La muy terca se empeña en regalarme una cada vez que voy a visitarla. Yo ya le he dicho que no, que mi apartamento en Albuquerque da al norte, que la luz es poca, que a mí lo único que no se me muere es el cactus de plástico que compré en el Dollar Tree hace como siete años.
Ella se ríe y me pone la maceta en las manos.
—M'hijo —dice, con ese acento que no se le ha quitado ni con los nietos nacidos aquí—. Esta no se muere ni regada con Coca-Cola.
Y es verdad. La tal señorita Bonnie, como la llama ella, con esas hojas todas rizadas que parecen que acabó de quitarse los tubos del pelo, sobrevive en mi cocina aguantando lo que sea. La riego cuando me acuerdo. A veces le cae el vapor del arroz. Una vez se me cayó detrás del microondas y ahí se quedó como tres semanas, hasta que la encontré buscando el recibo del gas. Estaba más viva que yo.
Al fin comprendí por qué mi mamá no se cansa: cada mata es una embajadora. Va sembrando extensiones de su casa en la de sus hijos. Tiene setenta y tres años y desde el año pasado carga una pastillera de siete días con un compartimento nuevo para el corazón. Nunca lo dice así, pero uno cuenta los cumpleaños de otro modo cuando empieza a pasar eso.
El año pasado vino a quedarse unos días porque le tocaba cita con el cardiólogo. Llegó en el Greyhound desde El Paso, bien derechita, con su bolsa de mano y una caja de tamales congelados. En la misma bolsa traía una bolsita de Ziploc con un hijuelo envuelto en papel de cocina.
—Toma —me lo puso en la mesa—. Es hija de la mía.
Me la quedé mirando. La planta era un hilito verde, no más de cuatro hojas, con una raíz blancuzca que asomaba por el papel mojado.
—No tengo maceta.
—Yo te traje —y sacó una maceta de plástico color terracota, de las que venden en el Walmart a dólar y pico, con agujeros abajo.
La sembró ella misma en la encimera, con la tierra que también trajo en un tupper. Le arrimaba el café y ella apretaba la tierra con los nudillos, como quien amasa, aunque esa mañana le temblaba un poco la mano al apuntar dónde iba la raíz, y tuvo que sostenerse del borde de la maceta para acomodarla.
—Esta es de las rayadas en el centro —explicó—. Le dicen Vittatum. Se ve bonita en canasta colgante. Para que te acuerdes de mí cuando yo no ande por aquí molestándote con esto.
Lo dijo como quien comenta el clima, sin levantar la vista de la tierra, y siguió apretando alrededor del tallo como si esas palabras no hubieran pesado nada.
Le dije que conmigo no iba a durar.
Mejor no le hubiera dicho.
Esa tarde me dio una clase completa, así, sin pizarrón, parada junto al fregadero. Que si es de hoja rayada no le pongas sol de lleno, que la hoja se quema. Que la variedad Variegatum es al revés, la raya va por el borde, y que la gente las confunde, pero que se fijen, no es lo mismo. Que si la punta se pone cafecita, no es para tirarla, es por el cloro del agua; que se deja reposar el agua una noche o se usa de la lluvia, si es que llueve por estos rumbos. Que el agua estancada en el plato es lo que las pudre, y que a la señorita esa la riegues cuando la tierra esté seca hasta el primer nudillo.
Yo la escuchaba con una ceja levantada. Hasta que me agarró la mano y me hundió el dedo índice en la tierra de una maceta vieja.
—Así se mide, mi'jo. No es adivinanza.
El día de la cita nos fuimos a las siete, porque en Albuquerque el tráfico es un desastre y las filas del centro médico son largas. Nos tocó esperar como hora y media. En la sala había una televisión con un noticiero local y una señora tejiendo sentada a mi lado. Mi mamá, tan campante, sacó de su bolso una revista del supermercado y se puso a leer con sus lentes de cadena. Yo me tomé dos cafés de una máquina que estaban horribles.
Cuando por fin la pasaron, la enfermera me dejó acompañarla. El doctor era un hombre joven, con un apellido difícil. Le revisó todo, le oyó el corazón con el estetoscopio frío, le movió el brazo para tomarle la presión otra vez del otro lado. No le dio pase directo a quirófano. Dijo palabras como "seguimiento" y "ajuste de medicamento" y "volvemos a vernos en tres meses", que en boca de un cardiólogo no son ni buenas ni malas, son nomás una fecha más para esperar sentados.
A la salida, ya en el carro, mi mamá se quedó viendo por la ventana, con la receta nueva doblada en cuatro dentro de la bolsa, sin decir nada. Pasamos por donde venden plantas y ella apuntó con el dedo, todavía sin voltear a verme.
—Allí venden las Ocean. Son más ordenaditas, no se hacen tan greñudas como las Bonnie.
Le dije que ya tenía dos de sus matas.
—Por eso —dijo ella.
Y no habló más en todo el camino. Yo manejaba y pensaba en la casa de ella, en El Paso, con el porche atascado de macetas colgantes donde los hijuelos se descuelgan como malandros, y pensaba cómo en un país cristiano cabe una casa entera de hijas de esas plantas.
Dos días después la subí al Greyhound de regreso. Me dio un abrazo fuerte y me dijo al oído que le hablara por FaceTime el domingo.
—Y riega las matas —me recordó—. Que no vayan a andar de mártires.
Volví a mi apartamento a la hora de la comida. Me serví un vaso de agua. Y vi las dos matas junto al fregadero.
La Bonnie seguía tan despeinada, echando hijuelos que apuntaban para todos lados. La Vittatum, con su raya pálida al centro, estaba quietecita en su maceta de dólar, y de repente entendí que no me había dejado una planta cualquiera: me había dejado la única de todas las que tiene que lleva su raya justo al centro, como diciendo acuérdate de mí por el medio, no por la orilla.
Agarré el teléfono y le puse alarma en la aplicación de notas: sábado, once de la mañana, revisar la tierra hasta el primer nudillo. Nomás por no aguantar otro regaño.
El sábado, a las once en punto, subí al banquito que acomodé junto a la ventana la noche anterior, y hundí el dedo en la tierra de la Vittatum hasta que sentí la humedad justo donde ella me enseñó a buscarla.