Trabajo en la funeraria Rivas en la calle Novena del barrio, aquí en Reading, Pensilvania, desde hace once años. Preparo los papeles, acompaño a las familias, sirvo café en vasitos de unicel mientras esperan. Uno cree que se acostumbra a ver gente llorar. No es cierto. Lo que sí aprende uno es a quedarse callado en el momento justo.
A la señora Consuelo la conocí un martes de enero, con ese frío que cala hasta los huesos aunque traiga uno chamarra doble. Venía a arreglar los últimos detalles del funeral de su mamá, doña Herminia, que había fallecido esa madrugada en el Reading Hospital después de una batalla larga con el corazón. Consuelo tenía como cuarenta y cinco años, maestra de primaria en una escuela del distrito, blusa azul marino, los ojos hinchados pero la voz firme, de esas personas que se ponen a hacer listas para no derrumbarse.
Le tocó elegir el ataúd, firmar el contrato, decidir si el rosario sería el jueves o el viernes. Novecientos ochenta dólares el paquete básico, más el espacio en el cementerio Gethsemane, que está por la Route 12. Ella pagó con una tarjeta de débito que le temblaba en la mano cuando se la entregó al señor Rivas. Yo estaba detrás del mostrador acomodando unas velas y no pude evitar escuchar.
—¿Puedo verla otra vez antes de que la lleven? —preguntó.
Se la llevamos a la sala dos, donde ya la habíamos preparado. Consuelo se quedó parada en la puerta un buen rato, como si necesitara permiso para entrar en su propio dolor. Yo tenía que llevar unas flores a esa misma sala, un arreglo de gladiolas blancas que había llegado tarde, así que entré detrás de ella sin hacer ruido.
Se sentó junto al ataúd y le tomó la mano a su madre. No dijo nada al principio. Después empezó a hablar bajito, casi como quien reza. Le contaba que su hijo mayor, Manuel, ya casi terminaba la carrera en Kutztown University, que la nieta menor había aprendido a montar bicicleta ese verano en el parque, que en la escuela le habían dado el aula de al lado, la que da al patio, la que doña Herminia siempre decía que era la mejor porque le entraba el sol de la mañana.
Yo dejé las flores en el jarrón de la esquina y me quedé un momento acomodando el listón, aunque ya estaba bien acomodado. No por curiosidad. Por respeto, para no dejarla sola de golpe con el silencio que viene después de que uno termina de hablar.
Entonces la escuché decir algo que se me quedó grabado, porque lo dijo sin llorar, con una calma que dolía más que el llanto:
—Nadie me va a volver a preguntar si ya comí, Mami. Nadie me va a decir que baje la guardia un rato.
Se quedó viendo las manos de su madre, esas manos que según supe después habían trabajado quince años limpiando casas en Wyomissing para sacar adelante a Consuelo y a sus dos hermanos, mientras el esposo de doña Herminia se había ido cuando los niños eran chiquitos y nunca volvió. Consuelo tocó los dedos de su mamá uno por uno, como contando algo que solo ella entendía.
—Tú siempre supiste cuando algo andaba mal aunque yo no dijera nada —siguió—. Yo llegaba a la casa con la sonrisa puesta y tú ya sabías. Me hacías un caldo de pollo sin que te lo pidiera. Eso ya no lo va a hacer nadie.
Afuera, en la sala principal, se escuchaba el ruido de siempre: la máquina de café goteando, alguien contestando el teléfono, un carro pasando por la calle mojada. Adentro, en esa sala dos, el mundo se había puesto en pausa nada más para ella.
El velorio fue el jueves. Vino bastante gente: compañeras maestras, vecinas de la cuadra donde había vivido doña Herminia por treinta y dos años, la señora de la tienda de la esquina que le fiaba cuando hacía falta. Manuel llegó con su gorra de graduación todavía sin usar, porque la ceremonia era en mayo y él quería que su abuela lo viera con ella puesta, aunque fuera así, en el ataúd. Se la puso en las manos un momento y después se la guardó en la bolsa del saco.
El entierro fue el viernes por la mañana, bajo una llovizna que no paraba. El padre Ortiz, de la parroquia Santa Catalina, dio unas palabras cortas porque el frío no perdonaba a nadie. Consuelo se quedó al final, cuando ya todos habían empezado a caminar hacia los carros, con un paraguas que no abrió aunque le estaba cayendo el agua encima. Yo había ido a levantar unas sillas plegables que habíamos llevado para los que no aguantaban parados, y la vi ahí, sola, frente a la tumba todavía sin la lápida.
No me acerqué. No era mi lugar. Pero alcancé a escuchar lo último que dijo antes de darse la vuelta:
—Voy a estar bien, Mami. Pero ojalá pudiera oírte decirlo tú.
Pasaron como cuatro meses. Yo ya casi ni me acordaba del caso, porque en la funeraria uno ve pasar tanta gente que los nombres se van mezclando. Pero un sábado de mayo, Consuelo volvió a la funeraria, esta vez sin luto, con un vestido color hueso y cargando un sobre grande de manila.
Venía a recoger una copia extra del certificado de defunción que había pedido, porque el banco First Keystone le estaba pidiendo el documento para cerrar de una vez la cuenta de ahorros de su mamá. Ochocientos treinta y dos dólares con cuarenta centavos, todo lo que doña Herminia había logrado juntar en años de limpiar casas ajenas, guardando de a poquito en esa cuenta que abrió cuando Consuelo tenía diez años.
Me tocó atenderla en el mostrador. Le entregué el sobre con la copia certificada, y ella lo puso sobre la carpeta que ya traía, una carpeta azul con el logo del banco, donde también llevaba la partida de defunción original y una hoja del cementerio con el número de lote grabado.
—¿Ya arregló todo con el banco? —le pregunté, más que nada por decir algo.
—Hoy mismo voy para allá —contestó, y se le vio en la cara algo distinto a lo del enero pasado. No era alegría, pero tampoco era el peso de antes—. Manuel se gradúa en dos semanas. Con eso le voy a pagar lo que falta de la matrícula del último semestre. Mi mamá llevaba años diciendo que ese dinero era para eso, para que él terminara.
Cerró la carpeta, la metió en su bolso y se despidió con un gesto de cabeza. La vi salir por la puerta de vidrio, cruzar la calle Novena bajo un sol que por fin calentaba después de un invierno largo, con esa carpeta azul apretada contra el pecho, camino al banco, camino a terminar lo que su madre había empezado con cada casa que limpió, con cada dólar que guardó, con cada tarde que se quedó sin nada para que a sus hijos no les faltara nunca.