera una visita.

Esa noche no dormí. Al día siguiente, Carlos nos llevó a mí y a Luciana al refugio en su troca Ford F-150, la misma que le compré con mi dinero cuando creí que las cosas iban a ser distintas. Dijo que era temporal, que necesitaba arreglar unos papeles. Yo ya sabía la verdad.

Luciana, mi nuera, llevaba tres meses enferma. Una enfermedad de la piel que le comía los brazos y la espalda. Los doctores del seguro popular le recetaron cremas, pero no alcanzaban. Carlos no quiso pagar un especialista. Y cuando vio que su mujer ya no era la de antes, buscó otra cosa. Encontró a una muchacha de veinticinco años que atiende un bar en la avenida Juárez. Después, nos echó a las dos.

En el refugio nos dieron una litera. Yo dormía abajo, Luciana arriba. Pero ella no podía subir: se le pelaba la piel y le dolía al rozar con la cobija áspera. Así que las primeras noches nos sentábamos en la misma cama, una contra la otra, como dos perros callejeros que se juntan para no morir de frío. Esa comparación me dolía, pero era la pura verdad.

Luciana no hablaba mucho. Se rascaba los brazos hasta sacarse sangre. Yo le ponía la pomada que daban en la enfermería del refugio, le cortaba las uñas, le lavaba la ropa. No era suficiente, pero no la dejaba sola ni un minuto. Ella me decía:

—Doña Irma, usted no tiene por qué quedarse aquí conmigo. Yo ya no sirvo para nada.

Y yo le contestaba:

—Mire, mija, mientras yo respire, usted y yo vamos juntas a todos lados. Usted no me dejó nunca, ni cuando mi esposo se puso malo. Ahora me toca a mí.

El refugio olía a desinfectante y a sopa de verduras. Las literas estaban numeradas: la nuestra era la 14 y la 15. En la pared había un calendario de una iglesia bautista con un dibujo de Jesús cargando una oveja. Yo lo veía todas las mañanas y pensaba: Dios me va a perdonar, pero a ese muchacho mío le va a cobrar caro. Una mosca zumbaba en la lámpara del pasillo, día y noche, como si no encontrara salida.

Una tarde, mientras esperábamos turno para la ducha, oí a una trabajadora social decirle a otra:

—La señora de la litera 14 tiene una cuenta en el banco que no le ha dicho al hijo. Me lo contó la vecina de enfrente, la que vino a traerle una caja de galletas. Parece que son como cincuenta mil dólares.

Se me paró el corazón. Esa vecina era doña Carmen, la única que me visitó en el refugio. Me había visto sacar la libreta del banco cuando fui a pagar una receta. Y ella, sin querer, me delató. Pero también me salvó.

Esa misma noche, después de que Luciana se durmió con la cabeza apoyada en mi hombro, me levanté sin hacer ruido y fui a la oficina del refugio. Pedí un teléfono prestado. Llamé al banco.

—Sí, señora, su cuenta está activa. El beneficiario actual es su hijo Carlos.

Colgué. El beneficiario. Mi hijo había puesto su nombre en todos lados. Por eso me llevó al refugio: para que yo no pudiera ir al banco y cambiar las cosas. Pero no contaba con que yo no necesitaba ir en persona. Podía llamar. Y podía pedir una cita con el notario.

A la mañana siguiente, fui al centro. Caminé seis cuadras hasta la oficina del notario público, un tal licenciado Ramírez, que tenía un local entre una lavandería y un negocio de envíos de dinero. Le expliqué todo. Le mostré mi identificación, la licencia de conducir vencida y la libreta del banco.

—Señora, ¿qué quiere hacer con ese dinero? —me preguntó.

—Quiero dárselo a mi nuera, Luciana. Toda la cantidad.

El notario me vio por encima de los lentes. No dijo nada. Solo sacó un formulario y empezó a escribir.

Esa tarde volví al refugio con un sobre de papel manila. Dentro, la escritura de donación, firmada y con el sello. Cincuenta y ocho mil cuatrocientos dólares a nombre de Luciana del Carmen Paredes.

Luciana estaba sentada en la cama, mirando la pared. Cuando me vio, levantó los ojos.

—¿Qué pasó, doña Irma? ¿Por qué viene tan seria?

Le puse el sobre en las manos.

—Rásguelo —le dije.

Ella lo rompió con cuidado y sacó la hoja. La leyó. La boca se le quedó entreabierta, pero no salió ninguna palabra. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No llore, mija —le dije—. Ese dinero era para que usted se curara y para que alquilemos un cuarto donde nadie nos mande.

Ella me abrazó con una fuerza que no le conocía.

—Pero su hijo…

—Ese señor ya no existe para mí. Ni para usted. Le mandé una copia por correo certificado. Que la reciba y que sepa.

Dos días después, alguien entró de sopetón en el refugio. Era Carlos. Venía despeinado, con la camisa salida. La trabajadora social trató de detenerlo, pero él gritó:

—¡Mamá! ¡¿Qué hiciste?! ¡Ese dinero es mío! ¡La casa también! ¡No puedes regalar todo a esa loca!

Me puse de pie. Luciana se quedó detrás de mí, agarrándome del brazo.

—Hijo —dije, con una calma que ni yo reconocía—, el dinero era mío. La casa, tal vez la perdí. Pero esto no te lo llevas. Vete.

Él dio un paso hacia mí. La trabajadora social se interpuso.

—Señor, si no se calma, llamamos a la policía.

Carlos se detuvo. No le contesté. Bajé los ojos a sus zapatos. Estaban sucios, como si hubiera corrido.

—Te vas a arrepentir —dijo.

—No —respondí—. Ya me arrepentí de haberte parido. Ahora vete.

Se quedó un momento en la entrada. Luego se fue, y el portazo sonó como el cierre de una tumba.

Esa noche, Luciana y yo nos sentamos en la cama 14. Ella ya no se rascaba. Miraba el sobre de papel manila que guardaba bajo la almohada.

—Doña Irma, ¿y si su hijo vuelve?

—Que venga. Ya no tiene nada que reclamar. Y si quiere pelear, que pague a un abogado. Yo no tengo nada más que perder.

Me levanté, fui a la ventana y miré la calle. Un auto pasó con la música a todo volumen. Una muchacha reía en la acera. La vida seguía.

Volví junto a Luciana. Le puse la mano en la rodilla.

—Mañana llamo a la trabajadora social para que nos ayude a buscar un cuarto. Con ese dinero alcanza para el depósito y tres meses de renta. Después, Dios dirá.

Ella no dijo nada. Solo apretó el sobre contra el estómago, como si aquello fuera lo único que la sostenía.

Nos quedamos así, hombro con hombro, mirando el calendario de Jesús con la oveja.

El sobre seguía bajo la almohada. La llave de mi casa, la que Carlos me quitó, ya no me importaba. Esa llave abría una puerta que no era mía. Pero la puerta del refugio sí se abrió para nosotras. Y nadie nos iba a sacar.

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