La noche en que Tomás me dijo que era él o la perra, llovía sobre la ventana de la cocina como si Chicago también estuviera cansado. La Chola estaba echada en su cobija gris, junto al refrigerador, con el hocico ya canoso aplastado contra sus patas delanteras. Roncaba parejo. Afuera, por la avenida, pasaban los autos salpicando los charcos de la esquina. La calefacción del edificio sonaba como un abuelo con catarro. Yo miraba la olla de pozole y pensaba que la cena se iba a enfriar. Tomás estaba de pie al otro lado de la mesa, con las llaves del coche en la mano, como si ya se hubiera ido antes de hablar.
—No puedo más, Mari. Hablo en serio. Primero pensé que hablaba del trabajo. De su turno en la bodega. De la humedad en el baño. De que los
La mesa que nadie ocupó
El sábado por la noche, a las ocho, seguía sentada en el sofá con la blusa guinda puesta y los aretes de oro de mi mamá. El teléfono
El día que dejé de esperar a mis hijos
Setenta y cuatro. Tres hijos. Y un solo mensaje en el teléfono que no decía nada: «Felicidades, mamá, luego te llamo.» Ese jueves de noviembre aprendí algo que
Las bolsas que olían a tomate
El autobús de la línea 24 frenó en la parada de la calle Buena Vista con un bufido. Las puertas se separaron y el aire caliente de afuera
Las bolsas no olían a basura
En Phoenix, Arizona, el 14 de julio el sol pega como una plancha. A las seis de la mañana ya van 98 grados y el aire huele a
Lo que Pesa un Buzón
Hace tres años que no piso la perrera un domingo. Los domingos son para dormir hasta tarde, para el pan dulce de La Monarca en la avenida César
Huesos Viejos, Raíces Nuevas
No niego que cuando conocí a los dueños originales de Canelo, noté la banderita de México en la camioneta. Marco Estrada andaba con su esposa Rebeca, dos niñas
La Maleta en el Porche
El portón de hierro rechinó como rechina todo en este barrio cuando llega la humedad de abril. Yo estaba en el patio de atrás, agachada, metiendo las manos
Fue una tarde de agosto cuando lo vi aparecer por la calle de tierra
El polvo se levantaba detrás del Impala viejo que apenas renqueaba. Yo estaba en el porche de atrás, desgranando elotes para las gallinas. Lo vi bajarse despacio, agarrándose
Un perdón con sabor amargo
Marisol apagó la computadora en cuanto su hija Karina entró a la sala. No necesitaba ver la pantalla para saber que las noticias no eran buenas. La muchacha