Toqué el timbre de aquel apartamento en Hialeah con el pulso martillándome en las sienes. El pasillo olía a frijoles recalentados y a cloro que alguien había derramado en el rellano. Un gato anaranjado se restregó contra mi tobillo y maulló, como preguntándome qué hacía yo ahí después de dos años. Buena pregunta.
La puerta se entreabrió apenas unos centímetros, y entonces apareció Valeria. Su cara era la misma pero más afilada, con ojeras que antes no tenía. Me miró como si yo fuera una rata subiendo por el vertedero.
—¿Qué haces aquí, Carmen?
Ese tuteo me dolió más que cualquier insulto. Antes me decía «señora Carmen», aunque fuera con la boca chiquita.
—Vine a hablar —dije, y mi propia voz me sonó a anciana rogando—. Es sobre la niña. Sobre Camila. Me dijeron que necesita ayuda…
Valeria apoyó un hombro en el marco. Detrás de ella vi un trozo de cocina, una trona con restos de puré naranja, dos globos desinflados pegados a la nevera. Eso era el mundo de mi nieta, y yo estaba afuera.
—¿Te dijo Luisa, la vieja metiche del primer piso? —soltó Valeria con una risa seca—. La misma que te contó que Alejandro andaba con la otra cuando yo tenía cinco meses de embarazo.
Sentí que me clavaba las palabras una por una.
—Me dijo que vieron a la bebé en Urgencias Pediátricas del Jackson Memorial. Que tenía algo en el corazón.
—Y ahí saliste corriendo como la abuela del año, ¿no?
Su desprecio no necesitaba gritos. Le salía por los ojos mientras jugueteaba con la cadenita de la puerta. Yo apreté el bolso contra el costado. Adentro llevaba el cheque de veinte mil dólares que había sacado ese mismo mediodía de la cuenta de ahorros. También llevaba una foto vieja de Alejandro con tres años, sentado en un triciclo, que no pensaba mostrarle a nadie.
—Valeria —intenté con tono conciliador—, la bebé es sangre de mi sangre. Soy su abuela.
—Abuela —repitió ella saboreando la palabra—. La misma abuela que le dijo a todo el barrio que yo «me quedé preñada a propósito para amarrar a su hijo». Me acuerdo textual. Lo anunciaste en la fiesta de cumpleaños de la tía Marta, mientras yo sostenía el sobre con la ecografía.
Quise explicarle que yo estaba alterada aquel día, que Alejandro nos había tomado a todos por sorpresa, pero cerré la boca a tiempo. En aquel entonces yo creía estar defendiendo al niño, a mi único varón. Ahora sé que solamente le di cuerda a su cobardía.
—La gente cambia —murmuré—. Alejandro también quiere verla.
Valeria soltó una carcajada sin alegría.
—¿Cuál de los dos Alejandros? ¿El que me puso las maletas en el pasillo un martes de enero, con cinco grados afuera? ¿O el que ahora le cambia los pañales a los dos críos ajenos que la nueva esposa trajo de su primer matrimonio?
No supe qué contestar. Las noticias vuelan en el vecindario cubano como el olor a café por las ventanas del edificio. Yo misma se lo había contado a mi comadre, orgullosa de que mi hijo se hubiera conseguido «un buen partido». Qué ironía.
—Mira —dijo Valeria bajando la voz—, ni siquiera tienes derecho a preguntar. En el acta de nacimiento de Camila no aparece el nombre de tu hijo. Ni como padre, ni como nada. Yo soy Valeria Suárez, madre soltera. Y punto.
Sentí el piso correrse bajo mis pies.
—¿Lo borraste? ¿Le quitaste la patria potestad?
—Se la quitó él solo. Cuando firmó los papeles del divorcio sin leer una sola línea, con tal de no esperar ni un minuto para irse con la otra. Y cuando no llamó ni una vez para saber si el parto fue normal, si fue niño o niña, si yo seguía viva.
—Estaba ocupado…
—Estaba ocupado con los mocos y las mochilas de los hijos que le regaló su «verdadero amor». —Valeria alzó la barbilla—. Y sabes qué, Carmen: casi lo compadezco. Casi. Pero no tanto como para dejarlo entrar a mi vida.
Respiró hondo, como quien va a rematar. Sus dedos jugaban con un dinosaurio de plástico que alguien había olvidado en el pasillo.
—Y ahora dime —continuó ella—, ¿viniste por la niña o por la culpa que te quema?
En ese instante saqué el cheque. Lo extendí como si fuera un salvoconducto.
—Es para los gastos médicos. Si la nena está enferma, yo puedo ayudar. Veinte mil dólares. No es un préstamo, es un regalo.
Valeria tomó el papel y lo examinó con una calma que me desorientó. Después me devolvió la mirada, esa mirada que no pienso describir porque juré no usar esa palabra. Sus pestañas temblaron, y entonces rasgó el cheque por la mitad. Y por la mitad otra vez.
—Camila está perfectamente sana. La llevé a urgencias por una fiebre, nada más. Luisa no aguanta las ganas de enredar. Así que tu dinero y tu culpa, Carmen, guárdatelas en la cartera.
Los pedazos de papel cayeron sobre las baldosas del pasillo como copos de nieve en enero, como aquel día que me negué a recordar. La puerta se cerró despacio, del todo, con un clic metálico.
Me quedé inmóvil y oí, del otro lado, un gorjeo infantil —una risa de dos años que no sé cómo había sonado nunca y que sonó a mi hijo antes de saber hablar—. Después, la voz de Valeria cantando una canción de cuna que yo misma le enseñé a Alejandro.
Nadie contestó cuando llamé de nuevo.
Bajé los tres pisos y empujé la puerta de la calle. El gato se había tumbado bajo la escalera, indiferente. Me senté en el Honda, apoyé las manos sobre el volante y me quedé un rato observando la ventana del tercero. El dinosaurio de plástico seguía tirado en el pasillo, iluminado por la luz del fluorescente. Lo miré desde el coche, sin saber por qué no podía despegar los ojos de aquel juguete.
Saqué del bolso la foto de Alejandro en triciclo. Le volví a ver los cachetes redondos, la rodilla raspada. La iba a romper, pero la guardé en la guantera antes de poner el motor en marcha.