El timbre sonó a las diez y media de la mañana, justo cuando terminaba de preparar el café con leche que tanto le gusta a mi hija. En el fregadero todavía humeaba la olla de avena y, por la ventana entreabierta, entraba el olor a tierra mojada del patio. La pequeña Ale seguía descalza, pegada al televisor, cantando la canción de la ranita con su vocecita de cuatro años.
Me sequé las manos en el pantalón y fui a abrir. No esperaba a nadie. La supervisora del condado pasaba los jueves, no los martes. Y mi hermano Carlos siempre avisaba por mensaje antes de caerse por aquí.
Abrí.
En el umbral, tiesa como un palo de escoba, estaba doña Celia. La madre de Alejandro. La misma que dos años atrás se había quedado con los brazos cruzados mientras su hijo metía en bolsas negras mi ropa de embarazada y me decía que me largara. La misma que me señaló la puerta un diciembre helado y declaró frente a las vecinas que su niño por fin había conocido a “una mujer como debe ser” y que yo solo era “un estorbo camino a la maternidad”.
—Lorena, niña —dijo, y la voz le salió como un grillo desafinado—. ¿Me dejas pasar? Tenemos que hablar.
No me moví. El marco de la puerta me quedaba justo a la altura del hombro.
—Si quiere agua, se la alcanzo aquí —respondí sin abrir más.
Ella estiró el cuello, tratando de espiar el pasillo detrás de mí. El pasillo donde colgaba la mochila de la nena y donde, justo en ese momento, la ranita de la tele cantó dos veces.
—Es sobre la niña. Sobre su futuro. Y sobre un dinerito que necesitamos. Al fin y al cabo, soy su abuela, ¿o no te acuerdas de eso?
Sentí una arcada seca. La misma mujer que no mandó ni un pañal. La misma que me colgó el teléfono cuando la llamé desde la sala de partos, porque Alejandro “estaba ocupado” con los mellizos de la nueva. La misma que, según supe después, le dijo a su comadre del mercado que yo seguro me había metido con cualquiera y el hijo “ni era suyo”.
—Doña Celia, usted cruzó la ciudad para esto. ¿Qué pasó? ¿Se le acabó la pensión o fue que Alejandro por fin se dio cuenta de que criar hijos ajenos no es lo mismo que cambiar un foco?
Los dedos de la señora se crispáron sobre el bolso de cuero falso. Fue un gesto pequeño, pero yo lo vi. Vi también cómo el labio inferior le temblaba un milímetro. En otra época ese temblor me habría dado lástima.
—¡Cómo te atreves a hablar así de mi hijo!
—¿De cuál de los dos? ¿Del que dejó a su esposa embarazada por una divorciada con dos criaturas, o del que ahora limpia mocos ajenos mientras la nueva le dice que no está para más partos?
Doña Celia se puso pálida. No del susto de oír la verdad, sino del espanto de que yo la supiera. Las noticias vuelan en los pasillos del mercado y en el grupo de mamás del pediatra. Una no necesita espiar. Simplemente escucha.
—Lorena, yo he venido a reconciliarme. A arreglar las cosas. A ver a mi nieta, que también es sangre de mi sangre —intentó modular la voz, pero el grito le afloró solo—. ¡Siempre fuiste rencorosa!
—¿Rencorosa? —me reí sin abrir la boca—. No, doña Celia. Lo que pasa es que no soy amnésica.
Me apoyé en el marco. La madera estaba fría. De la cocina llegaba el aroma del café que ya se enfriaba.
—¿Se acuerda de lo que me gritó aquella tarde? “Te embarazaste a propósito para amarrarlo”. Lo dijo mientras yo ponía la ecografía sobre la mesa del comedor, la de su casa, la que usted limpiaba con vinagre todos los sábados. ¿Se acuerda también de lo que me contestó cuando le pregunté si me ayudaba con el coche para la revisión médica? Dijo que no iba a gastar un centavo en un estorbo.
—Es que… yo estaba alterada.
—Estaba encantada. Por fin tenía excusa para echarme. Usted nunca soportó que Alejandro se casara con la chica que trabajaba en el call center en vez de la hija de la dueña de la lavandería. Yo para usted siempre fui la muchacha de la facha.
El reloj de pared de la sala cantó el cuarto de hora. Los pasos menudos de Ale se escucharon acercándose, pero se detuvieron antes de doblar la esquina del pasillo. Seguro sintió que mamá hablaba con alguien y prefirió esperar. Buena niña.
Doña Celia apretó el bolso contra el pecho.
—Alejandro quiere ver a su hija.
—¿Cuál hija, doña Celia? En el certificado de nacimiento, el renglón del padre está en blanco. Mi hija se llama Alejandra Ramírez Núñez, con mis dos apellidos bien puestos. Para el condado y para la ley, yo soy madre soltera. Alejandro no figura en ninguna parte. Ni siquiera en el espacio de la paternidad voluntaria. ¿Sabe por qué? Porque él mismo firmó la renuncia de derechos el día del divorcio, sin siquiera leer la letra chica, con tal de que el trámite saliera rápido.
La señora abrió la boca. La cerró. Los ojos le hicieron un recorrido nervioso del pasillo a la calle, de la calle a mis manos. Buscaba algo a qué agarrarse y solo encontraba aire.
—Lorena, pasaron dos años. La gente cambia.
—Yo no.
Eso la dejó sin palabras unos segundos. Al fondo, el televisor anunciaba la hora del almuerzo y Ale coreaba la canción del ratón. Doña Celia lo oyó y volvió a estirar el cuello. Esta vez dio un pasito al frente.
—Es mi nieta. Mi sangre. No puedes negarme verla. Y lo del dinero… Alejandro necesita terminar de pagar la camioneta y el negocio de la lavandería no está dando. Tú tienes tu subsidio, tu apartamentito. ¿Qué te cuesta ayudar?
La miré a los ojos. No con rabia, sino con la tranquilidad de quien ya no debe nada.
—¿Ayudar? Cuando Alejandro se fue, usted me dijo que no había cupo para mí en su casa. Que si me quedaba en la calle era problema mío. Yo tenía veintisiete semanas de embarazo y la presión me subía a cada rato. Me fui a dormir tres noches al sofá de una compañera del trabajo, mientras ustedes cambiaban la cerradura del apartamento que yo también pagaba. ¿Ayudar?
—¡Eso fue antes! ¡Ahora tienes el depósito y los cheques del programa! ¡Y mi hijo está con el agua al cuello!
—Su hijo eligió su agua. Yo no le pedí que se fuera con la otra. No le pedí que dejara de preguntar por la nena. No le pedí que en dos años no hiciera ni una llamada, ni mandara un sobre con un dólar. Cuando Ale nació pesando cinco libras y estuvo diez días en la UCIN, yo no recibí una sola visita de ustedes. Ahora resulta que hay nieta. Como si fuera un juguete que se puede guardar en un cajón y sacarlo cuando conviene.
Doña Celia dio otro paso. Yo levanté la palma de la mano y se la puse a la altura del hombro, sin tocarla, pero con la intención clara.
—Usted no entra.
—¡Soy su abuela! ¡Déjame verla!
—¿Quiere verla?
Levanté la voz apenas un hilo:
—Ale, mi vida, ven acá.
La nena apareció en el pasillo, con su vestidito rosa y una media caída. Se quedó a medio camino, con la desconfianza típica de los niños que no conocen a alguien. Desde el umbral, doña Celia soltó el bolso y alargó las manos.
—¡Ay, mamita, ven con tu abuela!
Ale no se movió. Me miró a mí, como preguntando si esa señora tenía permiso para entrar. Negué despacio con la cabeza y ella lo entendió. Se dio media vuelta y volvió al sofá.
—Ahí la vio. Ya la conoce —dije.
Doña Celia se llevó la mano al pecho, pero no en un gesto de dolor verdadero. Era más bien la representación de un dolor que ella creía merecer.
—No puedes hacerme esto. No puedes negarle una familia a la niña.
—La niña tiene familia. Tiene a su mamá, a su tío Carlos que la lleva al parque los domingos, a la señora Rosa del apartamento ocho que le hornea galletas. Tiene hasta una bisabuela postiza que la adora y que no es mi sangre, pero aparece cada cumpleaños. Familia no es el apellido, doña Celia. Es quien se sienta contigo cuando tienes fiebre y te lee el cuento de la ranita.
La señora soltó un sollozo. O un simulacro. No importa. Ya había usado todos los argumentos y se le notaba el vacío en la mirada.
—Dile a Alejandro —agregué— que el precio de mi tranquilidad ya lo pagó cuando firmó esos papeles. Y que la cuota de la camioneta no es asunto mío. Tampoco la lavandería. Mi hija y yo no existimos para sacarlo de aprietos. Existimos a pesar de él.
La dejé allí, con la boca entreabierta y el bolso colgándole de una mano. Sin esperar respuesta, empujé la puerta con suavidad. El pestillo hizo clic. El sol de la mañana entraba por la ventana del pasillo y dibujaba en el suelo un rectángulo amarillo.
Al otro lado de la madera, escuché sus pasos arrastrarse por el corredor. Luego el portazo del ascensor. Ale llegó corriendo y me abrazó las piernas.
—¿Quién era, mami?
—Nadie, corazón.
Volví a la cocina y serví el café. Estaba tibio ya, pero me lo tomé igual, frente a la ventana que da al estacionamiento. Afuera, la vieja camioneta roja de doña Celia arrancó con un golpe seco en el escape. La vi alejarse despacio, doblando hacia la avenida principal. No sé por qué, pero me acordé del olor a vinagre de aquel comedor, de la ecografía tirada sobre el mantel de hule y de la sensación de no ser nadie.
Ahora, en mi cocina, con las patitas de mi hija colgándome del cuello, esa sensación no existe.