— Oye, vecino, hace días que no veo a tu gato por el pasillo. ¿Cómo está? ¿Sano y salvo?
El vecino, al oír la pregunta sobre el gato, se animó de repente y esbozó una sonrisa amplia.
— Ah, se perdió hace unos días. ¡Y mejor así!
— ¿Cómo que mejor así? — Daniel se esforzó por mantener un tono de voz neutro, aunque por dentro estaba que ardía.
Las últimas dos semanas, Daniel había notado que sus vecinos del cuarto piso empezaron a echar al gato al pasillo con una frecuencia alarmante. Así, sin más. Lo agarraban del pescuezo y lo lanzaban afuera. A veces lo hacía el dueño. A veces la dueña. Y en una ocasión, el pobre animal salió volando y pasó rozándole la cara.
— ¡Tenga más cuidado! — le espetó Daniel a la vecina aquel día.
Pero ella ni siquiera se dignó a escucharlo. En vez de disculparse, la mujer le lanzó una mirada torva y cerró la puerta. Mejor dicho, la azotó con tal furia que los cristales del descansillo vibraron y muy probablemente aparecieron una o dos microgrietas en los cimientos del edificio.
Al principio, Daniel creyó, con cierta ingenuidad, que esos vecinos tan estrafalarios simplemente dejaban salir al gato a pasear o lo estaban acostumbrando a la calle. Pero pronto comprendió que era un castigo por cualquier travesura. Vamos, que si el gato hacía algo mal, directo al pasillo.
A ratos asustado, a ratos sumamente triste, el gato se pasaba horas sentado en el rellano, junto a la puerta forrada de polipiel marrón, esperando a que lo perdonaran y lo dejasen volver a entrar. Y sus dueños, desde luego, siempre lo perdonaban. Pero no enseguida. Y si al minino le daba por maullar o arañar la puerta, la dueña le atizaba sin miramientos con la escoba. Daniel lo vio con sus propios ojos.
Subía él por las escaleras —el ascensor llevaba seis meses averiado— y, al llegar al cuarto piso, se topó con el gato de siempre. Incluso iba a saludarlo, pero el animal no le prestó atención. Maullaba con fuerza y arañaba la puerta con las uñas, desesperado por volver a casa. Al ver que no le abrían, decidió dar la murga para que se acordaran de él. Dentro del apartamento se oyeron pasos, la puerta se abrió de golpe y la dueña, en bata descolorida, sin mediar palabra, le arreó un escobazo terrible al gato y volvió a cerrar al instante. Todo pasó tan rápido que Daniel no pudo ni abrir la boca. Y ganas no le faltaban. Quería avergonzar a esa mujer por tratar así a su mascota.
— Vaya golpe te han dado, amigo, ¿eh? — preguntó Daniel al acercarse al felino.
El gato lo miró con ojos tristes, pero en su mirada también había un destello de agradecimiento, porque al menos alguien le prestaba atención.
Echaban al gato por la menor falta. Una tarde, Daniel oyó a la vecina vociferar: «¡Ay, pero mira que eres malo! ¡Otra vez tiraste el florero! ¡Gonzalo, saca al gato ahora mismo, para que aprenda a no subirse a las mesas!». Al minuto, la puerta se entreabrió y apareció un brazo peludo que sujetaba al gato por el pescuezo. Los dedos se abrieron, el gato cayó al suelo del rellano y la puerta se cerró de inmediato. El animal se incorporó y se sentó de cara a la puerta, a esperar el perdón y el retorno al hogar. Daniel se limitó a menear la cabeza con desaprobación. No entendía aquellos métodos de educación.
Acarició al gato y siguió camino a casa. El gato se quedó allí, en el mismo sitio, con una expresión de tristeza cósmica en su hocico bigotudo. Daniel no era un hombre especialmente sentimental, pero aquella imagen se le clavó dentro como una astilla. «¿Cómo se puede tratar así a un ser vivo?», cavilaba.
Con el tiempo, al pasar por el cuarto piso, Daniel aminoraba el paso y el gato, al reconocerlo, empezaba a ronronear bajito, como un saludo tímido. A veces, Daniel se ponía en cuclillas, le rascaba detrás de la oreja y el gato, con los ojos cerrados, le ofrecía la cabeza y luego le rozaba la palma de la mano con la nariz húmeda. Era un animal cálido, vivo y muy confiado, y eso le producía a Daniel un nudo en el estómago. No entendía cómo un gato tan noble había ido a parar a dueños tan desalmados. ¿Para qué tendrían un animal si no querían a nadie más que a sí mismos? «Gente rara, de verdad».
Un día, al encontrarse de nuevo con el gato en el pasillo, Daniel tomó una decisión firme: si esos desgraciados volvían a echarlo, él iba a hacer algo. Basta ya de maltratar al pobre animal. No sabía exactamente qué haría, pero sentía que debía intervenir o aquello no terminaría nunca.
El día que la paciencia de Daniel se colmó fue un viernes en que volvió a casa especialmente furioso. En la oficina había discutido con unos compañeros; en el metro, la gente lo empujaba y le pisoteaba, y encima, desde la mañana caía una llovizna fina y desagradable. Su ánimo rozaba el cero absoluto.
Mientras subía las escaleras, desde el tercer piso oyó el lastimero «miaaau» de siempre. El gato montaba guardia junto a su puerta, pero no lo dejaban entrar. Y en el pasillo, por cierto, hacía un frío que pelaba. No estábamos en primavera, precisamente. Daniel se detuvo en el rellano y se quedó absorto mirando al gato, que al verlo empezó a ronronear y se le acercó.
Y entonces… ¡zas! De repente, todos los problemas del día le parecieron una nimiedad. El gato sí que tenía problemas. ¡Y enormes! Lo trataban como a un objeto. Como a un juguete. ¿Qué podía haber peor? Daniel pegó la oreja a la puerta de polipiel. Silencio absoluto. A nadie le importaba aquel gato. Y a él le entraron unas ganas locas de darles una lección a sus vecinos.
— Se acabó — dijo Daniel en voz alta, sorprendido de su propia determinación — . Vente conmigo.
Se agachó, cogió al gato en brazos. El animal redobló su ronroneo y restregó la cabeza contra la chaqueta mojada de Daniel, dejando un reguero de pelos. Y subieron juntos al séptimo piso, donde él vivía.
Se llevó al gato solo por un par de días. «Que se asusten, que lo busquen, que se angustien. A ver si así entienden que no se puede hacer eso…», pensó mientras abría la puerta. En su apartamento, el gato se adaptó con una rapidez asombrosa. Olisqueó los rincones, saltó al sofá, dio unas vueltas para hacerse un hueco y se enroscó sobre la manta, mirando a su salvador con gratitud. Mientras el gato descansaba, Daniel, pese al cansancio y la llovizna, bajó corriendo a la tienda de mascotas más cercana. Compró el mejor pienso, una bandeja sanitaria y hasta un par de juguetes, por si al inquilino bigotudo le entraba el aburrimiento cuando él no estuviera.
El sábado, Daniel se asomó varias veces a la puerta de su casa, abriéndola para escudriñar el pasillo. Le extrañó muchísimo el silencio sepulcral que reinaba. Nadie recorría los pisos, nadie llamaba al gato por su nombre (que Daniel, por cierto, aún no conocía), nadie pegó carteles en el portal. Daba toda la impresión de que al gato no lo buscaba nadie. Y eso era rarísimo. Muy raro. Daniel volvía al salón, miraba al gato y se encogía de hombros. El felino, por su parte, se estiraba perezosamente en el sofá y ni se le ocurría pedir salir.
— Oye, ¿y si quieres volver al pasillo? — le preguntó Daniel el domingo, señalando la puerta — . Yo no te retengo. Si quieres irte, vete.
El gato dirigió la mirada a la puerta, luego a Daniel y, con toda la parsimonia del mundo, empezó a lamerse una pata. Después se levantó, se acercó y se restregó contra su pierna. La respuesta era más clara que el agua. Daniel cerró la puerta, soltó una risita y cargó con el gato en brazos. Se fueron a la cocina a desayunar y luego al salón, a ver la televisión. Al fin y al cabo, era día de descanso. El gato se tumbó en su regazo y ronroneó como un motor pequeño, y el apartamento, por primera vez en mucho tiempo, se sintió realmente acogedor.
Llegó el lunes. Nadie había buscado aún al gato. Daniel decidió que, de momento, no se lo devolvería a sus dueños. Lo único que le reconcomía era la posibilidad de que los vecinos lo acusaran de robo. Técnicamente, él había sustraído una propiedad ajena. Viva, con buenas intenciones y con fines puramente educativos, pero robada. Daniel le daba vueltas mentalmente a todos los escenarios: los vecinos llamarían a la policía, lo denunciarían, tendría que dar explicaciones, justificarse. Quizá no entendieran sus motivos. Esa idea le taladraba el cerebro y le impedía relajarse del todo. Por eso, durante todo el día en el trabajo, estaba en ascuas, mirando el teléfono a cada rato por si recibía alguna llamada. Pero aquel día no entró ninguna.
Y por la tarde, al volver a casa, se topó con el vecino, que bajaba a tirar la basura. En la bolsa negra no se distinguía nada, pero la silueta de lo que contenía se parecía sospechosamente a una bandeja de arena para gatos. Daniel le hizo una seña para que se detuviera y se acercó. Con la mayor naturalidad del mundo, le preguntó:
— Oye, vecino, hace días que no veo a tu gato por el pasillo. ¿Cómo está? ¿Sano y salvo?
El vecino, al oír la pregunta, se animó de repente y esbozó una sonrisa amplia.
— Ah, se perdió hace unos días. ¡Y mejor así!
— ¿Cómo que mejor así? — Daniel se esforzó por sonar neutro.
— Pues que mi mujer lo quería llevar a la parcela del lago y dejarlo allí. Dice que ya la tiene harta: pelos por todas partes, maúlla de noche, tira los floreros. Total, que allí por lo menos cazará ratones y servirá de algo. Pero a mí no me apetecía nada ir hasta allá. Primero, porque está lejísimos. Y segundo, porque mi mujer seguro que me pone a hacer arreglos. Ahora que el gato se fue solo, ya no hay que ir. Hasta me tomé dos cervezas ayer para celebrarlo. ¡Esto hay que festejarlo!
— ¿Y no les da pena? ¿Y si le ha pasado algo malo?
— ¿Pena de qué? Si no es una persona. Oye, ¿y tú por qué preguntas tanto por él? — el vecino entrecerró los ojos con suspicacia y clavó la vista en Daniel.
— Por nada, curiosidad… — musitó Daniel, y sin despedirse, echó a andar rápido hacia el portal.
Por dentro, Daniel hervía de indignación. «Conque a la parcela del lago… A finales de octubre. Llevarlo y dejarlo allí, abandonado a una muerte segura. Y sin una pizca de remordimiento. Encima, contentos de que “se haya ido solo” y les haya librado de tener que mancharse las manos». Imaginó por un instante a aquel gato noble y confiado, sentado en el porche de una cabaña vacía —o peor, debajo de una valla— esperando a que alguien volviera a buscarlo. Esperando con la misma lealtad con la que lo hacía en el rellano del cuarto piso. Para sus vecinos, el gato era un objeto que a ratos alegraba y a ratos estorbaba, y si estorbaba con demasiada frecuencia, se sacaba al umbral. Primero al pasillo unas horas, luego a una parcela para siempre.
Cuando Daniel llegó al séptimo y entró en su apartamento, vio al gato aguardándolo fielmente junto a la puerta. Se le caldeó el alma de inmediato. Y entonces lo supo con una certeza absoluta: había hecho lo correcto. Lo correcto al robarle el gato a aquella gente sin corazón, que planeaba abandonarlo en pleno otoño en una casa vacía.
Daniel sonrió, alzó al gato en brazos y se fueron juntos a la cocina a preparar la cena. Después, se tumbaron en el sofá a ver la televisión. Bueno, Daniel la veía; el gato simplemente estaba ahí, a su lado. Se giraba a un lado, luego al otro. De repente, el gato se removió otra vez, pero en esta ocasión se puso panza arriba, ofreciendo confiadamente su zona más vulnerable. Lo hizo sin pensarlo. Porque ya no tenía miedo.
Porque un hogar de verdad no es solo un techo y un plato de comida. Un hogar de verdad es el lugar donde no tienes que ganarte el derecho a existir. Es donde te quieren. Sin más. Simplemente porque estás ahí.