El taxi me dejó en la calle Quintero, en Albuquerque, frente al edificio de tres pisos donde vivo desde que me casé hace cuarenta y un años. Eran las dos de la tarde y el sol de agosto calentaba la banqueta como un comal. Cargaba una maleta con ruedas y el sobre con los papeles del centro de rehabilitación. Me habían operado la cadera y esas tres semanas en Palm Springs me devolvieron la movilidad, pero no me prepararon para el golpe que me esperaba al abrir la puerta del 2B.
Metí la llave en la cerradura y el metal no giró. La ranura estaba lisa, nuevecita, de esas que brillan cuando las acaban de instalar. Mi llave, con la cabeza gastada de meterla y sacarla por décadas, ya no servía. Toqué el timbre dos veces, pero no había nadie.
Marqué al celular de Ricky, mi hijo. “Ma, ¿ya llegaste? Qué onda, pensé que venías mañana. Vanessa te lleva la copia ahorita, estamos a cinco minutos”. Colgó como quien presta un cargador, sin entender que una cerradura nueva en una casa vieja no es cualquier cosa.
Me senté en la escalera, con la maleta entre las rodillas. Olía a cloro del pasillo recién trapeado, ese mismo olor que me acompañó cuarenta años en el hospital donde fui partera. Vanessa llegó con Sofía, mi nieta de seis años, corriendo delante. Mi nuera traía una sonrisa de domingo, de esas que sólo sacan cuando hay visitas, y una llave nueva con un llavero de Minnie Mouse.
—Suegra, cambiamos la cerradura porque la otra se atoraba. Espéreme aquí un momentito, déjeme entrar primero.
Se metió al departamento como quien esconde algo. La oí caminar rápido por el pasillo, moviendo cosas. Luego encendió la luz y me dijo: “Pásele, suegra”.
El apartamento apestaba a pintura fresca y a un ambientador eléctrico con olor a pino falso. Todo parecía normal hasta que abrí la puerta de mi recámara.
La cama no era mi cama. Un mueble de madera clara con una colcha de flores lilas que jamás había visto. La pared donde colgaba la foto de José con su trofeo de pesca en el lago Elephant Butte estaba vacía, recién pintada de un gris triste. El escritorio de roble de José ya no estaba. Tampoco el armario con el espejo donde él guardaba sus tres camisas de trabajo y la caja con las cartas de su hermano Sergio en México.
—¿Qué le parece? ¡Sorpresa! —dijo Vanessa aplaudiendo, como si me hubiera ganado un premio—. Ricky dijo que le dolía la espalda con ese colchón viejo y que la recámara estaba muy oscura. Se la renovamos, mire: cama ortopédica, pintura nueva, cortinas. Todo para que esté a gusto.
Yo no miraba las cortinas. Miraba el piso, en la esquina donde durante treinta años estuvo el escritorio. Allí quedaba un rectángulo de duela más oscura, el fantasma de las patas del mueble.
—¿Y el escritorio de José? —pregunté, con la voz más baja de lo que quería—. ¿El armario?
Vanessa volteó hacia la cocina, buscando una respuesta en el fregadero.
—Ricky se encargó. Dijo que ya se caía a pedazos. Lo llevó al depósito de chatarra.
Chatarra. El escritorio donde José se sentaba cada noche a pagar cuentas, a escribir los números de sus pacientes —porque él era quiropráctico, pero en el barrio le decían “doctor José”—. Allí guardaba las cartas que me escribió cuando anduvo de contratista en las plataformas del Golfo, en los noventas. Ricky era un bebé y yo trabajaba doble turno en el hospital. Las cartas venían manchadas de aceite y café, con la fecha en la esquina y siempre la misma frase: “Cuídate, mi flaca, aquí hace un infierno pero pienso en ti y me refresco”.
—Vanessa, ¿dónde están las cartas?
—Ay, no sé. Yo pensé que eran recibos viejos, papeles. Las tiré a la basura con los periódicos. ¿Eran importantes? Uy, lo siento.
No era un “lo siento”. Era un “no quiero más problemas”. Me dejé caer en la cama nueva, que rechinó como un animal extraño. Mi vieja cama tenía un hundimiento de mi lado y otro del lado de José. Dormía en el mío aunque él ya no estuviera. Esta cama era plana, fría, sin memoria.
Esa noche no dormí. Repasé las palabras que Vanessa soltó al pasar: “Ricky dijo que la recámara está muy grande para una persona sola. Que Sofía podría usarla para hacer la tarea cuando entre a la primaria. Que usted de todos modos se la pasa en la cocina y la sala”. No era una sorpresa; era un plan. Primero la cama, después el escritorio. Luego me preguntarían si la niña podía dormir allí los martes y jueves, después más días, y cuando menos lo esperara la cama ortopédica sería de Sofía y yo terminaría en un rincón o en un asilo. Lo había visto demasiadas veces entre mis pacientes.
Fui al depósito de basura de la calle Montecito, pero ya se habían llevado todo. El escritorio, el armario, las cartas. Ni una astilla de mi vida con José quedó en ese lugar.
Pasé la mañana en la sala sin hablar, hasta que recordé algo. José siempre tuvo la costumbre de escribirle a su hermano Sergio al DF. Seguro que en esas cartas estaba su voz. Pero Sergio había muerto de un infarto años atrás. ¿Y su esposa, la tía Lucha? ¿Viviría todavía en la misma casa de Iztapalapa?
Busqué en mi vieja agenda de teléfonos y hallé el número. Contestó una mujer mayor.
—¿Doña Lucha? Soy Carmen, la viuda de José. ¿Se acuerda de mí?
Un grito de alegría, luego un llanto suave.
—Carmencita, claro que me acuerdo. ¿Pasó algo, mija?
Le conté todo, con la voz quebrada. Le pregunté por las cartas de José a Sergio.
—Mira, yo guardé todas las cartas de tu esposo en una caja, aquí en el clóset. Si quieres te las mando por foto. Mi nieto me enseñó a usar el WhatsApp.
Dos días después me llegaron ciento treinta imágenes. Cartas con la letra chueca de José, algunas en hojas de cuaderno, otras en servilletas. Me senté en la cocina y las empecé a leer, una por una, mientras hervía un café de olla como a él le gustaba.
Una, fechada en septiembre del 94, decía: “Hermano, Carmen no se queja nunca. Ayer salió de guardia a las seis de la mañana y a las ocho ya estaba haciendo tortillas para el lonche de Ricky. La vi con los ojos rojos y le dije: flaca, acuéstate. Y ella me dijo: no puedo, este niño come como limador. Me reí tanto que se me olvidó el cansancio. Si vuelvo a nacer, la vuelvo a escoger a ella”.
Esa noche dormí abrazando el teléfono, con la carta abierta en la pantalla.
El domingo siguiente Ricky vino con Sofía. Vanessa se quedó en su casa, con la excusa de limpiar clósets. Yo sabía que le daba vergüenza. Senté a mi hijo en la silla de siempre y le hablé sin gritos, porque una mujer que ha traído al mundo a más de dos mil niños no necesita gritar para que le hagan caso.
—Te voy a decir tres cosas, hijo. La primera: nadie entra a esta casa cuando yo no estoy, a menos que se esté quemando. La segunda: aquí no se cambia un clavo sin preguntarme. Si la cortina está chueca, así se queda. Es mi cortina y mi chueca. La tercera: Sofía puede venir cuando quiera, pero dormir aquí lo decido yo. No Vanessa. ¿Quedó claro?
Ricky bajó la cabeza. Se mordió el labio, como cuando era niño y lo cachaba en una mentira.
—Ma, discúlpame. No lo pensamos. De veras.
No dijo “pero”. Sólo se disculpó. Algo habré hecho bien en la vida.
La cama nueva se quedó, porque la vieja ya estaba vencida y la horma ortopédica me ayuda con la cadera. Pero el espacio donde estuvo el escritorio sigue marcado en el suelo. Apenas se nota ya, pero yo sé exactamente dónde. Ahí pongo una silla y leo las cartas de José cada tarde, antes de que oscurezca.
A veces llega Sofía y se sienta a mi lado. Me pregunta por el abuelo y le muestro las fotos del teléfono. Vanessa todavía no cruza la puerta. Un día de estos la invitaré. Una no sobrevive cuarenta años en un hospital público sin aprender el arte de esperar.
Tengo sesenta y cuatro años, dos caderas nuevas y un teléfono lleno de cartas que huelen a café aunque no tengan olor. Con eso me basta.