El lince que no se fue

Javier llevaba casi tres décadas cuidando aquellas montañas. Después de que su esposa Rosa se apagara en el hospital de Missoula, dejó de bajar al pueblo más que para cargar la despensa cada dos meses. Los hijos ya estaban en Denver y Phoenix, con sus propias vidas, y él se había quedado en la cabaña de madera al borde del Bosque Nacional Lolo, acompañado de Canelo, un cruce de pastor que trotaba a su lado desde hacía siete años.

Esa mañana, a las seis y diez, el termómetro marcaba doce grados bajo cero. Javier se enfundó las botas de cuero cuarteadas, se echó el rifle al hombro — más por costumbre que por otra cosa, para asustar a los furtivos — y silbó a Canelo. El perro salió disparado entre los pinos. Todo olía a corteza mojada y a nieve polvo. El cielo estaba blanco y bajo, de esos que no anuncian nada bueno.

Javier avanzó por la trocha que bordeaba el cañón del río Clearwater. Cada año, la erosión se comía un pedazo de tierra. Se acercó al filo con cuidado, porque las piedras se deshacían como terrones de azúcar apenas las pisabas. Quería comprobar si los deshielos habían abierto alguna grieta nueva.

Entonces lo oyó. Primero pensó que era el viento colándose entre las rocas, pero en seguida el sonido se repitió: un maullido ronco y desesperado, como si alguien pidiera auxilio sin voz.

Canelo se paró en seco, las orejas tiesas, un gruñido bajo atorado en la garganta. Javier se tumbó pecho a tierra sobre la nieve y asomó la cabeza por el precipicio. Ahí, a unos tres metros bajo el borde, colgaba un lince. Una hembra enorme, con el pelaje gris salpicado de blanco. Se aferraba con las garras delanteras a una repisa minúscula, mientras las patas traseras pataleaban en el vacío. La pata derecha trasera estaba torcida en un ángulo antinatural, y una costra oscura le manchaba el flanco. Cada vez que intentaba impulsarse, las piedras cedían y el cuerpo se deslizaba un centímetro más hacia el abismo.

El animal clavó los ojos amarillos en él. Abrió la boca y soltó un bufido que terminó en un gemido. Enseñó los colmillos, pero era puro terror. Javier lo leyó de inmediato: no iba a atacar; se estaba muriendo de miedo.

— Tranquila, tranquila… — susurró, más para sí mismo que para la fiera.

Si se iba, el lince se despeñaba. No había tiempo de volver a la cabaña por una cuerda. Se arrastró hacia adelante, sintiendo cómo la escarcha se le clavaba en el pecho a través de la chamarra. Canelo gimió detrás de él, pero no se movió.

Javier se estiró cuan largo era, las costillas raspando la roca. Con las dos manos abiertas, agarró al lince por los antebrazos, justo por encima de las zarpas. El peso lo jaló de golpe; el animal pesaba mucho más de lo que había calculado. Las uñas del lince se clavaron en el antebrazo de Javier, rasgando la tela y la piel, pero él apretó los dientes y no soltó.

— ¡Jálame hacia atrás, Canelo! — gritó, aunque el perro no entendía.

El lince se debatió. Una sacudida lo hizo resbalar otros diez centímetros. Los codos de Javier chirriaron sobre el hielo. Las rodillas se le clavaban en el borde mientras el precipicio le soplaba en la cara un aire cortante. Tiró una vez, dos, tres. En la cuarta, el lince se dejó caer por un instante, exhausta, y ese instante le bastó a Javier para alzarla de un tirón seco y rodar con ella sobre la nieve.

Quedaron los dos tendidos, jadeando. El lince se arrastró unos metros, la pata mala colgándole inútil. Javier se incorporó a duras penas y se dejó caer contra un pino. Esperaba que la bestia huyera cojeando o que se le echara encima. Lo que pasó después lo dejó helado.

La hembra no se fue. Se quedó echada en la nieve, mirándolo fijamente, y luego giró la cabeza hacia el cañón y soltó un maullido grave, casi un lamento, que rebotó en las paredes de roca. Canelo retrocedió gruñendo, pero Javier notó que el lince no estaba llamando a su perro; estaba llamando a otra cosa.

De entre las grietas del barranco, unos veinte metros más abajo, respondió un coro de chillidos finos, desesperados. Javier volvió a asomarse. Allí, en una repisa oculta a la sombra, tres cachorros diminutos se apelotonaban tiritando. Tenían los ojos aún azulosos y el pelo erizado. La madre había quedado atrapada tratando de traerles comida.

Javier sintió un nudo en la garganta. Aquella mañana no iba a volver a casa solo. Se quitó la chamarra, envolvió al lince herido con cuidado y se la cargó al hombro, ignorando los arañazos. Luego se descolgó con una cuerda improvisada que siempre llevaba en la mochila, y uno a uno, metió a los cachorros en la mochila. Eran tres ovillos de pelo que apenas pesaban.

De regreso, Canelo iba pegado a su pierna, desconcertado. El lince adulto no se resistió; parecía haber entendido que aquel hombre no era un enemigo. Javier la instaló en el viejo cobertizo que usaba para guardar leña, sobre una manta de franela, y colocó a las crías junto a su vientre. La hembra olisqueó a sus cachorros y les pasó la lengua áspera por la cabeza. Después levantó la mirada hacia Javier y cerró los ojos un instante, como quien suelta un peso enorme.

Esa noche, Javier no pegó ojo. El viento aullaba fuera y él se asomó tres veces al cobertizo. El lince seguía allí, con los pequeños mamando, la pata vendada con un trapo limpio y entablillada con dos astillas de cedro.

A la semana siguiente, la hembra ya se levantaba y cojeaba de un lado a otro del patio. Javier se acostumbró a verla al amanecer, sentada como una esfinge sobre el tocón del viejo pino, justo al lado de la puerta. No se dejaba tocar, pero tampoco huía. Una mañana, Javier encontró un liebre muerta en el umbral. Estaba fresca, casi intacta, como si alguien la hubiera depositado con mimo. Miró hacia el bosque y vio dos puntos amarillos observándolo desde la espesura.

En los meses siguientes, la hembra, a la que nunca puso nombre porque seguía siendo salvaje, aparecía y desaparecía. Siempre que volvía, lo hacía con un regalo: un topillo, una perdiz, en una ocasión incluso una trucha que se le había escapado a Javier en el arroyo. Canelo terminó por aceptarla y compartían el porche sin gruñidos, a veces echados uno junto al otro, separados apenas por el escalón.

Un atardecer de mayo, Javier bajó al pueblo para cargar gasolina y volvió ya de noche. Al enfilar el sendero de la cabaña, los faros del viejo Chevrolet alumbraron algo que le heló la sangre: dos siluetas de hombre encapuchadas junto a la puerta del cobertizo, con una barra de hierro en la mano. Buscaban el escondite de las crías, que ya merodeaban por el claro. Canelo ladraba encerrado en la cabaña. Javier frenó y, antes de que pudiera siquiera echar mano del rifle, una sombra enorme saltó desde el techo sobre el más corpulento de los intrusos. El lince cayó sobre él como un rayo gris, derribándolo al suelo, y luego se giró hacia el otro con un rugido que Javier jamás había oído en un animal salvaje. Los dos hombres salieron corriendo hacia la maleza, tropezando y maldiciendo, perseguidos por Canelo que había logrado escapar por la ventana. El lince se quedó plantada en mitad del claro, el lomo erizado, resoplando.

Javier se acercó despacio. La hembra le clavó los ojos y, por primera vez, no retrocedió cuando él extendió la mano. Rozó apenas el pelaje áspero de su cabeza. Entonces ella se dio la vuelta, caminó hacia el bosque y se perdió entre los pinos, donde sus cachorros la esperaban con los ojos brillantes. Esa noche, Javier se sentó en el porche, con Canelo echado a sus pies, y se quedó mirando las estrellas hasta que el frío le caló los huesos. No sabía cómo explicar lo que había pasado, ni falta que hacía. Por primera vez en años, la montaña le pareció un poco menos vacía.

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