El mar se cancela, mamá viene a casa —anunció Leonid dos días antes del vuelo. No esperaba que yo ya hubiera aprendido a tomar decisiones por mi cuenta.
—El mar se cancela —dijo Leonid sin levantar la vista del teléfono—. Mamá viene para acá.
Yo estaba en medio de la recámara con la maleta abierta. Tenía en las manos un traje de baño nuevo, con la etiqueta puesta. El primero en siete años.
—¿Cómo que se cancela? —pregunté, dejando el traje de baño sobre la cama con cuidado—. Los boletos ya están comprados. No son reembolsables. Doscientas ochenta mil grivnas, Leonid.
Él se frotó el puente de la nariz y se dejó caer en la orilla del sillón. Ese gesto lo repetía siempre que la conversación no iba por donde él quería.
—Bueno, ¿y qué quieres que haga? Ella ya compró el boleto del tren. Pasado mañana llega. No le voy a decir que se regrese.
Llevábamos siete años casados. Y en esos siete años yo no había tenido una sola vacación. Ni playa, ni balneario, ni una escapada de fin de semana a la ciudad vecina. Nada.
El primer año, la luna de miel en Odesa duró tres días porque Nadia Pávlivna llamó para decir que tenía la presión alta. Volvimos. La presión resultó ser ciento treinta sobre ochenta: normal para su edad. Lo sabía bien porque soy farmacéutica y leo esas cifras todos los días en las recetas. Desde entonces, ni un solo viaje. Cada vez que planeábamos un descanso, aparecía Nadia Pávlivna. La cuarta vez en siete años. Como un relojito.
—Leonid —me senté a su lado, tratando de mantener la voz firme—. Llevamos cuatro meses ahorrando para estas vacaciones. Tomé turnos extra. De doce horas. Tú me veías llegar.
—Sí, te veía —seguía mirando el teléfono—. Pero mi mamá es más importante.
Me ajusté los lentes. Los dedos me resbalaron; la piel de las manos la tenía seca y agrietada por los antisépticos. Ocho años en la farmacia y la piel se me había vuelto como lija.
—¿Más importante que qué? —le pregunté.
—Más importante que el mar, Oksana —por fin me miró—. Mamá está sola. Tiene setenta y cuatro años. ¿Tú no entiendes eso?
Claro que lo entendía. Entendía que Nadia Pávlivna vivía en Vínnitsia, en un departamento de tres cuartos, con una vecina amiga que pasaba a verla todos los días. Que ella iba sola al mercado, cargaba sola las bolsas, preparaba sola sus conservas para el invierno —veinte frascos—. Y que cada una de sus visitas empezaba con la misma llamada a Leonid: “Hijito, te extraño, voy una semanita”. La “semanita” se estiraba a dos. Luego a tres. Una vez Nadia Pávlivna se quedó un mes entero y se fue solo porque la vecina le avisó que se había reventado un tubo en su departamento.
—No voy a cancelar nada —dije—. Ve tú. Recibe a tu mamá. Yo me voy a volar.
Leonid alzó la cabeza. Me miró como si yo hubiera propuesto una indecencia.
—¿Adónde te vas a ir? ¿Sola? ¿Sin tu esposo?
—Con Yarina.
—No —se puso de pie—. No, Oksana. Somos una familia. O juntos, o nada.
Y cedí. Como las cuatro veces anteriores. Guardé el traje de baño en el clóset, cerré la maleta y la subí al altillo. Las doscientas ochenta mil grivnas se esfumaron. No había reembolso.
Dos días después, en el recibidor estaba Nadia Pávlivna con su pesada bolsa de cuadros y un paquete de pepinillos caseros.
—A ver, enséñenme esto —dijo, recorriendo el pasillo con la mirada—. Ya les urge cambiar el papel tapiz. Leonid, ¿tú y tu mujer no se ocupan para nada del departamento?
Nadia Pávlivna se quedó tres semanas. En los dos primeros días reorganizó toda la cocina. Las ollas a otro armario. Las especias a otro estante. Las tablas de cortar debajo del fregadero, “porque así es más higiénico”. Yo trabajaba turnos de doce horas y llegaba a un departamento donde no encontraba nada.
—Nadia Pávlivna —le dije al tercer día, mientras abría la alacena buscando un sartén—, yo ya tengo acostumbrado cierto orden. Me acomodo mejor cuando cada cosa está en su sitio.
Ella me miró por encima de los lentes. Una mirada pesada de arriba abajo, aunque yo le sacaba media cabeza.
—Tú, Oksana, lo que tienes acostumbrado es el desorden. Eso no es orden, es un caos. ¿Quién pone el sartén junto a los cereales?
—A mí así me acomoda —contesté.
—Pues a mí no. Y a Leonid tampoco. ¿Verdad, Leonid?
Leonid estaba sentado a la mesa con el teléfono en la mano y no dijo nada. Los hombros se le encorvaron, como siempre que su mamá se dirigía a él.
—Mamá… bueno, está bien —murmuró.
“Bueno, está bien” fue todo lo que oí. No “Oksana tiene razón”. No “mamá, es su cocina”. “Bueno, está bien”.
Al quinto día, Nadia Pávlivna se metió con las cortinas. Yo las había comprado el año anterior: de lino, color mostaza, me tardé dos semanas en escogerlas porque combinaban con la tapicería del sillón y los cojines. Ocho mil grivnas. Llegué del trabajo y encontré las cortinas dobladas sobre el sillón. En las ventanas colgaba un tul blanco que Nadia Pávlivna había traído consigo.
—¿Y esto? —pregunté.
—Estas son cortinas como Dios manda —respondió ella, tamborileando los dedos en la mesa—, no esos trapos. El mostaza es color de hospital, no de casa.
Me quedé callada tres segundos. Luego descolgué su tul, lo doblé y lo puse sobre un banco. Saqué mis cortinas y empecé a colgarlas. Las manos no me temblaban. Esta vez, no.
—¿Qué estás haciendo? —la voz de Nadia Pávlivna se volvió más grave.
—Estoy colgando mis cortinas —dije sin voltearme—. A mí me gustan mis cortinas. Esta es mi casa. Y el color de las cortinas lo decido yo.
El silencio duró unos cinco segundos. Después Nadia Pávlivna se levantó de la mesa y salió de la habitación. Desde el pasillo la oí marcar un número. La voz era apagada, pero se entendían perfectamente las palabras: “Leonid, tu mujer me está faltando al respeto. No estoy acostumbrada a esto”.
Leonid volvió del trabajo antes de lo normal. La puerta se azotó de tal modo que Yarina, en su cuarto, dio un brinco.
—¿Qué le hiciste? —preguntó desde la entrada.
—Colgué mis cortinas.
—¡Dejaste a mi mamá molesta! ¡Ella las trajo para nosotros, se esforzó, y tú ni las gracias le diste!
Lo miré. Esos hombros anchos, que en ese momento estaban erguidos porque su mamá no estaba en la habitación sino del otro lado de la pared. Con ella se encorvaba. Conmigo se enderezaba.
—Leonid —le dije—, yo di las gracias por los pepinillos. Por la mermelada. Por los pasteles. Pero las cortinas de mi casa las voy a elegir yo.
—¡Es NUESTRA casa!
—Entonces, ¿por qué las decisiones las toma tu mamá?
No respondió. Se frotó el puente de la nariz, dio media vuelta y se fue con su madre.
Por la noche, Yarina se me acercó en la cocina. Venía en silencio, con un libro de texto en la mano, como si solo hubiera entrado por agua.
—Mamá —me dijo—, él le llama cada vez. Antes de cada vacación. Yo lo oí.
—¿Qué oíste?
—Dice: “Mamá, estamos planeando irnos en tal fecha”. Y ella llega. Siempre.
Dejé la tetera sobre la hornilla y me quedé de pie, escuchando cómo hervía el agua. Así que no era casualidad. No era coincidencia. Cuatro veces seguidas: un sistema.
Yarina seguía a mi lado, moviéndose de un pie a otro.
—Mamá, ¿estás bien?
—Sí —contesté—. Vete a hacer la tarea.
Pero no estaba bien. Saqué el teléfono, abrí las notas e hice el cálculo. La primera vez: la luna de miel, un paquete para tres, ciento veinte mil grivnas. La segunda: Turquía, dos años atrás, ciento noventa mil. La tercera: Leópolis, la primavera pasada, boletos y hotel por cincuenta mil. La cuarta: estas doscientas ochenta mil. Seiscientas cuarenta mil grivnas. En siete años. Todo perdido.
Y Leonid, mientras tanto, llevó dos veces a su mamá a Truskavets. Con paquetes de sanatorio. Las dos veces, con dinero de los dos.
Cerré las notas, guardé el teléfono y me serví un té. Las manos me estaban quedando tranquilas. La decisión todavía no maduraba, pero algo adentro ya se había movido.
Un mes después de que Nadia Pávlivna se marchara, invité a una amiga a cenar. Halia trabajaba conmigo en la farmacia, nos conocíamos desde hacía nueve años. Leonid se fue a casa de un amigo a ver fútbol. Yarina estaba en su cuarto. Halia y yo abrimos una botella de vino, cortamos queso y nos instalamos en la cocina. La primera noche normal en mucho tiempo.
—¿Y tú cómo estás? —me preguntó Halia—. ¿A dónde te vas este verano?
—A ningún lado —dije, sonriendo. Ya me había acostumbrado a esa pregunta.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
Halia negó con la cabeza. Sabía la historia. Todos la sabían.
En ese momento sonó el timbre. Abrí la puerta y en el umbral estaba Nadia Pávlivna. Con su bolsa y su paquete.
—Leonid me dijo que te pasaras por aquí, que estabas sola —anunció—. Se me ocurrió visitarte. Hace mucho que no nos vemos.
Un mes. Había pasado un mes. Y eso era “mucho tiempo”.
Entró, vio a Halia, se sentó a la mesa. Le serví un té, porque Nadia Pávlivna no tomaba vino y además lo desaprobaba. La charla transcurrió normal unos diez minutos. Luego Halia le preguntó:
—Nadia Pávlivna, ¿usted viaja?
Y empezó.
—¡Claro! —Nadia Pávlivna se enderezó en la silla—. Leonid me llevó a Truskavets. Dos veces. Baños de Morshyn, masajes, las montañas. ¡Una belleza!
Se volvió hacia mí.
—Y tú, Oksana, ¿dónde has estado últimamente? No te he visto ni una foto. ¿En ningún lado?
Me ajusté los lentes.
—No —dije—. En ningún lado.
—Ves —Nadia Pávlivna se dirigió a Halia como quien explica algo obvio—. Joven, sana, y no sale a ningún lado. Leonid le propone y ella se niega. Ella tiene la culpa. Yo a su edad ya me había recorrido toda Crimea.
Halia me miró. Vi cómo apretaba los labios.
—Nadia Pávlivna —dijo Halia—, Oksana no se queda porque no quiera.
—¿Ah, no? ¿Y entonces?
Halia se calló. Me buscó con la mirada, pidiendo permiso. Y yo respondí por mí misma.
—Porque cada vez que compramos boletos, usted viene de visita —dije. La voz me salió pareja. No estaba gritando. Solo enumeraba—. Cuatro veces en siete años. La luna de miel: usted llamó y regresamos. Turquía: llegó un día antes del vuelo. Lo de Leópolis: igual. Este año, el mar. Doscientas ochenta mil grivnas no reembolsables. En total: seiscientas cuarenta mil grivnas. Ya hice las cuentas.
Nadia Pávlivna dejó de tamborilear los dedos. La mano se le quedó a medio camino hacia la taza.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy dando cifras —respondí—. No reclamos. Cifras. Si necesita las fechas, también se las puedo dar.
Silencio. Halia se levantó, dijo que se le hacía tarde. La acompañé hasta la puerta. Cuando volví a la cocina, Nadia Pávlivna ya estaba llamando a Leonid.
Veinte minutos después él irrumpió en el departamento.
—¿Por qué pones en ridículo a mi mamá delante de extraños? —se quedó parado en el recibidor sin quitarse los zapatos.
—No la puse en ridículo. Mencioné las cantidades.
—¿Cuáles cantidades? ¿De qué hablas?
—De las seiscientas cuarenta mil grivnas que perdimos en viajes cancelados. En todos estos años de matrimonio.
Leonid miró a su mamá. Nadia Pávlivna estaba de pie en la entrada de la cocina, con los brazos cruzados.
—Hijito —dijo ella—. O ella, o yo.
—Mamá… —Leonid se frotó el puente de la nariz.
—Ella tiene que pedir disculpas —sentenció Nadia Pávlivna.
Leonid se volvió hacia mí.
—Oksana. Discúlpate con mi mamá.
Me quité los lentes, los limpié con el borde de la blusa. Sin ellos todo se veía un poco borroso: Leonid, su madre, el recibidor con sus zapatos.
—No —dije—. No voy a hacerlo.
—Entonces me voy a casa de mi mamá —advirtió—. Hasta que entres en razón.
—Está bien —contesté.
Esperaba otra respuesta. Se lo noté en el mentón, que le tembló ligeramente. Pero yo me quedé callada, y él también. Agarró la chamarra y se fue. Nadia Pávlivna salió tras él. Dejó la bolsa de los pepinillos en el pasillo.
Me senté en un banco de la cocina vacía. Las piernas me dolían del turno. Doce horas detrás del mostrador y luego esto. Pero por dentro había claridad, como la del cielo después de la tormenta.
Volvió a los tres días. Sin disculpas. Sin ninguna conversación. Llegó, colgó la chamarra y se sentó a cenar. Nadia Pávlivna regresó a Vínnitsia. Pero una semana después Leonid empezó a hablarme con frases cortadas. “¿Está la cena?”, “¿Dónde está mi camisa?”, “Recoge a Yarina”. Y entendí que me estaba castigando con el silencio. Por no haberme disculpado.
Una semana más tarde empecé a guardar dinero. En una cuenta aparte. De la que él no sabía nada.
El año pasó rápido. Yarina cumplió dieciséis y yo misma le tramité su pasaporte extranjero. Leonid firmó la autorización sin preguntar para qué. Le daba igual, mientras su madre no llamara.
En mayo compré los boletos. Dos: para mí y para Yarina. Antalya, hotel de tres estrellas, nueve noches. Los pagué de aquella cuenta secreta. Cada mes apartaba cuarenta y siete mil grivnas de mi sueldo. En un año junté lo suficiente. Esta vez elegí boletos reembolsables. La experiencia me había enseñado.
Le dije a Leonid:
—Vámonos todos juntos. En junio. Encontré una buena opción.
Él me miró como si de repente yo hablara otro idioma. Luego asintió.
—Está bien. Vamos a intentarlo.
Dos semanas estuve esperando. Preparé las maletas. Le compré a Yarina unas sandalias nuevas y un sombrero. A mí, un protector solar que en nuestra farmacia costaba un veinte por ciento menos, con descuento de empleada.
Cuatro días antes del vuelo, Leonid llegó del trabajo más tarde que de costumbre. Se sentó a la mesa y puso el teléfono boca abajo. Yo ya conocía ese gesto. Teléfono boca abajo significaba que había hablado con su mamá. O ella con él.
—Oksana —empezó.
Sentí cómo se me engarrotaban los dedos. Las uñas se me clavaron en las palmas. No era rabia: era la expectativa. Porque yo ya sabía lo que iba a decirme. Lo supe con cuatro días de anticipación.
—Mamá viene para acá. Hay que recibirla.
—¿Cuándo? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
—Pasado mañana.
Pasado mañana. Dos días antes del vuelo.
—Leonid —dije—, ¿tú la llamaste?
—¿Qué?
—¿La llamaste y le dijiste que nos íbamos a volar?
Desvió la vista. Se frotó el puente de la nariz. Y lo entendí: sí, la llamó. Como las cuatro veces anteriores. Le dio la fecha, el destino, y Nadia Pávlivna en ese mismo momento compró el boleto de tren. Como un relojito.
—Es que me extraña —dijo Leonid—. Ya tiene setenta y cinco años.
—Setenta y cuatro —lo corregí—. Setenta y cinco en noviembre.
Hizo un gesto con la mano.
—Es lo mismo. Mamá está sola. Solo nos tiene a nosotros. El mar no se va a ir a ningún lado.
Y ahí fue cuando lo recordé todo. Los siete años. Cada “el mar no se va a ningún lado”. Cada traje de baño con etiqueta. Cada maleta que saqué y volví a guardar. Las seiscientas cuarenta mil grivnas. Los cuatro viajes frustrados. Los turnos de doce horas que me dejaban la piel agrietada.
—Está bien —dije.
Leonid soltó el aire. Se relajó. Pensó que yo había cedido otra vez.
—Así se habla —dijo—. Voy a llamar a mamá, le digo que traiga sus sábanas, que nosotros tenemos pocas de repuesto.
Asentí. Salí de la cocina. Entré al cuarto de Yarina.
—Empaca —le dije—. Pasado mañana nos volamos.
Yarina alzó la vista del teléfono.
—Mamá, si él dijo que…
—Sé lo que dijo. Prepara la maleta. El traje de baño, libros, el cargador. Yo tengo los pasaportes.
Yarina me miró un par de segundos. Luego sonrió —por primera vez en un mes— y bajó la mochila.
Regresé a la cocina. Leonid seguía a la mesa, hablando por teléfono con Nadia Pávlivna sobre qué sábanas le convenía llevar.
—Leonid —le dije—. No voy a cancelar los boletos.
Alzó la cabeza.
—¿Cómo que no?
—Literal. Me voy volando con Yarina. Tú te quedas. Recibe a tu mamá.
El teléfono enmudeció. Nadia Pávlivna, del otro lado, debió haberse quedado sin habla.
—¿Lo dices en serio? —preguntó él.
—Siete años, Leonid. Siete años sin vacaciones. Cuatro veces perdimos el dinero. Trabajo seis días a la semana, doce horas, y traigo las manos partidas por los antisépticos. Tengo cuarenta y ocho años. Y quiero ver el mar.
—¿Y mi mamá? ¿Qué le digo?
—Dile que tu mujer se fue de descanso. Por primera vez en siete años.
Se puso de pie. La silla rechinó contra el piso.
—Oksana, si te vas… eso —se atoró— es una falta de respeto. Hacia mi mamá. Hacia mí.
—¿Y cuatro vacaciones canceladas no son una falta de respeto hacia mí?
No contestó. Se quedó parado, apretando el teléfono. Del altavoz llegó la voz de Nadia Pávlivna: “¡Leonid! ¿Qué pasa? ¿Qué está diciendo?”
Di media vuelta y salí de la cocina.
No dormí en toda la noche. Me quedé en el cuarto de Yarina, revisando los documentos. Los dos pasaportes, el mío y el de mi hija. La reservación del hotel. El seguro. El traslado. Todo estaba pagado.
Al amanecer escribí una nota corta en una hoja de bloc: “Leonid, Yarina y yo nos volamos. Regresamos en diez días. Recibe a tu mamá. Necesitamos este descanso. Oksana”. Dejé la nota sobre la mesa de la cocina, junto a su taza.
Tomé las dos maletas, desperté a Yarina, pedí un taxi. Ya en el umbral me volví. El departamento estaba en silencio. Leonid dormía.
—Vámonos —le dije a Yarina.
En el taxi, Yarina se quedó callada unos cinco minutos. Luego preguntó:
—Mamá, ¿se va a enojar?
—Sí —le contesté—. ¿Y qué?
Miré por la ventanilla. La ciudad amanecía gris y conocida. En cuatro horas vería el mar. Por primera vez en siete años.
—Pues nada —respondí.
En el aeropuerto apagué el teléfono. Lo encendí ya en el avión, cuando alcanzamos altura. Doce llamadas perdidas de Leonid. Tres mensajes de Nadia Pávlivna: “Oksana, ¿qué estás haciendo?”, “¡Devuelve a la niña!”, “¡Esto no se va a quedar así!”.
Guardé el teléfono en la bolsa. Yarina leía un libro a mi lado. Detrás de la ventanilla solo había nubes.
El mar estaba tibio.
Tres semanas después regresamos bronceadas. En el refrigerador me encontré frascos de pepinillos que había traído Nadia Pávlivna. Sobre la mesa seguía mi nota, la misma. Leonid no la había quitado. Él estaba en la sala cuando entramos. Nos miró y no dijo nada. Se levantó y se metió a la recámara. Cerró la puerta.
Desde entonces duerme en el sofá de la sala. Se comunica conmigo a través de Yarina: “Dile a tu mamá que estoy en el trabajo”, “Pregúntale a tu mamá dónde está el recibo”. Nadia Pávlivna llama todas las noches. Yarina dice que lo oye a través de la pared: “Hijito, no te respeta. Esa no es una mujer, es un castigo”.
Yo, en cambio, duermo tranquila. Por primera vez en siete años. Sobre el buró tengo una caracola que Yarina encontró en la playa. Mi esposo afirma que traicioné a la familia. Mi suegra dice que abandoné a mi marido por un balneario. Y yo solo pienso que en siete años sin un solo día de descanso, una puede, por una vez, decidir por sí misma.
El sábado amaneció cargado de nubes y con olor a tierra mojada. Yo estaba en la cocina sirviéndome café cuando oí la llave en la cerradura. Leonid entró con el teléfono en la oreja y una expresión sombría.
—Sí, mamá, sí. Aquí te esperamos.
Colgó y se me quedó viendo. Sin frotarse el puente de la nariz. Esta vez estaba erguido. Con los hombros de quien se respalda en una orden superior.
—Pasado mañana llega ella —dijo—. Viene a poner las cosas en su sitio.
—Aquí no hay nada fuera de su sitio —contesté, sin soltar la taza.
—Eso lo va a decidir ella. Y yo estoy de acuerdo.
Sentí la punzada en el pecho, pero no era miedo. Era la confirmación de lo que Yarina me había dicho hacía semanas: “Papá le pide que venga”. Ahora ya ni siquiera se escondía.
El domingo en la tarde un taxi se detuvo frente al edificio. Desde la ventana vi bajar a Nadia Pávlivna con su bolsa de siempre, pero esta vez sin pepinillos. Traía un portafolios pequeño, como de documentos. Lo supe en ese instante: no venía de visita. Venía a dar un ultimátum.
Abrí la puerta antes de que tocara.
—Pase —le dije sin sonreír.
Ella entró mirando todo con ese gesto de inspectora. Yarina estaba en su cuarto con la puerta cerrada. Leonid salió de la sala y se paró junto a su madre. Formaron un bloque. Dos contra una. La escena que habían ensayado cien veces.
—Oksana —comenzó Nadia Pávlivna—, esta situación ya es insostenible. Te fuiste sin permiso, dejaste a tu marido, expusiste a la niña al qué dirán. Ahora vas a escoger: o firmas este documento y te comprometes a respetar la autoridad de tu esposo, o esto se acaba aquí.
Sacó del portafolios una hoja manuscrita. Leonid no la miró. Ya la conocía.
—¿Qué es eso? —pregunté, aunque lo intuía.
—Un acuerdo de convivencia —dijo Leonid, con una voz que pretendía ser firme pero le temblaba—. Aquí dice que las decisiones sobre viajes, gastos y visitas familiares se toman en conjunto, considerando la opinión de mi mamá. Y que tú te disculpas por haberte ido sin mi autorización.
Me reí. No fue una carcajada, sino una exhalación breve y seca que a Nadia Pávlivna le hizo fruncir el ceño.
—¿Tu autorización? —lo miré directo—. Tú llevas años pidiéndole autorización a ella para todo. ¿Quieres un acuerdo? Aquí tienes el mío.
Caminé hacia la mesa donde reposaba mi nota de hacía tres semanas, la misma que él no había tocado. La alcé.
—Esto es lo que propongo: este verano Yarina y yo nos vamos a la playa. Tú puedes venir si quieres, pero sin convocar a tu madre. Si ella aparece, me llevo a Yarina y me instalo en otro lado. Para siempre.
—¡Eso es un chantaje! —estalló Nadia Pávlivna.
—No, es un límite. El primero que pongo en esta casa.
Leonid avanzó un paso. La mandíbula le temblaba.
—No voy a permitir que desautorices a mi mamá delante de mí.
—Pues es lo que estoy haciendo —respondí sin alzar la voz—. Porque esta también es mi casa. Y porque he pagado cada ladrillo de ella con turnos en los que ustedes dormían.
Nadia Pávlivna me apuntó con un dedo.
—Te voy a quitar a la niña si hace falta. Madre desobligada, sinvergüenza. Cualquier juez va a entender.
Pero esa amenaza ya no me hizo mella. Porque el día anterior yo había ido al juzgado. Había pedido copia de las constancias de ingresos, de mi cuenta separada, de los boletos de avión. Tenía una carpeta con siete años de cancelaciones, gastos perdidos y testigos. Estaba lista.
—Adelante —le dije—. Pero cuando el juez vea que usted ha manipulado a su hijo para cancelar vacaciones con mentiras sobre su salud, igual cambia de opinión.
Leonid se puso pálido. Nadia Pávlivna abrió la boca y solo le salió un bufido.
—Y en cuanto a ti —me volví hacia mi esposo—, tienes esta noche para decidir: o buscas ayuda para poner un alto a esta dinámica, o mañana mismo empiezo a buscar departamento. Ya no voy a ceder.
Él no contestó. Se frotó el puente de la nariz por última vez, pero ya era un reflejo vacío. Su madre le tomó el brazo.
—Leonid, contéstale. No te dejes.
Pero Leonid no dijo nada. Por primera vez, no pudo.
Esa noche dormí en el cuarto de Yarina, abrazándola. Al amanecer, la puerta de la calle se abrió y se cerró. Pasos en el pasillo. Luego, silencio. Leonid se había ido. Sobre la mesa de la cocina encontré el acuerdo manuscrito, roto en dos.
Nadia Pávlivna regresó a Vínnitsia al día siguiente, sin despedirse. Tardó dos meses en volver a llamar. Para entonces yo ya había cambiado la cerradura y había pintado la cocina de un amarillo vivo que combinaba con las cortinas de mostaza. Yarina colgó en la pared una foto del mar. Y yo, en el buró, junto a la caracola, puse la llave del departamento nuevo que ya no necesitaríamos.