El día que Amalia vendió las gallinas en doscientos treinta dólares

Yo estaba en el pasillo de la casa de mi mamá en El Paso, doblando unas bolsas del súper para no tirarlas, cuando escuché su voz desde la cocina. No me estaba hablando a mí. Le hablaba a alguien por teléfono y lo decía con ese tono que usa cuando ya tomó una decisión y no piensa dar marcha atrás.

—Sí, m'hija, ya las vendí. Doscientos treinta dólares por las seis. El señor vino desde Horizon City con su camioneta y se las llevó en dos jaulas. La del gallo viejo me dio pena, pero también se fue.

Me quedé con la bolsa a medio doblar. Mi mamá tenía setenta y un años, vivía sola como dios le daba a entender en su casa de Canutillo, y de un día para otro andaba vendiendo el corral completo. Hacía tres semanas había empezado con los conejos. Después fue el refrigerador del garage. Ahora las gallinas.

Entré a la cocina. Ella estaba sirviendo café en dos tazas, una para mí, aunque no me había oído llegar. La mesa tenía un mantel de plástico con flores rosas y encima un folder con papeles. Un folder grueso, de esos con elástico.

—¿A quién le estabas diciendo eso? —le pregunté.

—A tu tía Lupe. Le conté que ya me voy de aquí.

—¿A dónde te vas, mamá?

—A tu casa, hija. Ya te lo había dicho.

Lo dijo así, sin levantar los ojos del café, como si me estuviera avisando que el martes tiene cita con el doctor.

Yo me senté. El ventilador del techo giraba y hacía un ruidito con cada vuelta, tic, tic, tic. En la ventana se veía el palo de limones del patio, cargado de fruta que nadie iba a recoger si ella se iba.

—Mamá, en mi apartamento no hay espacio. Son dos cuartos. El sofá, la mesa, la televisión. Los niños ya no viven conmigo, pero cuando vienen de San Antonio se quedan en el suelo.

—Pues yo duermo en el sofá.

—No puedes dormir en el sofá todos los días. Tienes tu casa, tu patio, tus plantas.

—Ya no quiero estar sola, Yaqui. Me levanto y no hay nadie. Me acuesto y no hay nadie. La casa se pone fría y yo no estoy para andar prendiendo la calefacción nomás para calentar paredes.

Esa última parte me dolió. Porque era verdad. En invierno en El Paso el frío es seco y entra por las rendijas, y mi mamá andaba de suéter desde octubre para no gastar luz.

Pero también era verdad que mi apartamento no daba para más. Dos cuartos, un baño, una cocina estrecha de esas donde si abres el horno no puedes abrir la puerta de atrás. Y mi esposo, Rafael, llevaba un año trabajando doble turno en una bodega por la Mesa, y llegaba tan cansado que a veces se dormía con los zapatos puestos en el sillón.

—Déjame pensarlo —le dije.

—No hay nada que pensar. Tú nomás dime cuándo voy.

Esa noche no dormí. Le di vueltas al asunto como si fuera un bulto de ropa mojada. En la mañana fui al trabajo, pero antes pasé a la casa de mi mamá. El corral ya estaba vacío. Las gallinas no estaban. El gallo viejo tampoco. El patio se veía distinto, como si hubiera pasado una brisa y se hubiera llevado hasta los piojos.

Mi mamá estaba en el porche, sentada en su silla de plástico blanca, tomando un té helado de esos que vende la señora de la esquina a tres dólares.

—¿Ya comiste? —me preguntó.

—No vine a comer. Vine a hablar.

—Pues habla.

—Mamá, yo no puedo meter a nadie más en ese apartamento. Y no es que no quiera. Es que no cabe. Eso sin contar que Rafael y yo tenemos dos opiniones distintas sobre esto.

—¿Qué opina Rafael?

—Que es un error. Que a ti no te gusta la ciudad. Que te vas a querer regresar a la semana.

—Tu marido no me conoce.

—Te conoce de veinte años, mamá.

Se quedó callada. Luego se levantó y entró a la casa. Pensé que se había enojado, de esas veces que se encierra en su cuarto y no sale hasta el día siguiente. Pero volvió con el folder de papeles.

—Mira —dijo, y lo abrió sobre la mesa del porche.

Eran facturas. La del agua, la de la luz, la del predial. Tres meses atrasados. Un recibo de plomería por trescientos diez dólares. Y una carta del banco con el saldo de su cuenta: cuatrocientos doce dólares.

—¿Desde cuándo estás así? —le pregunté.

—Desde que tu papá se fue. No alcanza. La casa se come todo. Y yo ya no tengo fuerzas para andar buscando limpia, ni para vender tamales, ni para cuidar niños ajenos.

Ahí fue donde me di cuenta de que yo no sabía nada de la vida de mi mamá. Yo la veía fuerte, necia, con su jardín y sus limones y su café. Pero no veía los recibos abiertos en la mesa. No veía las noches en que cenaba una tortilla con sal.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque no te iba a pedir rifa. Yo no soy de esa gente. A ver, me regalaron un pavo congelado en la iglesia y ni modo, ahí está en el congelador porque no sé cocinarlo sin que se seque.

Nos reímos. Fue una risa cortita, de esas que te salen para no llorar.

Esa misma semana le hablé a mi prima Lety, que trabaja en una oficina de asistencia para personas mayores por el centro. Me dijo que había programas, que mi mamá podía calificar para ayuda con la luz, con comida, con el pago de medicinas. Que no era casa de reposo, ni caridad, era ayuda del condado.

—Pero tu mamá tiene que ir a la oficina con sus papeles. Y no puede faltar a la cita. Y no puede decir que no necesita nada.

Ese fue el problema. Mi mamá fue y se sentó frente a la muchacha con su mejor blusa, y le dijo que ella estaba bien, que nomás andaba acompañando a su hija.

—Mamá, por favor —le dije en el carro—, ella te estaba preguntando a ti.

—A mí no me gusta pedir.

—No es pedir, es un programa.

—Es lo mismo con otro nombre.

Pasaron dos semanas. Mi mamá seguía vendiendo cosas. Un ropero. Una máquina de coser. Un juego de ollas que mi papá le regaló en su aniversario número cuarenta. Eso me quebró. Las ollas no valían mucho, pero yo me acordaba de mi papá entrando a la casa con la caja envuelta en papel estraza, y mi mamá abriéndola con cuidado para no romperlo.

Un sábado en la mañana fui a verla. Llevaba dos cafés y un pan dulce de la panadería de la Swan.

—Mamá, vengo con una propuesta.

—A ver.

—Tú no te vienes a mi apartamento. Pero yo no te dejo aquí sola. Vamos a arreglar tu casa, a ponerle buena calefacción, a pagar los recibos. Y viene una señora del programa a verte dos veces por semana. Y yo vengo todos los domingos, no nomás a barrer, vengo a comer contigo.

Me vio con los ojos entrecerrados, como cuando no sabe si le están tomando el pelo.

—Eso no va a funcionar —dijo.

—¿Por qué no?

—Porque no quiero que me tengan lástima.

—No es lástima. Es que no quiero que te mueras de frío en una casa con olla de mi papá vendida en Facebook.

Se quedó callada. Luego se levantó y fue a la cocina. La escuché mover el cajón de los cubiertos. Pensé que iba a sacar un cuchillo para partir el pan. Pero volvió con una libreta, de esas de cuadrícula, y un bolígrafo.

—Pues si me vas a conseguir programas, apunta. Porque yo luego se me olvida y me da pena preguntar dos veces.

Ese domingo nos sentamos en la mesa del porche. Yo con mi teléfono, llamando a Lety. Ella con su libreta, apuntando todo con su letra parejita. Eran las tres y media de la tarde, y hacía un calorcito bueno, de esos que calientan sin pegar.

—¿Y de las gallinas? —me preguntó mi mamá.

—¿Qué con las gallinas?

—Que si las puedo volver a comprar.

—Claro que puedes. Con el programa no tienes que vender nada.

—Pues quiero unas cinco. Y un gallo nuevo. El otro cantaba feo.

La semana siguiente fuimos juntas a la oficina del condado. Otra vez. Y esta vez mi mamá sí contestó todas las preguntas. Dijo su fecha de nacimiento. Dijo cuánto tenía en el banco: cuatrocientos doce dólares. Dijo que vivía sola. Dijo que su hija trabajaba en una lavandería y su yerno en una bodega.

Cuando salimos, se detuvo en la banqueta y se tapó la cara con las dos manos. No lloraba. Se estaba riendo.

—¿De qué te ríes?

—De que me van a arreglar la calefacción y no me lo voy a tener que robar de tu apartamento.

—Pues sí, mamá. Para eso eran los papeles.

Esa tarde regresamos a su casa y desempacamos las dos sillas plegables que yo llevaba en la cajuela. Nos sentamos en el patio, bajo el palo de limones. Mi mamá sacó un radio viejo y lo puso en la estación de música norteña.

—¿Y el lunes vas a ir a comprar las gallinas? —le pregunté.

—El lunes no, hija. El lunes me toca ir al banco a depositar los doscientos treinta dólares.

—¿Para qué?

—Para la parte del primer pago del agua. Ya no quiero deberle a nadie.

El radio soltó una canción vieja, de esas que mi papá silbaba mientras regaba el jardín. Mi mamá cerró los ojos. El sol le daba en la cara y por un rato no parecía una señora cansada, sino la mujer que se sabía de memoria el canto del gallo viejo y el olor de la tierra mojada.

Los papeles del programa quedaron firmados. La señora de asistencia vino el miércoles. Yo seguí yendo los domingos, no a barrer, sino a comerme los huevos con salsa que mi mamá hacía con chile del patio.

Y las gallinas volvieron. Cinco. Y un gallo nuevo que canta, según dice mi mamá, como si quisiera mandar en todo el condado.

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