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El café Rincón del Río era un caos de los buenos. Las máquinas de espresso rugían, las conversaciones se entrelazaban en el aire y la lluvia azotaba los
Diego Castillo giró sobre sus talones con una velocidad que borró de inmediato la sonrisa de sus labios. Su hija Camila señalaba hacia la vieja fuente de granito
El sol de Miami caía a plomo sobre la fachada de cristal del hotel Biltmore de Coral Gables. En el salón principal, las arañas de luz reflejaban miles
La anciana no había entrado a ese pequeño restaurante de carretera porque tuviera hambre. Había ido en busca de una última respuesta —alguna prueba de que este mundo
Pero entonces la música vaciló. Las conversaciones se apagaron. Una voz pequeña, ronca y temblorosa, atravesó la sala como un fragmento de vidrio. —La quiero a ella. Sofía
Sebastián estaba parado en el medio del comedor, con una pequeña bolsa de papel arrugándose entre sus manos temblorosas. Era el cumpleaños de su papá. Había dibujado un
El viejo parking era una tumba de concreto, iluminada apenas por un foco parpadeante que zumbaba como un insecto agonizante. Los tacones de Elara repiqueteaban contra el pavimento
El vestido de la niña estaba deshilachado en el dobladillo. Sus tenis tenían huecos en las puntas, y una fina capa de mugre se aferraba a sus mejillas.
El salón de baile del Hotel Grand Aster resplandecía bajo una cascada de arañas de cristal, un mar de vestidos de diseñador y esmóquines negros que se mecía
El salón de gala resplandecía bajo una cascada de arañas de cristal. Los vestidos de seda susurraban sobre los pisos de mármol. Las copas de champán flotaban en