El costal que se movía
—
Miguelito siempre atajaba por la callejuela detrás de la escuela porque así se ahorraba casi diez minutos. Pasaba frente a la casa de Don Efrén, un terreno grande con una reja de alambre que llevaba meses vencida. Aquella tarde de jueves, mientras caminaba silbando bajito, el niño se paró en seco. A través del portón entreabierto vio al viejo en el porche con un costal de lona entre las manos.
El costal se agitaba con desesperación, como si algo dentro arañara la tela. Don Efrén no miró hacia la calle. Bajó los escalones con cuidado, abrió la puerta trasera de su vieja camioneta Ford y depositó el bulto sobre el asiento. Luego regresó a la casa y volvió con una caja de cartón. La colocó junto al costal, arrancó y se fue calle abajo.
Miguelito sintió que el pecho se le cerraba. Conocía a esa gata. Era gris, con una mancha blanca justo en el pecho y la oreja izquierda partida. La veía casi todas las mañanas en la ventana de Don Efrén y hasta le había puesto nombre secreto: Griselda. Una vez le dijo adiós con la mano y la gata inclinó la cabeza, como si no entendiera. Y ahora iba encerrada en un costal, en la camioneta de un viejo solitario.
—¡Mamá! —gritó irrumpiendo en la cocina sin soltar la mochila—. ¡Don Efrén metió a la gata en un saco y se la llevó!
Elena dejó el cuchillo sobre la tabla de cortar. El olor a cebolla llenaba el aire. Miró a su hijo: jadeaba, tenía los ojos muy abiertos y los dedos apretados en las correas de la mochila.
—Cálmate, ¿qué gata? —preguntó secándose las manos.
—La gris, la de la oreja rota. ¡Vive con él! La vi en su ventana todos los días. ¡La echó al costal y se fue en la camioneta, por el camino de la acequia!
—A lo mejor la llevó al veterinario.
—¡Al veterinario se va con transportadora, no en un costal que se mueve! —chilló Miguelito—. La abuela contaba que antes ahogaban a los gatos en el río…
Elena sintió un escalofrío. Conocía a Don Efrén desde hacía años: mecánico jubilado, viudo desde que falleció su esposa tres años atrás, un hombre callado que apenas hablaba más que para decir “buenos días”. No parecía capaz de hacerle daño a nadie. Pero también conocía a su hijo, y no le mentiría con algo así. Miguelito no inventaba esas cosas.
—Vámonos —dijo Elena agarrando las llaves del auto.
No sabían hacia dónde ir exactamente, pero el niño repitió “al río” con una seguridad que rompía el alma. Elena tomó la carretera vieja que bordeaba el arroyo seco y luego se metía entre los álamos hasta el puente de madera. No había rastro de la camioneta. El agua corría espesa y verdosa, y por un instante Miguelito apretó la cara contra el vidrio esperando ver algo flotando. Elena apretó el volante. Dio la vuelta y regresó por el camino de tierra que llevaba a la antigua gasolinera de González, un trayecto más largo pero que pasaba justo por la pequeña clínica veterinaria a las afueras.
Allí estaba la Ford destartalada, aparcada frente al letrero despintado: “Clínica Veterinaria Santa Rosa”. Miguelito abrió la puerta antes de que el auto se detuviera por completo.
—Espera, Miguel. No sabemos…
Pero el niño ya caminaba hacia la entrada, con Elena siguiéndole los pasos. Dentro olía a desinfectante y a algo dulce, parecido al jarabe para la tos. Un muchacho con bata azul tecleaba en la recepción. Al fondo, tras una puerta entreabierta, escucharon una voz cascada.
—… raro porque no quiere comer, se esconde bajo la tina y no sale. Pensé que se moría.
Era la voz inconfundible de Don Efrén. Elena se acercó con Miguelito pegado a su cadera. Por la rendija de la puerta vieron al viejo sentado en un banquito de metal, frente a una mesa de acero. Sobre la mesa, tranquila, estaba la gata gris con la mancha blanca. Viva. El veterinario, un hombre joven con lentes de armazón grueso, le palpaba el vientre.
—¿Y por qué la trajo en un costal? —preguntó el doctor sin juicio, solo curiosidad.
—No tengo transportadora. En el pueblo no venden y no he podido ir hasta la ciudad. Le hice agujeros para que respirara y le puse mi suéter viejo dentro para que fuera blandito. Ella es arisca, no le gusta que la carguen. En el costal se queda quietecita.
El veterinario guardó silencio, presionó con cuidado y luego sonrió.
—Don Efrén, no está enferma. Está preñada. Va a tener gatitos en unos diez días.
Miguelito sintió que las piernas le temblaban. La gata no iba a morir. No la estaban sacrificando. Lo que había en el costal era miedo, pero no peligro. Era vida nueva.
Don Efrén se quitó la gorra, se pasó la mano por la frente arrugada y se la volvió a poner.
—¿Criaturas? —musitó—. ¿Cuántas?
—Diría que tres o cuatro. Es una gata joven, fuerte, va a parir sin problema.
—Yo que la oía maullar de noche, bajito como si llorara, y la veía esconderse… pensé que se me iba.
—No se le va, Don Efrén. Al contrario.
En ese momento la gata giró la cabeza y entrecerró los ojos hacia el viejo, casi como diciendo “¿ya ves?”. Él estiró la mano callosa y le acarició la cabeza. Un ronroneo suave vibró sobre la mesa de acero.
Miguelito no pudo contenerse más y empujó la puerta.
—Don Efrén… —dijo con la voz quebrada.
El viejo se giró, sorprendido. Vio al niño y a su madre en el umbral y tardó unos segundos en comprender.
—Vecina Elena… ¿Pasa algo?
Miguelito dio un paso adelante, con los puños apretados a los costados y los ojos brillantes.
—Yo vi que metió a la gata en el costal y… y pensé que la iba a ahogar. Mi abuela me contó que antes se hacía eso. Y yo no quería que le pasara nada a Griselda.
Don Efrén parpadeó, procesando. Luego, despacio, se arrodilló frente al niño —las rodillas le tronaron— y le puso una mano pesada sobre el hombro.
—Griselda… —repitió, sin burlarse—. ¿Así le pusiste?
Miguelito asintió.
—No la iba a matar, muchacho. Jamás. Solamente no tenía con qué cargarla y me asusté porque la veía mal. Pero nunca le haría daño a un animal indefenso. Y te agradezco. De veras. Tú te preocupaste, y casi nadie se fija si un viejo solo hace algo raro.
Elena sintió un nudo en la garganta. La imagen del viejo solitario cargando a su gata embarazada en un suéter dentro de un saco, sin más compañía que su tambaleante camioneta, la golpeó más fuerte que cualquier regaño. Miguelito, callado, bajó la mirada hasta la caja de cartón que Don Efrén había subido al vehículo: la caja estaba ahora en el suelo y contenía una toalla doblada, un platito con agua cubierto con plástico y una bolsa de alimento para gatos recién comprada.
—Esa comida solo la venden en la tienda de doña Licha, y es carísima —murmuró el niño.
—Desde que supe que estaba malita me fui a comprarla —explicó Don Efrén—. Por si acaso.
El veterinario anotaba en silencio, sin querer interrumpir.
Nieve menuda caía cuando salieron todos. La gata viajó de vuelta en el regazo del viejo, envuelta en la misma toalla, porque al final el costal se quedó doblado en el asiento vacío. La camioneta partió primero. En el automóvil de Elena, Miguelito se quedó en silencio hasta casi llegar a casa.
—Mami… si la gata tiene gatitos, ¿podré ir a verlos?
—Si Don Efrén te lo permite, claro que sí.
—Me va a decir que sí. Lo sé.
Elena no preguntó de dónde venía esa certeza.
Los gatitos nacieron nueve días después: tres grises como la madre y uno blanco con una mancha negra en el lomo que parecía una mancha de tinta. Don Efrén llamó a Miguelito esa misma tarde. El niño entró a la casa del viejo por primera vez y se sentó en el suelo junto a la caja de cartón donde la gata amamantaba a sus crías.
—Ese de blanco se parece a ti —dijo el viejo señalando al más inquieto—. Igual de intranquilo.
—Pero si está dormido.
—Espérate a que crezca.
Miguelito se llevó a ese gatito cuando tuvo edad suficiente. Le puso Manchitas. Don Efrén no dijo nada, solo acarició a la gata mientras observaba al niño cruzar el jardín con el cachorro en brazos. Griselda los siguió con la mirada hasta la reja y luego se ovilló en el alféizar.
La reja que llevaba meses descompuesta se arregló un domingo. Miguelito ayudó a sostener la bisagra mientras Don Efrén ajustaba un cerrojo nuevo que Elena había comprado y envuelto junto con un frasco de mermelada casera. El viejo aceptó el regalo con su acostumbrado “no tenía que molestarse, vecina”. Pero el cerrojo quedó firme ese mismo día, y el viento ya no hizo rechinar la puerta por las noches.
Aun así, Miguelito siguió abriéndola cada tarde al volver de la escuela. Entraba, la cerraba y el pestillo emitía un clic breve, como un punto final bien puesto.