El olor a tierra mojada todavía flotaba entre los pasillos del Cementerio de la Misión. Eran las diez y media de la mañana de un jueves nublado, y Marta aparcó su Honda Civic junto a la entrada de la calle Comal, con el ramo de rosas blancas en el asiento del copiloto. Cinco años. Cinco años subiendo cada jueves la misma cuesta, esquivando las mismas lápidas de mármol barato y las ofrendas de veladoras con la Virgen de Guadalupe, para llegar a la parcela 214, donde una lápida gris decía: *Alejandro Vargas, 1983–2018. Siempre en mi corazón.*
Marta tenía treinta y cinco años, el pelo negro recogido en una cola baja y un vestido azul marino que se había comprado precisamente para el funeral. Se arrodilló, dejó las rosas junto a otras ya secas y pasó los dedos por las letras grabadas. No lloró. Hacía dos años que ya no podía llorar. Solo se quedaba allí, con la mandíbula apretada, repitiendo mentalmente la misma pregunta que nunca tendría respuesta: ¿por qué carajo te subiste a esa moto esa noche?
Un ruido de pasos pequeños la sacó del trance. Giró la cabeza. Una niña de unos siete años, con un vestido lila y unas trenzas desiguales, caminaba hacia ella con una fotografía en la mano. Calzaba sandalias de plástico rosa y traía la carita sucia de chocolate. Marta la miró sin entender. No era habitual ver niños solos en ese cementerio, y menos un jueves.
—Señora… ¿usted es Marta? —preguntó la niña con una vocecita tímida, mostrando la foto.
Marta asintió, desconcertada. La pequeña estiró el brazo. Al tomar la fotografía, Marta sintió un vuelco en el estómago. Era una imagen desteñida por el sol, de bordes doblados. Se veía a una pareja muy joven en la playa de Corpus Christi, abrazados frente a un atardecer anaranjado. Él era Alejandro, con el pelo más largo y esa camisa hawaiana tan ridícula que solo se ponía cuando se emborrachaba. Y la mujer era ella, Marta, veinticinco años, con un bikini azul y la sonrisa más radiante de su vida. La misma foto que Alejandro llevaba en la cartera el día que la policía encontró la moto destrozada en la interestatal 35.
—¿De dónde sacaste esto? —Marta apretó el papel con tanta fuerza que se le clavó una esquina en la palma.
—Es de mi papá —dijo la niña, como si fuera lo más natural del mundo—. Se le cayó ayer cuando estábamos cenando. Y detrás dice “Marta, mi vida”. Por eso pregunté.
A Marta se le secó la garganta. Miró a la niña y luego la tumba. Los dedos le empezaron a temblar. “Papá”. Aquella chiquilla estaba hablando de Alejandro. El mismo Alejandro que según el certificado de defunción había muerto carbonizado tras chocar contra un tráiler. El mismo al que ella había llorado durante cinco años sin falta.
—¿Cómo te llamas? —logró articular.
—Isabela. Pero me dicen Isa. Tengo siete años y medio. Cumplo ocho en diciembre. ¿Usted sabía que mi papá antes vivía en San Antonio? Ahora vivimos en una casa amarilla con una reja blanca, cerca del mercado de la calle Zarzamora.
Marta sintió que el suelo se abría. Volvió a mirar la imagen y luego escrutó el rostro de la niña. Los ojos. Tenía exactamente los mismos ojos color miel de Alejandro, la misma forma de arquear la ceja izquierda al hablar. Un parecido imposible de ignorar.
—Isa… ¿dónde está tu papá ahora?
—En casa. Está vivo. Mi mamá murió cuando yo era bebé, pero él siempre me ha cuidado. Y siempre habla de una mujer de una foto. Anoche lloró mucho y dijo que se había equivocado. Que algún día me contaría. Pero yo encontré la foto en el suelo y cuando lo oí dormir, agarré el autobús porque la dirección del cementerio estaba en un papelito en la mesa. Quería conocer a la mujer de la foto. ¿Usted es la esposa de mi papá?
Marta se llevó una mano a la boca. Apenas podía respirar. Cinco años de duelo, de terapias, de pastillas para dormir, de apartar la ropa de Alejandro del armario pieza por pieza sin poder tirarla. Y ahora, en la voz de una niña de trenzas chuecas, la verdad caía como un balde de agua helada.
—Sí —susurró—. Era su esposa. Pero me dijeron que había muerto. ¿Él… él sabe que viniste?
—No. No le avisé. Pero si quiere, la llevo. Mi papá se va a poner muy contento. Él siempre dice que la extraña mucho, pero que tiene miedo de que usted lo odie.
Marta se puso de pie con las piernas entumecidas. Agarró a la niña de la mano, las rosas blancas quedaron tiradas sobre la lápida falsa, y ambas caminaron hacia la salida. La pequeña Isa parloteaba sobre su gato Pancho y sobre cómo su papá cocinaba los mejores frijoles charros del barrio. Marta solo apretaba los dientes, intentando contener la mezcla de rabia, alivio y terror que le subía por el pecho como lava.
Metieron a Isa en el asiento trasero del Honda, en un elevador que la niña señaló sin que nadie le preguntara. Condujo por la interestatal 10 oeste, siguiendo las indicaciones que la pequeña le daba con sorprendente precisión. “Doble a la derecha en la gasolinera Valero”, “ahora todo recto hasta el parque de los columpios azules”. En veinte minutos llegaron a una casa modesta, pintada de un amarillo ya deslavado, con una camioneta Ford F-150 estacionada en la entrada y una bicicleta tirada en el jardín.
Marta apagó el motor. Se quedó mirando la puerta de madera, con una corona de flores secas colgando. El corazón le retumbaba en los oídos. Vio cómo Isa corría hacia la entrada y gritaba: “¡Papá, papá, encontré a la señora de la foto! ¡Está aquí!”.
Y entonces la puerta se abrió.
Alejandro salió con una toalla en el hombro, una camiseta gris y el mismo andar cansado de siempre. Se quedó paralizado al ver el Honda. Marta bajó del auto sin soltar la fotografía. Él dio un paso adelante y luego retrocedió. Tenía el pelo más canoso, una cicatriz nueva en el mentón y una expresión que mezclaba la vergüenza, el miedo y una esperanza desgarradora.
—Marta… No puede ser.
—Cinco años, Alejandro. Cinco putos años llorándote, y estás vivo.
Isa miraba a ambos sin entender, pero fue Alejandro quien habló primero. Se arrodilló frente a su hija, le pidió que entrara a la casa a buscar los lápices de colores, que papá necesitaba hablar un momento con la señora. La niña obedeció, no sin antes lanzarle una mirada curiosa a Marta.
En el porche, con el zumbido del ventilador del techo, Alejandro lo soltó todo de golpe. La noche del accidente no fue un accidente. Trabajaba como contable para una empresa fachada de un cártel, había visto demasiado. Un agente federal le ofreció entrar en protección de testigos con una identidad nueva. Pero la condición era no contactar a nadie del pasado. Ni a su esposa. El montaje de la moto y el tráiler fue planeado al detalle. Le juraron que Marta estaría a salvo solo si él desaparecía para siempre. “Pensé que era lo mejor, que olvidarías, que reharías tu vida. Pero no podía dejar de amarte. Cuando nació Isa, de una relación de una noche ya estando escondido, su madre falleció en el parto y me quedé solo con ella. Le hablaba de ti todas las noches. Le enseñaba la foto. Soñaba con volver, pero tenía miedo de que el cártel aún me buscara.”
Marta se quedó en silencio, apretando la barandilla hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Luego, con la voz cortada pero firme, dijo:
—¿Y quién te dio el derecho de decidir por mí? ¿Quién te dijo que era mejor esto que tenerte a mi lado, aunque fuera con miedo? Yo me habría ido contigo. Me habría escondido cien veces. Pero tú me condenaste a un infierno de mentiras.
Él bajó la cabeza y asintió. No había excusa. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, pero Marta no se movió para consolarlo.
En ese momento, Isa volvió a salir con un dibujo en la mano. Mostró un sol, una casa y tres figuras: una alta de azul, una mediana con pantalón y una pequeña con trenzas. “Esta es mi nueva familia”, anunció. “La dibujé ayer antes de encontrarte.”
Marta sintió como si el pecho se le partiera en dos. Agarró el dibujo, miró a Alejandro, luego a la niña. Podía irse. Podía denunciarlo, gritarle, desaparecer y retomar las visitas al cementerio los jueves. Pero algo en los ojos de Isa, y en la foto arrugada que todavía sostenía, le dijo que aquella niña no tenía culpa de nada, y que el hombre que tenía enfrente, por cobarde que fuera, seguía siendo el amor de su vida.
—Voy a necesitar tiempo —murmuró—. Mucho tiempo. Pero no voy a desaparecer.
Se quedó quince minutos más, sentada en los escalones del porche, con Isa enseñándole a Pancho el gato y Alejandro preparando café en la cocina con las manos temblorosas. Luego Marta se levantó, se despidió con un beso en la frente de la niña y un apretón frío de manos para Alejandro. No hubo abrazos. No aquel día.
Volvió al cementerio tres horas después, con el sol a punto de esconderse. Recogió las rosas blancas tiradas, las colocó de nuevo en la tumba y acarició la lápida por última vez.
—Ahora ya sé que me mentiste —dijo en voz alta, sin rabia—. Pero resulta que estás vivo. Y tienes una hija. Y yo tengo que aprender a vivir con eso.
Al volver a casa, tomó la foto de la playa, la recortó un poco para sacar una copia y la puso en la nevera con un imán de la Torre de las Américas. Abajo, en un rincón, pegó con cinta adhesiva el dibujo que Isa le había regalado. Tres figuras.
Eran las once y veinte de la noche cuando sonó el teléfono. Un número desconocido. Atendió sin prisa.
—¿Marta? Soy yo. Solo quería preguntarte… ¿cómo te fue hoy?
Era la voz de Alejandro, ronca y quebrada. Marta soltó una risa corta, esa clase de risa que aparece cuando el dolor y el alivio se pelean en la garganta.
—Me fue de la chingada. Pero mañana vuelvo.
Y por primera vez en cinco años, al escuchar el silencio expectante al otro lado de la línea, sintió que el futuro existía.