Trabajo en una notaría en Laredo desde hace doce años. He visto pleitos por casas, por carros, por perros, por un reloj que ya no anda. Pero lo de Carmen Salazar fue distinto.
Carmen murió en marzo. Ochenta y seis años. Vivía sola en una casa de adobe en las afueras, cerca del río. La gente del barrio la llamaba "la señora de las cartas" porque siempre estaba escribiendo en sobres que luego guardaba en una caja de galletas de lata.
El testamento se leyó una semana después del funeral. Yo estaba en la recepción cuando llegaron los tres sobrinos. Ramiro, el mayor, dueño de una refaccionaria en San Bernardo. Verónica, que trabajaba en la oficina del condado y traía consigo una bolsa de plástico con papeles. Y Mateo, el más joven, electricista, con la ropa manchada de grasa.
Don Arturo, el notario, los pasó a la sala de juntas. Yo serví café. El aire acondicionado hacía un ruido de matraca. Afuera, el termómetro marcaba ciento tres grados.
Desde mi escritorio podía oír las voces a través de la pared delgada. Don Arturo leyó el testamento. Carmen dejaba la casa y el terreno al pariente que encontrara a su nieta Luz y la llevara a la casa. Si nadie lo hacía en un año, la casa pasaría a la ciudad para un centro comunitario.
Ramiro golpeó la mesa. Lo oí clarito.
—¿Qué clase de locura es esta? —gritó—. ¡Nosotros somos su familia! ¿Y ahora resulta que la casa se la lleva el que encuentre a una muchacha que ni conocemos?
—Ayudábamos cuando podíamos —dijo Verónica, con voz bajita.
—¿Ayudar? —Ramiro se rio—. Tú ni pisabas la casa.
—Cálmense —dijo don Arturo—. La voluntad de la señora Carmen es clara.
Ramiro salió dando un portazo. Oí su troca arrancar con un chirrido de llantas.
Verónica se quedó un rato más. Me pidió otro café. Le temblaban las manos. Mateo no dijo nada. Solo se quedó sentado, con los codos sobre la mesa.
En las semanas siguientes, los vi a los tres pasar por la notaría.
Ramiro vino una tarde con un tipo de traje barato. Un detective privado, me dijo. Lo vi entregarle un sobre de manila. El detective se fue en su camioneta vieja, sin decir más. Ramiro se quedó en el estacionamiento, hablando por teléfono. Lo oí decir algo de "la casa vale unos ciento ochenta mil, no la voy a dejar ir".
Verónica vino a dejar un documento. Una renuncia formal a su reclamo. La miré firmar la hoja. Tenía los dedos manchados de tinta. Le ofrecí un vaso de agua. Lo puso sobre el escritorio y no lo tocó. Se fue después de media hora, sin decir adiós.
Mateo fue el más raro. Llegó una mañana con una caja de galletas vieja, de las de lata, de las que ya no se venden. Me pidió si podía hacer copias de unas cartas. La caja estaba llena de sobres amarillentos. La letra era temblorosa, de persona mayor.
—¿De quién son? —le pregunté mientras las fotocopiaba.
—De mi tía Carmen —dijo—. Las escribió durante veinte años. Nunca las envió.
—Veinte años —repetí, dándole las copias.
—Veinte años —repitió él, y se las guardó en la mochila.
No pregunté más.
Un mes y medio después, don Arturo me pidió preparar la sala para una reunión. Los tres sobrinos vendrían. Y una cuarta persona.
—¿Quién es? —pregunté.
—Luz Salazar —dijo—. La nieta.
La vi llegar esa tarde. Una muchacha bajita, de pelo corto, con una camiseta de H.E.B. donde trabajaba de cajera. Mateo iba con ella. Ramiro llegó en su troca, con el detective detrás. Verónica vino sola, con la misma bolsa de plástico.
Don Arturo abrió la carpeta y leyó en voz alta: la casa y el terreno le pertenecían a Mateo Salazar. Él era el único que había cumplido la condición del testamento: había encontrado a Luz y la había llevado a la casa.
—¿Cómo que Mateo? —Ramiro se levantó de golpe—. ¡Yo la encontré primero! ¡Le ofrecí dinero!
—Y ella lo rechazó —dijo don Arturo—. Su oferta no cumplía la voluntad de la señora Carmen.
—¿Y yo? —preguntó Verónica.
—Usted renunció formalmente. Su carta está en el expediente.
Verónica bajó la barbilla despacio.
Mateo se quedó callado. Entonces Luz habló.
—¿Puedo decir algo? —preguntó.
Don Arturo le dio permiso con un gesto.
—Hace veinte años no conocí a mi abuela —dijo Luz—. Ahora, gracias a Mateo, tengo sus cartas. Tengo la casa donde vivió. Tengo el jardín con las buganvilias. Y tengo una familia.
Se volvió hacia Verónica.
—Tú tienes dos hijos y viven apretados. Yo no tengo nada, solo un cuarto rentado. Pero ahora Mateo es el dueño. Y quiero pedirle algo.
Se volvió hacia Mateo.
—Deja que Verónica y su familia vivan en la casa grande. Nosotros nos quedamos en el cuarto trasero. Si tú quieres.
Mateo la miró un momento. Luego se rio bajito.
—Claro que quiero.
Ramiro soltó una maldición. Tiró la silla al suelo y salió. Oí la puerta del estacionamiento azotarse.
Don Arturo me hizo una seña. Preparé el acuerdo: Verónica Salazar y su familia podrían vivir en la casa principal durante diez años, pagando un dólar al año. Mateo lo firmó. Luego tomó las llaves de la casa y se las dio a Luz. Luz se las pasó a Verónica.
Verónica las apretó en la mano, como si se le fueran a escapar.
—No sé qué decir —dijo.
—No digas nada —contestó Luz—. Solo ve a recoger a tus hijos.
Esa noche me quedé tarde en la notaría. Guardé el acuerdo en la carpeta de Carmen Salazar. Le puse una nota encima: "Caso cerrado".
Afuera, el perro callejero que duerme bajo la banca de metal estaba echado, con la lengua de fuera. Le dejé la mitad de mi concha de la panadería de al lado.
Cerré el negocio a las ocho. Fui a buscar a mi hija a casa de mi mamá. Ya me estaba llamando que la niña no se dormía sin su cuento.
Mientras manejaba por San Bernardo, vi la troca de Ramiro estacionada frente a la refaccionaria. Estaba adentro, con la luz prendida, hablando por teléfono. No me detuve.