Amigo

Se sentó en la banca de cemento que daba a los columpios vacíos, con la espalda pegada al respaldo oxidado, y soltó el llanto que llevaba tragándose desde la salida de la escuela. Las lágrimas le corrían tibias entre los lentes y las mejillas coloradas, y a cada gota que caía sobre la mochila abierta se odiaba un poco más. Los libros de texto estaban tirados en el pasto raquítico del parque San Jacinto. El de Ciencias Naturales se había doblado entero, el atlas de geografía tenía una mancha de refresco de uva y la hoja de la tarea semanal —con su calcomanía dorada de “Excelente”— parecía un recibo arrugado después de un aguacero. Nerd. Gordinflón. Tetos. Los apodos le pegaban más fuerte que los codazos en el pasillo de la secundaria Milby, y aunque trataba de no hacerles caso, el estómago se le encogía igualito todas las tardes. Lucas odiaba el recreo, odiaba el olor a sudor y lonchera recalentada, y odiaba no saber devolver los golpes. Sabía que si pudiera ponerle un puñetazo en la nariz al Bryan, todo cambiaría, pero su cuerpo no le obedecía: los brazos le pesaban, las piernas se le doblaban y la voz le salía apenas un hilito.

Los tres de siempre —Bryan, Kevin y el chaparro del Alex— le habían vaciado la mochila frente al pasamanos y después se habían ido a comprar Takis a la esquina, muertos de risa, como si nada. Lucas se quedó solo, juntando los cuadernos con manos temblorosas, sintiendo cómo el coraje y la tristeza le formaban un nudo caliente en la garganta. Pensó en no levantarse. Pensó en quedarse ahí tirado hasta que se hiciera de noche y mamá mandara a la policía. Pero luego recordó el iPhone que le había costado tres veranos juntar latas y cortar zacate, el iPhone que llevaba en la bolsa de la sudadera, y se incorporó de golpe.

—¡Guau! ¡Guau!

El ladrido salió de atrás de los botes de basura, un sonido profundo de perro grande, pero ronco y cansado. Lucas se limpió las lágrimas con la manga del suéter de los Astros y vio un hocico negro con manchas cafés asomarse entre las ramas del arbusto. Una perra flaquísima, con las costillas marcadas y una oreja desgarrada, caminó hacia él con el rabo hecho un garabato nervioso. Llevaba un collar de nailon sucio y una placa triangular amarilla que tintineaba con cada paso. Lucas se quedó congelado hasta que la perra lamió la portada del atlas de geografía y luego le empujó la mano con el hocico húmedo.

—¿Y tú de dónde saliste, eh? —la voz le salió todavía mojada de llanto, pero algo en el pecho se le aflojó.

La perra soltó un gañido corto, como diciendo “¿Y a ti qué te importa?”, y se sentó a medio metro, inclinando la cabeza hacia un lado. Lucas estiró la mano y ella apoyó la quijada en su palma abierta, con los ojos color ámbar clavados en él como si lo estuviera calibrando. Así se quedaron un rato, sin moverse, bajo el sol de octubre que calentaba apenas. Luego la perra se levantó, agarró el cuaderno de matemáticas con cuidado —con esa bocota que parecía hecha para destrozar cosas, y sin embargo lo sostenía como si fuera un pétalo— y se lo acercó.

—¿Quieres ayudarme? —Lucas no pudo evitar soltar una risa aguada.

Juntaron los libros entre los dos. Él los metía en la mochila y ella le traía el que faltaba, moviendo la cola de un lado a otro con un entusiasmo que Lucas no había sentido en meses. Cuando todo quedó guardado, la perra se le pegó al costado izquierdo y caminó a su lado, paso a paso, hasta la puerta del conjunto de departamentos donde vivía. Lucas se sentó en el escalón de la entrada, sacó media pechuga de pavo del almuerzo que no se había comido y se la dio en pedacitos. La perra masticó lento, sin quitarle los ojos de encima.

Así empezó. Al día siguiente, cuando Lucas llegó al parque, la perra ya estaba esperándolo echada junto al pasamanos. Al día siguiente también. Y al otro. En una semana, Bryan y su grupito dejaron de acercarse. No porque la perra gruñera o enseñara los dientes —nunca lo hizo— sino porque bastaba que se levantara y caminara hacia ellos, sin prisa, con sus sesenta libras de puro hueso y músculo de calle, para que los chavos recordaran que tenían prisa para llegar a sus casas. El parque se volvió suyo. La perra lo acompañaba hasta la reja de la secundaria cada mañana y lo estaba esperando a la salida, echada en la sombra del roble seco del estacionamiento. La mochila de Lucas ya no volvió a terminar regada.

En casa, las cosas fueron distintas. Mamá —Gladis— trabajaba diez horas diarias en el HEB de la Gulf Freeway y llegaba a casa con los pies hinchados y cero paciencia para mascotas. Papá —Don Julio— llevaba años prometiendo un perro pero “cuando nos mudemos a una casa con patio”. Lucas cometió el error de mencionarlo una noche, mientras lavaban los platos. Dijo “hay una perra…” y no pudo terminar. Gladis le recordó que el departamento era de dos cuartos, que la alfombra era nueva y que no estaban para mantener a otro miembro de la familia. Julio soltó un “cuando tengamos casa” y le pasó la esponja. Lucas se guardó todo lo demás. No contó lo del pavo que sacaba del refri a escondidas, ni las croquetas genéricas que compró con los siete dólares que le daban para el lonche y metió en una bolsa ziploc dentro de su mochila. No dijo que ya podía dormir sin soñar con libros rotos.

Pero Gladis lo notó. Una madre siempre nota. Vio que el niño ya no llegaba con la mirada pegada al suelo, que los pantalones le empezaban a quedar flojos de tanto caminar por el parque, y que el olor a perro húmedo entraba por la puerta los sábados en la mañana como un perfume raro. Una tarde llegó temprano, se estacionó frente al parque sin que Lucas la viera, y ahí los encontró: su hijo colgado del pasamanos, con la cara roja de esfuerzo, intentando subir la barbilla por encima de la barra mientras la perra ladraba como porrista loca corriendo alrededor. Gladis se quedó quieta, agarrada del volante de la camioneta, hasta que los ojos le picaron lo suficiente. Agendó una cita con Julio para esa noche. La conversación duró tres cervezas y terminó con un “si es de la calle, no entra a la casa, Gladis”.

El accidente pasó un jueves, después de la clase de álgebra. Lucas salió con la mochila colgando de un tirante y lanzó la pelota de tenis vieja que ya siempre traía en la mano. La perra saltó como un resorte, atrapó la pelota en el aire y cayó con las cuatro patas sobre el asfalto, justo a tiempo para que Lucas viera el destello negro de una RAM 1500 que se pasó el alto de la calle Navigation. El golpe no fue contra el niño —porque la perra giró en el aire y le pegó con el costado, empujándolo hacia el pasto— sino contra ella. El chillido fue agudo, corto, y la camioneta frenó con un chirrido de llantas que rebotó contra la fachada de la lavandería.

—¡No, no, no, amiga, amiga! —Lucas se arrastró hasta ella, que yacía de lado con el flanco café manchándose de rojo y la respiración entrecortada.

El conductor, un señor como de cincuenta años con gorra de los Texans, bajó temblando. Se llamaba Rogelio y no paraba de repetir “no la vi, te juro que no la vi, pensé que te había pegado a ti”. Lucas ni lo escuchaba. Intentó levantar a la perra con los brazos flacos que tenía, pero el peso muerto lo venció. Rogelio se agachó y, entre los dos, la subieron con cuidado a la cabina trasera de la camioneta. Lucas se sentó a su lado, con la cabeza de la perra sobre sus piernas y las manos apretándole el costado con lo que quedaba de su sudadera. La clínica veterinaria Gulfgate quedaba a siete minutos, pero el trayecto le pareció el más largo del mundo.

Gladis y Julio llegaron una hora después, con los ojos desorbitados. Gladis entró por la puerta de urgencias hablando a gritos con el gerente, Julio revisaba a Lucas con las manos torpes de papá que no sabe dónde apretar para confirmar que su hijo sigue entero. Encontraron a Lucas sentado en la sala de espera, frente a la ventana que daba al quirófano, con Rogelio a su lado ofreciendo pagar la cuenta y el niño negando con la cabeza. Sobre la mesa de acero inoxidable, entre luces blancas y batas azules, los veterinarios trabajaban sobre una perra negra con manchas cafés y una placa amarilla en la oreja.

—Mamá, tengo que pagar —dijo Lucas en cuanto la vio, mostrándole el teléfono en una mano y la billetera en la otra, con diecisiete dólares arrugados que pensaba usar para una casita de madera—. Y si no alcanza, vendo el Xbox. Y la bici. Y no voy a la olimpiada de matemáticas si no alcanza, pero el premio son cien dólares, así que sí voy a ir. Y luego le compro la casita. Porque ya casi hace frío. Y…

—Cállate, mijo, cállate un ratito —Gladis lo abrazó de una forma que le impidió seguir hablando, mientras Julio se pasaba la mano por la nuca como pidiendo permiso al techo.

Gladis miró a Julio. Julio miró la placa amarilla de la oreja y el rabo que todavía se movía despacito sobre la mesa de operaciones, como un limpiaparabrisas a media marcha. Luego miró a Gladis. Y asintió.

—Quítesela —dijo Julio cuando la veterinaria salió con el reporte: fractura de dos costillas, contusión pulmonar, pero estable—. La placa esa. No es de nadie ya.

—Se llama Amiga —agregó Lucas, con la voz enronquecida— o sea, yo le digo Amiga. Bueno, todavía no sé, pero siempre que llego le digo “hola, amiga” y mueve la cola, así que…

—Amiga está bien —Gladis le apretó los hombros y lo soltó para recibir en la palma de la mano la placa triangular amarilla que la asistente acababa de entregarle.

Esa noche, Amiga durmió en un sillón viejo que Julio arrastró hasta la sala del departamento. Lucas se quedó en el suelo, junto a ella, con una cobija de Tigres de la UANL heredada de algún tío, y cada vez que Amiga soltaba un quejido, él le acariciaba la cabeza y le decía que ya, que tranquila, que nadie le iba a hacer nada. Gladis los miró desde la puerta de la cocina, secándose las manos con el trapo, y sintió un alivio raro, de esos que no se dicen en voz alta.

La recuperación tomó tres semanas. Amiga aprendió a caminar sobre tres patas para no cargar el lado lastimado, y Lucas inventó un collar nuevo con una plaquita de hueso grabado que compró en la tienda de mascotas del barrio. Ya no había placas amarillas ni números de refugio. Ya no dormía en los arbustos del parque ni bebía agua de los charcos. Una mañana de noviembre, los cuatro desayunaron juntos: Gladis con su café de olla, Julio con el pan dulce que sobró de la noche anterior, Lucas con los tenis puestos para salir temprano al parque, y Amiga con un tazón de croquetas que ya tenía su nombre escrito con plumón permanente en la base. Lucas se echó la mochila al hombro y, antes de abrir la puerta, se agachó para ajustarle el collar nuevo. Amiga le lamió la mano, movió la cola en redondo y salió disparada escaleras abajo, esperando a su niño para llevarlo, otra vez, hasta la reja de la secundaria.

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